Rubio, pianista 
*Rodolfo Bucio
Abordé el camión en Tacuba. No iba lleno, pero los asientos estaban todos ocupados. Como a la mitad del autobús vi una cara conocida. Era Rubio, mi maestro de epistemología. Lo saludé. Sonrió al verme.

—¡Ah! ¿Cómo está? ¿Qué dice? —dijo a modo de saludo.

—Nada —respondí.

Y en efecto: no añadí nada durante el trayecto de casi cincuenta minutos. 

—Usted sí que sabe cumplir, ¿eh? —señaló cuando ya caminábamos dentro del campus.

Le sonreí.

*

Era un encanto su voz, un hechizo. A veces era difícil seguirlo. Pero nos parecía que la rapidez con la que decía las cosas era sinónimo de lucidez, de claridad mental. Sus tonos argentinos, un poco teatrales, le daban calidad de actor. De buen actor.

Pequeño, regordete, con barba y pelo que comenzaban a encanecer, Luis Rubio solía llevar una bolsa de piel muy ad hoc en esa segunda mitad de los setenta. Mariconera, le llamaban algunos; vaspapú (vas-pa-puto-que-vuelas), le decían otros. Pese a la mala fama que conllevaba traer aquella bolsa, él la exhibía con orgullo. Con su bolsita en mano lo retraté, cuando a principios de los ochenta compré una pequeña Nikon con la que le disparé a varios de mis amigos de entonces.

*

Primero los chilenos, más tarde los argentinos y luego los uruguayos. Miles de ellos llegaron a México huyendo de los golpes de Estado en sus respectivos países. Tenían fama, ganada a pulso, de transas. En nuestro país es facilísimo que un extranjero se haga pasar como la última coca-cola en el desierto. En especial si es mujer, y sobre todo si es guapa. Y les creemos. Así que la UNAM y otras universidades públicas y algunas privadas se llenaron de conosureños. Lo mismo que muchas oficinas gubernamentales.

Pero hay que ser justos. Los conosureños le enseñaron a la izquierda que se puede vivir sin trabajar. O que se puede trabajar para el gobierno, incluso en puestos altos, y luchar contra él. No es que en México no se hiciera. Se realizaba de manera intuitiva. Pero había una especie de cruda moral. Un prurito. Nuestros camaradas del sur llegaron a terminar con el mito: hay que luchar, pero eso no significa que no se pueda vivir bien. No hay contradicción en ambas cosas.

*

Pese a su calidad de argentino, Rubio era hasta humilde. Casi nadie de sus alumnos y menos sus compañeros profesores sabía que tocaba estupendamente el piano, y que incluso daba clases de ese instrumento. Tampoco hablaba de los motivos de su exilio: qué había hecho, por qué lo habían encarcelado, con quién militaba.

Para otros de sus coterráneos era motivo de orgullo contar su paso por las organizaciones de izquierda, desde la Unidad Popular, Tupamaros y Montoneros, según la nacionalidad. Esos eran sus galones. Y nos los restregaban en la jeta. Luis, en cambio, no mencionaba más que lo indispensable, que era nada. En eso era humilde, como en otras cosas.

Aunque no dejaba de señalar al mexicano como un pueblo cercano a la barbarie. Él, que vivía entonces en la Unidad Tlatelolco —no en Villa Olímpica, como era el estereotipo—, sufría a diario los diversos atropellos que cualquiera sufre en el Metro.

—A ver, usted dígame —me decía—: ¿por qué entra la gente corriendo al Metro? ¿Qué ganan? ¡Parecen animales!

Me reía. Y le daba la razón. Pero vivió en este país de animales. Pasaba por ser un grillo brillante, lúcido. También tenía fama de vividor, de canchero. De la misma manera, era un galán enamoradizo.

*

Su hablar apresurado, sus referencias al cine y a la música nos dejaban fríos. Parecía que había leído, oído y visto todo. Ahora sé que en mis clases lo imito. Busco ser como él. Pero no tengo su encanto, el arrullo de su voz, ahora sí que argentina.

*

En alguna ocasión tenía que entregarle un trabajo final. Llegué casi una hora después del horario fijado. Tuve que ir a buscarlo. Supuse que lo encontraría en el salón donde se hallaba el único piano de la escuela. Desde fuera se escuchaba cómo alguien tocaba con soltura a Beethoven.

Di unos golpes a la puerta. Nada. Volví a golpear, más fuerte. La música no cesaba, señal de que no me hizo caso. Di una vuelta y me asomé por una ventana. Vi su cuerpo pequeño y regordete frente al piano. Se había quitado los zapatos, lo cual interpreté como una manía.

 
 
 
 
   
Volví a la puerta y toqué más fuerte. Nada. Más fuerte. Nada. Más fuerte. Escuché un golpe seco a las teclas, casi una maldición. Enojado, Rubio abrió la puerta azul, que había permanecido con llave. Lanzó una mirada enfurecida.

—¡Qué carajos quieren! —gritó de manera casi automática, sin pensar en el plural.

Veinte centímetros más arriba de su cabeza encontró mis ojos, enrojecidos tras los anteojos, por la desvelada que me había costado hacer aquel trabajo final.

—¡Ah, es usted! —dijo resignado.

Le extendí el fólder que contenía el trabajo. Con disgusto, tomó el legajo. Bajó la vista. Creo que se le pasó pronto el coraje. Cuando se despidió, advertí una pequeña sonrisa en su cara.

Y con eso me quedo: el piano y la risa.•

*Rodolfo Bucio (ciudad de México, 1955) estudió filosofía en la UNAM. Fue becario INBA-Fonapas (1982-83) y del Centro Mexicano de Escritores (1985-86) en narrativa. Ha publicado los libros de cuentos Las últimas aventuras de Platón, Diógenes y Freud (sep, 1982) y Escalera al cielo (Cuadernos de Estraza, 1982), y el de prosa poética Geoda (UAM Xochimilco, 2000).