Cuatro poemas 
*Guillermo Landa 
 

Alerce*

A Hugo Gutiérrez Vega
en sus primeros setenta años

La sombrosa pasión caducifolia 
tiende gríseo crespón, como anticipo,
en cuadrante hiemal.

Ya vejestorio

lepidóptero Pan cuernos polvosos 
cruza sus patas en manuales doctos 
donde la Parca sueña su relevo 
en los bucles de fauno entelerido; 
porque imperecedera, como letra 
vieja, la muerte al mito no desmiente.

El vetusto vellón se desmadeja 
sin que los silbos palpen su rocío. 
Ya no gimen los hímenes ansiosos 
que en yerbazales fálicos se hundían. 
La que horadaba voz mocil carrizos 
al seminal del Eros convocando 
con las siete oquedades seductoras 
huraña suena para ninfa esquiva. 
Áfona siringa.

Urde Sileno 

un retozar hiposo de bacantes
y una gangosa nota desmedrada, 
en vano, pues aire inerte no punza 
del oído, y la danza raída 
ya no penetra en la avidez del ojo.
Lianas y enredaderas como atuendo
de la menguada umbría se marchitan
sobre resecos pubis y los glandes
amojamados con deseos yertos.

Sobre las piernas huesudas el musgo 
testimonia la calma del que espera 
sátiro inverecundo la caída 
de las hojas y el minuto que media 
entre el clan vital y la nostalgia 
de la tumba.

Púrpura y azul (343-414 e.c.)

A Raúl Falcó, traductor apasionado
de Paul Quignard y de mi Cahier d'amour

El aire que el bujedal orea
y hace flotar la bufanda de lana azul de Egipto
del senador de la desmoronada y caediza Roma
se acuerda al ritmo del estilo
con que Apronenia Avitia forma
en la cera de la tablilla buxácea
el nombre de Publio Saufeius Minor
para quien, celoso de sus dioses tutelares,
el colega Panaquio, doctrinado
en la provocación cristera,
vistiendo el sayal de los monjes
en el recinto de la Curia,
era peor que un Huno en las fronteras.
Ya pues, por aquel tiempo los cristianos
habían edificado la iglesia de Santa Sabina
con los mármoles robados al templo
de la reina del cielo, Juno Regina,
protectora deidad de las ciudades
y matronas del Lacio y la Sabinia;
cuando el puro aire, que frecuentaba
la mansión del monte Janículo
y el palacio del monte Celio,
fue aire roto y viento airado
sobre la devastación gótica de la Urbe 
arrastrando a la corriente del legamoso Tíber 
alguna toga laticlava
un tapaboca de telar egipcio
y los listones azules 
(de ese azul que tienen los esmaltes de Egipto)
de unas perdices propiedad de la viuda
de Spurius Possidius Barca.
 


A un poeta neoclásico en Huatusco, Veracruz 

Aparando el envolvente del perenne carmen 
con la longevidad de los juncos que cogías 
en la orilla de un río reclamado por el Egeo 
formabas jaula para encerrar el cricri de Titono.

Mas Océano y Tethys genitores, 
pretinas vagarosas de la Tierra, 
donde el mito se baña y se zambulle, 
no prometen al Seno mexicano 
el misterioso canje de sus aguas. 
Así en riberas del caudal Jamapa, 
que numeró tus años 
y silabó tus días, 
no crecen los heládicos otates
y la canción del chapulín liberta 
se fuga en el relente. 

 
 
 
 
 
 
   
Orfebrero anacreóntico

Para que tus deseos tomen forma 
no te digo abrázame, 
sino abrázate a mí. 
De la forja de nuestros besos 
me encargo yo 
hasta que por centenas y miles 
nos sintamos colmados. 
Tocando nuestros cuerpos 
con tacto ciego ardiente 
tocaremos cielo. 
Sobre la bigorneta del placer 
inflamada pasión no se quebranta, 
ayes fogosos y jadeantes pechos 
una canción burilen 
que remede el estilo cachondo 
del viejo de Taos

*Guillermo Landa es egresado de la Facultad de Derecho de la UNAM. Pertenece a la Asociación del Servicio Exterior Mexicano. Poeta bilingüe en español y francés. Ha publicado, entre otros libros, Este mar que soy yo (1964), Cahier d'amour (1979), Treintañal. Obra poética, 1964-1994 (1994) y Frutero y yo (2001). 

*Alerce. Cedro. Es originario de África y fue introducido en los jardines de Europa. De él se extrae la grasilla que suele darse al papel de escribir.