Franz Kafka (1883-1924): 
41 años de soledad
Miguel Ángel Flores
El 3 de junio se cumplieron ochenta años del fallecimiento de Franz Kafka. La prensa informó que habría algunas mesas redondas para celebrar esta efeméride en la ciudad natal del escritor. Como un adelanto a dicha celebración, en el pequeño jardín que está a un costado de la Sinagoga Española, se colocó una estatua, o quizá podríamos llamarla un grupo escultórico, inspirado en la figura de Kafka, en diciembre de 2003. La imaginación del escultor dio como resultado una obra más bien extravagante. Éste afirma que le hace justicia al mundo de irrealidad y pesadilla que tejen la trama de sus novelas y relatos. Los habitantes de la ciudad no parecieron entusiasmarse con la escultura más reciente que se suma al patrimonio artístico de una de las urbes más bellas del mundo.

Franz Kafka nació en Praga en 1883. Deambuló por sus calles y tuvo varios domicilios. Fue su ciudad, pero ¿perteneció a ella? Sus admiradores, como lo han hecho desde que se divulgaron sus novelas, se apresuraron, y se apresuran, a visitar el cementerio judío de Praga, donde reposan, entre otros miembros ilustres de la comunidad judía, los restos del rabino León (rabí Löw), a quien se le atribuye la invención del Golem, esa figura de barro destinada a ser su siervo, que adquiría vida cuando su amo le colocaban en los labios una tablilla que contenía una palabra sagrada semita clave. Según la leyenda, una noche, víspera del sabbat, su creador olvidó retirar el talismán. El muñeco, loco de cólera, sembró el terror en el ghetto. Al retirar la tablilla, el rabino Löw neutralizó a su criatura, que se convirtió en un montículo de barro.

La leyenda es en el fondo una variante más del mito del aprendiz de brujo, y lo curioso es que se originó en los barrios judíos de Varsovia, más proclives a las supersticiones que los cultos judíos del antiguo reino de Bohemia, quienes habían gozado de un régimen de autonomía municipal, inimaginable en otros sitios de la Europa Central, a partir del gobierno del emperador Rodolfo II. Antes de la caída del Muro de Berlín y de que la llamada Revolución de Terciopelo restaurara las libertades que hicieron de la actual República Checa uno de los lugares más democráticos del mundo, la vida era gris en Praga, pocos los automóviles que circulaban por ella, la iluminación no parecía ser eléctrica, su luz era opaca, más semejante a la que proporciona el gas. Las sombras así parecían más profundas en las noches de Praga, el silencio sólo era interrumpido por el paso de los tranvías y en los días de invierno la ciudad adquiría un aspecto espectral.

El cementerio judío, bajo un cielo de plomo y con árboles sin follajes, era el marco adecuado que nos remitía a un mundo esotérico, donde reinaba la magia de una cultura incomprensible. Preguntaban, y preguntan, por la ubicación de la tumba del escritor. Pero para desilusión de sus admiradores, se les informa que desde el siglo xviii ya no se efectúan sepelios en ese sitio. Y que si las lápidas parecen un mazo de cartas pétreas puestas de pie en desorden, se debe a que ese cementerio era el único autorizado para la inhumación bajo el rito judío, que prohíbe la violación de los sepulcros. Se llegaron así a amontonar hasta diez capas de éstos.

Se abrió otro cementerio para la comunidad judía en terrenos que en aquella época se hallaban en la parte externa de la ciudad, en Oleshanka, y otro diminuto en Zizko. En el primero fue sepultado el autor de La metamorfosis. Una estela funeraria señala el sitio de su última morada que, irónicamente, comparte con su detestado y temido padre, Hermann Kafka. Nunca faltan los visitantes que dejan ofrendas o pensamientos en trozos de papel.

Franz Kafka siempre quiso huir de Praga, pero la "Madrecita", como la llamó, tenía garras; hizo breves viajes a países cercanos, y murió en Austria, pero su cuerpo sin vida regresó a los orígenes. "Kafka era Praga y Praga era Kafka. Nada había sido nunca tan completa y típicamente praguense, y nunca más las cosas volverían a ser como cuando él vivía", escribió su amigo Johannes Urzidil, quien agregó: "y nosotros, sus amigos, los happy few, sabíamos que esta Praga estaba contenida en toda la obra de Kafka, en partículas minúsculas... es justamente el mérito de Kafka que esta ciudad que desapareció con él no haya sido sepultada al mismo tiempo que él".

Fue la suya una vida mediocre que transcurrió en las estrechas calles de la vieja ciudad praguense, hecha de días consumidos en rutinas burocráticas, restringida a los círculos judíos, una vida "provinciana" en medio de una ciudad muy viva, mientras se soñaba con emprender viajes hacia remotos países a donde nunca llegó. Kafka vivió al margen de la vida de los checos que se tejía con los múltiples intercambios y contactos cotidianos, nunca llegó a interesarse en el dominio de la lengua eslava, mayoritaria en su ciudad, y se colocó también al margen de la comunidad de lengua alemana, dueña de la alta cultura y los negocios, guardiana de los intereses del Imperio Austro-Húngaro en las tierras de Bohemia.

Praga era una ciudad bilingüe. Franz Kafka pertenecía a la minoría alemana, pero su estirpe era judía. Sus pocos amigos compartían el mismo origen, la misma confesión religiosa. Fue, como Pessoa, una persona refugiada en su soledad, y como el portugués, dudó de la realidad y tuvo problemas muy profundos y complejos de autoestima. Ambos hicieron de la soledad el rasgo más singular de sus vidas.

El amigo más cercano de Kafka fue Max Brod, a quien visitaba con frecuencia en su estudio de la calle Skorepka, y con quien mantuvo una intensa correspondencia. A los veinticinco años le escribe:

Tengo tal necesidad de buscar a alguien, alguien que al menos me roce con una caricia amable, que ayer estuve en un hotel con una prostituta. Estaba demasiado vieja para ponerse melancólica; se lamentaba, aunque sin admirarse, de que no se es tan cariñoso con las prostitutas como con una querida. No la consolé porque ella tampoco me consoló a mí.


Subrayar así su desamparo resulta doloroso

Las mujeres estaban a su alcance, pero él inventaba obstáculos a cualquier relación. El padre tiránico, que lo despreciaba, comerciante de éxito, con sus actitudes le acentuaba su sentimiento de fracaso y desubicación. Cualquier figura de autoridad paralizaba su voluntad. El refugio era la soledad que no se aceptaba y por ello resultaba intolerable. La figura de la autoridad se halla en el centro de un laberinto en el que nunca se encontraba el hilo conductor.

La férrea burocracia del Imperio Austro-Húngaro era una máquina de destrucción de la identidad. ¿Qué valía un hombre sencillo, un ciudadano inerme, frente a la maquinaria administrativa? El yo quedaba anulado frente a cualquier autoridad que se volvía omnipotente. El otro no tenía rostro, ¿cuál era el suyo? Con sus novelas escribió la gran metáfora de la soledad y el desamparo. Al concluir una carta a su primera novia, le dice: "¿Habría de pretender nombrarme `tuyo' al firmar? Nada sería más falso. No, soy mío, y eternamente condenado a mí, eso es lo que soy, y a ello he de intentar acomodarme".

No había escapatoria en esa condena: él era su propia cárcel. Y cada vez que intentó aceptar su condición y acomodarse a ella, se le presentó la fatalidad del fracaso. Los problemas superaban su voluntad para resolverlos. No se encerró en sí mismo, pero no estaba dotado para la convivencia. Nada resultó como él pretendía. Su trabajo burocrático en compañías de seguro, donde él se sentía la pieza más insignificante de un mecanismo al que no le hallaba sentido, se convirtió en la gran frustración.

El único alivio eran las horas dedicadas a escribir ficciones; sus fantasías de huida no lo llevaron muy lejos; las relaciones con su padre, a pesar de su buena voluntad, se estrellaron siempre ante el muro de la incomprensión, y no obstante que sintió un profundo amor con sus prometidas, nunca concretó ninguna relación. Max Brod, su gran amigo y primer biógrafo, a quien confió sus papeles antes de su muerte no sin antes pedirle que los destruyera (¿por qué no los destruyó él mismo?, ¿había una secreta ansia de trascendencia?), observó: "En Kafka luchaban entre sí dos tendencias contrarias: el anhelo de soledad y el deseo de comunidad".

Tal vez Franz Kafka hubiera sido el mejor actor para personificar la vida de Bernardo Soares, semiheterónimo que Fernando Pessoa inventó para expresar sus profundas frustraciones, su aislamiento y su sentimiento de inferioridad. Podemos imaginar a Kafka, de no haber sido judío, como solitario habitué de las tabernas de la ciudad (las hospodas de Praga), donde devoraba salchichas y bebía tarros de cerveza mientras contemplaba, a través del vidrio de la ventana, enturbiado por humo y vaho, las sombras de una vida que pasa mientras él queda anclado a su soledad, de la que no lo salvará o redimirá el intenso amor que sintió por tres mujeres, las cuales gracias a la abundante correspondencia que sostuvo con ellas y a su diario —cuyas primeras entradas datan de 1910 y que se prolongó hasta la víspera de su muerte—, trascendieron el anonimato. Dos fueron alemanas, de su misma esfera cultural, Felice Bauer y Grete Bloch, y la tercera checa, Milena Jesenská. Vivió historias de amor que él se empeñó que no tuvieran feliz desenlace. Su correspondencia epistolar amorosa estuvo a la altura de su genio literario. En este punto supera al poeta portugués. Había aceptación, pero él dudaba de sí mismo y se sentía abrumado por la idea del compromiso.

Max Brod habló de su suerte con las mujeres: "Kafka atrajo a las mujeres a lo largo de toda su vida; él dudaba de ello, pero es incuestionablemente cierto". Dudaba de su atractivo físico y personal. Dudaba de la autenticidad afectiva de los otros: dudaba de todo, de sí mismo y del valor de sus escritos. Cuando circuló su cuento, La metamorfosis, fue perturbador leer la fábula sobre un hombre que al despertar se da cuenta que su cuerpo ha sufrido un insólito cambio: ahora es un insecto que merece la humillación.

Para Kafka no podría haber peor destino que perder la dignidad de la figura humana. El desprecio y la desconfianza que sentía hacia sí mismo tenía su origen en el temor y la inseguridad que logró sembrar en su psique Herman Kafka. Franz siempre vivió agobiado por el sentimiento de culpa que le provocaba pensar que había defraudado las expectativas de su padre. Era débil, sensitivo, inclinado a la introspección y en permanente huida del mundo "real".
 

 
 
 
 
 
 
 
 
   
Entre los antecesores de su línea materna había habido rabinos y hombres de acusada espiritualidad. Es conmovedor leer su Carta al padre en la que le expresa su deseo de quedar lejos de su alcance. Para este hombre de débil voluntad, extraviado en el mundo "real" y agobiado por la culpa, la única forma de quedar lejos del alcance paterno era la fundación de una familia: un hogar propio significaba la independencia y su redención ante sí mismo. Así lo expresó en su diario: "Aquí no hay nadie que me comprenda íntegramente. Tener a alguien que fuera comprensivo, una mujer, eso sería un sostén para todo, sería tener a Dios". En otra parte afirma, inspirado por la lectura del Talmud: "Un hombre sin una mujer no es un ser humano".

Pero no luchó por forjarse un espacio de libertad, donde pudiera borrar su sentimiento de culpa. El único espacio donde creyó encontrar su salvación fue la literatura. Al escribir actuaba como un pequeño dios, libre para expresar todos sus sentimientos y hacer de sus narraciones un espejo donde se reflejaba la angustia del hombre contemporáneo ante la incertidumbre de una nueva época que había perdido su centro. Había una especie de seguridad en sí mismo al describir a su antihéroe atrapado en contradicciones y sin sentidos; sí, nunca se llegará a comprender el sentido último de todas las acciones que emprende el hombre o a las que se ve sometido.

Ochenta años ya. Sabemos que la fama fue póstuma. Max Brod no quemó los papeles. El autor de La metamorfosis dio origen a un neologismo: kafkiano, situación en la que no se encuentra la salida, o donde cualquier salida es en falso. Desde su muerte, Praga pasó de la república liberal de Mazaryk a la ocupación nazi y luego a medio siglo de dominación comunista, envuelto en vericuetos kafkianos, años recientes en que su obra no fue prohibida mediante decreto, pero se abandonó la reedición de sus libros. Otra vez la República Checa y la democracia. Hay homenajes y se recupera la memoria de su vida en Praga, pero la ciudad no ha vuelto a ser bilingüe, por ello, para los checos Franz Kafka es un extraño extranjero en su ciudad.• 

*Miguel Ángel Flores es profesor-investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Sus libros más recientes son Umbral y memoria (México, UAM-Aldus, 1999) y un volumen en la colección Material de Lectura de la UNAM.