Alerce*
A Hugo Gutiérrez Vega
en sus primeros setenta años
La sombrosa pasión caducifolia
tiende gríseo crespón, como anticipo,
en cuadrante hiemal.
Ya vejestorio
lepidóptero Pan cuernos polvosos
cruza sus patas en manuales doctos
donde la Parca sueña su relevo
en los bucles de fauno entelerido;
porque imperecedera, como letra
vieja, la muerte al mito no desmiente.
El vetusto vellón se desmadeja
sin que los silbos palpen su rocío.
Ya no gimen los hímenes ansiosos
que en yerbazales fálicos se hundían.
La que horadaba voz mocil carrizos
al seminal del Eros convocando
con las siete oquedades seductoras
huraña suena para ninfa esquiva.
Áfona siringa.
Urde Sileno
un retozar hiposo de bacantes
y una gangosa nota desmedrada,
en vano, pues aire inerte no punza
del oído, y la danza raída
ya no penetra en la avidez del ojo.
Lianas y enredaderas como atuendo
de la menguada umbría se marchitan
sobre resecos pubis y los glandes
amojamados con deseos yertos.
Sobre las piernas huesudas el musgo
testimonia la calma del que espera
sátiro inverecundo la caída
de las hojas y el minuto que media
entre el clan vital y la nostalgia
de la tumba.
Púrpura y azul (343-414 e.c.)
A Raúl Falcó, traductor apasionado
de Paul Quignard y de mi Cahier d'amour
El aire que el bujedal orea
y hace flotar la bufanda de lana azul de Egipto
del senador de la desmoronada y caediza Roma
se acuerda al ritmo del estilo
con que Apronenia Avitia forma
en la cera de la tablilla buxácea
el nombre de Publio Saufeius Minor
para quien, celoso de sus dioses tutelares,
el colega Panaquio, doctrinado
en la provocación cristera,
vistiendo el sayal de los monjes
en el recinto de la Curia,
era peor que un Huno en las fronteras.
Ya pues, por aquel tiempo los cristianos
habían edificado la iglesia de Santa Sabina
con los mármoles robados al templo
de la reina del cielo, Juno Regina,
protectora deidad de las ciudades
y matronas del Lacio y la Sabinia;
cuando el puro aire, que frecuentaba
la mansión del monte Janículo
y el palacio del monte Celio,
fue aire roto y viento airado
sobre la devastación gótica de la Urbe
arrastrando a la corriente del legamoso Tíber
alguna toga laticlava
un tapaboca de telar egipcio
y los listones azules
(de ese azul que tienen los esmaltes de Egipto)
de unas perdices propiedad de la viuda
de Spurius Possidius Barca.
A un poeta neoclásico en Huatusco, Veracruz
Aparando el envolvente del perenne carmen
con la longevidad de los juncos que cogías
en la orilla de un río reclamado por el Egeo
formabas jaula para encerrar el cricri de Titono.
Mas Océano y Tethys genitores,
pretinas vagarosas de la Tierra,
donde el mito se baña y se zambulle,
no prometen al Seno mexicano
el misterioso canje de sus aguas.
Así en riberas del caudal Jamapa,
que numeró tus años
y silabó tus días,
no crecen los heládicos otates
y la canción del chapulín liberta
se fuga en el relente. |