Durante este último decenio, nuestro país parece haber
consolidado importantes metas en lo que concierne al establecimiento de
una democracia participativa y plena. Sin embargo, es a todas luces exagerado
afirmar que todos los rubros que sirven para hacer de la democracia mexicana
un proceso irreversible están en este momento plenamente satisfechos,
ya que es visible que en la medida en que se ha profundizado la lucha democrática
destinada a la obtención legal y legítima del poder público,
se ha generado al mismo tiempo un panorama complicado en el que la incertidumbre
y la desconfianza permean muchos de los amarres del tejido social.
Cierto es que en un país que norma su vida política mediante
la teoría y la praxis real de la democracia, la duda con respecto
a quién va a ganar un proceso electoral sólo se termina de
disipar en el mismo momento en que se cuentan los votos y se hacen oficiales
los resultados, pero también es verdad que la falta de conocimiento
profundo respecto a esta forma de organización social de la vida
civilizada hace que muchos de sus actores se manejen en forma precipitada,
ya por desconocimiento pleno de las reglas, ya por el afán de sacar
ventajas indebidas de la situación imperante.
En este contexto se debe atender con la mayor objetividad y serenidad
posible el reacomodo de las fuerzas políticas al interior del otrora
invencible Partido Revolucionario Institucional (PRI). Las nuevas circunstancias
han conducido no sólo al descrédito que sufre este instituto
en buena parte del electorado que, con sus votos, ha favorecido de manera
creciente a formaciones políticas de oposición ( vale recordar
que en algunos lugares del país hoy son ya gobierno), sino a que
se dé un desgajamiento entre algunos sectores representativos de
su militancia, como consecuencia de la aguda crisis que afecta su funcionamiento.
El PRI vive, entre otros problemas, un debilitamiento en la identificación
de su membresía con los principios que fundamentan su existencia.
Vive, por lo tanto, un profundo relajamiento de su disciplina, una falta
de claridad respecto a lo que debe ser su papel actual, una serie de dudas
con respecto a la valía de su plataforma electoral y, por obvias
razones, una tangible pérdida de poder.
Por otra parte es posible ver que en el panorama actual se presenta
un escenario donde se aprecia cada vez más que le veredicto que
llevan a cabo los electores mediante el ejercicio de su derecho al voto
se establece como pieza decisiva para establecer quienes habrán
de poseer el derecho a representarlos en los cargos de elección
popular. Asimismo, dicho escenario se complementa por la existencia de
un grupo apreciable de políticos, salidos en su mayoría,
aunque no exclusivamente, del priísmo, que no parece dispuesto a
quedarse fuera de los puestos de elección popular o, por lo menos,
de las competencias electorales.
Este grupo de políticos, que coinciden en actitudes y
no necesariamente en identificarse con causas similares, al no encontrar
apoyo a sus candidaturas potenciales en el seno del partido al que pertenecen,
no dudan mucho en renunciar a su calidad de militantes y emigrar con facilidad
y premura hacia las filas de otra formación que se preste sin mayores
condiciones a abrir sus puertas la vez que se encuentre en la posibilidad
de garantizar, si no el triunfo electoral y, por ende, la satisfacción
de sus aspiraciones, si al menos una competencia reñida que, en
su momento, pueda servir para impugnar los resultados.
Vale entonces preguntar, ¿qué papel desea jugar este
tipo ideal de político que no duda en cambiar de partido con el
propósito de llevar a sus últimas consecuencias sus aspiraciones
de hacerse del poder?, ¿qué papel juegan los partidos políticos
que aceptan gustosos estas corrientes migratorias y subordinan con aparente
tranquilidad la valía de sus plataformas políticas al recién
llegado? Para dar la primera respuesta se debe tener presente la manera
como estaba organizada la vida mexicana cuando el PRI mantenía una
hegemonía casi absoluta, existía un orden económico
proteccionista y monopólico y, en materia social, prevalecían
condiciones para sostener un paternalismo autoritario, todos estos son
aspectos que pertenecen al pasado. Nuestra economía no ha dejado
de ser monopólica pero se ha abierto al exterior y, al mismo tiempo,
ha reducido en forma significativa la participación directa que
el gobierno hacía de ella cediendo este espacio a los capitales
privados. El PRI ya no es un partido abrumadamente hegemónico y,
sin dejar aun de ser el partido más votado por los electores, es
en la actualidad una primera minoría pues la totalidad de sus votos
no supera a los de la oposición en su conjunto.
Esta serie de alteraciones ha ocasionado una sensible disminución
en la capacidad del PRI y del gobierno emanado de sus filas para acomodar
a todos aquellos militantes en lo individual y sectores en lo colectivo
que, no viendo favorecidas sus aspiraciones a hacerse de candidaturas casi
siempre seguras para la obtención de los diferentes cargos de elección
popular, pudiesen ser compensados con puestos y prebendas a cargo del erario
que, en la práctica, eran unos nada despreciables premios de compensación.
Estas rupturas definitivas en lo que fueron reglas sólidas no
escritas del sistema político nacional parece haber condicionado
la probabilidad de seguir activo en el campo de la política a que
determinados aspirantes a los puestos de elección que mantienen
--o creen que mantienen-- una dosis considerable de simpatía popular,
consideren que pueden emigrar con toda tranquilidad hacia otros partidos
los cuales, no obstante que sostienen principios ideológicos y criterios
de acción distintos y, en ocasiones, francamente opuestos a los
de su formación original, parecen gustosos de darles cabida haciéndolo
las más veces a partir de las cuentas alegres que les provoca el
posible caudal generoso de votos que dicho migrante pudiese representar
para su causa. Lo citado en el párrafo anterior serviría
para dar la segunda respuesta, pues llama la atención el papel que
algunos partidos de oposición han aceptado jugar cuando someten
sus principios doctrinales y la lealtad de su militancia y sus simpatizantes
y se convierten en simples plataformas de lanzamiento, o bien, maquinarias
electorales aunque su capacidad real esté un poco desvencijada,
en favor de las aspiraciones personales de políticos neonómadas
que no se toman la molestia de aclarar divergencias con los principios
de su partido original, en caso de que la hubiese, sino más bien
reniegan del manejo al interior del mismo que finalmente no condujo a la
aprobación de su candidatura.
Esta manera de hacer política tiene un costo muy elevado por
diversas razones. Una de ellas, quizá la más vistosa y, sin
duda, una de las graves, se da en la pérdida de imagen ante el electorado
del partido que acepta jugar dicho papel. Esto es así porque si
bien es verdad que de un modo coyuntural el candidato migrante podría
beneficiar a su nuevo partido con votos y, eventualmente, un triunfo en
las urnas, también es cierto que en el mediano plazo los efectos
podrán ser desastrozos, ya que los candidatos de novísimo
ingreso --o peor aún, "externos"-- son generalmente personas que
carecen de mayores identificaciones con aquello que el partido en cuestión
ha postulado durante años con el firme propósito de conducir
los destinos de la vida pública del país bajo determinados
principios que, en forma reiterada han sostenido como los mejores.
Otro aspecto negativo y muy peligroso se da en el hecho que lleva a
la ridiculización del orden democrático como estructura idónea
para la organización de la sociedad y la lucha por el poder regulada
por un estado de derecho. En México la mayoría de nuestras
instituciones y prácticas democráticas, si bien son el resultado
de añejas y prolongadas luchas, son aún bisoñas y
la participación electoral todavía no abate un abstencionismo
enraizado y extendido por lo que se debe ser muy cuidadoso de un abuso
de los procesos democráticos cuando estos se emplean para satisfacer
aspiraciones personales.
En este caso conviene recordar que hay infinidad de ejemplos recientes,
donde las estructuras democráticas han sido utilizadas por actores
políticos que sin compartir sus principios ven en ellas la manera
de hacerse del poder. Personajes caudillescos o dictatoriales han participado
con éxito en luchas electorales organizadas bajo un marco jurídico
democrático y han obtenido triunfos inobjetables en las urnas. Posteriormente,
han instrumentado acciones de gobierno que ha oscilado entre el autoritarismo
exacerbado y la total supresión de la democracia.
Se puede entender que una persona o un grupo con aspiraciones políticas
claramente definidas que hayan militado en un determinado partido político
consideren el imperativo de abandonar su partido porque, entre otras razones
de peso, ya no encuentren una identificación tanto con sus principios
como con la manera como dicha institución es conducida. Asimismo,
se entiende que busquen cabida en otra formación con la cual puedan
encontrar puntos de vista y criterios de acción compatibles. Un
hombre o una mujer libres tienen pleno derecho a abandonar la formación
política en la que originalmente optaron por militar y escoger el
partido que mejor satisfaga sus criterios y expectativas. Empero, quien
ejerce la política no puede olvidar que ésta es, ante todo,
un compromiso público y asumirlo implica divulgar con la mayor precisión
y claridad posibles cuales han sido las divergencias que llevaron a la
ruptura con el partido al que en un principio se perteneció a la
vez que se hacen patentes las coincidencias con el que recién se
ha escogid
