EL MONSTRUO
*Compilación: Rocío Cerón
Colorete para el engendro 
Mario González Suárez

La Criatura de Victor Frankenstein vino a renovar para Occidente el viejo mito judío del Gólem, por medio del cual el hombre pretende apoderarse de la potencia creadora de Dios. A diferencia del engendro medieval hebreo, que no pasaba de ser un mudo sirviente de los rabinos, el monstruo de Mary Shelley es consciente y sufre, lo que de inmediato le reporta las simpatías del lector. 

Sin embargo, como Frankenstein nació en la edad de la Razón, la utopía democrática y la revolución industrial, expresa también la ambición de la inteligencia capitalista que se apresura a arrebatarle los secretos a la naturaleza y reclama para sí la propiedad privada de la materia. La de la Criatura es la historia de una toma de conciencia, la del despertar del hombre moderno que, al mismo tiempo que se entusiasma con las posibilidades de la ciencia, se sabe más desamparado. El retorcido cristianismo de Mary Shelley resulta en la inevitable analogía de que el hombre es un aborto de Dios. 

La Criatura está más cerca de la ciencia que de la magia y en eso radica su desesperanza. No es un autómata porque tiene un alma que, como la del hombre, no encuentra sentido a su existencia. Y es significativo que la Criatura no caiga como Luzbel, sino que huya a las heladas cúspides del mundo. Arrastra a Victor Frankenstein hasta el infierno del Polo Norte a purgar la fatuidad de su intelecto. Que en esta novela se suicide la "Eva" creada para el monstruo parece decir que lo más importante no es la vida biológica. La búsqueda de poder y eternidad ha terminado en esclavitud y muerte. Las obsesivas investigaciones médicas resaltan la podredumbre de la carne.

Finalmente, creo que no es casual la fealdad de la Criatura: simboliza las siniestras posibilidades del avance científico y tecnológico. Lo monstruoso del Monstruo en algo se parece a los efectos de la cirugía plástica y la liposucción, al tráfico de órganos y a los patéticos trabajos de la neurología por ubicar definitivamente la facultad de la conciencia en un sitio concreto del sistema nervioso.
 

Mario González Suárez es licenciado en periodismo y comunicación colectiva por la Universidad Nacional Autónoma de México; ha publicado diversos artículos y libros, el más reciente de ellos es El libro de las pasiones, por Editorial Tusquets, 1999.
 Crear vida ha sido uno de los anhelos secretos del hombre a lo largo de los siglos. La historia del Gólem ratifica, con fines místicos, este deseo, a veces oculto, otras evidente. Para la literatura este terreno también ha sido fértil. Por antonomasia, Frankenstein, de Mary Shelley, es la novela del Monstruo. Escrito a partir de una apuesta del círculo de P. B. Shelley y Lord Byron (una noche de lluvia, en la villa Diodati), este libro de Mary Shelley —esposa del primero, hija de William Godwin, el padre del anarquismo— es la apuesta por crear al Otro, por reflejarse, por ser demiurgo.

Para conmemorar 250 años de la muerte de Mary Shelley, presentamos esta mínima antología de jóvenes autores mexicanos en torno al Monstruo.

Piloso
Luigi Amara

Sobre todo de noche crece el pelo.
Se vale de las tinieblas para espesar su fronda,
crece en desorden
—la luz no lo cautiva—,
lejos del ojo humano
instaura lentamente
su imperio silencioso. 

Cavernosa sustancia,
crece por la nariz, por las orejas,
a oscuras e indomable por axilas y pubis,
de pronto una mañana ha invadido la espalda.

Crece la barba, crece,
medran nudos en el cráneo,
se mofa de la tijera y los afeites,
de la diaria batalla con la bestia interna
que al día siguiente
—desatada y furiosa—
nos mira en el espejo.

¿De qué vale el copete,
la gomina,
las trenzas,
si la maraña insiste
—son más necios los bucles—,
si de noche —aun ya muertos—
hemos sido —seremos—
campo en el que florece?
 
 

Luigi Amara (ciudad de México, 1971) publicó en 1998 El cazador de grietas, con el que obtuvo ese mismo año el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino. En 1996 y 1999 estuvo becado por el Fonca, en el programa de Jóvenes Creadores, en el área de poesía.
 
 
g
Hernán Bravo Varela

Glosa del libro abierto de los viernes: — Gargantúa, el obeso de gustar los nombres que no sabe de las plantas — galería el jardín, es su guarida oculta: entre el verdor están sus golosinas — guardián de bugambilias, escribe en una hoja — gutural, de golpe, como Guillermo, una manzana grande que cae de su cabeza se parte en dos mitades y rueda con el gozo de ser círculo — galardón de la altura, la manzana — gaudeamus, gaudeamus, por los manteles y por la pura gula del gigante — gracias te damos, día de azafrán, convite de la luz, ortografía de los gorriones, damos gracias — Gamma
 
 

Hernán Bravo Varela (ciudad de México, 1979) publicó en 1999 Oficios de ciega pertenencia, con el que obtuvo ese mismo año el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino.
 
 
Lebreles
Rocío Cerón

Bajo la fronda, 
cubierto de musgo el aliento,
se da a la tarea de mirar
el hambre fértil de la jauría:
sucumben las tibias a la sed,
chorrea la aorta, troncha la carne,
andrajos, instinto, polvareda.

Garoso, 
valiente al ígneo ojo,
escucha su monosilábico tiento, se estruja el alma,
abre la partitura del canto filisteo,
deja resbalar la apenas frase (y un poco de saliva),
por la tersidad de las comisuras:
se une a la jauría,
se crispa en la inundación de lo deseado.

Desbordada la gula, rezuma el cuerpo.
 
 

Rocío Cerón (ciudad de México, 1972) publicó en 1997 Estas manos. En 1998 recibió una beca del Fonca, en el programa de Jóvenes Creadores, en el área de poesía. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Gilberto Owen 2000.
 
 
Acecho
Carla Faesler

Otras veces me había dolido el pecho
El temblor de la tráquea
Y el desmayo del plexo

El cuerpo no es el mismo
Una luz que envejece
Esos otros del rostro
En la saliva el miedo

Pero fue aquella noche
Sentí en la oscuridad
Esa esquina del cuarto
La unión de sus paredes
Su secreta mirada
La fina alineación de sus ladrillos

Oí entre la vigilia
Su arrastre hacia la cama
En mi frente y mis labios
La helada delgadez de sus cabellos
 
 

Carla Faesler (ciudad de México, 1967) publicó en 1998 No tú sino la piedra.
 
 
Fragmento de cinta
Luis Ignacio Helguera

...visto todo como a través de los ojos de un perro. Imágenes decoloradas, más bien en blanco y negro, transcurriendo en cámara lenta. Parece de madrugada en estos sembradíos, aunque muy bien podría ser un ocaso gris. Visto todo el campo inmenso a través de los ojos de un perro, que muy bien podría ser una vaca. Las espigas se doblan al paso del viento, pero en el mismo ritmo soñoliento. Se menean las imágenes vistas desde el perro porque camina; porque esto se mueve... Y de nuevo se fijan relativamente al detenerme frente a una campesina que lleva unas cubetas con agua. Mira hacia nuestro campo visual perruno; nos mira fijamente con sorpresa y horror. Deja lentamente las cubetas sobre el suelo y con el rostro perplejo retrocede poco a poco, sin dejar de mirarme. Se toca el delantal con las manos blancas y balbucea algo que no se oye. (Nada se oye en realidad). Sigue retrocediendo y creo que yo también camino, hacia ella, conforme retrocede. Llegamos hasta una casa pobre, cerca del molino abandonado. Jala la puerta, al fin un poco más rápido, y ya sin mirarme, gesticula desesperadamente mientras se encierra. Quedo solo, inmóvil. Me tiento la cara. Debo ser un monstruo.
 

Luis Ignacio Helguera (ciudad de México, 1962) ha publicado Traspatios, Minotauro, Murciélago al mediodía, El cara de niño y otros cuentos, Atril del melómano, Ígneos, ¿Por qué tose la gente en los conciertos?, entre otros. En 1991 estuvo becado por el Fonca, en el programa de Jóvenes Creadores. Forma parte del Sistema Nacional de Creadores Artísticos.
 
 
Lo sé, y me persigo
María Rivera

...hay una bestia, una bestia que siempre está cerca, me crece, a veces, como un árbol, duerme cuando estoy feliz, que es casi nunca, es silenciosa, sin embargo. Ano-che vino a visitarme, me clavó los colmillos de su ira. Soy esa bestia, lo sé, y me persigo, resbalo en los acan-tilados de las cosas, en las cicatrices, después de haber luchado con ella. 

El alba era un rosetón cuando llegué, me traía por el cuello, atada. Después de su acostumbrada ración de sangre, me dejó tirada en la cama, cansada y oscura.

Nadie lo sabe, no, pero es a ella a quien le escribo.
 

María Rivera (ciudad de México, 1971) publicó en 2000 Traslación de dominio, con el que obtuvo ese mismo año el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino. En 1999 recibió una beca del Fonca, en el programa de Jóvenes Creadores, en el área de poesía. En la actualidad está becada por el Centro Mexicano de Escritores.
 
 
Hacho
Pedro Serrano

Me da terror irme con toda la sangre metida entre la carne y el corazón,
con toda la sangre chorreando entre las heridas sin poder contenerse, 
la sangre de los otros y de los nuestros,
chopos y bergantines en un mar menor de sangre burda.

Me da terror besar la suave piel y convertirla en crimen,
buscar el alma atenta y el aterido cuerpo
y no poder tocar más que la pulpa abierta del odio,
las manos recortadas en muñones violentos,
aletas afiladas y asesinas.

Evito los brazos 
para que sólo veas un muñón casi inocente y sobrio,
el rasgo rápido de la inteligencia que busca distraer de su locura 
con unos cuantos golpes de timón.

Y entonces alzo los muñones como seca evidencia, 
como un paso atrás, ¡detente!, no te acerques,
no veas la nata roja de sangre en que me debato y huyo, 
en que me encharco para no contemplarte.

Detente entonces, digo, y bajo los ojos,
y camino así reconociendo que tampoco mis piernas me sostienen,
que no existen o sólo son la mella que me alumbra por encima del charco,
dos cuchillos que tambalean su propia incertidumbre,
toda esta conciencia afiebrada,
la pulpa de ecuanimidad en una gelatina congelada.

Y entonces sí, 
las manitas de puerco van a salir con el calor del día.
 
 

Pedro Serrano (Montreal, 1957) es poeta, crítico y traductor. Entre sus publicaciones se cuentan El miedo, Ignorancia, Tres poemas, La generación del cordero. Antología de la poesía actual en las islas británicas (en colaboración con Carlos López Beltrán) y Les marimbas de l'exil/El norte de Veracruz (en colaboración con Luc LeMasne).
 
 
Cuando el aire sea...
Sergio Valero

Cuando el aire sea
tan poco 
qué importará el aire, a quién le importará
un poema 
más o menos. Ahí va 
el poema, a la deriva, apostándose a sí mismo al más
o al menos. Menos mal
es la apuesta de un siglo herido
en Nuremberg,
de una trampa asidua asida a la conciencia: maniqueo
es el nombre del primer perro 
para ciegos, porque el ciego
es el mejor amigo del hombre. 
 
 

Sergio Valero (ciudad de México, 1969) publicó en 1997 Cuaderno de Alejandra, con el cual se hizo acreedor ese mismo año al Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino. En 1993 obtuvo mención honorífica en el concurso de la revista Punto de partida, en el género de poesía.