Arte joven o las víctimas
del niñarcado*
Maris Bustamante
 

Es común oír el término arte joven y aun el de jóvenes artistas. Intentar desmantelar estos términos es un acto de riesgo, sobre todo si quien lo hace no es considerada joven. A riesgo de no tener la razón ni la edad para ello, intentaré exhibir algunas de sus contradicciones. Una de ellas se deriva del hecho de que hay que organizar de algún modo la producción cultural para su patrocinio y divulgación: una forma ya aceptada ha sido el contemplar la edad. Si se hiciera por géneros, por procedencia de clase o nivel educativo se vería como un acto discriminatorio, ¿pero por qué al hacerlo por edades no lo es?
¿Qué edad tiene o debe tener el arte para poder diferenciarlo del realizado por adultos o por sujetos bien entrados en la tercera edad? ¿La obra del chocho de Picasso o del ruco de Tamayo requería de críticos en la misma condición gerontológica? ¿ Los que supuestamente manejan la teoría no envejecen?
Además, ¿qué significa realmente lo de jóvenes artistas? ¿Que son promesas? ¿Que están en proceso? Entonce tal vez no debería llamarséles artistas. ¿Se deben esgrimir argumentaciones diferentes entre un arte joven y uno viejo? ¿Arte-artistas chavos contra arte-artistas rucailos? ¿Cuál tiene más valor? ¿Tendremos que identificar, como lo hace la publicidad, diferentes sectores de la población hacia los cuales van destinadas las obras de arte?
Si las dos terceras partes de nuestra población están constituídas por jóvenes, ¿es incorrecto hablar de un arte maduro producido por un joven? ¿Tendríamos que propiciar cachirules al hablar de arte en serio? ¿Hablamos de generalizaciones o de excepciones? ¿Será tal vez mejor hablar de un arte joven y de sus diferentes etapas de desarrollo, digamos, de un arte púber, un arte adolescente, un arte en climaterio o de uno correspondiente a la plena sustitución hormonal? ¿Todavía no queda claro que ha sido absurdo hablar de un arte femenino? Por haber sido víctima de dichos tabuladores, clasificada tanto como joven como femenina, en lugar de talentosa y feminista, a pesar de asumir voluntariamente las últimas dos categorías, y para proteger mi capacidad de lucha y de fuerza de trabajo intelectual y artística, intentaré hacer algunas reflexiones más.
Existen quienes todavía creen que el arte y los artistas han existido siempre, desde las cavernas hasta nuestros días. El arte se convierte en una macrocategoría que viaja indiscriminadamente a lo largo de la historia y del tiempo, yendo y viniendo casi sin diferencias: todo es arte. Para los que consideramos que entender la historia es periodizarla, investigarla y ubicarla en su contexto, no puede ser lo mismo algo que ocurre en diferentes momentos; por ejemplo, estudiar a los humanos desde su interrelación con respecto a lo amoroso, considerando el neolítico, el medievo o nuestro momento, no es lo mismo, hay grandes diferencias. A pesar de las diferencias históricas, a veces al estar en un vagón del metro correspondencia Pino Suárez, en viernes de quincena, vemos como primitivos o en usufructo del derecho de pernada a muchos de los que nos rodean, sobre todo siendo mujeres. Aunque me dicen que eso ya también cambió: ahora es siendo mujeres, hombres y niños.
Si aceptamos que existen las diferencias podemos llegar al acuerdo de que hablar de arte requiere ubicar el momento en el que surge tal sistema. No es lo mismo que exista el mercado del arte a que el objetivo sea dejar testimonio de un ritual de cacería. No es lo mismo considerar al arte como una forma de producción del conocimiento, desde un momento y particularidades específicas, que hacerlo para intercambiarlo solamente en tanto mercancía, decidiendo sus características en razón al mercado y al poder adquisitivo de los que pueden comprarlo para guardarlo en su closet o en una caja de seguridad en el banco. No es lo mismo asumir la producción, la conceptualización y la divulgación de conocimientos desde el arte, que estar preocupados por obviarle o esconderle sus arrugas, al arte o al que lo produce.
Hay arte o no lo hay. Hay artistas o no los hay, como sucede en cualquier campo profesional. Las calificaciones idóneas que se le otorgan a un profesional son las que dan los otros expertos en su campo, aunadas a una trayectoria sostenida. Muchas veces los aportes se reconocen después de que los sujetos han muerto. ¿Por qué? Porque de toda la producción que se realiza en un momento histórico, no toda tiene igual significación y hace falta el tiempo para sedimentar las aportaciones y hacer consistente la circulación de sus valores. De toda la producción de una época específica, sólo una parte será la representativa y aportadora. Para lograr esto no se requiere de mayor o menor edad, sino de saber cómo trabajaron con su genética y con su entorno. Una producción cultural significativa será la producida por aquellos individuos o colectivos que estén bien sincronizados con su momento. No es relevante hablar de la edad sino de las aportaciones y de como están estructuradas. Una innovación es una innovación; un fraude, un fraude.
No podemos confundirnos ante las estrategias con que las televisoras privadas manejan su mercado de consumo masivo cuando prometen cantantes que no cantan, actores que no actúan y actrices a las que les llega la hora del cirujano plástico por razones de imagen. No podemos crear arte y hacerlo circular socialmente por medio de barras: barra de propuestas artísticas, barra de artistas mayores, barra de arte infantil y juvenil.
 

 

Acostumbrados a los conceptos de matriarcado y de patriarcado, no me parece mal que empecemos a tratar de enunciar el de niñarcado. De todas maneras parece que los sistemas tienden a ser fallidos o por lo menos insuficientes. Mientras en el matriarcado las víctimas parecían ser los varones, en el patriarcado parece que lo son las mujeres, tal parece que de acuerdo con los patrones de conducta que sigue esta complicada especie, en el niñarcado, las víctimas serán ambos, sobre todo si no son jóvenes. En el medievo la edad promedio de vida era a lo sumo 28 años. A los 17 años, los jóvenes ya eran dueños de victorias o derrotas. La edad promedio para formar parejas, mediante negocio realizado por los adultos se daba mucho antes de los 17 años, a veces desde los nueve años, incluso entre la generación de nuestras tías no era raro casarse a los 15 años. Hoy, el promedio de vida en el hombre europeo es de 73, el del hombre japonés es de 86 y en no recuerdo qué país de África, de 43. En todos los casos, las mujeres viven un poco más. Después del experimento conocido como Biósfera 2, supimos que podemos extender nuestros días hasta la edad de 126 años, sobre todo si no fumamos, hacemos ejercicio, evitamos las chatarras y comemos alimentos crudos exentos de grasa.
Nadie ha hablado hasta ahora de si la edad promedio de vida aumenta o disminuye como consecuencia de los malos políticos.En nuestro país han cambiado tantas cosas y los marcos de valores tradicionales se han movido tanto, que pensamos que difícilmente saldremos en la foto, sobre todo si no somos yupis.
Otro ejemplo: en la actualidad ya no existe la figura de las solteronas, lo cual indica que las mujeres rechazan voluntariamente la idea del matrimonio y asumen su soltería como un beneficio, defendiendo su juventud. El matrimonio en la mujer tiende a darse ahora mucho después de los 28 años y la maternidad voluntaria cuenta con el apoyo de la tecnología tanto para lograr un embarazo, como para parir después de los 40 años. La pediatra de mis hijas me advirtió que no importa que la menstruación llegara a nosotras a la edad de nuestras mamás, hoy, las estadísticas indican que se menstrúa antes, a partir de los 10 años.
Los medios masivos icónico-verbales han acelerado en mucho la respuesta que se daba antes en el espacio-tiempo real. La percepción en los niños se ha activado no solo en lo real, sino por la experiencia, en lo virtual. Tal vez la necesidad de esgrimir la edad como referencia para tantas cosas en nuestra cultura es algo que va de manera paralela al concepto del tiempo en función del progreso.
El conocer estadísticas puede tener efectos reactivos. Al saber sobre estos estudios, muchos quizá tratarían de investigar cuáles eran los cereales preferidos de Miró, las rutinas aeróbicas de Picasso o el spa preferido por Olga y Rufino, en lugar de tratar de entender cómo pensaban. Así que, volviendo al reconocimiento de los artistas y al hecho de cómo influye la edad en este proceso, seguramente sólo a unos pocos les interesará saber que además de la edad, poca o avanzada, trabajaban; observaban con detenimiento, estudiaban y cuidaban de armar sus sistemas con variables no arbitrarias; no requerirían de la metodología del fusil. Cómo enunciaban conceptos en su trabajo y sobre todo cómo podían integrarlos en una unidad armónica que los identificaba en intelecto y sensibilidad del resto de los productores que no llegaron a sobresalir. El carácter, por cierto, es otra cosa; podían ser cascarrabias y aun mezquinos, pero la obra no recupera esas características.
Una vez un amigo dealer me comentó que yo, que andaba en ese entonces en mis treintaitantos era desde luego una artista joven, que los artistas maduros debían estar en sus setentaitantos para ser serios en el mundillo del arte. Entendí que los mensajes eran: paciencia y resistencia; supervivencia. Sin embargo, hace cinco años, cuando fui invitada a formar parte del personal académico y a hablar de mi obra al Banff Centre for the Arts siempre se referían a mí como senior artist, categoría que nunca se ha utilizado en México y menos a mi edad. Joven aquí, grande allá. ¿De quién será el problema, de ellos o de nosotros? Lo que mi amigo no entendía es que aún siendo joven, uno se diferencia de otros jóvenes cuando no hay ninguna relación o afinidad. Entre los jóvenes, varios pueden sentirse viejos, de la misma manera que entre los considerados grandes puede haber diferencias insalvables. Si las propuestas son jóvenes y frescas, ¿con quién debe uno relacionarse?
Las clasificaciones contradictorias sobre la edad del arte o la edad que tienen o deben tener los sujetos que lo producen, han sido recogidas por las instituciones. Tan es así que el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) ofrece becas para jóvenes creadores. Yo tengo la firme convicción de que eso no me ha perjudicado, sino todo lo contrario, ya que varios solicitantes me llaman para que les dé una constancia de que conozco su trabajo, con lo cual, automáticamente al extender esas constancias se me otorga el membrete de artista reconocida pasando por alto a los críticos, aunque sean de edad y tengo la impresión que con cada convocatoria crezco en edad artística. Efecto colateral, pero real. Me entero de las fechas del cierre de inscripciones, no porque me atreva siquiera a pensar en participar en ellas a mi edad, sino porque recibo por lo menos 30 llamadas para solicitar mi apoyo. Nunca he tenido la seguridad de que mis recomendados obtengan la beca porque los recomiendo, o de si la obtienen por mi posición frente al arte o sólo porque soy grande, pero cada año aumenta el número de las llamadas, es una especie de autorating que hago cada año de la circulación que tengo entre los jóvenes.
Ni qué decir del Sistema Nacional de Creadores, cuyos estímulos son muy solicitados, porque además se otorgan por tres años a los grandes, por los grandes. He de comentar que siempre me sorprende que haya quienes se asumen voluntariamente como artistas no jóvenes que se la pasan mal mientras se dan los resultados y cuando éstos se anuncian en los periódicos tienen un efecto depresivo que en muchos casos afecta su producción y su cúmulo de arrugas. Desde luego que me impresionan todavía más los que aspiran a ser vitalicios, sabiendo que tienen que esperar a que alguno deje la vacante. No existe ninguna otra razón para dejar de ser vitalicios, que dejar de ser vitalicios. Alguien tiene que pasar a mejor vida para que se reciclen los lugares. Todavía no se ha hablado de necrofilia cultural. A riesgo de perder por razones obvias, diré que al Sistema Nacional de Investigadores, conocido como SNI, yo siempre lo llamo SNIF. Como muestra de un perfecto autogol en nuestra máxima casa de estudios se le denomina al Sistema de Apoyo a la Dictaminación como SAD.
Así que entre snifs y sads, y entre jóvenes y viejos artistas, vivimos a fin de siglo y de milenio hablando de sandeces cronológicas y no de la recuperación o de la invención de los valores que nos sirvan a todos los mexicanos como las esperadas luces al final del túnel, por lo menos que nos iluminen para salir de uno aunque entremos a otro.
Yo en el lugar de los jóvenes artistas me ofendería si me llamaran así, de la misma forma como me ofendo cuando me piden mi opinión al respecto o se me pide en tanto mi condición de género. Habría que reorganizar todo este desorden y acabar con la promiscuidad de conceptos que nos tienen encharcados. Ir a la sustancia de las cosas, no quedarse en frivolidades por necesidades de administración de la cultura. 


 
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