Utopía por siempre
*Juan Maya
Fue en 1516 que apareció De optimo reipublicae statu de que nova insula Utopia, el autor, como la mayoría sabe, es Santo Tomás Moro. Esto significó, en los albores del humanismo, la acuñación de un nuevo concepto, inquietante y a veces hasta molesto: la utopía. La utopía es el tema central de este libro, que en su página 75 tiene una imagen por demás elocuente: un hombre con el cuerpo virado de la mitad para abajo (o de la mitad para arriba, según la dirección del lector), que está en una actitud de franco razonamiento sin parecer advertir que la tapa de su cabeza se abre y deja escapar a una diminuta mariposa. La mariposa, inevitablemente, me recuerda a la imaginación; la imaginación es el fundamento de toda utopía. Todo lo imaginable es, en principio, utópico; por ello, los territorios de la utopía son extraordinariamente mayores. 

Utopía es un compendio de textos e imágenes que hablan de la utopía o por lo menos la sugieren; pero las definiciones limitan y definir a este libro sería excluirlo de su carácter laberíntico, de textos disímiles e ideas excéntricas; el espacio que se construye en el libro es una utopía. Es un compendio, no uno tan infinito como el que sugiere Borges es su "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius" (que es también la metáfora de una utopía), pero no menos inquietante por el hecho de remover viejos conceptos y deseos y terrores que huelen a pantano. 

Uno de sus primeros recordatorios: siempre estamos necesitados de espacios alternos, imaginándolos, como los universos fantásticos y mundos distantes en el arte; o dándolos por hecho, como los paraísos celestiales y todo espacio desprendido del discurso religioso, que por cierto nos recuerda nuestra incertidumbre frente a la muerte que es, también, la más aterradora utopía. 

En ocasiones, esos espacios son terrenales (ya no digo existentes) y es el deseo de llegar a ellos lo que los resignifica en un carácter utópico: el lugar donde se cumplirán los sueños. Henry Miller es uno de los que han ardido en estos sueños y lo dejan saber algunas de sus obras, en las que no esconde la pasión por un París que él desconoce físicamente, pero que representa la oportunidad de escapar de Estados Unidos, donde se halla "atrapado"; París es el espacio utópico, la promesa de restitución. Miller nos recuerda que el deseo, como la imaginación, nutre a la utopía; el deseo, por ser una negación, es más cruel (lo supo Ulises). 

Las ciudades nos recuerdan siempre las utopías de sus habitantes y más cuando llegamos a sus orígenes, a sus primeras plazas (las más antiguas), al punto umbilical que nos sugiere el origen de la ciudad y su erección. Nunca la utopía es tan posible como cuando se está edificando, nos lo explica la idea romana de mundus (lo limpio, donde no moran los malos espíritus), tan significativa entre los ritos de fundación. 

Algunos siglos después, otro italiano, Italo Calvino, en sus Ciudades invisibles, hace un recuento de lugares imposibles. Las ciudades, por su condición laberíntica, son propicias para la utopía. En Utopía hay un texto más bien lúdico, "Crónicas y anacrónicas de algunas plazas", que juega con las posibilidades y las imposibilidades de la ciudad. Aunque en otros textos se siga refiriendo a las ciudades como lugares utópicos, dejándolas como uno de los espacios ideales para que se generen las utopías. 

La política pareciera ser también uno de los grandes componentes de la utopía, por el origen textual de esta última y su desarrollo, aun en el arte; en realidad la política es la que se ha nutrido de la utopía. Todo discurso político tiene carácter utópico; los políticos se convierten con facilidad en una rara especie de "nuevos héroes míticos" que prometen lugares imposibles y soluciones que nunca se logran, y en los casos más patéticos dejan tras de sí la promoción del caos; en las ciudades el caos llega muchas veces por el decaimiento de la política estatal. 

A la inversa, la utopía también es el marco de la disidencia, el lugar perfecto desde el cual se pueda atacar y principalmente ironizar cualquier cosa, incluyendo al Estado, tal como la concibiera Moro, y el arte es uno de los medios por excelencia, un territorio natural. En 1657 Cyrano de Bergerac publicá la que tal vez sea su obra más conocida, Viaje a los estados e imperios de la Luna y el Sol, considerada antecedente de la literatura de ciencia ficción. Obra de un humor devastador e inteligente, somete a una crítica aguda a la sociedad del siglo xvii en el sentido más idealista, a tal grado que uno de los personajes de Bergerac nos dice que aquello que lo había obligado a recorre toda la Tierra, y a abandonarla finalmente por la Luna, era el hecho de no haber podido encontrar ni un solo país donde la imaginación estuviera siquiera en libertad. 

Tres siglos después de Bergerac y su grandiosa inventiva, la literatura verá nacer dos obras devastadoras y, en términos de utopía, antiutópicas: 1984, de George Orwell, y Un mundo feliz, de Aldous Huxley. En ambos textos se finca la idea de un futuro caótico originado por un desarrollo represivo que tiene un objetivo claro: reducir al ser humano a ciertos patrones definidos por su funcionalidad, dejándolos sin ilusiones ni ideas propias, ajustándolos a un gusto colectivo y a un orden extremo en el cual no se puede ni sugerir la idea de individualidad. 

Muchas veces parece que alguien anuncia el fin de las utopías, lo cual es lógico cuando se está en la cresta más alta de una situación caótica. Pero más que muerte podemos hablar de crisis en el desarrollo de las utopías, como de cualquier cosa; sin embargo, hablar de la muerte de la utopía es sencillamente utópico. Aunque hay algo que podría aterrorizarnos: años más tarde, en su Nueva visita a un mundo feliz un consternado Huxley nos confiesa que nunca pensó que el mundo que había imaginado, más como una fábula, se empezaba a parecer tanto y tan rápido a la realidad. La idea que nos sugiere es que si bien las utopías son teóricamente irrealizables, las antiutopías o los mundos desesperanzados son más fácilmente concretables, aunque como cualquier proceso imaginativo también este temor puede ser utópico y el juego infinito empieza a dibujarse (¿todo es utopía?). 

 
 
 
 
   
La literatura de ciencia ficción prosiguió con la idea de las utopías y las antiutopías, ofreciendo una variedad mayor de puntos de vista, puesto que cuando a un escritor de ciencia ficción se le ocurría hacer explotar al planeta, podía llegar una navecita de extraterrestres a contarnos cómo había sucumbido por fin la humanidad. Ya no temeremos al fin, porque el fin ha llegado. Las posibilidades, los mundos y espacios alternos y los planteamientos utópicos en la ciencia ficción se multiplican tanto como lo que podemos imaginar ya no del planeta Tierra (que a fin de cuentas es una mínima parte contenida en un todo) sino del universo entero. La ciencia ficción se debate entre un futuro caótico, uno benéfico y un futuro que se quiere representar como impenetrable (que es el más verdadero, obviamente). También la revolución en las tecnologías y los medios de comunicación presentaron una posibilidad a la utopía y los espacios posibles; en literatura llegan los ciberpunks y en 1984 William Gibson publica su Neuromante, que es de lo más contemporáneo.

Utopía es un libro necesario. Además de ser un compendio es también un buen pretexto para "utopiar" y hacer un recuento de daños. Un libro sobre la utopía viene bien en un momento en que las utopías han sido mayormente traicionadas. Un libro sobre utopía nos recuerda que las utopías son necesarias y que algunas acaso llegan a volverse fundamentales, ya que, aunque son imposibles, trabajar para conseguirlas permite evitar una caótica precipitación. Aun entonces el libro parece decirnos que todo es posible en el devenir humano.

Alfonso Álvarez Anguiano et al., Utopía, coordinación general Elena Segurajáuregui, México, UAM, 2002, 152 pp.

*Juan Maya es egresado de la carrera de comunicación social de la Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco. Colabora en revistas independientes y suplementos culturales. En la actualidad forma parte de la Escuela Dinámica de Escritores.