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Graciela Hierro pérez-castro |
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| En estos tiempos modernos, en
los que la decepción por el quehacer de los políticos repercute
en el ánimo cotidiano, de igual modo que las noticias que dan cuenta
del deterioro de las normas mínimas de convivencia social, a las
que se adhiere el incremento en los índices de delincuencia, en
especial contra las mujeres, se nos plantea de nuevo el tema de la educación
de los ciudadanos de nuestro país.
En ese marco de preocupaciones vitales, resulta seductor y estimulante recordar el trabajo de la doctora Graciela Hierro. Su pensamiento y especial manera de ejercer sus disciplinas nos obliga a replantearnos dicha cotidianidad y nos exige enfrentar las complicaciones y las contrariedades desde la perspectiva de la búsqueda del conocimiento, pero también de la persecución del placer, de la felicidad y de la paz, conceptos que para quienes estamos en otro tipo de reflexiones no sólo no tenemos presentes sino se nos olvida que tenemos derecho a ellos. En homenaje a su trayectoria extraordinaria no haremos referencia a sus múltiples publicaciones, a sus numerosas tesis dirigidas, a la magnífica labor docente por muchos conocida, a su trabajo como funcionaria, ni a los importantes premios que recibió; en cambio hablaremos de algunos de los grandes aportes que realizó en los ámbitos de la filosofía, la educación y los estudios de género. La doctora Hierro reconoce en su proceso de formación la contribución de distinguidos académicos, tales como José María Gallego Rocaful, Roberto S. Hartman, José Gaos, Fernando Salmerón, Adolfo Sánchez Vázquez, Ricardo Guerra, Eduardo Nicol, Luis Villoro, Vera Yamuni, María del Carmen Millán, Margarita Quijano, María del Carmen Rovira y Ramón Xirau.1 Puede que se escapen algunos nombres, pero este singular conjunto de trayectorias académicas no podía ser resultado del azar. Más bien dan cuenta de un proceso de selección preciso por parte de la doctora Hierro, que lleva a su vez a advertir, como ella señalaba, que todo proceso educativo supone un proceso de auto-aprendizaje de los sujetos, de sus intereses, de sus preferencias, de sus anhelos. Las preferencias de Graciela Hierro estaban en la filosofía como un campo de conocimientos riguroso, que hace suya la reflexión teórica, las proposiciones y los principios que examinan el quehacer de los sujetos. Ponía el acento en la búsqueda de los conocimientos que permiten la operación de la vida, esto es, el enfrentamiento de los problemas y la toma de decisiones que implica vivir. Se trata para ella de la sabiduría, más que de una disciplina abstracta. Para Graciela Hierro la filosofía era un conocimiento vital. Sus publicaciones y sus cursos dan cuenta de este modo de deliberar. Dentro de la filosofía, la ética le ocupaba particular interés como la reflexión de los problemas morales. Antes que la definición del bien, la moral debía estar guiada por el placer como el criterio último de decisión para alcanzar la rectitud de las acciones. El placer como lo entendía Epicuro: "principio y fin de una vida feliz", sólo así podía darse "la vida buena, digna de ser vivida". De este modo la filosofía resultaba capaz de orientar las acciones. La educación fue otra de sus grandes ocupaciones. Una persona educada, advertía la doctora Hierro, debe pasar por un proceso de autoconocimiento, lo cual supone la constitución de una moral autónoma. Desde esta perspectiva todo proceso educativo termina siendo un autoaprendizaje. Apuntaba en un escrito titulado "Genero y educación":2 Por educación entiendo el proceso de adquisición de conocimientos, habilidades y actitudes con un fin ético. Así, la educación necesariamente nos convierte en mejores personas, a diferencia de la instrucción, la socialización, la masificación, el lavado de cerebro y otros procesos afines que no necesariamente tienen un contenido ético.
Otro de sus grandes temas de interés fue la filosofía feminista, la cual practicó al enfrentar al matrimonio y la maternidad como los únicos caminos de desarrollo de las mujeres de su tiempo, estudiando la maestría y el doctorado en la Facultad de Filosofía y Letras en un lapso de diez años, al mismo tiempo que se ocupaba de educar y dar afecto a sus cinco hijos: cuatro mujeres y un hombre. Es justo señalar que en este ámbito de ocupaciones impulsó en México los estudios de género. En 1978 fundó la Asociación Filosófica Feminista, afiliada a la Society for Women in Philosophy (swip), de Estados Unidos. Fue ella quien organizó la primera mesa redonda sobre "La naturaleza femenina", en el Tercer Coloquio Nacional de Filosofía, a cargo de la Asociación Filosófica de México, en 1979. En el ámbito de la filosofía feminista propuso la idea del desarrollo de una ética sexual autónoma sustentada en el interés individual de cada mujer a partir de la apropiación de su cuerpo y de separar la sexualidad del ejercicio de la procreación, teniendo como criterio último el placer. Para la doctora Hierro, gracias a la heurística de los estudios de género, fue posible separar entre sexo y género. El primero, entendido como un asunto de la naturaleza, un hecho biológico; el segundo, como un tema de construcción cultural y social. Sus planteamientos en el ámbito de la filosofía feminista no sólo ayudaron a muchas personas a través de su labor docente, sino que fue decisiva en la redefinición disciplinaria y profesional de la enfermería dentro de la unam, así como en todo el país, asunto que queda constatado en dos publicaciones sobre el punto. Otro importante resultado de su trabajo fue la constitución, el 9 de abril de 1992, del Programa Universitario de Estudios de Género (pueg) de la unam. La labor que desempeñó como directora de este Programa permitió desarrollarlo como una institución sólida de reconocido prestigio nacional e internacional, que además cuenta con una de las mejores bibliotecas especializadas. Reconocía en el feminismo al movimiento político de las mujeres que da cuenta de los sufrimientos ampliamente compartidos y explicaba: Las personas se vuelcan a la acción política sólo cuando sienten que el gobierno tiene alguna responsabilidad en la ayuda necesaria para remediar sus problemas. Sin embargo, gran número de esperanzas y miedos nunca alcanzan la voz política porque las personas tienden a visualizar sus problemas como personales, y entonces, en lugar de solicitar la acción de las autoridades políticas, se dirigen a sí mismas, a sus familiares o a sus amigos para buscar soluciones.3
La doctora Hierro cuestionó el hecho de que el placer de las
mujeres estuviera relegado. Al cuestionarlo, buscó los caminos para
Para finalizar, una cita más, a la vez que hay que acentuar que el mismo planteamiento debe extenderse a las disciplinas científicas. Es más, todo el quehacer de las mujeres y de los hombres debiera estar encaminado a mejorar nuestra forma de vida como sociedad y como individuos: "Lo más importante es que el conocimiento que tengas te sirva para la vida. Si la filosofía no sirve para la vida, ¿para qué sirve? Si lo que se estudia no es útil para mejorar nuestra condición y felicidad como seres humanos, ¿para qué sirve?"5 Notas 1Varios de los datos se tomaron de la información
producida por cimac Noticias, del 30 de octubre de 2003.
Fragmentos de una carta tardía a Graciela Hierro Eli Bartra ...te fuiste sin despedir, te fuiste abruptamente, con prisa, cuando voltee ya no estabas, te fuiste... Algunos meses antes de marcharte me obsequiaste el librito de tus galardonadas memorias: Gracias a la vida... Poco te imaginabas que no era hasta ahí que iba tu vida, sino que eran una suerte de punto final. Disfrutaste tanto su escritura, le tomaste gusto a rememorar y entregarnos chispazos importantes de tu vida, por lo que dijiste, que querías seguir y seguir, viviendo y escribiendo más memorias. Con gracia, con ironía, contaste tus historias, tan únicas y tan colectivas. Nos permitiste asomarnos como si fuésemos voyeurs a algunos aspectos de tu ser en el mundo. Las leí de un tirón y quise decirte que me habían fascinado. |
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| No me topé contigo en tu oficina las veces
que pasé por ahí, para decírtelo. En eso me enteré
que estabas enferma. Primero me imaginé que se trataba de una indisposición
pasajera. Luego supe que era algo más grave, pero pensé ingenuamente
que te pondrías bien y que pasearías con garbo, lentamente,
tu distinguido porte, otro rato. En más de una ocasión tuve
ganas de llamarte para decirte lo que me había producido tu libro.
Y, sin embargo, me pareció una impertinencia y no lo hice. Pensaba
esperar a que te pusieras bien. Me arrepiento. Sobre todo porque creo que
te hubiera dado una pequeña alegría en momentos difíciles
y quizá no hubiera sido del todo insignificante.
No nos cansamos de decir que la muerte siempre sorprende, aun la más anunciada y la más esperada. Es así: un día estás y al día siguiente ya no. Y nunca más. Tu partida me ha dolido tanto, tanto, que a mí misma me asombra. Quizás es porque se ha ido un poco de mí, quizá. O porque nos vamos quedando más solos cada vez. ...no quería ir a tu velorio; fui casi a hurtadillas. No conozco a tu familia. ¿A quién darle el pésame con algún sentido? Yo estoy de duelo, yo recibo el pésame y, sin embargo, ni quién me lo dé. Jamás había visto tantas flores rodeando un féretro. Escuché a alguien que dijo "¡Parece una reina!" Eso, eso era, efectivamente: parecías una reina. Como siempre. Ya que no te despediste, o mejor sería decir, ya que no pude despedirme de ti, no hubo tiempo, quise escribirte estas líneas. Lo único malo es que sé de sobra que no te llegarán. Y, sin embargo, lo hago a modo de adiós. No escribirás más memorias, no asustarás ya a tus numerosos públicos escupiéndoles tu edad en la cara, no pasearás más tu elegancia innata, no disfrutaremos más de tus sabias irreverencias, ya no más... amiga, maestra, cómplice...• |
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