Militancia
y oportunismo
 
Enrique González Casanova
 
 
 
 El fortalecimiento y la consolidación de la vida democrática en México ha dado lugar, además de procesos electorales limpios y en consecuencia legítimos que cuentan con reglas para todos los contendientes, a la existencia de una lucha política abierta, lo que constituye un proceso casi inédito en la nación.
Hoy, quienes aspiran a los distintos cargos de elección popular requieren hacer claras y explícitas sus pretensiones además de difundirlas plenamente por los canales y medios adecuados. El quehacer político requiere de compromisos frente y no a espaldas del electorado. Asimismo, es indispensable formular plataformas que contengan los propósitos que llevan a la participación en las contiendas electorales, que nutran el desarrollo de las estrategias de campaña y persuadan a la ciudadanía a fin de que sus miembros ejerzan favorablemente su voto.
 


 

Durante este último decenio, nuestro país parece haber consolidado importantes metas en lo que concierne al establecimiento de una democracia participativa y plena. Sin embargo, es a todas luces exagerado afirmar que todos los rubros que sirven para hacer de la democracia mexicana un proceso irreversible están en este momento plenamente satisfechos, ya que es visible que en la medida en que se ha profundizado la lucha democrática destinada a la obtención legal y legítima del poder público, se ha generado al mismo tiempo un panorama complicado en el que la incertidumbre y la desconfianza permean muchos de los amarres del tejido social.
Cierto es que en un país que norma su vida política mediante la teoría y la praxis real de la democracia, la duda con respecto a quién va a ganar un proceso electoral sólo se termina de disipar en el mismo momento en que se cuentan los votos y se hacen oficiales los resultados, pero también es verdad que la falta de conocimiento profundo respecto a esta forma de organización social de la vida civilizada hace que muchos de sus actores se manejen en forma precipitada, ya por desconocimiento pleno de las reglas, ya por el afán de sacar ventajas indebidas de la situación imperante.
En este contexto se debe atender con la mayor objetividad y serenidad posible el reacomodo de las fuerzas políticas al interior del otrora invencible Partido Revolucionario Institucional (PRI). Las nuevas circunstancias han conducido no sólo al descrédito que sufre este instituto en buena parte del electorado que, con sus votos, ha favorecido de manera creciente a formaciones políticas de oposición ( vale recordar que en algunos lugares del país hoy son ya gobierno), sino a que se dé un desgajamiento entre algunos sectores representativos de su militancia, como consecuencia de la aguda crisis que afecta su funcionamiento.
El PRI vive, entre otros problemas, un debilitamiento en la identificación de su membresía con los principios que fundamentan su existencia. Vive, por lo tanto, un profundo relajamiento de su disciplina, una falta de claridad respecto a lo que debe ser su papel actual, una serie de dudas con respecto a la valía de su plataforma electoral y, por obvias razones, una tangible pérdida de poder.
Por otra parte es posible ver que en el panorama actual se presenta un escenario donde se aprecia cada vez más que le veredicto que llevan a cabo los electores mediante el ejercicio de su derecho al voto se establece como pieza decisiva para establecer quienes habrán de poseer el derecho a representarlos en los cargos de elección popular. Asimismo, dicho escenario se complementa por la existencia de un grupo apreciable de políticos, salidos en su mayoría, aunque no exclusivamente, del priísmo, que no parece dispuesto a quedarse fuera de los puestos de elección popular o, por lo menos, de las competencias electorales.
 

  
 
 
 Este grupo de políticos, que coinciden en actitudes y no necesariamente en identificarse con causas similares, al no encontrar apoyo a sus candidaturas potenciales en el seno del partido al que pertenecen, no dudan mucho en renunciar a su calidad de militantes y emigrar con facilidad y premura hacia las filas de otra formación que se preste sin mayores condiciones a abrir sus puertas la vez que se encuentre en la posibilidad de garantizar, si no el triunfo electoral y, por ende, la satisfacción de sus aspiraciones, si al menos una competencia reñida que, en su momento, pueda servir para impugnar los resultados.
Vale entonces preguntar, ¿qué papel desea jugar este tipo ideal de político que no duda en cambiar de partido con el propósito de llevar a sus últimas consecuencias sus aspiraciones de hacerse del poder?, ¿qué papel juegan los partidos políticos que aceptan gustosos estas corrientes migratorias y subordinan con aparente tranquilidad la valía de sus plataformas políticas al recién llegado? Para dar la primera respuesta se debe tener presente la manera como estaba organizada la vida mexicana cuando el PRI mantenía una hegemonía casi absoluta, existía un orden económico proteccionista y monopólico y, en materia social, prevalecían condiciones para sostener un paternalismo autoritario, todos estos son aspectos que pertenecen al pasado. Nuestra economía no ha dejado de ser monopólica pero se ha abierto al exterior y, al mismo tiempo, ha reducido en forma significativa la participación directa que el gobierno hacía de ella cediendo este espacio a los capitales privados. El PRI ya no es un partido abrumadamente hegemónico y, sin dejar aun de ser el partido más votado por los electores, es en la actualidad una primera minoría pues la totalidad de sus votos no supera a los de la oposición en su conjunto.
Esta serie de alteraciones ha ocasionado una sensible disminución en la capacidad del PRI y del gobierno emanado de sus filas para acomodar a todos aquellos militantes en lo individual y sectores en lo colectivo que, no viendo favorecidas sus aspiraciones a hacerse de candidaturas casi siempre seguras para la obtención de los diferentes cargos de elección popular, pudiesen ser compensados con puestos y prebendas a cargo del erario que, en la práctica, eran unos nada despreciables premios de compensación.
 

  
 
 
   

 
Estas rupturas definitivas en lo que fueron reglas sólidas no escritas del sistema político nacional parece haber condicionado la probabilidad de seguir activo en el campo de la política a que determinados aspirantes a los puestos de elección que mantienen --o creen que mantienen-- una dosis considerable de simpatía popular, consideren que pueden emigrar con toda tranquilidad hacia otros partidos los cuales, no obstante que sostienen principios ideológicos y criterios de acción distintos y, en ocasiones, francamente opuestos a los de su formación original, parecen gustosos de darles cabida haciéndolo las más veces a partir de las cuentas alegres que les provoca el posible caudal generoso de votos que dicho migrante pudiese representar para su causa. Lo citado en el párrafo anterior serviría para dar la segunda respuesta, pues llama la atención el papel que algunos partidos de oposición han aceptado jugar cuando someten sus principios doctrinales y la lealtad de su militancia y sus simpatizantes y se convierten en simples plataformas de lanzamiento, o bien, maquinarias electorales aunque su capacidad real esté un poco desvencijada, en favor de las aspiraciones personales de políticos neonómadas que no se toman la molestia de aclarar divergencias con los principios de su partido original, en caso de que la hubiese, sino más bien reniegan del manejo al interior del mismo que finalmente no condujo a la aprobación de su candidatura.
Esta manera de hacer política tiene un costo muy elevado por diversas razones. Una de ellas, quizá la más vistosa y, sin duda, una de las graves, se da en la pérdida de imagen ante el electorado del partido que acepta jugar dicho papel. Esto es así porque si bien es verdad que de un modo coyuntural el candidato migrante podría beneficiar a su nuevo partido con votos y, eventualmente, un triunfo en las urnas, también es cierto que en el mediano plazo los efectos podrán ser desastrozos, ya que los candidatos de novísimo ingreso --o peor aún, "externos"-- son generalmente personas que carecen de mayores identificaciones con aquello que el partido en cuestión ha postulado durante años con el firme propósito de conducir los destinos de la vida pública del país bajo determinados principios que, en forma reiterada han sostenido como los mejores.
 

Otro aspecto negativo y muy peligroso se da en el hecho que lleva a la ridiculización del orden democrático como estructura idónea para la organización de la sociedad y la lucha por el poder regulada por un estado de derecho. En México la mayoría de nuestras instituciones y prácticas democráticas, si bien son el resultado de añejas y prolongadas luchas, son aún bisoñas y la participación electoral todavía no abate un abstencionismo enraizado y extendido por lo que se debe ser muy cuidadoso de un abuso de los procesos democráticos cuando estos se emplean para satisfacer aspiraciones personales.
En este caso conviene recordar que hay infinidad de ejemplos recientes, donde las estructuras democráticas han sido utilizadas por actores políticos que sin compartir sus principios ven en ellas la manera de hacerse del poder. Personajes caudillescos o dictatoriales han participado con éxito en luchas electorales organizadas bajo un marco jurídico democrático y han obtenido triunfos inobjetables en las urnas. Posteriormente, han instrumentado acciones de gobierno que ha oscilado entre el autoritarismo exacerbado y la total supresión de la democracia.
Se puede entender que una persona o un grupo con aspiraciones políticas claramente definidas que hayan militado en un determinado partido político consideren el imperativo de abandonar su partido porque, entre otras razones de peso, ya no encuentren una identificación tanto con sus principios como con la manera como dicha institución es conducida. Asimismo, se entiende que busquen cabida en otra formación con la cual puedan encontrar puntos de vista y criterios de acción compatibles. Un hombre o una mujer libres tienen pleno derecho a abandonar la formación política en la que originalmente optaron por militar y escoger el partido que mejor satisfaga sus criterios y expectativas. Empero, quien ejerce la política no puede olvidar que ésta es, ante todo, un compromiso público y asumirlo implica divulgar con la mayor precisión y claridad posibles cuales han sido las divergencias que llevaron a la ruptura con el partido al que en un principio se perteneció a la vez que se hacen patentes las coincidencias con el que recién se ha escogid
 
 

 
 
 
Los partidos, por su parte, no pueden caer con la facilidad con la que lo han hecho en la tentación de ofrecer sus candidaturas al mejor postor. Requieren comprender con claridad que si no hay condiciones reales para sustentar una lucha exitosa por la supremacía electoral, en modo alguno están en la posibilidad objetiva de asumir cargos de elección popular.
Creer que si se procede a luchar políticamente mediante la instrumentación de coaliciones endebles y contradictorias o a través de acoger a candidatos que tienen un elevado rating en el marketing político y, de este modo, se habrán de obtener resultados plausibles o cambios sustantivos "desde arriba" es, en el mejor de los casos una conducta ingenua que anula el derecho de hacer política y, en el peor, un oportunismo deleznable que atenta en forma directa contra la convivencia democrática y sus reglas.
Los logros en materia de democracia le han costado a México sangre, sudor y lágrimas y son el resultado del trabajo de muchas generaciones. No se debe echar por la borda el esfuerzo de un sinnúmero de mexicanos a cambio del espejismo de triunfos electorales que se alejan de todo tipo de compromiso con la ciudadanía. Arriesgar la democracia en favor de las dudosas aspiraciones de los oportunistas puede ser el pavimento para más autoritarismo, descrédito, desesperanza y represión. 
 
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Elaboración: Fermín Suárez Rodríguez