De cómo impedir las guerras floridas 
* Luis Ignacio Sáinz 
preceptista español del siglo XVII solía afirmar que: "La virtud se cansa de merecer y esperar"1 

Esta es quizá la divisa fundamental del libro que hoy nos convoca para su disección y comentario. En el caso de Sergio Tamayo el mérito ha domeñado las adversidades de un tema escurridizo, especialmente frágil ya que -por principio y privilegio- está vinculado con la ilusión: la de fundar una sociedad reconciliada consigo misma, desde la memoria del dolor y la conciencia de los fracasos pasados para, ahora sí, postular un futuro en libertad.  

El tiempo oportuno de la esperanza que confía en la participación crítica de los ciudadanos emergentes para, al reconocer las diversidades, estar en condiciones de administrar las diferencias exclusivamente con la tolerancia y el diálogo. El rigor analítico del autor (referencias exhaustivas, anexos estadísticos e informativos, glosa a autores, interpretación de datos) encubre y camufla una convicción trascendental más allá de los dominios propiamente científicos. Se trata, desde mi lectura, de levantar la crónica de una sociedad en busca de su íntima razón de ser: la resistencia que construye dignidad y porvenir. El volumen resulta una especie de vademécum de razones prácticas, las voluntades del viejo Kant, para dividir al Estado a favor de la sociedad.  

Desde una memoria aguda y comprometida, Los veinte octubres mexicanos de Sergio Tamayo cumple lo que ofrece al mostrar los avatares de la política entendida como "el arte de transformar tendencias sociales en formas jurídicas"2. El autor nos convida las manifestaciones de un empeño intelectual de mayor envergadura: aquél que consiste en rastrear y reconocer las señas de identidad de una construcción histórica y social que responde a la designación plural de las ciudadanías y sus identidades colectivas3 

En su lectura del fenómeno de recomposición de las formas de hacer política, Sergio Tamayo expone cómo la unidad monolítica que el poder ofrece de la nación -desde el mismísimo surgimiento de nuestra existencia independiente- explota en múltiples fragmentos. Así, nuestro país pasa de un singular cerrado y abstracto a un plural abierto y concreto: los Méxicos de México. Esta lucha por la expresión de las diversidades y sus manifestaciones es rescatada al modo de una bitácora implacable por sistemática, que revela los variados sentidos de un par de décadas que han marcado la historia política contemporánea de nuestro país: desde la guerra florida de 1968 hasta el (re)surgimiento cívico de 1988. A sangre y fuego México aprende a dejar de ser un país ficticio, sólo creíble en el territorio dogmático de los libros de texto gratuitos.  

En este tránsito de veinte años y los pilones que nos sitúan en la actualidad, hemos apreciado -con dolor- el comienzo del fin de una paz ilusoria, la que ha reposado en los sepulcros de los inconformes. Y éstos se niegan a desaparecer; libran sus batallas de mil y una maneras en mil y un escenarios; respondiendo a mil y una lógicas organizativas. Los resistentes animan, entonces, la transición hacia la democracia cuando resultan capaces de vincular los movimientos sociales con la participación ciudadana. 

 
 
 
Sin embargo, la recomposición de los actores sociales no es privativa de las clases subalternas, también las que son hegemónicas establecen nuevas modalidades de organización y defensa de sus intereses. De tal modo que semejante inestabilidad genera oportunidades en el mercado de la política y sus representaciones, forzando asimismo la modificación sustantiva de las estructuras de representación tradicionales: partidos políticos, cámaras empresariales, centrales obreras, y un larguísimo etcétera.  

Tal proceso se exacerba y adquiere su verdadera dimensión cuando semejante lógica de construcción de nuevas identidades colectivas se enfrenta a cambios del sistema mundial que impactan nuestro débil marco institucional, vulnerando la noción misma de los derechos sociales, de suyo ineficaces en el pasado -y ahora todavía más- para contener las demandas sociales y resolver los rezagos históricos. Por ello sostiene Tamayo que:  

    Los fortísimos vientos del neoliberalismo se instauraron en las ideas liberales tradicionales que consideraron al individualismo, al Estado mínimo y a las fuerzas libres del mercado como sus auténticas fundaciones filosóficas. Con tales conceptos se comprometen prácticas que desmantelan los derechos ciudadanos, principalmente los sociales, además de que la búsqueda de una relación de equilibrio entre lo civil, lo político y lo social se cuestiona en esencia (p. 35). 
Así las cosas, el "mercado" se convierte en supremo contralor metafísico de la vida social4; diluyéndose, en consecuencia, la identidad de quiénes ejercen la dominación amparados en el imperio de los datos y la información especializada. El nuevo régimen se refugia en la frase: "Quién no sabe, no puede opinar". Con ello se elimina la posibilidad misma de un diálogo constructivo sobre la agenda política nacional, ya que buena parte de los temas a debatir no son reconocidos como tales por las autoridades pues los reducen a una dimensión "técnica" propia de los expertos. Ecos del porfiriato: "Poca política y mucha administración", aunque ésta sea un desastre como lo atestiguan los innumerables rescates: bancario, carretero, azucarero, siderúrgico, etcétera. 
   
 
Semejante tecnificación de la convivencia colectiva margina y excluye, de modo inevitable, a las mayorías ciudadanas, reduciéndolas a la condición de sujetos en reposo, cuando no a la de objetos inermes, ante el avance imponente de políticas de ajuste que en nada alivian la situación general, pero que sí socializan los costos de los errores en la gestión pública y la conducción gubernamental, por no mencionar las cadenas de complicidad establecidas con los improductivos empresarios nacionales, sobre todo aquellos de nuevo cuño surgidos de los múltiples procesos de especulación de las últimas dos décadas5 

Mérito indudable del libro de Sergio Tamayo es el de situar el proceso político del México contemporáneo en el escenario histórico, definiendo coordenadas de interpretación y análisis que, en mucho, servirán no sólo para comprender la realidad del país sino, especialmente, para transformar nuestra inequitativa e irreconciliada sociedad, en una de naturaleza plural, convergente y entonces sí, democrática. Por ello resulta necesario leer Los veinte octubres mexicanos: Ciudadanías e identidades colectivas.  

La invitación que nos hace Sergio Tamayo en su libro -ejemplar en más de un sentido- es, al mismo tiempo, una oportunidad -aunque suene religiosa la expresión- para redimirnos socialmente, y consiste en restaurar, de memoria, la memoria6: saber más de nosotros mismos para ser mejores e impedir que el enemigo continúe venciendo. 

*Politólogo egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM (Guadalajara, 1960). Ensayista dedicado a temas de filosofía y teoría política, urbanismo y estética. Entre sus libros destacan: Los apetitos del Leviatán y las razones del Minotauro: Hacia una hermenéutica política; México frente al Anschluss; Disfraz y deseo del jorobado: Hacia una teoría del amor cínico en Juan Ruiz de Alarcón; Nómadas y sedentarios: Los comerciantes de vía pública del Centro Histórico; Entre el dragón y la sirena, la Virgen: Apuntes sobre Baltasar de Echave Ibía; Nuevas tendencias del Estado contemporáneo. 
 
Notas  

1 Véase, Diego de Saavedra Fajardo: Empresas políticas: Idea de un príncipe político-cristiano (1640), Madrid, Editora Nacional, 1976, edición preparada por Quintín Aldea Vaquero, 2 volúmenes, 963pp. especialmente la empresa número 23 titulada Pretium virtutis, vol. 1, p.251-259, que liberalmente podría traducirse como: "Sea el premio precio del valor".  

2 Cfr., Hermann Keller: Teoría del Estado (1934), México, Fondo de Cultura Económica, 1971, edición y prólogo de Gerhart Niemeyer, versión española de Luis Tobío, 341pp., especialmente p. 223 donde cita la famosa frase de L. M. Hartmann, contenida en su Festschrift für L. Brentano, 1916, p. 220.  

3 Al lector interesado se le sugiere la lectura de Bronislaw Baczko: Les imaginaires sociaux. Mémoirs et espoirs collectifs, París, Payot, 1984, 242pp.  

4 Cfr., José Luis Orozco: Notas del país darwiniano, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1981, 119pp., especialmente p. 15 y ss. Si bien el autor se refiere al caso norteamericano, justo uno de los síntomas de la globalización residiría en subsumir los mecanismos de medicación y sentido de la vida estatal y colectiva en nociones abstractas que a nada y nadie remiten, como la del "mercado".  

5 Para quien esté interesado en contar con una visión general del "desastre" se recomienda la lectura de Samuel Schmidt (coordinador): La capacidad de gobernar en México, Aguilar, colección Nuevo Siglo, 1997, 171pp.  

6 La expresión proviene de José Saramago; véase Cuadernos de Lanzarote, Madrid, Alfaguara, 1997, p. 50.