Umbra æterna
*Ignacio Armella Chávez 
En una oscura y larga noche, cuando el triste otoño agonizaba, dando así la lenta pero segura entrada al frío invierno que, como la muerte, siempre llega al final del año envejecido por la pesada carga del tiempo, caminaba solitario, atormentado por las terribles penas que a mi corazón aquejaban; cabizbajo y taciturno, contemplaba las bellas lápidas y los majestuosos mausoleos, acariciados suavemente por el argénteo beso de la luna.

Allí, en aquel vasto cementerio, al ritmo de la hermosa música con que el silencio sepulcral deleitaba mis oídos, bailaba un patético vals con mi propio dolor y, a mi alrededor, parecía acompañado por desconocidos demonios que desde tiempos antiguos moraran en las tumbas, alimentándose de la sucia carroña de los fantasmas vagabundos. A cada paso que daba la vida se tornaba más pesada sobre mis hombros, insufrible para mi herido corazón; y mientras más me sumergía en la mirífica contemplación de aquellos inexpugnables lechos que guardaban inmóviles huesos en sus entrañas más añoraba el sueño eternamente prolongado.

Caminaba muy lento, sintiendo a mis pies las amarillentas hojas de los árboles quebrarse, pero sin poder escuchar absolutamente nada. Las brillantes estrellas de los cielos me miraban desde sus altísimos tronos y, aunque no pronunciaran palabra alguna, bien sabía que murmuraban y observaban con desdén las amargas cuitas que a mi corazón herían, como dagas puntiagudas que se hunden en la débil carne ensangrentada.

De mis ojos emanaban dolorosas lágrimas que surcaban mi rostro pausadamente, colmando mi ser de sufrimiento con tan sólo sentirlas descender por mis pálidas mejillas, y caían, pesadas, al suelo, bañando así la tierra con mi enorme tristeza. No había entonces en mi mente otra imagen que la de su rostro pletórico de exquisita beldad; recordaba con claridad sus agraciados ojos azules y su forma de mirarme, que lograba arrancar siempre de mis labios una gentil sonrisa. Tenía aún la viva imagen de sus largos y sedosos cabellos, más dorados que los rayos del brillante sol, y podía sentir todavía su suavidad entre mis dedos delgados y temblorosos, pero una negra nostalgia ahogaba el embeleso del recuerdo cuando me percataba de que ella no estaba ya junto a mí.

Mis labios parecían saborear aún la deliciosa esencia de sus besos que, como el más poderoso bálsamo, curaba siempre de mi alma el malestar, pero sabía que la calidez de su aliento sobre mi fría piel no sentiría ya jamás. ¡Oh, agonía terrible a la que estaba condenado! No podría deleitarme más en los sublimes placeres que su divinal cuerpo ofrendaba, ni podría tampoco sentir ya la inefable experiencia de la comunión de nuestras almas bajo el manto del amor.

Entonces, recordando a ese ser angelical que fuera antes mi puente al paraíso —pero que era ahora la pesada piedra a mi cuerpo encadenada que me precipitaba en el infierno doloroso—, llegó volando a mi mente atormentada una pregunta que acecharía desde entonces en las negras tinieblas de mi corazón: ¿por qué la finitud de la vida? ¿Por qué llega inevitablemente la muerte a todos los hombres?

Al escuchar en mi interior esta interrogante no pude hacer más que morder mis trémulos labios para evitar que se rasgara el fino velo del silencio con el dolorido clamor que amenazaba con escapar de mi garganta. Recordé entonces todos aquellos excelsos momentos que pasé junto a ella —cuando aún su mortal cuerpo respiraba—, pero todos esos incontables instantes volaron en mi cabeza con la velocidad de la fugaz estrella que navega en la bóveda nocturna. Al final sólo un recuerdo persistió en mi mente, mas era el único que en verdad deseaba exonerar de mi memoria: el vívido recuerdo de su muerte.

Mientras seguía caminando por entre las terroríficas sombras proyectadas por los árboles desnudos y las blancas e inmóviles figuras de mármol, que parecían acompañarme con su vacía y tétrica mirada, recordé todo con la misma claridad de entonces. Incluso me pareció volver a percibir la fresca fragancia del rocío que bañaba el bosque, la cual, desde ese funesto día, me resultaba verdaderamente odiosa.

Desenterré del doloroso osario de mi memoria las imágenes y sensaciones de aquel horrible amanecer, y todo me pareció como si estuviera ocurriendo otra vez. ¿Cuántas veces se había proyectado todo en mi mente, abriendo así de nuevo la aún sangrante herida? Me resultaba imposible llevar tan larga cuenta, pero sabía que cada vez el recuerdo se tornaba más pesado y que mi corazón se anegaba a cada instante en la amargura sofocante. Para entonces, la angustia que en mi interior sentía era ya incontrolable.

Recordé, como si hubiese apenas ocurrido, el momento en el que abría los ojos al nuevo día, y volví a escuchar aquellos femeninos y desgarradores gritos en la lejanía. Sentí otra vez aquel terror que heló mi sangre, y caminé por el sendero que entonces atravesé corriendo y que parecía interminable; justo como aquel día, La desesperación no me permitía respirar y mi agitado corazón amenazaba con escaparse de mi pecho.

Aquella tajante pregunta volvió a resonar en mi cabeza, como el eco de las sonoras campanadas de alguna muy alta y vieja torre que lanza sus tristes sollozos al cielo: ¿por qué existe la muerte?, ¿por qué la arrebataste de mis brazos, cruel Padre de los Cielos? Mi interior se llenó de una rabia indescriptible y muchas indecibles blasfemias escaparon de mi boca ingrata; sin embargo, después de desahogar mi furia contra las alturas, comprendí que por mucho que gritara y desafiara al Todopoderoso en nada cambiaría mi trágico destino.

Proseguí mi camino, taciturno, tratando de sosegar la violenta tempestad que azotaba mi corazón adolorido, volviendo a evocar los horribles momentos que hacía mucho tiempo había vivido, pero que habían quedado grabados con fuego en lo más profundo de mi alma.

Tuve otra vez presente, como aquel aciago día, la imagen que destrozó por entero mi corazón: los árboles que se levantaban en torno a ese pequeño y poco profundo lago parecían llorar conmigo mi desgracia; el menstrual cielo, surcado por pequeñas nubes adornadas de arreboles, bañaba con su sangre las aguas cristalinas en las que su hermoso cuerpo, cubierto por un blanco y delgado vestido que se adhería a la piel, yacía boca arriba, con los ojos abiertos y los labios aún rojos, pálida y bella como siempre... pero muerta. ¡Ya no respiraría ni hablaría jamás!

Recordé cómo me acerqué a ella, silencioso, y pensé que tal vez en ese momento no comprendía por completo lo que había ocurrido, que acaso sólo quería despertar de aquella espantosa pesadilla. Divisé de nuevo a mi amada descansando, con un imperturbable gesto de ternura, en su frío lecho formado por las tranquilas aguas, y cubierta por el verde catafalco de las recién caídas hojas de los apacibles árboles. Una vez más acaricié con la mirada sus exquisitas curvas de serpiente y su seráfica faz, en donde tantas noches me hube sumergido. Sus finos cabellos, dotados de un raro fulgor por la luz de la aurora que los besaba con delicadeza, flotaban en el agua, y parecían entonar, con ondulantes movimientos, las frágiles notas de su propio réquiem que, como la más triste de las melodías, llenaba mi ser de un inmenso dolor y arrancaba sin piedad las lágrimas de mis extenuados ojos. ¡Qué terrible fue para mi alma volver a vivir, aunque fuese en los abismos de la mente, aquel momento tan lleno de pesar!

Me detuve por completo, pues ya no soportaba los recuerdos, y estuve a punto de caer —de hinojos— sobre las quebradizas hojas que cubrían el suelo, y quedarme allí, ahogado en mi amargo llanto. La respiración parecía volverse más difícil y todo el cuerpo me temblaba. Un gélido manto cubría por entero mi corazón y me condenaba a sufrir aquella cruel soledad; extrañaba con angustia su calor y su áurea luz, añoraba tenerla otra vez cerca de mí, pero ella no podía regresar.

De súbito llegó hasta mis oídos un débil murmullo que volaba ligero como el viento, semejante al canto de lúgubres letanías que me hipnotizaron por completo. Busqué con vehemencia por entre las tumbas y sus sombras, abrigando la verde esperanza de encontrar algo que me ayudara a aliviar mi profundo duelo y, entonces, advertí a lo lejos el enorme portón de un antiguo mausoleo cuyos ángeles guardianes, como si fuesen malévolos cerberos devorados por las inmisericordes fauces de Saturno, me seducían, con ojos encendidos por un fuego infernal, a cruzar aquel oscuro umbral del cual emergían tan extrañas melodías. 

Avancé hasta allí con el paso de un sonámbulo —el monumento estaba revestido de un onírico embeleso— y el tenue canto misterioso me parecía cada vez más cercano. Cuando estuve, por fin, frente al negro portal, pude escuchar con nitidez la voz que se deslizaba desde el interior del oscuro mausoleo hasta acariciar mis oídos. Ese timbre melodioso me resultaba sumamente familiar, e incluso el mortuorio monumento frente al que me encontraba —extático— me pareció un tanto conocido, sin embargo, no conseguía evocar un recuerdo específico en mi atormentada memoria.

Por un instante tuve la sensación de que había algo allí dentro que me llamaba. Quizás en el interior de ese perenne mausoleo encontraría la respuesta a mis preguntas o el tan ansiado descanso de mi alma. Con esa fugaz corazonada como guía, opté por cruzar el alto y marmóreo dintel, ornamentado con finos y extraños arabescos, para indagar qué me aguardaba del otro lado.

Una vez adentro, pude percibir una débil luz amarillenta ondulando al final del largo y sombrío corredor. No podía imaginar siquiera de dónde provenía, pero me hipnotizaba, sin duda alguna, con su seductora danza. El canto se tornaba más próximo y más bello conforme me adentraba en las tinieblas, empero no lograba descifrar las palabras que se ocultaban detrás de tan dulces notas. Caminé lento y con la cabeza erguida. A cada paso que daba la presencia de la muerte en ese lugar se hacía más notoria a mis sentidos: su fragancia exquisita me invadía placenteramente, su beso vertía en mi alma los más voluptuosos deleites y sus negras alas me envolvían poco a poco, recibiéndome con gentil donaire.

Mientras caminaba, acudieron veloces a mi mente más recuerdos —aquellos que habían permanecido soterrados en las yermas ruinas de mi memoria. Recordé la imagen de aquel crepúsculo —el ocaso del mismo y funesto día—, aquel atardecer que me aliviaba después de tanto llanto y dolor.

Recordé que cargaba en mis brazos su cuerpo inerte, contemplando aquella hermosa puesta de sol al filo de una rocosa y puntiaguda cima, en cuyos pies chocaban las impetuosas y espumosas olas, teñidas de un rojizo color sangre, como crueles latigazos sobre un indefenso cuerpo desnudo. Volví a escuchar el clamor del océano infinito y sentí otra vez en el rostro la suave brisa que curaba mis heridas.

Con la misma e intensa sensación que experimentara entonces palpé la espesa sangre que cubría mis manos y teñía el blanco ropaje de mi amada. Intenté recordar de dónde provenía esa sangre, pues no podía ser mía, pero no acudió a mi mente la respuesta.

Confundido por ese recuerdo, seguí el camino hacia la luz que ahuyentaba las sombras a lo lejos, escuchando aquel sublime canto y, de improviso, tuve la escalofriante sensación de que alguien me observaba desde las tinieblas pero, al mirar escrutadoramente en ellas, sólo pude distinguir las marmóreas e inmóviles figuras que se erguían a ambos lados y a lo largo del pasillo.

Fue entonces que, de manera repentina, se sumó a la creciente melodía un vago murmullo que me heló la sangre. Era una voz grave, cavernosa, lenta como el pasar de los eones, provista de un macabro y monstruoso timbre. No lograba siquiera percibir si eran palabras lo que la desconocida garganta profería, mas intuí que algo malévolo se escondía en esa voz. Vacilé por un momento y pensé en volver sobre mis pasos. Sin embargo, algo me decía a gritos que debía estar allí, que en esa luz encontraría mis respuestas.

Así, decidí seguir de frente por aquel largo corredor —el más largo que había visto, sin duda alguna—, pero ahora un miedo enorme se había albergado en mi agitado corazón; y mientras emprendía de nuevo la exploración recordé al fin de dónde procedía la sangre que escurría entre mis dedos aquel infausto día: era la sangre de aquellos cinco hombres de Dios que me habían despojado de mi amada. 

Cuando este recuerdo emergió de mi nebulosa mente, el miedo y el dolor que hacía unos instantes me embargaban se convirtieron en un odio desmesurado y en una furia incontrolable. Al igual que sucediera ese día, experimenté el deseo vehemente de lacerar los cuerpos de aquellos falsos pastores de hombres, quienes habían acusado a mi hermosa y angelical amada de ser una sacerdotisa del demonio —bruja, la llamaron. Reconstruí la violenta escena con toda claridad: los ensangrentados cuerpos de los sacerdotes dispersos en el suelo y la afilada hoja de acero hundiéndose aún, sin compasión alguna, en su despedazada carne. Al ver de nuevo esos ojos suplicantes y escuchar otra vez en mi memoria sus desgarradores lamentos, sentí la misma satisfacción que entonces y una vengadora sonrisa se dibujó en mis labios. Avancé hacia la luz danzante atraído por el canto hipnótico que se escuchaba cada vez más y más cerca. El pavoroso murmullo ya no me causaba temor alguno. Por el contrario, ahora incrementaba mi curiosidad por saber de dónde provenía.

Al acelerar el paso, mi antes tímido y lento andar se había transformado en casi una carrera; iba dejando atrás las pétreas figuras que adornaban el largo pasillo devorado por las sombras cuando, finalmente, reconocí la voz que entonaba tan melodiosas canciones: ¡era sin duda la voz de mi amada! Mis ojos brillaron con un jubiloso fulgor y mi corazón palpitaba con acelerado ritmo. Apenas podía contenerme de llegar enseguida al término del corredor donde, de seguro, me encontraría con ella.

Y mientras marchaba a paso veloz, con el alma presa de la emoción, surgió en mi memoria el último vestigio de aquel ya lejano día; la remembranza que completaba el antes nebuloso enigma. Visualicé una vez más, en mi mente, la escena de aquel atardecer color de sangre, cuando me encontraba en lo alto de esa agreste montaña, con el agitado mar debajo y el cuerpo de mi amada en brazos. Recordé que no me sentía entristecido pues había cobrado con sangre la muerte de mi adorada musa... pero... no, era otra cosa lo que aliviaba mi dolor y sosegaba mi alma, no era sólo la dulce venganza, había algo más... ¿Qué era?

Por fin llegué a la última cámara, de donde provenía la amarillenta luz que bailaba entre las sombras. Pasmado, me detuve ante el espectáculo que se presentaba a mis ojos. El dulce canto se había silenciado y sólo podía escucharse ese horrible y vago murmullo que impregnaba la atmósfera con una funesta esencia, como el presagio de alguna maldición que estaba aún por revelarse. La luz emanaba de la punta de un largo y blanco cirio que se localizaba en el centro de la sombría cripta, rodeado de unas cuantas orquídeas con extraña coloración, trazando sobre las dos frías lápidas que se encontraban allí, una junto a la otra, un fino y perfecto claroscuro.

Entonces irrumpió en mi memoria, como una revelación ineludible, lo que me había dado tanto alivio en aquel remoto atardecer, y sentí como si mi corazón se congelara de repente: cuando me encontraba en aquella borrascosa cumbre, creí que ya no existía razón alguna para entristecerme, pues muy pronto habría de reunirme con mi difunta adorada mujer —o al menos eso pensaba. Con asombro aterrador evoqué cómo había saltado desde la elevada cima, abrazando fuertemente su cadáver, precipitándome al abismo de las afiladas rocas donde chocaban con estruendo las enormes y azuladas olas; y volví a ver la última imagen que tuve frente a mis ojos: su bello rostro devorado por la espumosa agua del océano infinito.

 
 
 
 
 
 
 
 
   

Totalmente perturbado, sin poder moverme siquiera, observé las dos tumbas que tenía delante y las recorrí desesperado con la vista, temeroso de hallar en ellas algo que confirmara mis espantosas sospechas. Y así fue, ¡oh, funesta revelación! Vi en una de ellas, grabado sobre el blanco mármol, el angelical nombre de mi amada y, en la otra, escrito con la fatalidad inexorable del más trágico destino, mi nombre.

Y en medio de aquella pavorosa estupefacción puede escuchar, con absoluta claridad, una macabra risa que hizo estremecer todo mi cuerpo e infundió en mi corazón el más profundo temor. Aunque no percibía palabra alguna, entendí perfectamente lo que ese demoníaco susurro quería decirme: permanecería allí para siempre, completamente solo, sumergido en la inescrutable oscuridad, ¡y estaba condenado a no volver a verla nunca más!•  

*Ignacio Armella Chávez concluyó sus estudios de bachillerato en el Centro Universitario México, en el área de artes y humanidades. Obtuvo el primer lugar en los dos últimos certámenes de cuento del cum con "La caída de Soar" (2003) y "Umbra æterna" (2004).