LOS PECES 
*Vladimiro Rivas Iturralde 
Mirar tu cuerpo sin más luz que la tuya.
 

Vicente Aleixandre

 Un bus me rescató de la muchedumbre de aquel sábado por la tarde. Conseguí un lugar junto a la ventanilla. Por un buen rato no supe quién estaba a mi lado. A la altura de Santo Domingo miré el reloj y pretendí comparar esas seis de la tarde del reloj con las seis de la tarde de los rostros. Entonces, inopinadamente, te vi, a mi lado, casi una niña. Usabas medias blancas de colegiala; tu cabello negro chorreaba hacia atrás disciplinándose en un lazo también negro, severo y sencillo. En tus ojos oscuros brillaban a la vez la inocencia y la sensualidad. Tu nariz, respingada, hacía resaltar tus labios y ese encantador surco subnasal. Miraste hacia mi lado, y ya no supe si te fijaste en la calle o te habías distraído con la cicatriz de mi sien derecha y seguías el surco como quien sigue la ruta de un juguete de cuerda, o si a través de mi cara me buscabas. Empecé a ensayar un código de señales que, lo presentía, te inquietó. Ahora me incorporaba para presionar y bajar el vidrio; luego movía mis brazos con algún pretexto —bajar el cierre del chaleco o retirar un botón del ojal— y así llamar tu atención sobre mí y aproximar mi brazo a tu cuerpo. Te alarmaste, creo, porque en cuanto nos dejó el tercero del asiento, te apartaste hacia el filo y ese blanco entre los dos fue tu primera huida.

Ya no me daba igual bajarme dondequiera. En el vértigo del atardecer, el autobús se hundía calle abajo hacia donde la ciudad se estrecha por última vez en una garganta para luego diseminarse en el campo, y yo empecé a experimentar también una sensación de caída que no me desagradaba. Descendiste del bus y te seguí. ¿Sabías que te seguiría?: ninguna sorpresa te delató. Te pregunté por el nombre de alguna calle y lo que sentí cuando te dirigiste a mí fue algo semejante a la vergüenza y al temor: ya resonó en mi mente un grosero comentario de los otros sobre ti y se multiplicaron las burlas de mis conocidos por conocerte. Allí, en el vértice de la esquina amarilla donde nos miramos por primera vez, empezaron a surgir esas oleadas de extrañamiento. Al atarme a tu mirada sentí también que el barrio me era ajeno. Cruzaste la calle y te sumergiste conmigo en ese retorcido callejón ciego donde los niños suspendían el juego para mirarme. Me defendí de ellos fingiendo conocerte hace ya tiempo. Te pregunté dónde vivías, te dije que yo al norte, pero que no era rico, y esos niños me acosaban con sus miradas. Lo más curioso es que a ese extrañamiento se unía ahora, de un modo tan intenso que habría de determinar mi conducta ulterior, un sentimiento de vergüenza. ¿Qué falta había cometido? ¿Cómo habría de expiarla? Averiguarlo sería parte esencial de mi aventura contigo. Los niños reiniciaron el griterío: "¡A mí me toca! ¡A mí me toca!", a mis espaldas y fue como atravesar el fuego. Ante un grupo de adultos no me habría sobresaltado tanto. Te detuviste ante el letrero que decía "Se recibe toda clase de bordados y costura". Miré el ojo de buey que daba hacia la calle y luego el primer piso que se alzaba como un vigía sobre las dos quebradas. El callejón era como una calzada entre ambos abismos. Entonces consulté con tu mirada, vencido a medias el temor: era una mirada interrogante, la mirada de la desconocida que dice qué quiere al desconocido.

Adiviné tu pregunta y, de veras, no supe qué contestar. Experimenté la sensación desagradable de estar a la vez en el norte y en el sur, y de que no me conocía. Adiviné tu pregunta y sólo pude contestarme que empezaba a habitarme un desconocido. No eran tú ni la calle ni la hora ni los niños ni la casa-vigía, los desconocidos. Todo ello eran espejos que reflejaban lo extraño que era yo para mí mismo. Esperabas, supongo, una respuesta que te permitiera saber a qué atenerte. No creo habértela dado del todo. Balbuceé que yo no era del barrio, que me había extraviado, y que sólo había venido para conocerlo. Un turista en mi ciudad. Esa turbación me dio ventaja: vi que tus ojos me examinaban: comparabas al hombre audaz y seguro de sí que estuvo junto a ti en el asiento del bus con este otro que no conseguía ni balbucear sus propósitos. Así, disminuido, vulnerable, creí haber contestado. Pero tú, juguetona, como todas las chiquillas de tu edad, insististe en la pregunta. Las chicas como tú son cada vez más jóvenes y los hombres como yo, cada vez más viejos y ridículos. "Sólo una pequeña emergencia", dije, forzando la voz en el esfuerzo por arrancar el botón inferior del saco. "Tengo después un compromiso y se me ha desprendido un botón. ¿Podrían pegármelo ustedes?" "¿Sólo eso?", dijiste, sonriendo, y yo sonreí también. "Bueno, venga", y casi te golpeé con la mano que arrancó ese botón. Con qué cuidado y sigilo abriste y volviste a cerrar ese portón. "Chit, la señora", me dijiste llevándote el índice a los labios y te deslizaste casi en puntillas hacia el fondo de ese corredor oscuro. Al fondo me acechaba un espejo y al verlo —o ser visto por él— un escalofrío me corrió hasta la nuca. 

En esa penumbra, de la que era víctima y cómplice, percibí que algo desconocido hasta entonces bullía en mi interior. El miedo a lo inexplicable, el miedo a secas, parecía querer estallar bajo la forma de un afán por poseerlo. ¿Quién eras tú, entonces, Eulalia, Mélida, Malena? ¿Qué era esa casa extraña, con olor a encierro, oscura, arriba poblada de murmullos? ¿Quién era yo? ¿Sólo un hombre que, oprimido por el norte, vivía la aventura de descender a un rincón de abajo, de pretender arrancar una flor de ese rincón y mostrársela, ufano, a los del norte, satisfechos y despectivos? Ese espejo acechándome en la oscuridad hizo dar un giro a esta aventura que había empezado tan gratuita y sin propósito y que yo había decidido mantenerla así hasta el fin. Me consolé con la idea de que esta lucha interna no era sino una prolongación de la sufrida afuera, sólo que ahora a oscuras. Pero la penumbra me revelaba un rasgo de mi situación y de mi carácter que hacían necesarios el ataque, la fuerza, el dominio, la posesión. Caminé casi de puntillas hasta la sala. En el centro de ese ámbito oscuro resplandecía una redoma de cristal, una pecera. Dos peces dorados se deslizaban de un lado a otro por su agua centelleante. Todo parecía dormir en esa casa, menos los dos habitantes de la pecera. Se buscaban, se cruzaban, se encontraban, se repelían, se atraían, se alejaban, ascendían, bajaban en picada, mientras a un lado bullía el agua del termostato. Te oí bajar los escalones, oí tus pasos suaves en ese corredor resonante y oscuro. En la mitad del corredor ya tenías tu brazo extendido para recibir el saco. Yo, en tanto, me prendía de tus labios carnosos. No sé qué adivinaste en mi mirada que pronto bajaste tu brazo y, sin más, me hiciste sentir poderoso pero infeliz. Volviste a pedirme el saco. Te lo di. Y sin hacerme pasar a ninguna parte, te lo llevaste como un trofeo entre los brazos, escaleras arriba. 

Subir esas escaleras. Alcanzarte. Verte otra vez como te vi en el bus. Recuperarte. Para colmo, alguien a un lado del corredor dormía y roncaba en algún sofá. Casi fuera de mi campo visual, las escaleras estaban coronadas de una leve aureola luminosa que atacaba de costado al espejo que me reflejaba. Fue entonces, al verte de perfil sobre las escaleras y presentir tus senos minúsculos bajo tu blusa blanca, cuando empezó aquello. Casi ingrávida, sin peso, alada, subías las escaleras hacia la luz que te esperaba arriba y que de algún modo era tu propia atmósfera. Con esa luz tuya se derramaba hacia abajo el ruido taladrante de una máquina de coser. Fue entonces cuando me abalancé hacia el pie de la escalinata y te pregunté si podía seguirte. Me habían brotado garras. No sé qué habrás escuchado en mi voz, que te callaste y te quedaste mirándome, sorprendida. Creo que por primera vez hubo comunicación entre los dos: nos unió el pensamiento mortificante de que tu asentimiento o negativa tendrían incalculables consecuencias para ambos, de que era un momento decisivo. Tal vez sólo entonces caíste en la cuenta de que esa máquina de coser tan escuchada sonaba ahora diferente. De pronto la advertiste, volviste tu cara hacia el cuarto de la máquina, se te escapó un chasquido de los labios, y entendí que debía seguirte. El aire me entraba a borbotones por la nariz y la boca: respiraba con gratitud. Me habías rescatado una vez más.

Esa duda tuya en pleno vuelo había sido provocada sólo por la tensión del momento, no por ningún futuro que hubieses visto y que te llevabas entre las manos, como esas inmaculadas se llevan de la tierra flores apretujadas contra su pecho. Fue en cierto modo un gesto impersonal, intemporal. Y yo te seguí, pareciéndome consolador que no me preguntases el porqué de mi ruego. En ese espacio invadido por los reflejos de la pecera luminosa y por la máquina de coser en movimiento, el corazón me dio un vuelco. Te detuviste en seco. Giraste hacia mí y, con una gracia difícil de definir, con tu sonrisa de niña en los ojos, te llevaste el índice a los labios un poco abultados y me pediste más silencio todavía. ¿Habría mayor silencio que el mío? Por contraste, ¿habría mayor ruido que el de esa máquina de coser? Esa orden, aparentemente inventada para mí, en realidad se dirigía a ti misma. ¿Qué escuchabas en tu interior que en tal forma te pedías silencio? De algún modo, sin darte cuenta quizá, te habías convertido en mi cómplice. 

Al fondo del pequeño corredor resplandecía, de costado, la pieza iluminada y adiviné, a mano derecha, fuera de mi campo visual, la presencia de la máquina de coser y su invisible manipulador. Me pregunté si habría otra persona, alguien lisiado o paralítico que, acurrucado en uno de los vértices del cuarto, estaría pegando pacientemente el botón de mi saco. Tu índice sobre los labios fue también un alto. Te apoyaste de espaldas en la pared y allí te quedaste esperando sin atreverte a mirarme. Me habías arrancado de mi sombra a esa luz tuya. Alguna broma te hizo reír. Pregunté, en un susurro, aún conteniendo la risa, si había alguien más en la casa. Que sólo tu madre y tu tía acabando algo en la máquina antes de empezar con el botón. La vieja inquilina, durmiendo abajo. Tú y yo: nosotros: los peces. Examiné tu perfil y nada vi en él que me llamara o me rechazara. Intenté hablar, pero me habías pedido silencio. Recordé esa complicidad que habías creado con tu ademán y decidí tomarla al pie de la letra: no había otra salida. Descansé apoyando mi espalda contra la pared. La máquina de coser se detuvo. Oí un carraspeo y el rozamiento de una tela sobre una mesa. No te moviste. Mi brazo izquierdo se corrió hacia el tuyo y, mientras mi mano exploraba la tuya, respirabas entrecortada. Con la diestra volteé tu rostro hacia mí y cerraste los ojos con expresión de temor. Te miré una vez más y besé tus labios calientes que fueron adquiriendo una fresca humedad y me dejaban el embriagante perfume de tu juventud. Te ahogabas, quizá, y, niña aún, corriste hacia el interior del cuarto amarillo. "¿Ya está?", te oí preguntar y advertí tal naturalidad en tu voz que ni la más suspicaz de las tías y de las zorras se habría percatado de nada. 

 
 
 
 
   
Y como si acabase de despertar, me puse a buscar, inmóvil, los límites de las cosas que tenía delante. Esas cosas pendían en el espacio, oscuras, inmóviles, con su propia gravedad. Sólo el agua de la pecera danzaba sobre nosotros como extrañas luciérnagas. Entendí de pronto que la núbil a quien había soñado y seguía soñando ya formaba parte también de ese sistema de fuerzas y de sombras que constituían mi universo privado. Sentí, una vez despierto, la necesidad urgente de llenar de mí esa bóveda extraña. Por otra parte, de una manera oscura, invisible, pero cierta y verdadera, yo había entrado a formar parte de ese juego de sombras, como el espejo, la pecera, las escaleras, el claroscuro, la máquina de coser, las puertas del corredor, la bombilla que pendía, apagada, ante mí. Las cosas habían tejido en torno de mí una impalpable tela de araña y parecían atrapar placenteramente mi voluntad. Empecé a sospechar que la vieja del ronquido debía haber estado acompañada por alguien próximo a ella que también se habría dejado arrastrar por el sortilegio de las cosas, de la hora, del silencio. En esa casa habitaban dos familias, sin duda, y aunque debe haber sido ya la hora de la merienda, no percibí por ningún lado el olor de comida. Intuí que las otras dos piezas del piso alto estaban desocupadas, pues toda la vida de la casa parecía haberse concentrado en ese cuarto donde las voces zumbaban, ininteligibles, en torno de la máquina de coser. Toqué con mi derecha la superficie de una puerta a la que sentí ligeramente pringosa, como si los vapores y grasas del baño o la cocina o se hubieran adherido ahí. Cautelosamente giré la manija de la puerta. Una débil luz de la calle se filtraba en la pieza y constaté, por el tenaz silencio, que estaba desocupada. Antes de esconderme tras la puerta, eché un último vistazo al cuarto de la máquina de coser para cerciorarme de que tú no me veías. Te imaginé allá, tardíamente ruborizada, gustando el sabor del beso, mirando el trabajo de la máquina, tratando de establecer una conversación con las dos o tres mujeres. Al imaginar el desenlace de toda esta aventura adquirí plena conciencia de que el juego no empezaba ahora. Había empezado hace ya mucho y más bien estaba por acabarse. No me equivoqué contigo: presentí tus pasos lentos, suaves, en el corredor. Me buscabas abajo, en la escalera o en el corredor. Adivinaste la puerta entreabierta casi a tus espaldas y con una decisión que me sorprendió avanzaste hasta el vano de la puerta y advertí el rozamiento del saco en la pared. Adiviné en la semipenumbra el brillo de tus labios carnosos, los mismos que vi, desafiándome, en el asiento del bus. Temí que tu miedo se repitiera y me delatase y te me escaparas otra vez. Con lentos movimientos, seguro de mí mismo, tomé el saco de tus manos, avancé hacia una de las camas del cuarto, la de la izquierda, y allí lo dejé. Inesperadamente, el ruido de la máquina cesó de nuevo. Nos miramos en silencio. Graciosamente ahogaste la risa que se venía, llevándote las manos a la boca. Te reías, y el aire se te escapaba por la nariz, a saltos. Cuando saliste de la pieza sin cerrarme la puerta creí que todo estaba perdido para mí, que en ese pequeño escenario sería el hazmerreír o sería humillado por las arpías que ya dejaban el cuarto de la máquina. Te oí caminar hasta ese punto del corredor en que terminan las escaleras y prender el foco del centro. Apenas si tuve tiempo para tomar mi saco y ocultarme con él tras la puerta. Desde la rendija pude espiar el paso de las dos mujeres, la una de estatura regular y peinado permanente y una anciana casi alarmantemente pequeña. Las acompañaste hasta abajo, y lo que oí entonces hizo que el corazón me diera un vuelco. Te dejaban sola en la casa mientras se iban a cenar a casa de alguien. "Haz tu tarea", dijo la madre. Supuse que lo sabías de antemano, Eulalia, Mélida, Malena y fue merced a ese chasquido cómplice de tus labios que te dejaste llevar por el secreto pacto entre los dos. Y las dejaste ir, sin despertar en ellas la menor sospecha. Nunca pude comprender del todo qué hacías para despistarlas… a ellas, las de afuera. Al golpe en el portón siguió un largo silencio, tenso, envolvente. Ahora estaba menos seguro que antes de lo que estaba ocurriendo. Salí de mi escondite ante el pertinaz silencio y me asomé a la baranda del corredor. La casa era de un aspecto mucho más vulgar de lo que había imaginado. Ese descubrimiento amenazó con hacer perder todo misterio a la aventura. De pronto, resolví irme. Pero al bajar sentí el contacto de mis dedos con el botón pegado, y eso fue como recuperarme, purificarme, volver al principio de todo. Vi, al doblar la escalera, que me esperabas al fondo del corredor, frente al espejo, como yo te había esperado antes. Al verme, me recordaste con el índice la presencia de la vieja de abajo y te apresuraste a cerrarle la puerta. Entonces empecé a respirar con ansiedad. Te tomé la mano, Eulalia, Mélida, Malena, y silenciosamente te invité al amor escaleras arriba, aunque supe que desde entonces ya no serías la misma.•
*Vladimiro Rivas Iturralde (Latacunga, Ecuador, 1944) es profesor-investigador en el Departamento de Humanidades de la uam Azcapotzalco desde 1974. Ha publicado cuento (El demiurgo, 1967; Historia del cuento desconocido, 1974); ensayo (Desciframientos y complicidades, 1991) y novela (El legado del tigre, 1997; La caída y la noche, 2000), entre otros libros. Ha colaborado en revistas de México, Caracas y Quito, como Vuelta, Letras Libres, Zona Franca, Letras del Ecuador, Revista del Banco Central del Ecuador y Ágora