Es común oír el término
arte joven y aun el de jóvenes artistas. Intentar desmantelar estos
términos es un acto de riesgo, sobre todo si quien lo hace no es
considerada joven. A riesgo de no tener la razón ni la edad para
ello, intentaré exhibir algunas de sus contradicciones. Una de ellas
se deriva del hecho de que hay que organizar de algún modo la producción
cultural para su patrocinio y divulgación: una forma ya aceptada
ha sido el contemplar la edad. Si se hiciera por géneros, por procedencia
de clase o nivel educativo se vería como un acto discriminatorio,
¿pero por qué al hacerlo por edades no lo es?
¿Qué edad tiene o debe tener el arte para poder diferenciarlo
del realizado por adultos o por sujetos bien entrados en la tercera edad?
¿La obra del chocho de Picasso o del ruco de Tamayo requería
de críticos en la misma condición gerontológica? ¿
Los que supuestamente manejan la teoría no envejecen?
Además, ¿qué significa realmente lo de jóvenes
artistas? ¿Que son promesas? ¿Que están en proceso?
Entonce tal vez no debería llamarséles artistas. ¿Se
deben esgrimir argumentaciones diferentes entre un arte joven y uno viejo?
¿Arte-artistas chavos contra arte-artistas rucailos? ¿Cuál
tiene más valor? ¿Tendremos que identificar, como lo hace
la publicidad, diferentes sectores de la población hacia los cuales
van destinadas las obras de arte?
Si las dos terceras partes de nuestra población están
constituídas por jóvenes, ¿es incorrecto hablar de
un arte maduro producido por un joven? ¿Tendríamos que propiciar
cachirules al hablar de arte en serio? ¿Hablamos de generalizaciones
o de excepciones? ¿Será tal vez mejor hablar de un arte joven
y de sus diferentes etapas de desarrollo, digamos, de un arte púber,
un arte adolescente, un arte en climaterio o de uno correspondiente a la
plena sustitución hormonal? ¿Todavía no queda claro
que ha sido absurdo hablar de un arte femenino? Por haber sido víctima
de dichos tabuladores, clasificada tanto como joven como femenina, en lugar
de talentosa y feminista, a pesar de asumir voluntariamente las últimas
dos categorías, y para proteger mi capacidad de lucha y de fuerza
de trabajo intelectual y artística, intentaré hacer algunas
reflexiones más.
Existen quienes todavía creen que el arte y los artistas han
existido siempre, desde las cavernas hasta nuestros días. El arte
se convierte en una macrocategoría que viaja indiscriminadamente
a lo largo de la historia y del tiempo, yendo y viniendo casi sin diferencias:
todo es arte. Para los que consideramos que entender la historia es periodizarla,
investigarla y ubicarla en su contexto, no puede ser lo mismo algo que
ocurre en diferentes momentos; por ejemplo, estudiar a los humanos desde
su interrelación con respecto a lo amoroso, considerando el neolítico,
el medievo o nuestro momento, no es lo mismo, hay grandes diferencias.
A pesar de las diferencias históricas, a veces al estar en un vagón
del metro correspondencia Pino Suárez, en viernes de quincena, vemos
como primitivos o en usufructo del derecho de pernada a muchos de los que
nos rodean, sobre todo siendo mujeres. Aunque me dicen que eso ya también
cambió: ahora es siendo mujeres, hombres y niños.
Si aceptamos que existen las diferencias podemos llegar al acuerdo
de que hablar de arte requiere ubicar el momento en el que surge tal sistema.
No es lo mismo que exista el mercado del arte a que el objetivo sea dejar
testimonio de un ritual de cacería. No es lo mismo considerar al
arte como una forma de producción del conocimiento, desde un momento
y particularidades específicas, que hacerlo para intercambiarlo
solamente en tanto mercancía, decidiendo sus características
en razón al mercado y al poder adquisitivo de los que pueden comprarlo
para guardarlo en su closet o en una caja de seguridad en el banco. No
es lo mismo asumir la producción, la conceptualización y
la divulgación de conocimientos desde el arte, que estar preocupados
por obviarle o esconderle sus arrugas, al arte o al que lo produce.
Hay arte o no lo hay. Hay artistas o no los hay, como sucede en cualquier
campo profesional. Las calificaciones idóneas que se le otorgan
a un profesional son las que dan los otros expertos en su campo, aunadas
a una trayectoria sostenida. Muchas veces los aportes se reconocen después
de que los sujetos han muerto. ¿Por qué? Porque de toda la
producción que se realiza en un momento histórico, no toda
tiene igual significación y hace falta el tiempo para sedimentar
las aportaciones y hacer consistente la circulación de sus valores.
De toda la producción de una época específica, sólo
una parte será la representativa y aportadora. Para lograr esto
no se requiere de mayor o menor edad, sino de saber cómo trabajaron
con su genética y con su entorno. Una producción cultural
significativa será la producida por aquellos individuos o colectivos
que estén bien sincronizados con su momento. No es relevante hablar
de la edad sino de las aportaciones y de como están estructuradas.
Una innovación es una innovación; un fraude, un fraude.
No podemos confundirnos ante las estrategias con que las televisoras
privadas manejan su mercado de consumo masivo cuando prometen cantantes
que no cantan, actores que no actúan y actrices a las que les llega
la hora del cirujano plástico por razones de imagen. No podemos
crear arte y hacerlo circular socialmente por medio de barras: barra de
propuestas artísticas, barra de artistas mayores, barra de arte
infantil y juvenil.

Acostumbrados a los conceptos de matriarcado y de patriarcado, no me
parece mal que empecemos a tratar de enunciar el de niñarcado. De
todas maneras parece que los sistemas tienden a ser fallidos o por lo menos
insuficientes. Mientras en el matriarcado las víctimas parecían
ser los varones, en el patriarcado parece que lo son las mujeres, tal parece
que de acuerdo con los patrones de conducta que sigue esta complicada especie,
en el niñarcado, las víctimas serán ambos, sobre todo
si no son jóvenes. En el medievo la edad promedio de vida era a
lo sumo 28 años. A los 17 años, los jóvenes ya eran
dueños de victorias o derrotas. La edad promedio para formar parejas,
mediante negocio realizado por los adultos se daba mucho antes de los 17
años, a veces desde los nueve años, incluso entre la generación
de nuestras tías no era raro casarse a los 15 años. Hoy,
el promedio de vida en el hombre europeo es de 73, el del hombre japonés
es de 86 y en no recuerdo qué país de África, de 43.
En todos los casos, las mujeres viven un poco más. Después
del experimento conocido como Biósfera 2, supimos que podemos extender
nuestros días hasta la edad de 126 años, sobre todo si no
fumamos, hacemos ejercicio, evitamos las chatarras y comemos alimentos
crudos exentos de grasa.
Nadie ha hablado hasta ahora de si la edad promedio de vida aumenta
o disminuye como consecuencia de los malos políticos.En nuestro
país han cambiado tantas cosas y los marcos de valores tradicionales
se han movido tanto, que pensamos que difícilmente saldremos en
la foto, sobre todo si no somos yupis.
Otro ejemplo: en la actualidad ya no existe la figura de las solteronas,
lo cual indica que las mujeres rechazan voluntariamente la idea del matrimonio
y asumen su soltería como un beneficio, defendiendo su juventud.
El matrimonio en la mujer tiende a darse ahora mucho después de
los 28 años y la maternidad voluntaria cuenta con el apoyo de la
tecnología tanto para lograr un embarazo, como para parir después
de los 40 años. La pediatra de mis hijas me advirtió que
no importa que la menstruación llegara a nosotras a la edad de nuestras
mamás, hoy, las estadísticas indican que se menstrúa
antes, a partir de los 10 años.
Los medios masivos icónico-verbales han acelerado en mucho la
respuesta que se daba antes en el espacio-tiempo real. La percepción
en los niños se ha activado no solo en lo real, sino por la experiencia,
en lo virtual. Tal vez la necesidad de esgrimir la edad como referencia
para tantas cosas en nuestra cultura es algo que va de manera paralela
al concepto del tiempo en función del progreso.
El conocer estadísticas puede tener efectos reactivos. Al saber
sobre estos estudios, muchos quizá tratarían de investigar
cuáles eran los cereales preferidos de Miró, las rutinas
aeróbicas de Picasso o el spa preferido por Olga y Rufino, en lugar
de tratar de entender cómo pensaban. Así que, volviendo al
reconocimiento de los artistas y al hecho de cómo influye la edad
en este proceso, seguramente sólo a unos pocos les interesará
saber que además de la edad, poca o avanzada, trabajaban; observaban
con detenimiento, estudiaban y cuidaban de armar sus sistemas con variables
no arbitrarias; no requerirían de la metodología del fusil.
Cómo enunciaban conceptos en su trabajo y sobre todo cómo
podían integrarlos en una unidad armónica que los identificaba
en intelecto y sensibilidad del resto de los productores que no llegaron
a sobresalir. El carácter, por cierto, es otra cosa; podían
ser cascarrabias y aun mezquinos, pero la obra no recupera esas características.
Una vez un amigo dealer me comentó que yo, que andaba en ese
entonces en mis treintaitantos era desde luego una artista joven, que los
artistas maduros debían estar en sus setentaitantos para ser serios
en el mundillo del arte. Entendí que los mensajes eran: paciencia
y resistencia; supervivencia. Sin embargo, hace cinco años, cuando
fui invitada a formar parte del personal académico y a hablar de
mi obra al Banff Centre for the Arts siempre se referían a mí
como senior artist, categoría que nunca se ha utilizado en México
y menos a mi edad. Joven aquí, grande allá. ¿De quién
será el problema, de ellos o de nosotros? Lo que mi amigo no entendía
es que aún siendo joven, uno se diferencia de otros jóvenes
cuando no hay ninguna relación o afinidad. Entre los jóvenes,
varios pueden sentirse viejos, de la misma manera que entre los considerados
grandes puede haber diferencias insalvables. Si las propuestas son jóvenes
y frescas, ¿con quién debe uno relacionarse?
Las clasificaciones contradictorias sobre la edad del arte o la edad
que tienen o deben tener los sujetos que lo producen, han sido recogidas
por las instituciones. Tan es así que el Fondo Nacional para la
Cultura y las Artes (FONCA) ofrece becas para jóvenes creadores.
Yo tengo la firme convicción de que eso no me ha perjudicado, sino
todo lo contrario, ya que varios solicitantes me llaman para que les dé
una constancia de que conozco su trabajo, con lo cual, automáticamente
al extender esas constancias se me otorga el membrete de artista reconocida
pasando por alto a los críticos, aunque sean de edad y tengo la
impresión que con cada convocatoria crezco en edad artística.
Efecto colateral, pero real. Me entero de las fechas del cierre de inscripciones,
no porque me atreva siquiera a pensar en participar en ellas a mi edad,
sino porque recibo por lo menos 30 llamadas para solicitar mi apoyo. Nunca
he tenido la seguridad de que mis recomendados obtengan la beca porque
los recomiendo, o de si la obtienen por mi posición frente al arte
o sólo porque soy grande, pero cada año aumenta el número
de las llamadas, es una especie de autorating que hago cada año
de la circulación que tengo entre los jóvenes.
Ni qué decir del Sistema Nacional de Creadores, cuyos estímulos
son muy solicitados, porque además se otorgan por tres años
a los grandes, por los grandes. He de comentar que siempre me sorprende
que haya quienes se asumen voluntariamente como artistas no jóvenes
que se la pasan mal mientras se dan los resultados y cuando éstos
se anuncian en los periódicos tienen un efecto depresivo que en
muchos casos afecta su producción y su cúmulo de arrugas.
Desde luego que me impresionan todavía más los que aspiran
a ser vitalicios, sabiendo que tienen que esperar a que alguno deje la
vacante. No existe ninguna otra razón para dejar de ser vitalicios,
que dejar de ser vitalicios. Alguien tiene que pasar a mejor vida para
que se reciclen los lugares. Todavía no se ha hablado de necrofilia
cultural. A riesgo de perder por razones obvias, diré que al Sistema
Nacional de Investigadores, conocido como SNI, yo siempre lo llamo SNIF.
Como muestra de un perfecto autogol en nuestra máxima casa de estudios
se le denomina al Sistema de Apoyo a la Dictaminación como SAD.
Así que entre snifs y sads, y entre jóvenes y viejos
artistas, vivimos a fin de siglo y de milenio hablando de sandeces cronológicas
y no de la recuperación o de la invención de los valores
que nos sirvan a todos los mexicanos como las esperadas luces al final
del túnel, por lo menos que nos iluminen para salir de uno aunque
entremos a otro.
Yo en el lugar de los jóvenes artistas me ofendería si
me llamaran así, de la misma forma como me ofendo cuando me piden
mi opinión al respecto o se me pide en tanto mi condición
de género. Habría que reorganizar todo este desorden y acabar
con la promiscuidad de conceptos que nos tienen encharcados. Ir a la sustancia
de las cosas, no quedarse en frivolidades por necesidades de administración
de la cultura.