| ¡Las nueve Musas y en
medio Terpsícore!
¡Te reconozco Ménade! ¡Te reconozco, Sibila!
¡No espero de tu mano copa o tu seno mismo
Convulsivamente en tus uñas, Cumeana en el torbellino de las
hojas doradas!
Pero esta gran flauta, toda agujereada de bocas en tus dedos mucho indica
Que no tienes necesidad de unirla al soplo que te colma
¡Y que acaba de ponerte, oh virgen, de pie!
Nada de contorsiones: ¡Nada desde el cuello altera los bellos
pliegues de tu ropa hasta los pies que ella no deja ver!
Pero sé lo suficiente lo que quieren decir esta cabeza, que se
vuelve de lado, este cerrado y embriagado aspecto,
y este rostro que escucha, fulgurante del júbilo orquestal!
¡Un solo brazo es lo que no has podido contener! ¡Se eleva,
se crispa,
Impaciente por el furor de dar el primer compás!
¡Vocal secreta! ¡Animación de la palabra naciente!
¡Modulación donde todo espíritu consuena!
¡Terpsícore, descubridora de la danza! ¿Dónde
estaría el coro sin la danza? ¿Quién otra cautivaría
Juntas a las ocho hermanas feroces, para vendimiar el himno surgente,
que inventa la figura inextricable?
¿Con quién, si de inicio, plantándote en el centro
de su espíritu, virgen vibrante,
No perdieras su razón grosera y baja llameando toda del ala de
tu cólera en la sal del fuego que cruje,
Consentirían a entrar las castas hermanas?
¡Las nueve Musas! ¡Ninguna sobra para mí!
¡Veo en este mármol la novena entera! ¡A tu derecha,
Polimnia! ¡Y a la izquierda del altar donde te acodas!
Las altas vírgenes iguales, la hilera de las hermanas elocuentes
Quiero decir en qué paso las he visto detenerse y cómo
se enguirnaldaban la una a la otra
De manera que, por eso, cada mano
Va a coger los dedos que le son tendidos.
¡Y la primera te he reconocido, Talía!
¡Del mismo lado he reconocido a Clío, he reconocido a Mnemosina,
te he reconocido, Talía!
¡Os he reconocido, oh consejo completo de las nueve Ninfas
interiores!
¡Frase madre! ¡Arma profunda del lenguaje y pelotón
de las mujeres vivas!
¡Presencia creadora! ¡Nada nacería si no fuerais
nueve!
¡Y he aquí de golpe, cuando el poeta nuevo colmado de la
explosión inteligible,
El clamor negro de toda la vida anudada por el ombligo en la conmoción
de la base,
Se abre, el acceso
Haciendo saltar el cierre, el soplo de él mismo
Violentando las mandíbulas cortantes,
El tembloroso Novenario con un grito!
¡Hoy ya nada puede callarse! ¡La interrogación salida
de él mismo, como del cáñamo
De las jornaleras, la ha confiado para siempre
Al sabio coro de la inextinguible Eco!
¡Todas no duermen nunca juntas! Pero antes de que la gran Polimnia
se levante,
O bien sea, abriendo a dos manos al compás, Urania, semejante
a Venus,
Cuando enseña, tensándole su arco, el Amor;
O la risueña Talía, quien, con el pulgar de su pie, marca
con suavidad el compás; o en el silencio del silencio
Mnemosina suspira.
¡La primogénita, la que no habla! ¡La primogénita,
que tiene la misma edad! ¡Mnemosina que no habla nunca!
Escucha, considera.
¡Siente (siendo el sentido superior del espíritu),
Pura, simple, inviolable! Recuerda.
Ella es el peso espiritual. Es la relación expresada por una
cifra muy bella. Está puesta de una manera
que es inefable
En el pulso mismo del Ser.
Es la hora interior; el tesoro surgente y la fuente almacenada;
La juntura de lo que no es tiempo del tiempo expresado por el lenguaje.
No hablará; se ocupa de no hablar. Coincide.
Posee, recuerda, y sus hermanas están atentas al movimiento de
sus párpados.
¡Para ti, Mnemosina, estos primeros versos, y la deflagración
de la Oda súbita!
¡De golpe, en mitad de la noche, mi poema golpea hacia
todas partes como el resplandor del rayo trihorquillado!
¡Y nadie puede prever dónde ella hará humear de
pronto el sol,
Roble, o mástil de navío, o la humilde chimenea, licuefaciendo
la olla como un astro!
¡Oh mi alma impaciente! ¡No estableceremos ningún
astillero! ¡No empujaremos, no rodaremos
ningún trirreme
Hasta un gran Mediterráneo de versos horizontales,
Lleno de islas, practicable a los mercaderes, rodeado por los puertos
de todos los pueblos!
¡Tenemos un asunto más laborioso que concertar
Que el de tu vuelta, paciente Ulises!
¡Toda ruta perdida! ¡Perseguido y socorrido sin descanso
Por los dioses cálidos sobre la pista, sin que veas nada de ellos,
sino a veces
Un rayo áureo de noche sobre la vela, en el esplendor de la mañana,
un instante,
Una cara radiosa de ojos azules, una cabeza coronada de perejil,
Hasta el día cuando te quedaste solo!
¡Qué combate sostenían madre e hijo allá
en Ítaca,
Mientras zurcías tu vestimenta, mientras interrogabas a las Sombras,
Hasta cuando la larga barca feacia te devolvió, abrumado por
un sueño profundo!
¡Y a ti también, aunque sea amargo,
me es necesario que finalmente abandone los lindes de tu poema, oh Eneas,
entre los dos mundos la extensión de sus aguas pontificales!
¡Qué calma se hizo en la mitad de los siglos, mientras
atrás la patria y Dido arden fabulosamente!
¡Sucumbes ante la mano ramífera! Caes, Palinuro, y tu mano
ya no retiene el timón.
Y al principio no se veía sino su espejo infinito, pero de pronto,
bajo la propagación de la inmensa estela,
Ellas se animan y el mundo entero se pinta sobre la tela mágica.
Pues por el gran claro de luna
El Tíber oye venir la nave cargada de la fortuna de Roma,
Pero ahora, abandonando el nivel del mar líquido,
¡Oh rimador florentino!, no te seguiremos paso a paso en tu investigación,
Descendiendo, subiendo hasta el cielo, descendiendo hasta el infierno,
Como aquél, que afirmando un pie sobre el suelo lógico,
avanza el otro con una firme zancada,
¡Y como cuando en otoño se camina por charcos de pajaritos,
Las sombras y las imágenes se alzan en torbellino bajo tu paso
suscitador!
¡Nada de eso! ¡Toda ruta a seguir nos fastidia! ¡Toda
escala por escalar!
¡Oh alma mía! El poema no está hecho de estas letras
que hundo como clavos, sino del blanco que permanece en el papel.
¡Oh alma mía! ¡No hay que concertar ningún
plan! ¡Oh alma mía salvaje, es necesario mantenernos libres
y preparados,
Como las inmensas bandadas frágiles de golondrinas cuando el
llamado otoñal resuena sin voz!
¡Oh alma mía impaciente, igual al águila sin arte!
¿Cómo haríamos para ajustar algún verso? ¿Con
el águila que no sabe ni siquiera hacer su nido?
¡Que mi verso no sea esclavo, sino sea como el águila marina
que se ha arrojado sobre un gran pez,
Y no se ve nada sino un resplandeciente torbellino de alas y la salpicadura
de la espuma!
¡Pero vosotras no me abandonaréis, oh Musas moderadoras!
¡Y tú entre todas, proveedora, infatigable Talía!
¡Tú, tú no permaneces en casa! Pero como el cazador
que en la alfalfa azul
Sigue a su perro sin verlo en el forraje, asimismo un pequeño
temblor en la hierba del mundo
Indica al ojo, siempre preparado, la búsqueda que haces;
¡Oh golpeadora de zarzales, se te ha representado bien con el
bastón en la mano,
Y en la otra, lista a agotar la risa inextinguible, como se estudia
a una bestia extraña.
Sostienes la Máscara enorme, la jeta de la vida, el despojo grotesco
y terrible!
¡Ahora lo arrancaste, ahora empuñas el gran Secreto Cómico,
el cepo adaptador, la fórmula transformadora!
Pero Clío, el estilete entre los tres dedos, espera, apostada
en el rincón del cofre brillante,
Clío, la escribana del alma, parecida a la que lleva las cuentas,
Se dice que este pastor fue el pintor inicial,
Que observando sobre la pared de la roca la sombra de su macho cabrío,
Contorneó con un tizón pasado por el fuego la mancha cornuda.
¿Así como la pluma parecida al estilete sobre el cuadrante
solar?
Como la extremidad aguda de nuestra sombra humana paseada sobre la hoja
en blanco.
¡Escribe, Clío! Confiere a cada cosa el carácter
auténtico. Ni un solo pensamiento
Que nuestra opacidad personal no se reserve el medio de circunscribir.
¡Oh observadora, oh guía, oh inscriptora de nuestra sombra!
He hablado de las Ninfas nutricias; aquellas que no hablan y
no se dejan ver; he hablado de las Musas respiradoras, y ahora hablaré
de las Musas inspiradas.
¡Pues el poeta, parecido a un instrumento en que se sopla
Entre su cerebro y sus narinas, vierte una concepción parecida
a la ácida conciencia del olor,
Se abre, como el pequeño pájaro su alma,
Cuando listo para cantar con todo el cuerpo, se llena de aire hasta
el interior de todos sus huesos!
Pero ahora hablaré de las grandes Musas inteligentes.
¡La vuestra con su callosidad en el pliegue de la mano!
¡He aquí una con su cincel, y esa otra que muele sus colores,
y aquella otra, como sujetada por todos
los miembros al teclado!
—¡Pero éstas son las obreras del sonido interior, la resonancia
de la persona y aquello de fatídico,
La emanación de lo profundo tiene la energía del oro oscuro
Que el cerebro por todas sus raíces va a beber hasta el fondo
de los intestinos como grasa, y despertar hasta
la extremidad de los miembros!
¡Esto no tolera que durmamos! ¡Suspiro más pleno
que la confesión con que la preferida colma en el sueño nuestro
corazón!
Cosa preciosa ¿te dejaremos así escapar? ¿A qué
Musa nombraré rápido para atraparla y estrecharla?
¡Aquí está la que sostiene la lira en sus manos,
aquí está la que sostiene la lira entre sus manos de bellos
dedos,
Parecida a un telar de tejedora, el instrumento complejo de la cautividad,
Euterpe, con el ancho cinturón, el santo flamen del espíritu,
levantando la gran lira insonora!
La cosa que sirve para hacer el discurso, la claricorde que canta y
que compone,
En una mano la lira, como la trama tensa en el bastidor, y con la otra
mano
Aplica el plectro como una lanzadera.
¡Ninguna nota que no comprenda la melodía por entero! ¡Abunda,
timbre de oro, opima orquesta! ¡Surge, palabra virulenta! ¡Que
el lenguaje nuevo, como un lago lleno de fuentes,
Desborde por todos sus cortes! ¡Oigo la nota única prosperar
con una elocuencia invencible!
Ella persiste, la lira entre tus manos,
Persiste como el pentagrama donde todo el canto viene a inscribirse.
¡No eres la que canta, eres el canto mismo en el momento de elaborarse,
La actividad del alma compuesta sobre el sonido de su propia palabra!
La invención de la pregunta maravillosa, el claro diálogo
con el silencio inagotable.
¡No dejes mis manos, oh lira de siete cuerdas, parecida a un instrumento
de suma y comparación!
¡Que vea todo entre tus hilos muy tensos! ¡Y a la tierra
con sus fuegos y al cielo con sus estrellas!
Pero la lira no nos basta, ni la reja sonora de sus siete nervios
tensos.
Los abismos, que la mirada sublime
Olvida al pasar audazmente de un punto al otro.
Tu salto, Terpsícore, no bastaría a franquearlos, ni el
instrumento dialéctico a digerirlos.
Falta el ángulo, falta el compás que Urania abre con potencia,
el compás de dos patas rectílineas,
Que no se unen sino en el punto donde se separan.
Ningún pensamiento igual a un súbito planeta amarillo
o rosa por encima del horizonte espiritual,
Ningún sistema de pensamientos como las Pléyades
Que llevan a cabo su ascensión a través del cielo en marcha,
Cuyo compás no basta para fijar los intervalos, calculando cada
proporción como una mano separada.
¡No rompes el silencio! ¡A nada mezclas el ruido de la palabra
humana! Oh poeta, no cantarías bien
Tu canto si no cantaras con mesura.
Pero tu voz es necesaria en el coro cuando llega tu turno para tomar
parte.
¡Oh gramático en mis versos! ¡No busques el camino,
busca el centro! ¡Mide, comprende el espacio comprendido entre estos
dos solitarios!
¡Que yo ignore lo que digo! ¡Que me vuelva una nota que
trabaja! ¡Que sea anonadado en mi movimiento! (Apenas si la pequeña
presión de la mano para regir).
¡Que mantenga mi peso como una gravosa estrella a través
del himno hormigueante!
Y en la otra extremidad del largo cofre, vacío de la capacidad
de un cuerpo humano,
Se ha puesto a Melpómene, parecida a un jefe militar y a una
constructora de ciudades,
Pues con la máscara trágica levantada sobre la cabeza
como un casco,
Acodada sobre su rodilla, el pie sobre una piedra escuadrada, considera
a sus hermanas;
Clío se ha colocado en un extremo y Melpómene se mantiene
en el otro.
Cuando las Parcas han determinado
La acción, el signo que va a inscribirse sobre el cuadrante del
tiempo como la hora por la operación de su cifra,
Ellas enganchan en todos los rincones del mundo los vientres
Que les proporcionan los actores que necesitan,
Quienes nacen en el tiempo señalado.
No a la semejanza sólo de sus padres, sino en un secreto lazo
Con sus comparsas desconocidos, aquellos que conocerán y aquellos
que no conocerán, aquellos del prólogo y aquellos del último
acto.
Así un poema no es un saco de palabras, no es solamente
Las cosas que significa, sino es él mismo un signo, un acto imaginario
creando
El tiempo necesario para su resolución,
A imitación de la acción humana estudiada en sus resortes
y sus pesos.
Y ahora, corega, falta reclutar a tus actores, a fin de que cada uno
represente su rol, entrando y retirándose cuando le toque.
César sube al pretorio, el gallo canta sobre el tonel; tú
lo oyes, comprendes muy bien a los dos,
A la vez la aclamación de la clásica y el latín
del gallo;
Ambos te son necesarios, sabrás comprometerlos a los dos; sabrás
emplear todo el coro.
El coro en torno del altar
Cumple su evolución: se detiene,
Espera, el anunciador laureado aparece, y Clitemnestra, con el hacha
en la mano, los pies en la sangre
del marido, la suela en la boca del hombre,
Y Edipo con los ojos arrancados, ¡el adivinador de enigmas!,
Se yergue ante la puerta tebana.
¡Pero el radioso Píndaro no deja a su compañía
jubilosa otra pausa
Que un exceso de luz y este silencio, beber allí!
¡Oh la gran jornada de los juegos!
Nada sabe de desprenderse de ella, pero cada cosa entra allí
por turno.
La oda pura como un bello cuerpo desnudo rutilante de sol y aceite
Va a traer de la mano a todos los dioses para mezclarlos en su coro,
Para acoger el triunfo a plena risa, para acoger en un trueno de alas
la victoria
De aquellos, que al menos por la fuerza de los pies, han desprendido
el peso del cuerpo inerte.
¡Y ahora, Polimnia, oh tú que te mantienes en medio
de tus hermanas, envuelta en un largo velo como cantante,
Acodada sobre el altar, acodada sobre el atril,
Mucho se ha esperado, ahora puedes acometer el canto nuevo! ¡Ahora
puedo oír tu voz, oh mi única!
¡Suave es el ruiseñor nocturno! Cuando el violín
poderoso y preciso comienza,
Repentinamente el cuerpo lavado de su sordera, todos nuestros nervios
sobre la tabla de armonía de nuestro cuerpo sensible en una perfecta
gama
Se tensan como bajo los dedos ágiles del afinador.
Pero cuando él hace oír su voz, él mismo,
Cuando el hombre es a la vez el instrumento y el arco,
Y el animal razonable resuena en la modulación de su grito,
¡Oh frase del contralto precisa y fuerte, oh suspiro del bosque
herciniano, oh trompetas sobre el Adriático!
¡Menos esencialmente resuena en vosotras el Oro primordial que
aquello infuso entonces a la sustancia humana!
¡El Oro, o conocimiento interior que cada cosa posee de ella misma,
Enterrado en el seno del elemento, guardado con celo bajo el Rin por
la Nixa y el Nibelungo!
¿Qué es el canto sino la narración que cada uno
Hace del cercado de él, el cedro y la fuente?
¡Pero tu canto, oh Musa del poeta,
No es el zumbido de la abeja, ni la fuente que parlotea, ni el pájaro
del paraíso en los alhelíes!
Pero como Dios Santo ha inventado cada cosa, tu deleite está
en la posesión de su nombre,
Y como él dijo en el silencio: «¡Que ella sea!»,
así, llena de amor, tú repites, según que él
la ha llamado,
Como un niñito que deletrea: «¡Que ella es!»
¡Oh sierva de Dios llena de gracia!
¡Tú lo apruebas sustancialmente, tú contemplas cada
cosa en tu corazón, cada cosa buscas tú cómo decirla!
¡Cuando él creaba el universo, cuando Él disponía
con belleza el Juego, cuando Él ponía en marcha la vasta
ceremonia,
Algo de nosotros con Él, viendo todo, regocijándose en
su obra,
Su vigilancia en su día, su acto en su sabbath!
¡Así cuando tú hablas, oh poeta, en una enumeración
deleitable
Profiriendo de cada cosa el nombre,
Como un padre la designas misteriosamente en su principio, y como antaño,
Participaste en su creación, cooperas en su existencia!
Toda palabra una repetición.
Tal es el canto que en el silencio cantas, y tal es la bienaventurada
armonía
De la que nutres en ti mismo la agrupación y la disolución.
Y así,
Oh poeta, no diré que recibes de la naturaleza ninguna
lección: Eres tú quien le impones tu orden.
¡Tú, considerando todas las cosas!
A fin de ver lo que responderá te diviertes llamando por su nombre
a una tras otra.
¡Oh Virgilio bajo la viña! La tierra ancha y fecunda
No era para ti, del otro lado del seto, como una vaca
Benévola que el hombre instruye para explotarla sacándole
la leche de su ubre.
Pero como primer discurso, oh Latino,
Legislarás. ¡Narras todo! ¡Él te explica todo,
Cibeles, formula tu fertilidad,
Reemplazó a la naturaleza para decir lo que ella piensa, mejor
que un buey! ¡Y he aquí la primavera de la palabra, he aquí
la temperatura del verano!
¡Y he aquí que el árbol de oro suda vino! ¡Y
en todos los cantones de tu alma
Se resuelve el Genio, igual a las aguas del invierno!
Y yo, yo produzco en la labranza, las estaciones trabajan arduamente
mi tierra fuerte y laboriosa.
Territorial, compacto,
Estoy asignado a las cosechas, estoy sometido a la agricultura.
Tengo mis caminos de un horizonte al otro; tengo mis afluentes; existe
en mí una separación de cuencas.
Cuando el viejo Septentrión aparece por encima de mi hombro,
Plena una noche sé decirle la misma palabra, tengo el hábito
terrestre de su compañía.
He encontrado el secreto; sé hablar; si quiero, sabría
deciros
Lo que cada cosa quiere decir.
Soy iniciado en el silencio; hay la inagotable ceremonia viva, hay un
mundo para invadir, hay un poema insaciable para llenar con la producción
de los cereales y de todos los frutos.
—Dejo esta tarea a la tierra; huyo de nuevo hacia el espacio abierto
y vacío.
¡Oh sabias Musas! ¡Sabias, sabias hermanas! ¡Y
tú misma, ebria Terpsícore!
¡Cómo habíais pensado cultivar a esta loca, aferrarla
de una y otra mano,
Agarrotarla con el himno como un pájaro que no canta sino en
la jaula?
¡Oh Musas pacientemente esculpidas en el duro sepulcro, la viva,
la palpitante! ¿Qué me importa la medida interrumpida de
vuestro coro? ¡Yo te retomo de nuevo mi loca, mi pájaro!
¡He aquí la que no está ebria de agua pura y de
aire sutil!
¡Una ebriedad como la del vino tinto y de un montón de
rosas! ¡Uva bajo el pie desnudo que salpica, de grandes flores pegajosas
de miel!
¡La Ménade enloquecida por el tambor! ¡En el grito
hiriente del pífano, la Bacante rígida en el dios tonante!
¡Toda quemante! ¡Toda moribunda! ¡Toda languideciente!
Tú me tiendes la mano, abres los labios,
Abres los labios, me miras con ojos cargados de deseos. «¡Amigo!
¡Es demasiado, es demasiada la espera! ¡Tómame! ¿Qué
hacemos aquí?
¿Cuánto tiempo vas a ocuparte aún regularmente
entre mis sabias hermanas,
Como un amo en medio de su equipo de obreras? ¡Mis sabias y activas
hermanas! ¡Y yo estoy caliente y loca, impaciente y desnuda!
¿Qué haces aún aquí? ¡Bésame
y ven!
¡Rompe y arranca todo lazo! ¡Tómame tu diosa contigo!
¿No sientes mi mano sobre tu mano?»
(Y en efecto sentí su mano sobre mi mano.)
«¿No comprendes mi hastío y mi deseo de ti? ¡Este
fruto para devorar entre los dos, este gran fuego para hacer con nuestras
dos almas! ¡Es demasiado aguantar!
¡Es demasiado aguantar! ¡Tómame, ya no puedo! ¡Es
demasiado, es demasiada la espera!»
Y en efecto miré y me vi solo de golpe,
Desprendido, rechazado, abandonado,
Sin deber, sin tarea, fuera, en medio del mundo,
Sin derecho, sin causa, sin fuerza, sin admisión.
«¿No sientes mi mano sobre tu mano?» (¡Y en
efecto sentí, sentí su mano sobre mi mano!)
¡Oh amiga mía sobre el navío! (Pues fue ese
año
Cuando comencé a ver el follaje descomponerse y comenzó
el incendio del mundo,
Para escapar en las estaciones la noche fresca me pareció una
aurora, el otoño la primavera de una luz más fija,
La seguí como un ejército que se retira quemando todo
tras de él. ¡Siempre
Más adelante, hasta el corazón del mar lúcido!)
¡Oh mi amiga! Pues ya el mundo no estaba allí
Para asignarnos nuestro sitio en la combinación de su movimiento
multiplicado,
Sino, desprendidos de la tierra, estábamos solos uno con el otro,
Habitantes de esta negra migaja móvil, ahogados,
Perdidos en el puro Espacio, allí donde el suelo mismo es luz.
¡Y cada noche, detrás, en el sitio donde habíamos
dejado la ribera, hacia el oeste,
Íbamos a encontrar de nuevo la misma conflagración
Nutrida de todo el presente atestado, la Troya del mundo real en llamas!
Y yo, como la mecha alumbrada de una mina bajo tierra, este fuego secreto
que me roe
¿No terminará por llamear en el viento? ¿Quién
contendrá la gran llama humana?
Tú misma, amiga, tus largos cabellos rubios en el viento del
mar,
No has sabido mantenerlos ceñidos sobre tu cabeza, ¡se
hunden! ¡Los pesados mechones
Ruedan sobre tus hombros, la gran cosa alegre
Se retira, todo parte en el claro de luna!
¿Y las estrellas no parecen cabezas luminosas de alfileres? ¿Y
todo el edificio del mundo no forma un esplendor tan frágil
Como una real cabellera de mujer lista a hundirse bajo el peine!
¡Oh mi amiga! ¡Oh Musa en el viento del mar! ¡Oh idea
cabelluda en la proa!
¡Oh queja! ¡Oh reivindicación!
¡Erato! ¡Me miras y leo una resolución en tus ojos!
¡Leo una respuesta, leo una pregunta en tus ojos! ¡Una respuesta
y una pregunta en tus ojos!
¡El hurra que arde en ti por todos lados como el oro, como fuego
en el forraje!
¡Una respuesta en tus ojos! Una respuesta y una pregunta en tus
ojos.• |