La difícil construcción de la 
identidad masculina al inicio del siglo
*Rafael Montesinos
Introducción

Al inicio de un nuevo milenio se observa la necesidad de una humanidad que no supera la violencia y la pobreza, y que busca convencerse de que el futuro traerá escenarios de reproducción económica, política y cultural generadores de esperanza. Se trata de una actitud ante el futuro que refleja, por una parte, la conciencia de que el proyecto de la Ilustración no ha traído los beneficios materiales ni simbólicos que garanticen ni la paz mundial ni la tranquilidad individual que suponían las banderas de la igualdad, justicia y fraternidad; por otra, la urgente necesidad de compartir el convencimiento colectivo respecto a un tiempo por llegar esperanzador, que reponga la certidumbre requerida por la naturaleza humana.

En una perspectiva global la crisis de la modernidad ha alcanzado todos los ámbitos de la vida social, de tal manera que ni la tecnología permite a la humanidad presumir un éxito contundente. Por ello la afirmación de autores como Habermas y Elias apuntando la condición inconclusa de la modernidad. Las guerras, la crisis ecológica, la miseria, las virtudes efímeras y limitadas de las democracias del siglo XX, las primeras expresiones de estas patologías sociales a lo largo y ancho del planeta al inicio del siglo xxi, arrojan al imaginario colectivo internacional una incertidumbre que sólo será resuelta por la esperanza, como única vía para contener el miedo que provoca la irracionalidad humana (Heller y Férenc, 2000, p. 221). La imbecilidad parece haber vencido a la razón.

Esta situación de crisis priva en la reproducción de la subjetividad colectiva e individual afectando las conductas y, por tanto, la interacción que los individuos mantienen con su entorno. Visto así, el cambio cultural que vivimos desde hace cuarenta años y la marcada crisis social que asfixia la posibilidad de generar una nueva cultura que sepulte las principales deformaciones de una sociedad tradicional-autoritaria, representan la única vía para restituir la certidumbre que concede la certeza de poseer una identidad, en nuestro caso de género, que permita tanto a hombres como a mujeres construir una cultura igualitaria. Una lucha que tenga por objeto la transformación de la vida cotidiana está por supuesto inserta en la posibilidad de instaurar una práctica social que supere las evidentes limitaciones que imponía la tradición.

Es fundamental ubicar que el cambio cultural de las últimas décadas si bien ha visto emerger nuevas identidades femeninas, también es el espacio simbólico en el cual la identidad masculina se debate entre el pasado y el presente, como un tiempo socialmente renovado que ponga fin a los rasgos autoritarios de una sociedad patriarcal que igual pesa para hombres y mujeres. En las siguientes páginas desarrollaré lo que a mi juicio constituyen las principales rutas de la masculinidad que permitirán a los hombres arribar a una nueva identidad genérica que nos libere del pasado (Montesinos, 2002).

La masculinidad como identidad en cambio

Comienza a aceptarse la idea de que la masculinidad tradicional, cifrada en la superioridad sobre las mujeres, se encuentra en crisis. La construcción colectiva de la identidad masculina se encuentra inmersa en un proceso de cambio cultural donde los principales referentes socioculturales de la misma van quedando en desuso. Esto provoca una suerte de deslegitimación de los estereotipos sociales que nutrían el imaginario colectivo desde los cuales los hombres construían una personalidad genérica que les permitía distinguirse de la otredad (Montesinos, 1995).

Se trata de la erosión de las fuentes simbólicas que legitimaban la autoridad y la concentración del poder en la figura masculina, y un momento donde no se tiene la certeza sobre los nuevos referentes que permitan o bien crear una nueva identidad masculina o resignificar la existente. Esto parece insoslayable, sobre todo si se considera que el cambio cultural se ha expresado a partir de la emergencia de nuevas identidades femeninas, lo que hace suponer un mínimo efecto en la contraparte, de manera que la masculinidad refleje, también, la transformación simbólica de su par. Así iniciamos un proceso de búsqueda de nuevos referentes culturales que posibiliten la construcción de una identidad masculina más acorde con los tiempos actuales.

De esa forma se observa un dilema mucho más complejo del que supone una transición, entendida como un periodo en el cual coexiste lo viejo y lo nuevo, el pasado y el presente, la tradición y la modernidad. Lo lógico sería esperar que en dicha lucha de sobrevivencia llegará el momento donde lo nuevo comienza a predominar sobre lo viejo, y por lo tanto —poco a poco— crear las condiciones socioculturales para desechar las costumbres, principios, normas, prácticas y expectativas que tomaban como fundamento los valores de la tradición que justificaban el carácter autoritario (patriarcal) de la identidad masculina.

El problema radica en que si bien las representaciones sociales del pasado ahora son cuestionadas en el contexto de una actitud esperanzadora que idealiza el arribo de una etapa democrática deliberativa como única vía para restituir a la razón como elemento central que propicie la igualdad y la justicia en las relaciones genéricas —tanto en el espacio público como en el privado—, habrá de reconocerse que los hombres adolecemos de la reflexividad requerida para generar el debate, consensos-disensos y negociaciones respectivas que supone una etapa de verdad democrática.

Esto se hace evidente tan sólo si pensamos que la contraparte, nuestra otredad, lleva cuando menos cuatro décadas reflexionando respecto a su nuevo ser femenino. Consideremos la trascendencia del movimiento feminista, su desgaste, pero también la renovación de la reflexividad femenina que tomó los senderos de la academia, luego los de una presencia política diversificada y, por último, enclavar el tema del género femenino como uno de los temas fundamentales en la reorientación del cambio cultural.

Esto ha provocado un predominio de la problemática femenina en el escenario donde se recrea la discusión pública sobre "los géneros", pues los hombres no estamos acostumbrados, ni mucho menos entrenados, a discutir públicamente los conflictos culturales y sociales que ponen en entredicho una masculinidad anclada aún en el pasado. Lo que le confiere a los hombres un sentimiento de desconcierto por mantener, por lo pronto, una condición híbrida en la calidad de su identidad genérica, situación que atenta contra una de las principales fuentes de la autoridad masculina: la razón.

El cambio cultural nos muestra temerosos, al menos desorientados, en cuanto a plantear los rumbos de construcción de nuestra nueva masculinidad. En ese sentido, aparecemos a expensas de quien sí sabe qué hacer, cómo hacerlo, dónde hacerlo. Pareciera que adolecemos de un proyecto de cambio en el cual planteemos las formas y calidades de nuestras conductas e interacciones con el género femenino.

Por ello comparto la idea de Seidler cuando señala que los hombres somos víctimas de una situación desigual ante las mujeres, pues a lo largo de estos años ellas han dado forma a un proyecto social en el cual demandan una identidad masculina acorde con los cambios sociales que posibilitan la puesta en práctica de una cultura más igualitaria, por tanto abierta a la participación femenina en todos los ámbitos sociales.

Sin embargo, habrá que replantear hasta dónde sea válido separar la discusión sobre los géneros y la discusión más general sobre la democracia (Seidler, 2000). De manera que si se considera como fundamento a la segunda, nos veremos obligados a reconocer que las implicaciones, por ejemplo, de promover una verdadera igualdad entre los individuos transfiere a todos los ámbitos de la vida social un valor moderno que influirá en las diferentes formas de reproducción material y simbólica.

En ese contexto habremos de considerar que el género masculino no aparece tan desprotegido en el terreno de la deliberación sobre la posición de hombres y mujeres. Estamos inmersos en un momento en que se cuestiona la democracia a medias y por otra parte no partimos de cero, sino de un conocimiento acumulado que debemos al movimiento feminista y sus secuelas.

No podremos hacer caso omiso de la influencia enajenante que la tradición inscribió en la piel del género masculino y que impide hoy, a muchos hombres, reconocer una humanidad caracterizada por rasgos psicológico-emocionales que comparten por igual los dos géneros. La diferencia es que la humanidad masculina ha sido largamente reprimida, pues el poder asociado a la imagen masculina está cifrado en la razón, la fuerza y una autoridad que bien puede distanciarse de la piedad y de todo tipo de sentimentalismos asociados a rasgos sociales y simbólicos femeninos. 

El reto para el género masculino es de una rebelión cultural que provoque la erosión de las principales columnas de apoyo de una sociedad que suspira por el pasado, una sociedad que logró imponer estereotipos mutiladores de una parte sustancial de la esencia humana, tanto para mujeres como para hombres. De tal forma que sea necesario desmontar las partes del sistema social autoritario que impuso las diferencias genéricas que hoy pesan sobre nosotros.

La transformación estructural de la sociedad

La crisis de la identidad masculina ha sido producida porque las estructuras políticas, económicas y sociales se han transformado en las cuatro últimas décadas con la práctica social de una nueva identidad femenina. Se trata de las distintas condiciones de las estructuras económicas que surgieron en un contexto de guerra, en el caso de los países del primer mundo, o de las etapas de desarrollo que transformaron las estructuras del mercado en los países como el nuestro. En todo caso, el efecto es el mismo: la generación de condiciones económicas que propiciaron la aparición de las mujeres en el mundo del trabajo. ¿Qué efectos trajo consigo tal transformación de las estructuras sociales?

En primer lugar, la apertura del mercado a la presencia femenina en el siglo XX propició la reconfiguración del mundo social, en virtud que dicho proceso significó la transformación tanto del espacio privado como del público. Ello nos obliga a identificar una vinculación sistémica entre los principales ámbitos sociales (económico, político y cultural) y a considerar que un cambio sustancial en alguno de ellos tendrá un efecto en los otros; aunque la transformación no se dé simultáneamente (Martínez A., 2000). Se trata, entonces, de un fenómeno social, la presencia femenina en el mercado de trabajo, que trae consecuencias en los dos espacios sociales, vinculando así, cuando menos, a lo económico y lo cultural. Las prácticas concretas de la vida social se transforman y con ellas los estereotipos y las identidades en general. En este caso el nuevo papel económico de las mujeres sugiere el origen de una nueva identidad femenina.

El mercado de trabajo remunerado representó la posibilidad de que la mujer creara las condiciones para buscar su independencia económica, pero también de liberarse de su confinamiento en el espacio privado. Los dos primeros elementos de la identidad femenina comienzan a transformarse: una entidad dependiente de la capacidad proveedora de los hombres y su vinculación "natural" al espacio privado. ¿Qué estaría pasando mientras con la identidad masculina?

La libertad o la idealización que se tiene de ella no se alcanza de inmediato, pues se trata de un proceso de largo aliento y por demás complejo, en el cual no basta la emergencia de nuevas prácticas sociales sino del proceso de resignificación simbólica que plantee en el terreno de la cultura nuevos valores que justifiquen subjetivamente el cambio social. Me refiero a lo siguiente: si bien existen nuevas formas de interacción que modifican el rol de cada género, las condiciones de desigualdad entre hombres y mujeres, así como la sumisión material y simbólica de la mujer a la autoridad masculina, pueden permanecer intactas. Es el peso de la cultura a la que se refería Freud, y que sugiere la confrontación subjetiva entre la colectividad, el imaginario colectivo y la percepción individual; o como lo replanteó Norbert Elias: la relación entre la sociogénesis y la psicogénesis (Elias, 1987).

Sin embargo, esto no quiere decir que el cambio de las estructuras y la transformación de las prácticas sociales dejen de ser las bases para cambios culturales que se expresarán más tarde. Como bien lo señaló Simone de Beauvoir, la identidad femenina se transforma y con ello las prácticas concretas entre los géneros, a partir, sobre todo, de abrir la posibilidad de que la mujer rompa su dependencia económica hacia los hombres (De Beauvoir, 1990). Ésta, sin duda, es la base para que la subjetividad femenina —luego colectiva— cambie los referentes culturales que justificaban la desigualdad entre hombres y mujeres. O para decirlo de forma tajante: la independencia económica de la mujer es el origen de la erosión del poder masculino. Es el pecado original que atentó contra el orden masculino.

Este cambio de la condición social de la mujer generó simultáneamente, y de manera mucho más clara, la transformación de la principal célula social que coadyuvó a la reproducción de nuestra sociedad capitalista, desde su origen, hasta mediados del siglo XX: la familia nuclear. La división sexual del trabajo a la que tanto hicieron referencia las feministas se sustentaba en los roles asignados a cada género, es decir, el papel de proveedor para el hombre y la responsabilidad de la reproducción para la mujer, lo que de manera "natural" propició la asignación de los espacios sociales para cada uno de ellos. El espacio público para el género masculino y el espacio privado para las mujeres. De tal manera que la presencia de la mujer en el mercado de trabajo1 implicó la desarticulación del espacio privado, de ahí que en la actualidad se observe un proceso de descomposición social que en muchas ocasiones encuentra su razón en la reconfiguración de los espacios sociales.

En el ámbito de la cultura el desmantelamiento de la familia nuclear significó el origen de la descomposición del orden patriarcal, generando un conflicto situado en los roles asignados a cada género (Lipovetsky, 1994). La mujer dejó de cumplir en su cabalidad con su papel de reproductora de la sociedad, mientras los hombres nos mantuvimos al margen del espacio privado a pesar que su esencia se transformaba de manera rápida desde los años cincuenta y sesenta. Y ahí sí, mientras la mujer batallaba para dar forma a su nueva identidad genérica, el género masculino nos aferramos al rol asignado por tradición, por lo cual continuamos recreando nuestra identidad a través, sobre todo, de nuestro papel proveedor y, por tanto, de nuestro posicionamiento en el espacio público.

La tradición y la presencia patriarcal de nuestro género vio con desprecio la modesta aportación que la mujeres hacían en esos momentos, por lo que la cultura se encargó de replantear las condiciones de interacción, de tal modo que la mujer continuara cumpliendo con el papel asignado como reproductora de la familia. El sentido tradicional de la cultura propició, ante este vacío en el espacio privado, que si bien la mujer tenía que descomponerse en dos para tener presencia en los diferentes espacios sociales, cumpliera sus funciones en uno y otro lado. Emergió así la sonada doble jornada que tantos conflictos provocó entre los géneros, pero que al mismo tiempo significó un paso adelante en la construcción de las nuevas identidades femeninas. 

El fenómeno cultural al que nos referimos permitía, por un lado, abrir las estructuras sociales a formas distintas de participación de la mujer, y por otro, mantener el orden patriarcal que mantenía subordinadas a las mujeres. Por eso, aun cuando los espacios sociales se habían redefinido, en especial el privado, la posición masculina se mantuvo casi intacta. La aportación económica de la mujer al presupuesto familiar era visto como una ayuda que, al menos, servía para que ellas se hicieran cargo de sus "gastos suntuarios". Nada significativo que pusiera en predicamento a la autoridad masculina, pues la composición cultural de la identidad femenina le asignaba la responsabilidad de hacerse cargo de los hijos y por ello la responsabilidad de la reproducción social que va más allá del acto de procreación. 

La sola posibilidad de rompimiento con la pareja ponía a la mujer en un verdadero dilema, pues sobre ella recaía la responsabilidad moral de mantenerse al frente de la familia a pesar de la ausencia voluntaria del hombre. Y entonces las desventajas que imponía el diferencial de ingresos para hombres y mujeres ponían en clara desventaja al género femenino, pues además la condición patriarcal de nuestra cultura estigmatizaba a la mujeres divorciadas o abandonadas, en claro beneficio de la condición social masculina que ya gozaba de algunas importantes prebendas. Tal es el caso de la doble moral, entendida como la permisibilidad social para que el hombre transgrediera los preceptos morales de la sociedad, mientras a la mujer se le exigía un claro apego al hogar, dedicación a los hijos y, en especial, fidelidad.

Sin embargo, el cambio cultural se estaba gestando a pesar de que las relaciones de desigualdad entre los géneros no se hubiese manifestado abiertamente en el terreno de las interacciones y conductas de hombres y mujeres. Se hacía evidente la transformación de las estructuras económicas, sobre todo las correspondientes al mercado de trabajo, y el espacio privado había sufrido un profundo embate a partir del desplazamiento de la mujer al espacio público. Las condiciones materiales estaban dadas para un proceso de cambio cultural que avanzaba sigilosamente. Era una revolución simbólica que había sido puesta en marcha sin dejar una huella clara de esto; los frutos se harían evidentes de manera casi rotunda a partir de los años setenta. Después que las mujeres dejaron de conformarse con tener una presencia en el mercado de trabajo y se decidieron inconscientemente a conquistar el espacio público(Martínez A., 1999). 

La construcción de nuevas identidades femeninas que concretaban el cambio cultural que México y el mundo vive desde los años sesenta, se expresó ya no mediante su progresiva presencia en el mercado laboral sino porque su presencia adquirió la calidad que colocaba a las mujeres en posiciones de competir por el poder en todos los terrenos del orden social. La división sexual del trabajo que caracterizó a la etapa patriarcal de nuestra sociedad se desvirtuó porque las mujeres aparecieron en todo tipo de actividades económicas, en especial porque desarrollaron las capacidades suficientes para participar del poder en las diferentes organizaciones, públicas y privadas, como políticas, empresarias, ejecutivas, intelectuales, artistas, etcétera. Esta situación fue posible a partir de la considerable participación de las mujeres en la educación superior; las mujeres se apropiaban de un recurso de indiscutible predominio masculino: la razón. 

Aunado a ello la mujer dejaba de ser un objeto sexual y se constituía en un sujeto sexual, propietaria de su cuerpo y decidida a buscar el placer como parte de la recompensa del cambio cultural del que ellas fueron un actor insustituible. Mientras, por nuestra parte, los hombres nos manteníamos escépticos ante la evidencia... convivíamos con un ser que no sólo exigía sus derechos como individuo en todos los terrenos de la vida social, sino que argumentaba cada una de las críticas y fundamentaba sus propuestas. Mientras ellas permanecían muy seguras del mundo social que deseaban, nosotros nos quedamos en una posición incómoda, donde no hacíamos conciliar un discurso liberal y una práctica muy anclada en el pasado. Evidentemente habíamos sido rebasados a pesar de que la lucha de las mujeres, en la práctica más que en el discurso, nos ofrecía la puerta de salida de un sistema que igual que las reprimía a ellas nos tocaba sufrir el autoritarismo de una sociedad patriarcal. 

A través del simbolismo que la sociedad moderna manejaba en los medios de comunicación masiva, la nueva iconografía que concede a la mujer una posición de igualdad al hombre (a pesar de que algunas todavía intenten explotar los valores de la tradición) y las proyecciones que dotan de universalidad al cine y a la televisión, prácticamente se mofan de lo que constituirían los referentes culturales de una identidad masculina vinculada al pasado. Es decir, parece existir una idea generalizada de rechazo a todos aquellos rasgos que permitían definir a la identidad masculina. Sin embargo, no existe necesariamente nuevos referentes que permitan determinar cuál habría de ser la identidad masculina alternativa a la condición autoritaria que la cultura tradicional impone en los imaginarios colectivos. Y este es uno de los argumentos que permiten sustentar la existencia de la crisisde la identidad masculina. No obstante, es tan evidente el efecto negativo de una práctica de la masculinidad apegada al pasado que parecería suficiente hacer exactamente lo contrario a lo que nuestros padres hicieron (pensar y actuar al revés) para cumplir con el rol genérico que a todos exige la sociedad. Lo cual no necesariamente es cierto, pues en efecto adolecemos de una capacidad reflexiva que nos permita dirimir cuál es el rumbo para construir una identidad masculina que sea acorde con la nueva era, de la cual esperamos traiga consigo una fuerte carga liberadora. 

¿Qué ha pasado con la división sexual del trabajo?

Un tópico todavía no superado en la discusión sobre los géneros es la división sexual del trabajo, de la que subyace, según nuestra interpretación, la principal fuente de poder que se le concedía a la figura masculina en la lógica de una sociedad patriarcal. Pues, si el poder masculino está fundamentado en el papel de proveedor que le asigna la sociedad, entonces el papel social que juega el trabajo es determinante para la definición del staus quo, tanto para hombres como para mujeres. Como bien señala Tofler, el referente social más importante para dotar a los individuos de identidad es el trabajo (Tofler, 1980). Aceptar esta afirmación implica reconocer la importancia que tiene dicha actividad no sólo para garantizar la reproducción material de la sociedad sino como forma de reproducción simbólica de los individuos. El género sería la primera forma de identidad que permite a los individuos iniciar el proceso de construcción de su personalidad, pero la siguiente etapa en el proceso de socialización abre un amplio espectro de espacios donde el individuo refrenda su identidad genérica y genera otro tipo de identidades que lo vinculan a su colectividad y lo sitúan en un status quo.

El fin y principio de siglo está marcado por una fuerte crisis económica del sistema capitalista que no es posible resolver mediante las reestructuraciones y la definición de nuevas regiones económicas, pues uno de los problemas más serios que la humanidad enfrenta en esta nueva era es la escasez del empleo. De tal forma que la cultura emergente a partir de esta nueva variable impone a todas las sociedades nuevas condiciones que habrán de ser resignificadas y codificadas en la interacción social. Es cierto, la humanidad ha desarrollado la capacidad para reproducirse materialmente, y este fenómeno cada vez depende menos de la fuerza de trabajo y del trabajo intelectual, así que la pregunta obligada es: ¿qué alternativas materiales y simbólicas tienen los individuos que no tienen posibilidades de insertarse en el mercado de trabajo? ¿Cómo podrán subsistir y que será de su status quo? ¿Será posible que en una condición de desempleo o subempleo el hombre pueda mantener la autoridad que de forma tradicional le concedía la sociedad patriarcal?

Evidentemente no. Se trata de un nuevo rasgo de la sociedad capitalista, que en el contexto de las sociedades como la mexicana se torna mucho más grave. Plantea un problema mucho más complejo a los procesos de construcción colectiva e individual de las identidades, genéricas o de otra índole. Las bases socioculturales que permitían a los individuos reconocerse como parte de un grupo, clase social o nación, se van complicando cada vez más. ¿Cómo juega la nueva situación social en la relación entre los géneros?

Primero, habremos de considerar que el cambio cultural iniciado de manera más marcada desde los años sesenta y setenta en el caso de México se desarrollaba sin la presencia de la variante crisis económica, cuyo efecto negativo recae sobre el aspecto al que nos referimos en el anterior apartado: la posibilidad de que el género masculino mantenga su carácter de proveedor, el cual le redituaba la necesaria autoridad para someter a su pareja. De tal forma que si la presencia de calidad de las mujeres en el mercado de trabajo —que supone su acceso a las esferas del poder en condiciones generales de disputarle profesionalmente los puestos de toma de decisiones a los hombres— ya representaba la complicación de la situación social en la cual el género masculino habría de demostrar su superioridad sobre las mujeres, la crisis económica restringe las posibilidades de desarrollo para todos los individuos. Peor aún, impone situaciones en las que muchas veces es casi imposible mantenerse en un puesto de trabajo, dados los efectos de la crisis económica en el mercado de trabajo. El cierre de empresas y, por ende, el crecimiento galopante del desempleo en México es una variable que recae sobre la constitución de la identidad masculina, pues todavía es mucho más aceptable, socialmente hablando, que una mujer se encuentre en el desempleo a que un hombre se halle en tal situación.

Se trata de una condición que corresponde a la sociedad en general y que no se reduce al ámbito de interacción entre los géneros, sin embargo, por eso mismo es pertinente hacer presente que si bien el papel económico del género masculino ya no puede ser el pivote sobre el que gira la reproducción familiar —y por tanto ya no puede ser el pilar de la fuente proveedora que representaba en las sociedades tradicionales—, al menos debería permitir garantizar que el hombre mantiene una identidad en la cual uno de los rasgos más importantes es el de su autonomía como individuo. 

La cuestión, entonces, es que si bien el género masculino ya no cuenta con el referente del trabajo como sustento de su capacidad proveedora, la crisis económica constituye una de las razones sociales que explican una de las dimensiones más importantes de la crisis de la identidad masculina. Ahora, a diferencia del pasado, cuando los hombres tienen la pretensión de unirse en matrimonio, se tiene que considerar las posibles estrategias para que la pareja garantice la reproducción familiar; no es gratuito que en la actualidad el promedio de edad en la que los hombres contraen matrimonio se haya elevado de manera tan sustancial.

Como se puede observar, ya pasó el tiempo en que la participación económica de la mujer sea considerada como una "ayuda" para solventar los gastos personales del arreglo personal femenino; hoy su participación es sustancial para garantizar la estabilidad de la pareja y la familia. Esta situación replantea el tipo de interacción entre los géneros, pero sobre todo redefine las relaciones de poder erosionando las bases añejas del poderió masculino. El hombre ya no sólo tiene que vivir el conflicto de competir de tú a tú con mujeres que poseen las mismas o mayores habilidades para ocupar mejores puestos en las organizaciones, sino que ahora tiene que depender de mujeres que en muchas ocasiones ejercen poder dentro de los espacios laborales. O, si se trata de una situación de desempleo, depender de la decisión de una mujer para que el hombre sea rescatado socialmente: es decir, salvado del desempleo. 

Aunque no existan datos estadísticos al respecto, el número de hombres que hoy se encuentran desempleados o subempleados dependen de la actividad económica que sus parejas desempeñen. No hay vuelta de hoja: en general no existen condiciones para que el género masculino continúe siendo el proveedor exclusivo de la familia. Situación que no reduce la complejidad de la construcción de la identidad masculina respecto a su relación con el otro género, sino a una situación social en la cual los hombres inmersos en esta problemática sufren una crisis en su identidad como entes sociales. Lo social y lo genérico se entrelazan y asfixian las posibilidades que el pasado brindaba a la autoridad masculina. 

Colofón

La situación que impide avanzar en la discusión sobre el género, en la tendencia a modificar el poder entre hombres y mujeres, es sin duda y en esencia reconocer la magnitud del cambio cultural vivido en los últimos cuarenta años.

Nos referimos a un proceso que si bien ya es visible, no es generalizable al conjunto de la sociedad moderna, en particular en el caso de la sociedad mexicana. Sin embargo, es lógico que este cambio en la cultura genérica se observe particularmente en los diferentes sectores de las clases medias de los centros urbanos, donde los medios de difusión juegan un papel fundamental en la proyección de los rasgos de los estereotipos genéricos. De hecho tendríamos que reconocer que si por las imágenes publicitarias fuera, nuestra sociedad ya fuera otra, aunque estos mensajes todavía se debatan entre el pasado y el presente. La práctica social es mucho más compleja que los discursos liberadores e igualitarios. No obstante, el cambio cultural avanza a grandes pasos aunque todavía no se trate de un fenómeno predominante en el seno de las sociedades modernas.

Esta presencia inobjetable de nuevas identidades femeninas y nuevas identidades masculinas (en actitud de búsqueda), pero no generalizable, no son suficientes para que grandes sociólogos como Bourdieu (1998) y Lipovetsky (1999) consideren que nuestra sociedades avanzan a grandes pasos para borrar las diferencias entre géneros.

 
 
 
 
 
 
 
 
   
Para ellos, a diferencia de lo que aquí sostengo, la esencia de la sociedad patriarcal se mantiene intacta, de manera que el arribo a una etapa social en la que se eliminen las diferencias entre los géneros está, todavía, muy lejos. Pero quizá la diferencia no sea tan marcada como parece, pues en todo caso Bourdieu y Lipovetsky parecen más preocupados por el cuándo y a mí me atrae más el cómo, el origen del cambio que tarde o temprano nos permitirá construir una cultura democrática igualitaria, donde se superen las diferencias sociales y simbólicas entre géneros. 

Para ellos la presencia de las mujeres que han accedido al poder son garbanzos de a libra, casos de excepción que sólo confirman la regla: el dominio masculino. Para mí esa presencia representa en todo caso la emergencia de nuevas prácticas sociales en los diferentes espacios sociales, de ahí la proyección en el imaginario colectivo de nuevos referentes culturales que con el paso del tiempo significarán la base de otra cultura que supere los lastres del pasado. Insisto: no me importa cuándo, aunque me gustaría vivirlo siquiera como público. Me interesa que estén aconteciendo nuevas prácticas sociales que golpean la esencia de la sociedades tradicionales que dotan a la figura masculina de poder y pretenden someter a las mujeres.

La lamentable muerte de Bourdieu a principios de 2002 me impidió trabajar con él esta diferencia y sólo logramos plantear nuestras posiciones que, al menos, mostraban la complejidad de la identidad masculina como objeto de estudio (Bourdieu, Hernández y Montesinos, 1998). Al menos en eso coincidíamos: es inevitable discutir el papel que juega la identidad masculina en un contexto sociocultural de hiperpresencia del tema de la identidad femenina en la mesa de la discusión pública.• 

*Rafael Montesinos es profesor-investigador del Departamento de Sociología de la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa. 
 Notas

 1 Esto no pretende decir que sea la primera vez que la mujer se inserta en el mercado de trabajo, pues es evidente que siempre ha estado. La cuestión es que progresivamente se van abriendo las diferentes ramas de la economía a la participación de la mujer, por condiciones económico-sociales particulares de cada sociedad, pero que en definitiva puede observarse como un fenómeno generalizado en las sociedades capitalistas en el siglo XX.

 2 Véase Clause Offe, La sociedad del trabajo. Problemas estructurales y perspectivas de futuro, Madrid, Alianza Universidad, 1992.

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