Para pasar la noche
en un espejo
Abraham Vilchis
 
 
 

"Dentro del tintero cae en gruesas gotas estelares la leche del silencio", dice Charles Tomlinson. "Una tinta que le envidia la tribu amarilla de los poetas", comenta Octavio Paz. El verso y el comentario me llevan de inmediato a José Carlos Becerra. O, más precisamente, a su poesía y al recuerdo que me he formado de él. Perteneció a "la tribu amarilla de los poetas", no envidiaba la tinta de Tomlinson porque la poesía fresca, bien dispuesta a materializar el instante del amor y la muerte, o de la sinrazón donde "Nada descansa pero todo duerme; [y] lo que no se pudre, inventa". Poesía del recuerdo y la flagrancia, más que opción lúdica. Precisa en sus términos y en las emociones que libera, observa condescendiente la reacciones del lector, sonriendo algo sarcástica. Con versos dilatados quiere abarcarlo todo, con versos cortos quiere repasarlo todo; resolviéndose al final por un destello de asombro ante lo cotidiano revelador, y rebelador.

"La máscara, al reconocerse, ya se ha vuelto contra sí misma"
Escuché por primera vez un poema de José Carlos Becerra gracias a la clase que Saúl Ibargoyen impartía en la escuela de escritores de SOGEM, y fue un sentirme descubierto, no un descubrimiento, como suele apoyar el lugar común. Busqué su poesía. La encontré en El otoño recorre las islas, una excelente edición póstuma preparada por José Emilio Pacheco y Gabriel Zaid.
Aunque dudo que la experiencia de leer poesía sea siempre placentera --la lectura más se aproxima al sadomasoquismo, a la plegaria (¿otra forma del sadomasoquismo?), o a la invocación--; cada vez que viajo por un poema de Becerra, descubro lo que bien podría ser yo mismo adosado a la pared de algún verso; o me encuentro con un espejo donde la imagen reflejada podría explicarme sin hacer concesiones. Es entonces cuando aparece la curiosidad por saber quién es el poeta que me atrapó en flagrancia, con mucho más que las manos, con todo el cuerpo y la inconsciencia, en la masa.

"Y he aquí el pudo deseo sin el curso del cuerpo"
Recién habían pasado los sucesos del 68 cuando José Carlos Becerra describió en el poema El espejo de piedra, toda su indignación y espanto por la matanza: "Detrás de la iglesia de Santiago Tlatelolco, descubierto aterrados que otra vez existía este país [...]" Por la misma fecha, en El tema de la zorra, acorrala el instante-revelación, aquel que sólo se da entre los amantes: "Escribir sobre ti es una mala tarea [...]" Temas disímbolos a los que Becerra prestaba atención, un rasgo muy característico de él, que "quería serlo todo: pintor, cuentista, arquitecto, torero, poeta, combatiente político, actor teatral, director cinematográfico. Y casi todo le salía bien"; al decir de su compañero Juan Manuel Torres.
 

 

Tabasco, la tierra de Carlos Pellicer y José Gorostiza, lo fue también de José Carlos Becerra, quien nació el 21 de mayo de 1936 en Villahermosa, donde llevó a cabo la educación elemental. Más tarde hizo estudios de Arquitectura y Filosofía y Letras de la UNAM. En 1968, cuando la matanza de Tlatelolco, trabajaba como redactor en una agencia de publicidad; fue de los primeros poetas en escribir contra la masacre.
Fue, asimismo, becario del Centro Mexicano de Escritores. Al serle concedida la beca de la Fundación Guggenhem, a fines de septiembre de 1969, salió para Nueva York y luego se embarcó hacia Europa. Se estableció durante seis meses en Londres. En marzo inició su viaje por el continente. En Alemania adquirió un Volkswagen de segunda mano con la puerta del conductor en malas condiciones. Pasó por Francia, recorrió España y en Madrid se reunió con Vicente Aleixandre. Su proyecto era llegar a Grecia y volver a Inglaterra para terminar un libro en prosa: Fotografía junto a un tulipán. El 27 de mayo de 1970 muere en Brindisi, Italia, en un accidente automovilístico.
En su ejercicio profesional escribió prosa y ensayo, pero sobre todo poesía. Entre sus obras más importantes se encuentran: Los muelles (1961- 1967); Oscura palabra, escrito a raíz de la muerte de su madre (1964); Relación de los hechos (1964-1967); La venta (1964-1969); Fiestas de invierno (1967-1970); y Cómo retrasar la aparición de las hormigas (1968- 1970).

"La imaginación no es siempre el más aconsejable espejo donde mirarse"
No resulta fácil desvelar el proceso de creación que culmina en un poema, o saber de dónde surgió la idea, la palabra precisa, esa metáfora afortunada. Para Wallace Stevens pueden ser las pisadas de un gato caminando en la nieve cierta noche de luna llena, o el tedio, inclusive la depresión económica del 29 en Estados Unidos resulta ser un buen arranque. Sin embargo, siempre existe la curiosidad por saber de dónde toma el poeta la materia prima para escribir... y para borrar. Las influencias reconocibles en la poesía de José Carlos Becerra son, en su primera etapa, la de Carlos Pellicer. Más tarde se notan las influencias de Paul Claudel, Saint-John Perse y José Lezama Lima. Poetas incitando a los poetas, poesía liberando poesía. Influencias que Becerra incorporó en la creación de una obra propia, de una voz personal: de una estética. Su obra logró aprovechar para sí la experiencia de poetas contemporáneos y de poetas extraños.
Asimismo, reconoce la influencia del cine, experiencia cultural insoslayable para casi cualquier autor contemporáneo: "[...] muchas veces he aprendido a describir algo, gracias a la enseñanza que me ha proporcionado un cineasta; quiero decir que el cine (las imágenes cinematográficas) me han dado muchas veces un estilo literario."
Al revisar estos elementos --la poesía, el cine, los viajes-- en la obra de José Carlos Becerra, se encuentra una gran cantidad de experiencias comunes autor-lector que da a la poesía becerriana esa aceptación tan difícil de conseguir de otra manera. Uno está dispuesto a creer en las imágenes, en las metáforas, en los versos que se nos proponen como explicación directa o como recuerdo acorralado de sucesos vividos, incluso, deseados.
El universo lírico que proponen los poemas de Becerra está cerca de cualquier lector, tal vez demasiado cerca, invadiendo su espacio vital hasta hacerlo moverse a un lado para contemplar su imagen en un espejo donde puede pasar la noche descubriendo, imaginando realidades posibles armadas con un léxico vertiginoso sobre metáforas color de ciudad. Poesía de lo concreto, urbana, de verso definitivos que igual nos clasifica por sonrisas "[...] en extendidos y funcionables: / extendidos los que dejan pasar su propia sombra, funcionables lo que usan más a menudo el baño". O bien, nos cuenta de "[...] ese jabón perfumado pro la literatura con el cual nos lavamos las partes irreales del cuerpo"; y define "al mar del espejo" como "el limbo azul donde los ahogados decían que flotaban mejor". Palabras de uso diario obligadas a servir de clave en la entrada del espejo para ver que la gente del otro lado no ha perdido ninguna batalla contra las personas del mundo real, como relata un viejo mito, sino solamente vive en armonía con sus vecinos. Una realidad que juega a ser reflejo de la realidad. Hay en las palabras de sus poemas una calidad de inusitado, guardan entre ellas relaciones inéditas tan sorprendentes, que nos obligan a detenernos ante los hechos más cotidianos para verlos de nueva cuenta, pero hora desde un observatorio recién construido.
 

  José Carlos Becerra aprendió que la memoria, cuando quiere hablar, no levanta la mano para pedir permiso y, a la manera de las personas que juzgamos "mal educadas", dice cuanto quiere sin preocuparse por nada ni nadie, dejándonos únicamente el refugio de la interjección o el sonrojo. De igual modo, Becerra convierte cada poema, muchas veces cada verso, en "el curso espejeante de la memoria" donde un objeto, cierta calle, o alguna hora cualquiera, echan a andar la película del instante que explica esa parte fundamental de nuestra historia. No es satori, es un proceso consciente para enfrentar, con cierta humildad, a lo evidente ineludible. Es llevar a cabo los "preparativos para pasar la noche en un espejo", tratando de prevenir los encuentros desagradables en la incursión dentro de uno mismo. Si es que ello es posible.

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