De noche vienes, Esmeralda
Francisco Sánchez
I
He acusado a Jaime Humberto Hermosillo de pesimista. Le he acusado un
poco a la ligera, lo confieso. Sin embargo, él tiene parte de culpa, pues,
dígame usted, ¿a quién como a él se le ocurre filma todo un largometraje, con
excremento, masturbación y suicidio, adentro de un excusado? ¡Y eso fue
precisamente lo que él hizo en la película Intimidades en un cuarto de baño!
Yo comprendo a Jaime, déjenme decirles, porque a veces uno se levanta
viendo así de negro todo en derredor. "El mundo real es un lugar donde nunca
me he sentido a gusto", declaró hace no mucho Woody Allen. Basta leer el
periódico cada día para entender las razones de la incomodidad mundana del
cineasta neoyorquino; sin embargo, él mismo en sus películas nos ha
descubierto que a veces basta un gag de los hermanos Marx o un baile de
Ginger y Fred o una tonadilla de Cole Porter para que la felicidad se apodere
de nuestra circunstancia y nos envuelva con sus mágicos poderes. En esos
momentos es cuando uno podría compartir el sentido de aquella exclamación
de Francisco de Quevedo: "Nada me desengaña, el mundo me ha hechizado".
De acuerdo, la sinrazón del neoliberalismo ha agarrado a nuestro
mundo del fondillo y lo lleva a rastras hacia el despeñadero. Todos lo
sabemos: le va a dar en la madre. Eso es historia, eso es política, eso es
economía... sí, pero no es la vida, la verdadera vida, la profunda vida que
habrá de perdurar mucho más allá de todas esas escaramuzas de servicio y
rapiña. El orden social no nos hechiza, nunca podría hacerlo con su abyecta
estructura, pero sí la vida en sí misma, la vida que es la gente con sus cosas,
con sus afanes, con sus ilusiones y con sus sueños.
Los artistas no pueden ser E. M. Cioran toda la vida. A finales de los
años cuarenta,causó desconcierto (y en algunos stalinistas hasta indignación)
que los cineastas italianos Vittorio de Sica y Cesare Zavattini,
inmediatamente después de filmar el seco e implacable, drama social titulado
Ladrones de bicicletas, realizaron una fábula amable y color de rosa, Milagro
en Milán, en la que hasta angelitos salían y que en lugar de sacudir
conciencias (políticamente hablando) lo que hacía era proporcionar felicidad
a todo mundo, incluidos a los espectadores burgueses. Ambas películas, la
amarga y la amable, son vistas ahora como clásicos y las dos son consideradas
obras maestras.
Algo similar puede pasar con De noche vienes, Esmeralda (1997), la
más reciente película de Hermosillo. No es una tragedia proletaria, tampoco
un drama que exhiba la miseria o el desempleo y ni siquiera un reportaje
judicial con afanes realistas estilo nota roja de TV, es una película basada
--según se lee en los créditos-- en un relato de Elena Poniatowska, texto que
desconozco; sin embargo, desde que en 1961 leí Palabras cruzadas (¡Dios
mío, ya hace veintisiete años!), me cayó muy bien dicha escritora, me
enamoré de su sonrisa pizpireta, me gustó su estilo de entrevistar y me dije
que algún día la conocería personalmente. Esto nunca sucedió. La he visto en
mil sitios (siempre la veo muy bonita), pero nunca se a ofrecido la
oportunidad de que me sea presentada. Estuvimos en la misma función del
CCC en donde se proyectó la cinta, se le veía a ella entre tensa y contenta y
no me animé a preguntarle su opinión sobre la adaptación que Hermosillo
había hecho de su obra. No fuera a ser que no le hubiera gustado y yo sólo
hubiera ido a meter la pata.
De noche vienes, Esmeralda es una comedia que se sostiene
conceptualmente y formalmente en la personalidad de su protagonista, una
mujer que vive la vida sin más preocupación que la de vivirla. Se diría incluso
que se atiende a la conseja hindú o china o armenia que nos propone: "Si tus
problemas tienen solución, ¿para qué te preocupas?, y si tus problemas no
tienen solución?, ¿para qué te preocupas?" Interpretad por la precisa y eficaz
María Rojo, de sonrisa contagiosa y muslos de tentación, este personaje
parece buscar en el amor físico lo que éste pueda tener de vaporoso y en la
ilusiones lo que éstas tenga de posibilidad de materialización en la carne.
Esmeralda tiene algo de hada y la película misma algo de cuento de
encantamientos.
Dentro de los hechos realistas, la heroína empieza a tener conflictos con
la justicia cuando se descubre que ella es polígama. Se ha casado en diversas
ocasiones (de blando y por la ley), cohabita simultáneamente con varios
maridos y, dadas las circunstancias que la traen sin parar de un lado para otro,
a todos les cumple de forma más o menos satisfactoria.
De noche vienes
de día te vas,
díme, morena,
¿con quién estás?
Entrando y saliendo de una casa en otra, ella no piensa estar actuando
mal, sino bien, y al confiar en su puro instinto está segura que los reglamentos
y las leyes en rigor son los que están equivocados.; es ella sola contra el
mundo. En otras épocas la hubieran quemado en leña verde. Hoy sólo la
meten a la cárcel, la vejan, la sermonean y al ver que no pueden doblegarla...
enloquecen... o se liberan.
II
Hay películas que representan una especie de encuentro cercano del tercer
tipo con la felicidad. La primera que siempre me viene a la memoria es
Cantando en la lluvia. ¿Por qué hay películas así: propuestas como para la
dicha? En el arcón de mis recuerdos hay otras varias. Ya cité Milagro en
Milán. ¿Cómo olvidar a aquel gnomo que nace del corazón de un repollo, es
enviado a un hospicio y al salir varios años después sonríe y dice ¡Buenos
días! a toda persona con las que se cruza en una ciudad en donde nadie sonríe
y dice ¡Buenos días! a nadie? Ese gnomo, por solo hacer eso que hace --me
decía yo--, ya está haciendo la revolución.
Esa predisposición para esparcir la alegría se solía encontrar en las
películas de Frank Capra. "Es un conformista", decían los puros de él con
desprecio. A mí me caía bien Frank Capra. Ea el que sacaba más simpático a
Gary Cooper y más cachonda a Barbara Stanwyck. Mucho brío había también
en los musicales y las operetas. ¿Quién no recuerda Mi bella dama o Siete
novias para siete hermanos? ¿Y luego esas aventuras como ¡Hatari!? ¿Y en
México? Aquí tuvimos a Cantinflas, que era el disparate, y a Tin-Tán, que era
el vacile, pero nuestros éxtasis de felicidad no nos los produjo ningún cómico,
sino un cantante que desbordaba simpatía: Pedro Infante. Su mejor comedia
me parece que fue Escuela de vagabundos, de Rogelio A. González, pero en
el tema de dicha intensa Infante no nos dio películas completas, sino sólo
momentos de películas, el más perdurable sin duda el de Nosotros los pobres,
cuando él de carpintero canta Amorcito corazón y, haciendo el quehacer le
contesta chiflando la tonada su novia Blanca Estela Pavón.
Esmeralda es un personaje que va por la vida desparramando buena
vibra. Ha faltado a la lay pero ya sabemos que de la ley no hay que fiarse
mucho. La citan para que la interrogue el austero agente del Ministerio
Público (un formidable Claudio Obregón) y aquello se convierte en una fiesta,
sucede lo que apunté al principio: el espíritu de la protagonista determina el
estilo de la película. Mientras van soplando aires anarquistas dentro del
cerebro de los personajes, en escena (esto es, en pantalla) sobreviene el
desfile de Pascua, el carnaval de Veracruz, el relajo de las manifestaciones en
el Zócalo, la verbena de la Paloma, la desinhibición de lo burócratas, las fugas
del clóset y el descubrimiento dentro de uno mismo del furor de vivir. Con el
estallido de los fuegos de artificio, nada más oportuno que el espectáculo
culmine con el matrimonio de dos momentos climáticos del cine de la
felicidad: el baile bajo el aguacero de Cantando en la lluvia y el cucurrucucú
de tórtolos de Amorcito corazón.©
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