El cine y la creación de mundos
Manuel Guillén
Según la importante y no menos polémica postura del filósofo norteamericano Nelson
Goodman,* poseemos diferentes versiones del mundo, cada una de ellas correcta e
interesante por sí misma. Versiones del mundo como la que ofrece la física, alguna teoría
filosófica o la obra de algún pintor. Una peculiaridad de la tesis de Goodman es que estas
versiones no son, en sentido estricto, maneras de interpretar, representar o concebir un
mundo independiente de toda versión; a su juicio, esto es ininteligible. De manera que las
versiones constituyen mundos en sí mismos, con sus propias reglas, principios de verdad y
modos de crearse. Uno de estos mundos es el mundo del cine.
Cuando presenciamos una película estamos conscientes de que algo más o menos extraño
ocurre. Experimentamos emociones muy semejantes, o semejantes, a las de la vida diaria,
pero lo que vemos no se parece en nada a ésta. La última afirmación pudiera parecer falsa.
Con toda razón, alguien podría decir que una de las características del cine es la de
representar, mostrar o ejemplificar una diversa gama de actitudes y situaciones humanas.
Pero si observamos con detenimiento las cosas, notaremos algunas peculiaridades que son
inherentes al mundo cinematográfico y ajenas por completo al mundo cotidiano.
Tomemos un ejemplo: la película La roca (Bay, 1996). Las acciones trepidantes no cesan a
lo largo de la trama: un comando insubordinado asalta una base militar estadunidense y
roba una docena de misiles bioquímicos, un agente del FBI desactiva una bomba de gas
venenoso a escasos segundos de que estalle, observamos una desquiciada persecución
automovilística por las calles de San Francisco, diversas escaramuzas con pistolas y
ametralladoras entre los soldados rebeldes y los agentes del gobierno, un misil que vuela
hacia el estadio Arrow Head, repleto de aficionados, para estallar en él, etc. Y todo en sólo
dos horas y algunos minutos. No es extraño, entonces, que se viva tan intensamente la
experiencia cinematográfica -por supuesto, el caso de una película de acción es sólo uno
entre muchos, basta pensar en las emociones que provocan cintas como Cuatro bodas y un
funeral (Newell, 1994) o Azul (Kieslowzky, 1995).
Durante el tiempo que dura la película nos enganchamos cognitivamente a un mundo que
goza de realidad propia y autónoma en relación con el mundo de la vida cotidiana. El
mundo del cine posee, básicamente, los mismos géneros de cosas que existen en el mundo
cotidiano; sin embargo, la manera en que destaca, ordena, separa o reúne las clases de
objetos y situaciones que pertenecen a esos géneros es significativamente distinta a la
manera en que se hace siguiendo las reglas del mundo corriente. La construcción de estas
realidades en el cine depende de la habilidad -en ocasiones maestría- e intenciones del
director, de las actuaciones, del guión, fotografía, efectos especiales, etcétera.
Ahora bien, sería natural pensar que los diversos productos del arte cinematográfico -es
decir, las películas- son ellos mismos mundos independientes, con lo que se tendría una
multiplicidad de mundos más que un solo mundo cinematográfico. Sería natural entenderlo
así; no obstante, es más plausible entender los productos cinematográficos como
variaciones dependientes de dos factores que constituyen la realidad del cine: la
construcción alternativa del tiempo y de la percepción visual. Toda película depende de
estas constantes. La razón de ser del cine radica en habérselas con ellas (tanto en la creación
como en la recepción de la obra). Al ser esto así, resulta correcto hablar de un mundo
cinematográfico y de realidades a él pertenecientes.
De manera que al enfrentarnos a la experiencia cinematográfica nos desprendemos de las
reglas que rigen la construcción del mundo real para adaptarnos a las que gobiernan dicho
mundo de ficción. No exige un gran esfuerzo hacer esto; adaptarse al tiempo a la vez
comprimido y elástico del cine, a los inauditos puntos de mira y a la percepción de sucesos
simultáneos, requiere simplemente que atravesemos la membrana que divide el mundo
cotidiano del mundo del cine. Y para esto sólo necesitamos comprar nuestro boleto y
esperar que comience la función.©
* Sigo de manera laxa la argumentación de Ways of worldmaking (Hackett Publishing
Company, 1978), especialmente el capítulo 1: "Words, works, worlds".
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