Al abrir las puertas de la estación de autobuses en Memphis,
la calle Union apareció sembrada de baches y vidrios rotos. No me
sentí sorprendido, Yun y Mitsuko ya habían pasado por esto.
Así como los personajes de Mistery Train (Jim Jarmush, 1989) llegaron
a esta ciudad desde Japón para seguir las huellas del fantasma de
Elvis Presley, yo me encontraba ahí sorteando las mismas calles
desiertas en busca del blues. En Memphis la música está escondida
en los rincones de una vieja ciudad de los años veinte que apenas
se deja ver entre los modernos despojos urbanos. Hoy, bajo las ventanas
de los edificios desocupados, la hierba crece sin temor a las tijeras de
los jardineros; sale hasta de los carros abandonados dispuesta a conquistar
los enormes espacios abiertos: lotes baldíos pavimentados y avenidas
enteras salpicadas de tiendas con los escaparates de neón quebrados.
Recordé la frustración de los japoneses; si el paisaje me
desanimaba acabaría tirado como
ellos en la triste cama de un hotel de quinta. Preferí seguir caminando e imaginé que pronto encontraría un negro improvisando con su guitarra un maravilloso blues en el porche de su casa. Por fin, bajo las inútiles señales de un semáforo (ya que nunca pasaba un automóvil por ahí) me encontré con un extravagante personaje que deambulaba distraído y sin prisa a mitad de la calle. Convencido por sus tirantes, el viejo sombrero blanco y la actitud melancólica de que aquel hombre era un bluesman me dispuse a entrevistarlo: por lo menos una foto tenía que hacerle al héroe. Mi decepción fue completa, de mi ridículo prefiero ni hablar. Ese hombre era sólo un alcohólico consumado que a la primera oportunidad trató de quedarse con mi Nikon. Después de un breve estira y afloja durante el cual me miró con rabia, acalambrado y sin aliento el ratero desistió de su intento. No recuerdo qué le pregunté sobre el blues antes de que se lanzara sobre mí, sólo supe, cuando se alejaba sonriendo, que la pregunta nada tenía que ver con el asalto. Había visto aparecer en sus ojos la misma amarga señal que se filtró con lágrimas por las rendijas del japonés: todo se ha terminado, el tiempo borra la memoria y muchas de las huellas que nos quedan no son más que cicatrices.
Más de doscientos pies de largo llegaron a medir los barcos de
vapor donde estibadores y peones apilaban toneladas de algodón y
madera. Los vapores seguían la corriente del río Mississippi
y después de cruzar todo el Atlántico terminaban sus viajes
en los centros industriales más importantes de Francia e Inglaterra.

A mediados del siglo pasado, las plantaciones de algodón, azúcar
y tabaco producían la mayor parte de la riqueza en el sur de Estados
Unidos. En ellas miles de esclavos levantaban las cosechas y fundían
su anhelo por la libertad con las duras jornadas bajo el sol. Casi todos
los elementos de la cultura africana habían sido destruidos. Sólo
el gusto por la música, los ritmos alegres, el contoneo sensual
de sus bailes y las creencias en espíritus y brujas permanecieron
bajo el nuevo cristianismo que fue impuesto rápidamente.
Antes de llegar a las plantaciones los esclavos eran vendidos en subastas.
En estos mercados era frecuente que los miembros de una familia se vieran
por última vez, ya que los dueños de las plantaciones no
tenían la delicada costumbre de comprar familias enteras. Algunos
hombres lograron comprar su libertad antes de que la guerra civil comenzara
en 1961, pero la mayoría tuvo que sobrellevar la esclavitud. La
música era para muchos el único medio a través del
cual podían expresar sus aflicciones y deseos, ya fuera en el campo
durante el trabajo, los domingos en rústicas iglesias metodistas,
bautistas y episcopales, o todos los sábados por la tarde en los
barrel-houses, donde hombres y mujeres bebían licor de fabricación
casera y bailaban jigs. Asimismo, aunque no pocos hombres murieron al intentar
escapar de las plantaciones, hubo algunos afortunados que pudieron cultivar
sus propias parcelas, y otros que se acomodaron en las haciendas y lograron
prepararse o conquistar su libertad mientras criaban a los hijos de sus
amos blancos.
A finales del siglo pasado, después de terminada la guerra civil,
los esclavos liberados dejaron las plantaciones y buscando una mejor vida
se dirigieron a las ciudades más importantes del sur como Jackson,
Atlanta, Nueva Orleans, Dallas y Memphis. Los efectos de la emancipación
no se produjeron de forma inmediata y muchas de las promesas para una vida
mejor tampoco se cumplieron. La legislación restrictiva alentó
la discriminación racial y el clima de segregación excluyó
a los negros de la sociedad blanca. Nuevas iglesias, escuelas y lugares
de diversión fueron creados por la comunidad de color. En este contexto
nació el blues. No fue un resultado directo de la emancipación,
pero las nuevas condiciones favorecieron la búsqueda de identidad
y reafirmaron la voluntad de los negros por conservar y recrear algunas
de las melodías que venían de su experiencia en el campo.
La música que tocaban los hombres en las plantaciones, caracterizada
por el timbre áspero, las notas desafinadas y un cierto tono lastimero
y salvaje, era una reacción contra la esclavitud y una forma de
sobrellevarla. Las melodías religiosas como el spiritual y las melancólicas
letras del work song y el field holler fueron los antecesores del blues.
Su nacimiento la combinación de estas canciones rurales con la estructura
de las baladas europeas, caracterizadas por la progresión de acordes
simples que contaban con 8 y 12 compases. Asimismo, los instrumentos caseros
como las palanganas, huesos, tamborines y en algunos casos banjos o violines
fueron sustituidos por la guitarra, los tambores y la armónica.
Sin embargo, no todos podían comprar estos instrumentos y muchos
músicos improvisaron nuevos, como los jugs o los rubbing boards.

Los songsters (instrumentistas no profesionales conocidos sólo
por la gente de su localidad) alcanzaron una técnica muy depurada
en el manejo de la guitarra y desarrollaron otras nuevas técnicas
para tocar su instrumento. Una de ellas es el slide que consiste en deslizar
la hoja de un cuchillo, el cuello de una botella o una pieza de hueso pulido
sobre las cuerdas del instrumento para "hacerlo hablar". El sonido lastimero
del slide, muy parecido a un gemido humano, y la popularidad que alcanzó
la guitarra por su cálida resonancia y sus notas largas y profundas,
dotaron a la instrumentación de una calidad vocal que no poseía
el blues con el banjo y el violín.
El blues es la fusión de todos estos elementos, tanto tradicionales
como innovadores. Se hizo muy popular dentro de la comunidad de color cuando
se incluyeron nuevas letras sobre las costumbres de los hombres del campo
y la ciudad (héroes negros rebelándose contra la autoridad,
romances y desamores, crímenes y castigos) extendiéndose
rápidamente por todo el sur de Estados Unidos. En las primeras décadas
del siglo hombres como W.C. Handy y Jim Jackson en Memphis, Texas Alexander
y Blind Lemon Jefferson en Texas, Charley Patton y Tommy Johnson en Mississippi,
Curley Weaver y Blind Willie Mac Tell en Georgia, se convirtieron en los
pioneros del blues.
El blues, a diferencia del jazz propio de Nueva Orleans, no es originario
de una sola ciudad, sin embargo uno de los lugares más importantes
donde creció y se difundió fue Memphis. En los años
veinte era la capital negra de toda la región central del sudeste
y uno de los centros comerciales de algodón más importantes
en el mundo. Inmigrantes italianos, griegos, chinos y judíos, así
como negros libres, vivían y trabajaban en un asentamiento que debía
su desarrollo a una afortunada ubicación en la ribera este del río
Mississippi. La pequeña ciudad contaba con oficinas de gobierno,
pequeñas fábricas, algunos bancos, almacenes y una que otra
escuela u hospital, pero muchos hombres que vivían en los alrededores
venían a la ciudad por algo más que los intereses comerciales.
El blues se encontraba en su apogeo y probablemente sólo Jackson
y Atlanta eran tan populares como Memphis por la calidad de sus músicos.
En esta ciudad, las pioneras jugbands y los medicine shows lo impulsaron
tanto como las primeras grabaciones que se hicieron de esta música
en todo el país, como el Beale Street Blues de W.C. Handy dado a
conocer en 1917. La calle que le da título a la canción se
encuentra en Memphis; hombres de negocios, jugadores, músicos, prostitutas
y contrabandistas se ganaban la vida a lo largo de la calle Beale en hoteles,
bares, teatros, casas de empeño, restaurantes y burdeles.


Hoy en día Memphis no es lo que fue, sólo la calle Beale se conserva dedicada al blues. Si bien se puede escuchar a excelentes músicos en lugares como B.B. King Blues Club, Rum Boogie Cafe , Center for Southern Folklore, o Blues City Cafe, la calle está planeada para el turismo moderno y no conserva casi nada de su vieja atmósfera. Tal vez sólo en la tienda departamental A. Schwab de principios de siglo y en el Memphis Music Hall Of Fame se puedan encontrar viejos instrumentos, empolvados sombreros, antiguas grabaciones y fotografías que ayuden a reconstruir la imagen de la que fue una de las ciudades más importantes para la música en el mundo. El rock & roll, por ejemplo, tiene una deuda enorme con el blues, el gospel y la música country, baste recordar que Elivs Presley grabó en Memphis su primera canción en 1954. La música permanece: todas las figuras del blues, desde sus primeros creadores como W.C. Handy o Robert Johnson, los grandes del blues urbano como Muddy Waters o B.B. King, los que transitan del country-blues al rythm and blues como John Lee Hooker, Little Walter, Sonny Boy Williamson, Etta James, Willie Dixon, Howlin'Wolf, Otis Spann, Bessie Smith, entre otros, todos ellos han creado con su música un vehículo para difundir la alegría de la tristeza, ese particular estado de ánimo que es el blues.