La acumulación originaria de ideologías
Es paradójico, pero las grandes teorías económicas,
sociales y políticas, pese a que han tenido como objetivo declarado
el mejoramiento de las condiciones de vida humanas, a la postre ignoran
el "factor humano" y se convierten en un fin en sí mismas: a partir
de cierto momento, lo importante es la doctrina generada por las teorías.
Ya no es el instrumento de comprensión de la realidad, sino una
serie de creencias inamovibles de aplicación limitada.
El caso más gráfico de ese fenómeno es la teoría
marxista, que al parecer ya cumplió con el recorrido completo de
toda teoría que se precie de serlo, desde su concepción y
su desarrollo hasta su virtual desaparición. Concebida originalmente
como un modo particular de comprender las relaciones entre los seres humanos,
buscaba, mediante la utilización de un método bien definido
—y en principio flexible: ¿qué es la dialéctica desde
Heráclito, sino movilidad?—, trazar líneas de acción
que permitieran la consecución de un objetivo: la implantación
de una cierta concepción de justicia.
"Justicia", para los marxistas originarios, significaba igualdad de
condiciones y de oportunidades para todos los seres humanos. Ello llevaba
más que implícita la premisa de que existía inequidad
en el sistema capitalista, basado en lo que se llamó "explotación
del hombre por el hombre"; el sistema derivaba de (y hacia) condiciones
sociales, políticas e ideológicas estatuidas por un sector
dominante y mantenidas para que tal explotación fuera posible.
El hombre explotador y el hombre explotado, empero, no eran para el
marxismo original entes abstractos, sino patrones concretos que se enriquecían
económicamente a costa de seres concretos que se encontraban en
el extremo contrario de la escala marxista: obreros, costureras, trabajadores
de servicios, empleados públicos, etcétera. "Explotación"
era un concepto vivo, con nombres y apellidos, y "estado burgués",
"plusvalía" y "socialismo" tenían que ver con las condiciones
de vida reales y potenciales de personas de verdad.
Durante su viaje por la teoría y praxis de la lucha de clases,
Marx y Engels se toparon con fenómenos que enriquecieron sus trabajos
y su visión de la evolución humana en el aspecto social:
origen y fetichismo del dinero, la religión como cohesionador social
y como instrumento de dominación, las estructuras de la explotación,
la comprensión de la interrelación de las personas y grupos
con su entorno —que fue también el gran acierto de Freud, por otra
parte— e, incluso, los orígenes del ser humano como tal (El proceso
de transformación del mono en hombre). Aunque el corpus generado
por Marx y Engels llevaron a la creación de una doctrina, con sus
creencias, su lenguaje y sus ritos propios, había mucho más
que ideología en las intenciones de sus creadores: la definición
de las relaciones entre los humanos debía derivar hacia modos viables
para hacerlas más justas, siempre que se entienda justo como equitativo.
¿En qué momento se separó la teoría (¡y
práctica!) del entorno social en el cual se aplicaba, es decir de
la realidad? Es una pregunta que muchos marxistas se hicieron en cierto
momento, la mayoría de ellos a posteriori, cuando ya era imposible
siquiera apuntalar la sección europea del mundo socialista, de estrepitosa
caída. La respuesta parece simple: en el momento en que los adeptos
de la teoría olvidaron que se trataba de un método y la convirtieron
en una verdad, es decir en un dogma. Esto es: cuando el método ya
no implicó un cuestionamiento constante, aunque estaba concebido
para funcionar de ese modo, sino una afirmación irrebatible. Para
decirlo de nuevo: cuando el medio se convirtió en un fin.
La historia, la histeria y otros fanrasmas que recorren Europa
Tomemos el psicoanálisis, más como un ejemplo simple
que como la simplificación de un tema complejo.
sexualFreud, por encima de todo, creó un método para
la comprensión del ser humano dentro de su entorno (siempre relativo),
y aventuró la existencia de una estructura para la psique. Sus interpretaciones
personales eran empíricamente correctas: en la sociedad alemana
de fines del siglo pasado y principios del que ya termina, la represión
sexual era un problema social severo, que tendía a provocar que
cierto tipo de dolencias tuvieran manifestaciones sexuales, o una etiología
básicamente sexual.
Lo significativo fue que Freud, a pesar de que encontró la sutil
relación entre el individuo y su entorno, no pudiera abstraerse
de la influencia inmediata de éste a la hora de aplicar su teoría_
aunque a corto plazo estuviera en lo correcto.
Hijo del positivismo, el psicoanálisis se convirtió,
en los seguidores de Freud, en una escala de valores, dolencias y formas
de curación en la cual el método ya no era importante: si
se utilizaban los diagnósticos de Freud, todo debía caer
en su lugar en el momento adecuado. Cualquier ser humano podía ser
"medido" según un esquema formado por etapas (sexuales claro), en
la comparación mecánica con la sintomatología de los
casos descritos por el maestro y no mucho más. El método
ya no era un medio para la comprensión de la complejidad de la psique,
sino el marco decorativo (¿el pretexto?) para la aplicación
de recetas. El colmo de esta tendencia fue la teoría de la "caja
negra" de Skinner: aunque no se conozca qué hay en la cabeza de
un ser cualquiera (humano o no), bajo ciertos estímulos mostrará
respuestas totalmente previsibles. Nadie escapa al condicionamiento ni
al determinismo.
No es de extrañar que Levi-Strauss dijera que el psicoanálisis
ha sido el sustituto del confesionario en un mundo en el que la fe religiosa
se encuentra en crisis. El psicoanalista, según esto, cumple los
ambiguos papeles de sacerdote y médico, y Freud ha llegado a convertirse
en un monigote del que incluso sus seguidores se ríen mientras pasan
el platillo de las limosnas.
Si se revisan los trabajos de Freud, se encontrará que
nada más lejos de su intención que la creación de
una doctrina. A lo largo de los años, fue modificando sus planteamientos,
haciendo nuevos hallazgos y corrigiéndose la plana a sí mismo.
La estructura de psique que planteó en un principio sufrió
severos cambios en su teoría, y el análisis de las enfermedades
se fue haciendo más sutil. Hay muchos freudianos, aun así,
que toman como válidos los enunciados que Freud presentó
posteriormente como falsos o inexactos, siendo que el planteamiento fundamental
del psicoanálisis es la movilidad de las teorías para adaptarlas
a la época y a la evolución del pensamiento.
Freud y Marx, los subversivos, los descubridores del ser humano como
ente netamente social, los que plantearon —cada uno a su modo— métodos
que requerían de un movimiento perpetuo para tener sentido, terminaron
como iconos inexpugnables en manos de sus hijos. Por eso Pitágoras
se negó a escribir: la fórmula "Magister dixit" —lo dijo
Borges— no significa el seguimiento acrítico de premisas, sino la
aplicación de un método flexible para la interpretación
de lo que, a falta de un mejor concepto, se da en llamar "realidad".
Dejad que las masas vengan a mí En su Ciclo de Trantor,
Isaac Asimov hace una especie de parodia de lo que es el método
marxista. La psicohistoria, creada por Hari Seldon, es una ciencia exacta
mediante la cual se puede determinar cambios sociales con la aplicación
de algunas fórmulas matemáticas de gran complejidad, que
sólo algunos elegidos son capaces de comprender. El problema es
que el método funciona únicamente para las grandes masas
humanas, digamos la población de una galaxia de regular tamaño.
El legado de Seldon con respecto a la evolución de la galaxia es
impecable durante varios siglos, en los que la humanidad se sume en el
determinismo y, de algún modo, en la apatía intelectual:
ya todo está interpretado, sólo hay que esperar que las cosas
pasen. Pero hay algo que el psicohistoriador no puede prever, y que da
al traste con sus enunciados: la aparición de un mutante que se
dedica a modificar las estructuras de poder de la galaxia.
El marxismo, hasta donde sus seguidores sabían, en su simple
enunciación contenía las respuestas a preguntas que en épocas
de Marx nadie se había hecho aún: de allí, en parte,
su grandeza. Las limitaciones del marxismo tuvieron que ver con los que
también fueron sus aciertos: Marx planteó la historia como
el devenir de la lucha de clases, es decir como el perpetuo cambio (o la
perpetua búsqueda de cambios) en la correlación de las fuerzas
sociales.
Los individuos, dentro del oleaje provocado por estas grandes fuerzas,
tenían poca o nula injerencia histórica. Si Hitler no hubiera
existido, según la lógica marxista, otro hubiera ocupado
su lugar más o menos en el mismo lugar y en el mismo tiempo: los
líderes son fortuitos dentro de la corriente de la historia, y Alemania
tenía que dar al más audaz de los dictadores de todos los
tiempos. Gandhi, en sí mismo, era aleatorio, o Fidel Castro, del
mismo modo que el más oscuro de los obreros.
Pero fueron individuos los que hicieron las revoluciones, y sin el
sentido de oportunidad de Lenin —digamos— hubiera sido impensable la historia
contemporánea tal y como la conocemos. (Y Lenin también se
convirtió en dogma.) En esa falta de interés teórica
por el individuo se basó, en buena medida, la falta de interés
práctica cuando los marxistas se convirtieron en ideología
dominante: la igualdad implicó tabula rasa en todo sentido, no sólo
en el social.
¿Cómo no esperar injusticia cuando se parte de la existencia
de una verdad inamovible, no de un cuestionamiento constante? ¿Cómo
no esperar que se ignore e incluso se fomente el dolor de los individuos
en aras del bienestar social sin importar que esos individuos conformen
ni más ni menos que la sociedad a la que se defiende?
Si el marxismo está muerto es sólo porque lo mataron
sus hijos. El asesinato ocurrió en el momento en que lo convirtieron
en un simple y mecánico acto de fe.