VÉRTIGO EN SOL 
*Jenny Asse Chayo
Entras en la selva de los rostros. Miles de ojos te observan, te interrogan, cuecen tu alma en el hervor de sus miradas. La noche es más noche, más fantasma el recuerdo de tu recuerdo. Rompes el espejo, las almas se dispersan, dejan de mirarte desde su memoria boscosa. Caminas en la expulsión, abres sendas en el inefable deseo. Te difuminas; llano hambriento. Buscas el retorno, ese más allá que se va desplazando mientras caminas: más allá, más allá, hasta que la posibilidad hueca atore tus pasos en el abismo. Vértigo; ese deseo de precipicio, ese regreso al fondo arremolinado de la muerte, esa caída oscura que no puede detenerse, hundimiento en lo eterno que gira, rueda, se desliza en la marea de tu cuerpo despeñándose, abismándose, precipitándose hacia la negra noche fundida al origen implacable de las sombras. Tú, tejida a la red de las palabras noctámbulas, abatida en el milimétrico instante de la caída, vociferando auxilios sordos, cegada en la fugaz partida. Muerdes el aire que te vuelca hacia el vacío. Eco que se expande en la negrura del universo. Viento suspendido en el rodar del alma que se ha desbordado de la carne. Lamento esquizoide del caído. No hay memoria del giro impensable, no hay nombre del decir indefinible. Desprendimiento del ser alojado ya en lo profundo del vientre oscuro. Latiendo, latiendo, latiendo... 

Músculo informe en la cavidad rota. Acogida temblorosa del hombre encajado en las vísceras agrietadas. No hay retorno, hay tregua repentina. Pulsa la semilla en el núcleo primigenio: abertura que se desplaza en su propia expulsión. Sístole que revierte el movimiento de la fatiga. Distensión que descoyunta. Lanzamiento a la tierra desenvuelta por la diástole imparable.

Corazón que comienza, desarticulado, el ascenso: irremediable la partida. Lloras en la inconsciencia ese encuentro infinitesimal con el reposo. Desmemoriado caminas. Golpe que ensancha la herida. Destierro otra vez, mil veces destierro. Dislocación. Esguince. Sangre en tus pasos. Derramado en la quieta exclusión de tu retiro. 

El páramo yermo. El bálsamo impreciso. La mirada camina sobre el mundo, anda rostros, anda llagas, palabras y ruinas. Los ojos errantes en las calles desoladas, las esquinas mendigas, los abrazos de aire, en los gritos de espina, en el silencio-cuchillo de otros ojos. Tu mirada interna en las miradas. Tu verbo errante: eco que resuena en las heridas ajenas, tuyas y mías, el yo se funde, se recalca, se interna más y más en el destierro: llano de lacerados palpitantes que animan el paso inmenso hacia un lugar velado: deambulan en su íntimo deseo. Transitan a través de sus vestiduras. Circulan en el tiempo. Polvo tras polvo se intensifican, se nulifican, escriben su memoria muda en el desierto de su carne. 

El mundo es un oído de tinieblas. El no lugar de las huellas.

Miseria de la yerba que busca el surco para siempre borrado. Marcha de raíces sin tierra. Escupen delirio. Expandidos más allá agujerean el tiempo. La distancia se torna circular, como un aullido que regresa al mismo punto: capullo en la boca que agoniza: hambre, hambre, hambre. Espectral de gestos. Nombre despojado del nombre. Lenguas clavadas en el muro. Plantas y rebaños y dioses y muertes, semillas y bestias, vocablos, peces, cielos, carcajadas y ríos: ráfagas, ráfagas que abren el tiempo: sellos del pasado inerme. 

El tiempo, esa fuga que nos desmadeja, esa impertinencia del instante paralítico. La piel se desvanece en un presente que no avanza. Aquí, en tierra de nadie, arruga y pliegue, estría. Deshabitados. Rotos. Ajenos a las puertas silenciosas. Musgos, algas, raíces de surco y aún así, desmembramiento. Impavidez.

Soplo. Herencia del germen humano. Fuerza infinita que nos mantiene vivos. 

Roce inevitable con la Ausencia. Pregunta. Entrada al abismo desfigurado. Pálido origen que interroga. Plegaria, sí plegaria. Intimidad con la nada, diálogo con el caos.

Remanso. 

El Verbo se abre. 

Ritmo creador derrama mundo: mar sobre el mar, fuego sobre el fuego. Ojo exterminado por la ceguera. Sueño inaudito del hombre: universo en sus pupilas agrietadas. Cósmico segundo de luz. Desventura primigenia. Sal. Polvo de invierno. Soplo de aire en la desnudez que espera. La Imagen penetra en los huesos. La figura del orbe da vueltas en el caos frente a los ojos del hombre. El alma interrumpida, el nombre del rocío cayendo levemente sobre el mundo, se posa, se desbarata, atisba Sol. Día brota en la transparencia. Tiempo imposible, eco que palpita en la partícula acuosa y se extiende; canto líquido que despliega horizontes que desdoblan círculos que extienden órbitas, anillos, aureolas impensables, ramos de luz inexplicables. Distancia y más distancia, lapso insoportable. 

Náufrago. Esclavo del agua. Perdido en el dolor que nace otra vez, renovándose el dolor del anhelo. Padecimiento. Lágrima que escupe lágrimas. Fuente lúcida que libera el ramaje interno. Desolación. Las horas de la luz, hundidas en tu ceguera incurable. Tú en tu oscuridad, frente al mundo nonato creándose nuevamente ante tus ojos. Paraísos caen, caen, caen, paraísos errantes rodando en tu piel agreste; y tú: árbol caído, fruto arrancado, el bien y el mal en la serpiente de tu boca. Tu palabra verde, negra, roja, tú reptando sobre el lenguaje, rodando en el polvo de tu deseo. Presientes el infierno, vislumbras las raíces que abrazan tu cuello; asfixia por origen, último grito del ahorcado. Silencio en el fondo de la Tierra. Silencio en la garganta humana. Efímero cuerpo de vocablos. Afonía del universo absorbido por la costra terrena, muerto una vez más, una vez más por debajo, en la sombra de la lejanía, en el abandono de todo lo viviente. Túmulo de pérdidas. Lodazal de la memoria. Diferimiento, rémora de la lengua enclavada en la mudez ondulante de los siglos perdidos. Miseria del Verbo. Esterilidad de la página mortal. 

Contracción de la luz desolada en el abismo inefable. Voz: simiente del Edén: se oculta, se retira ignota en los arcanos, se desvive, se desencarna, se resta de la creación desapareciéndola; suprime, al anularse, el tiempo, detiene el discurrir de los instantes creadores, palabra por palabra mueren los minutos. Involución. El conocimiento: sed inoportuna, velado en la muerte del canto. Expiración, salida del aire que animaba el cuerpo. Aliento, viento de boca a boca, inspiración perdida, suspiro invisible de la llama, sólo un leve movimiento, sutil engarce. Verbo del alma: respirar a Dios, inspirarlo, gemir la creación, escupir un ojo, una chispa de luz en el ojo. La palabra alimenta la palabra, el Verbo se narra, nombre por nombre los seres se yerguen, alcanzan el firmamento y lo pierden. Espíritu de precipicio, ocaso, declinación y aún así, te dispones a no morir, a deleitarte en la agonía: tránsito hacia la eternidad. 

Animal crepuscular, palimsesto de los dioses, íntima pregunta que se narra en los confines; espíritu de fuego tras el camino inescrutable, grabas sendas de tinta en las que andarás sin descanso. Te viertes. Asciendes eslabón por eslabón al templo de tu frente. Y ahí, en la cumbre de tu peregrinaje llevas a cabo el sacrificio. 

Te ofrendas a la nada que te invoca. Naces poeta y callas. Callas el mundo que habrás de salvar, no nombras el amor, callas la muerte, ese trozo de silencio que traes entre los dientes; tu dolorosa espina; amordazas el corazón mudo de los hombres. Callas hasta que el pacto se cumpla.

El tiempo delira despacio, se ensancha tu locura, cuidas la niebla de tus ojos, atraviesas la historia, escuchas el secreto, edificas los muros de la llama. Engendras hálitos, leves emanaciones del descuido, ola tras ola el mundo rompe en tus piernas, rítmico te esbozas, sonoridad apenas del latido, rumor de la sangre, advertencia del fragor que estalla en el muro. En las sílabas escuchas el soplo de tu nombre, habitas el desierto de tu nombre. El pacto se cumple: emerges de la costilla del tiempo, traspasas las alas de la sombra, inseminas al verso, en la batalla eres futuro y espiga, puerta y destino. Muerdes el fruto inútil, penetras la cáscara del aura, te sientas en las rodillas de la noche, y contemplas: himno mineral, cadena de puertos luminosos visión plena de la tiniebla.

Poeta, resplandor oculto, creces en los hombros de la muerte, hondo respiras la luz, sonoridad transparente del polvo, río de nombres engarzados en el tiempo, árido reflejo del destino, mueca del pensamiento.

Poeta, astro de la espesura mundana, pestaña del espejo, pulmón del lenguaje, máscara inexorable, esclavo de la voz amor y muerte. Instinto de la lágrima, puente móvil en el fondo del sueño de la vida. Poeta, útero de tinta, camino carne de tu vientre la palabra, el ritmo de tus vísceras te inventa; bajo el nuevo sol: el hombre, bajo la luz extrema de la llama: el hombre; circuito del canto, círculo de la luz transmitida por el canto. 

Univoz de la vigilia; todas las noches despiertan, las sombras, los rostros, los muros, las estrellas y las piedras sobre la boca del poeta. Aparece el mundo. Labras el cosmos con tu lengua, centinela del aliento, urdes, entramas, trabas el discurso de los dioses, ebrio de fábula escarbas tu morada en lo profundo, en la no muerte de las cosas, en lo eterno mudo, en el páramo de las edades: en tu niñez de asfalto, en tu vejez de humo, en los siglos enclavados en tu memoria. 

Hurgas
en el pezón de barro, 
en el ojo de la savia.
Has venido a salvar al trigo de su muerte,
poeta evanescente, reflejo del último latido, 
gesto de la tierra, 
acto del sueño inextinguible
has venido yéndote 
vapor de la palabra, suspiro de la imagen. 

¡Retorna! El templo está dormido, las plegarias se parten a tientas en la lengua, la mirada hiere los labios sellados; ahuyenta la vergüenza del corazón mudo, quiebra la desnudez esclava, funda el nombre del dios roto, reconstruye la presencia, exímenos de este silencio oscuro, sálvanos de esta noche que cierra nuestras miradas. 

Corres, bestia de los páramos umbríos, no hay voz en la palabra, no hay significado en el aliento, traspasas la eva-nescencia de todos los dichos proferidos, el desmoronamiento del mundo: grano sobre los granos, partícula de viento, molécula, pizca de la interioridad terrena, migaja, fracción de fuego en la ceniza dispersa. Obligado exilio. Ansia cerrada del poema, culpa de la nada, reflejo de los tonos vanos, sordera de las vísceras, mudez que vocifera espanto; pasmo agónico del verso, aturdimiento del vocablo, trance de las palabras al pudor invisible del silencio. 

Y allá, donde se cierra el estío, en el fragor del árbol desnudo, en la raíz que sabe a sangre; en la cópula solitaria con la tierra; bajo la pupila fragmentada de la noche, en el pecho de la roca que acaricias, sobrevive la diosa. 

 
 
 
 
 
 
   
Agua en tus jardines.
Página blanca en el umbral de tu nombre. 
Levemente, el roce de la carne escribe el infinito.
Silencio llama cuerpo
Espirales de un abismo inmemorial que palpita 
en los sentidos.
Tocas el músculo abierto, lloras
te desvaneces en el resplandor de sus entrañas
los trigales respiran en tus ojos
la tinta escurre por tu cuerpo
¿qué poema cantan
tus manos invertebradas?
¿Qué luna enjuagas en tu risa?
¿Qué indecible temblor traza el camino
de tus vocablos?
La luz duele en la piel.
La noche es eterna.
El exilio comienza en la madrugada. 
*Jenny Asse Chayo (ciudad de México, 1963) estudió la licenciatura en letras latinoamericanas en la Universidad Iberoamericana, así como cursos de maestría en pensamiento judío en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Ha publicado un libro de poesía: Busco en mi carne el Nombre (México, Praxis, 1997). Imparte clases de literatura y talleres de creación literaria. Es coordinadora de Actividades Culturales de la Cafebrería El Péndulo, de Polanco.