Calas en la poesía de dos escritores hispanomexicanos:
Angelina Muñiz y Federico Patán
*Luz Elena Zamudio

El concepto de generación literaria propuesto por Ortega y Gasset ha sido cuestionado en los últimos tiempos. No obstante, para el presente ensayo nos atenemos a esa clasificación debido a las circunstancias. No podemos dejar de lado el hecho de que la guerra civil iniciada en España en 1936 fue un parteaguas para sus habitantes. Los que salieron de su país tuvieron cambios de diversa índole en sus vidas. La edad de los exiliados fue un factor que diferenció la repercusión que el hecho político-bélico ejerció en ellos. A México, por ejemplo, llegaron algunos españoles ya maduros o viejos y otros muy jóvenes o aun niños. Esto influyó en su relación con la nueva cultura, pues los que ya venían formados traían la suya muy arraigada y en forma muy consciente se relacionaron con lo mexicano. No fue así para los que salieron muy pequeños y les crearon una imagen artificial de España, por medio de narraciones familiares o de las obras de escritores como Juan Ramón Jiménez, León Felipe, Antonio Machado, Miguel de Unamuno, Federico García Lorca y Miguel Hernández.

 Para Leticia Villaseñor Roca

Ramón Xirau, al referirse a las características distintivas de su grupo, separa a los más pequeños porque considera que la diferencia de edad cambia la percepción de las vivencias de la guerra y del exilio:

Muchas veces me he preguntado por qué esta mayor nostalgia entre los más jóvenes. No poseo una explicación precisa. Sospecho que el hecho puede explicarse, por lo menos en parte, precisamente porque los mayores habíamos vivido la guerra de España; los menores la recordaban apenas y se alimentaban de los recuerdos —tan fuertes en aquellos días— de sus padres y sus familiares.

Las marcas que les dejó la experiencia del exilio temprano a los que llegaron muy pequeños pueden reconocerse en sus textos literarios. Sin embargo, aunque haya coincidencias en cuanto a la nacionalidad y a la vivencia del exilio, cada uno tiene, además de su estilo propio, su evolución, su experiencia personal y su opinión particular al respecto. Luis Rius dijo alguna vez: "Somos seres fronterizos como los lagartos y como los poetas, al decir de León Felipe. Definitivamente, no podemos renunciar ni a la españolidad ni a la mexicanidad, que a un mismo tiempo, y por propio derecho, poseemos".

Angelina Muñiz y Federico Patán son los integrantes más jóvenes de la generación conocida como hispanomexicana, a la que también pertenecen los poetas Ramón Xirau, Manuel Durán, Carlos Blanco Aguinaga, Jomi García Ascot, Tomás Segovia, Luis Rius, César Rodríguez Chicharro, Enrique de Rivas, José Pascual Buxó, Gerardo Deniz y Francisca Perujo.

Entre Angelina Muñiz y Federico Patán hay otras coincidencias, además de la cercanía de las fechas de nacimiento; ella, de diciembre de 1936, y él, de 1937. Los dos son maestros de literatura en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, los dos son autores de ensayos, novelas y cuentos, y ambos publicaron su autobiografía en la colección De Cuerpo Entero, coeditada por UNAM-ECO.

Con el presente ensayo hacemos unas calas en la obra poética de estos dos autores. Nos interesa mostrar, aunque sea en forma parcial, dos expresiones literarias motivadas por una vivencia común: la del exilio heredado.

Elegimos para el análisis sólo dos poemas, uno de cada escritor. El de Angelina Muñiz forma parte del poemario titulado Vilano al viento, publicado por la UNAM en 1982, que lleva el mismo título del libro. El de Federico Patán se llama "Amanecer: 1939", y es uno de los poemas del libro Umbrales, editado también por la UNAM, en 1992.

"Vilano al viento" desarrolla uno de los motivos más frecuentes en la obra de su autora: el desarraigo. La voz lírica, en primera persona, expresa su angustia por encontrar asideros. La búsqueda, que no la lleva sino a confirmar su condición de errante, la realiza en una situación de desasosiego y soledad. El poema comienza así:

Como no tengo raíces
no me entierro. (p. 33)

 
 

El binomio raíces-tierra tiene una relación de causalidad variable en el poema. El hecho de no tener una tierra que acoja como suya a la voz lírica, la lleva a considerarse a la deriva:

Ser errante,
ser sin polvo,
ser que no es ser. (p. 30)

En estos versos se alude al Génesis bíblico en el que se narra la creación del hombre a partir del barro, pero en el último verso citado se concluye que si en ella no existe esa materialización del ser, se pone en duda, incluso, la propia existencia.

La voz lírica, tomando distancia, plantea algunas reflexiones a partir de una lógica que en apariencia es muy obvia, pero que está encaminada a destacar su falta de protección y asideros; así lo hacen sentir las imágenes del muro y de la yedra que no pueden existir porque no hay una casa que les dé un lugar. Sin casa, el yo lírico sólo tiene la posibilidad de poseer dos objetos volátiles, "hojas de árbol y plumas de ave", que participan del campo semántico de lo aéreo y del de la escritura, al aludir al papel y a las plumas para escribir. Sin embargo, esos objetos son frágiles e inestables por estar a merced del viento.

En la vida real, parece ser que Muñiz sí consiguió esos elementos que le permiten tener un asidero. En su autobiografía, publicada nueve años después de este poema, la autora afirma: "habiendo perdido la tierra propia me aferré a la tierra de las palabras. Que se me convirtió en sagrada".

Transcribimos algunos versos que plantean la problemática principal y que en lo estructural tienen cierta independencia; reconocemos en esos versos la construcción de un silogismo hipotético:

Como no tengo raíces
no me entierro.

Si no tengo raíces
es que no tengo tierra.

Si no tengo tierra
es que no tengo país.

No tengo país,
no tengo tierra,
no tengo nada. (p. 33)

El último verso, "no tengo nada", queda fuera del silogismo, pero en lo poético le da fuerza emotiva al texto, ya que implica la carencia absoluta.

Los tres versos que siguen sugieren un breve reposo físico y espiritual que interrumpe las reflexiones sobre el desarraigo, pero posteriormente se sigue con las disertaciones sobre el exilio, que son abordadas desde distintos puntos de vista, a los cuales nos referiremos a continuación:

• La condición de errante de la voz lírica declara que no ha podido escapar a las circunstancias histórico-sociales que se le han impuesto en la vida. A partir de imágenes se sugiere un continuo e involuntario movimiento producido por una fuerza superior: la mirada no puede posarse en un lugar determinado. Ni siquiera la piedra de río está integrada a su medio, no ha llegado a ser pulida porque su contacto con el agua ha sido irregular. La idea de movimiento continuo se integra a la de tiempo cíclico con la imagen del sol naciente.

• La soledad y el silencio acompañan a la voz lírica extranjera. El segundo es consecuencia de la primera.

• La superficialidad de las relaciones que entablan muchos extranjeros con los lugares en los que radican, expresada en versos anteriores con la piedra que no ha sido pulida por el agua del río, ahora se representa con la distancia que no logra salvarse entre el yo lírico y la tierra sobre la que camina. El contacto más que real parece virtual, pues:

Mis huellas desnudas sienten la tierra,
y la tierra es la misma en todas partes.
Pero yo no reconozco el tacto de la mía. (p. 34)

• El destierro como destino asignado a la voz lírica está sugerido también en el texto que se refiere a la etapa previa a su nacimiento. En la autobiografía de la autora encontramos información que nos permite entender ese sentimiento de impotencia ante las circunstancias que rodearon su nacimiento, lejos del país que debía ser el suyo. La madre de Angelina Muñiz salió de España llevando a su hija aún en el seno, y da a luz en Hyères, Francia, en diciembre de 1936. Es muy probable que a esta parte de su historia personal aluda Angelina Muñiz en el verso "desterrada aun sin haber nacido".

 
 

Ese hecho de la historia personal de la escritora hispanomexicana va a dejar huellas en su obra. Un ejemplo de ello es el planteamiento tautológico del yo lírico en la parte introductoria del poema, para expresar su sentimiento de carencia absoluta como consecuencia de la falta de patria. El fantasma de la duda existencial que persigue a la voz lírica afecta todas sus formas de contacto con el exterior a través de los sentidos. Los recuerdos, por tanto, también le resultan huidizos.

Su conocimiento del mundo nunca será directo porque la relación con él jamás se lleva a cabo en un tiempo presente ni en un lugar que pueda sentir como suyo.

Todo lo invento,
todo lo sueño,
todo lo presiento.
Como amante sin amado,
conozco el amor y no sé lo que es. (pp. 34-35)

En la vida de los hispanomexicanos este sentimiento de irrealidad es común, por su salida de España cuando aún no entendían qué pasaba, y el recuerdo de su lugar de origen se confunde entre la "realidad" y la ficción. Según Arturo Souto, España era para ellos "una idealidad y, por lo tanto, su añoranza de España se traducía en nostalgia de idealidad".

Para la voz lírica, la vida queda convertida sólo en posibilidad, se considera "criatura sin forma" porque no se ha encontrado con otro que la reconozca; ni siquiera un eco que repita sus palabras o un espejo que refleje su imagen completa, así que no tiene modo de confirmar la realidad de su existencia. Lo único de lo que puede dar cuenta es de su exilio.

La imagen de "el vilano al viento" con que se cierra el poema resume el sentimiento de existencia potencial con la que se identifica la voz lírica, que pudo haber tenido distintas realizaciones si hubiera permanecido en España.

Esa vida que pudo haber sido y no fue está expresada en el poema con una serie de opciones que le fueron negadas: no escogió tierra, no mintió, no olvidó, no nació, no tuvo forma, no llegó, no tuvo amado, no ve su imagen ni escucha su eco, no tiene recuerdos, etcétera. Esto refuerza la postura inicial que se refiere al sentimiento de carencia total.

Por otra parte, Federico Patán en sus textos literarios no se refiere al exilio con tanta frecuencia como Angelina Muñiz, sin embargo, consideramos que es una marca importante en su vida y en su obra. El recuerdo del despertar de la conciencia está expresado en su poema "Amanecer: 1939". Esta fecha nos llevó a descubrir que se trataba de un poema con una referencia autobiográfica importante, pues precisamente en 1939, en el barco Mexique, Federico Patán llegó a México a los dos años, acompañado de su familia y de un grupo de republicanos que salió de España con motivo de la guerra civil.

El movimiento, las imágenes y las referencias al exilio son los aspectos que nos interesa destacar en este poema, del cual transcribimos a continuación las primeras tres estrofas:

Amanecer: imagen de la mañana
cuajándose en verdes pinos.

El mar en los roquedales sus espumas:
aura de premoniciones.
El mar en los roquedales las memorias:
asoman miedos las brumas.

Por el viento, los sonidos disparados
los manzanares ahuyentan.
Lágrimas rezuman el viento los caminos.
Y los caminos sin vuelta. (p. 11)

La idea de movimiento se logra de diferentes maneras: en la primera estrofa el gerundio "cuajándose" lo sugiere. Se evoca el recuerdo de un comienzo de día, de un inicio de vida.

Los versos de la siguiente estrofa reproducen el vaivén de las olas que se estrellan contra una pared de rocas, y esto se logra con las distintas formas de paralelismo empleadas; la estrofa repite un modelo estructural: el primer verso es de doce sílabas y termina en dos puntos, que sugieren la atomización del agua después del impacto, y está seguido de un verso de ocho sílabas representativo de la resaca. Se intensifican el efecto y la fuerza de las olas con la aliteración del inicio de los versos largos. Hay también paralelismo en el sentido de fragilidad y fugacidad que sugieren las "espumas" y las "memorias", metáfora de espumas. Asimismo, hay un paralelismo conceptual entre los versos cortos.

El impulso del viento al que se refiere la tercera estrofa tiene una sola dirección, de modo que nada de lo que es empujado por él tiene posibilidad de retornar a su lugar de origen. El aspecto violento del aire se enfatiza; su fuerza mueve los árboles, ahora manzanares, que indican un cambio de lugar y de ambiente emocional.

Cada estrofa se identifica con un espacio y un estado anímico específicos. El primer lugar al que se hace referencia tiene pinos, que podrían corresponder a un recuerdo difuso de algún paisaje de Perote, Veracruz, lugar en el que vivió Patán en su infancia. El segundo espacio aludido recuerda la vegetación característica de Asturias, España, y que en el poema que nos ocupa coincide con el inicio de la búsqueda de los orígenes que realiza la voz lírica.

Las estrofas anteriores están desarrolladas en forma impersonal, pero la siguiente introduce a la primera persona del plural; esto hace más intensa la expresión del dolor de un grupo de personas que se ha visto obligado a dejar su lugar de origen y establecerse en un espacio geográfico y lingüístico diferente:

La tierra se nos acaba en otro idioma.
¿Quién la enarenó de odios? (p. 11)

No es difícil imaginar que el autor alude en estos versos al sufrimiento padecido por sus compatriotas que se vieron obligados a cruzar el Atlántico por causas políticas. Entre ellos se cuentan él y sus familiares cercanos, de ahí que sea la primera persona de plural quien hable. Todo el grupo de exiliados tuvo que enfrentar en el país que los asiló una situación completamente inesperada. Sin embargo, considera Xirau que no obstante el dolor y la nostalgia "el exilio fue, así, ante todo revelación y conocimiento de sí, y en la mayoría de los casos, una profunda transformación". El autodescubrimiento es lo que canta el yo lírico de "Amanecer: 1939".

En el último verso del poema se sugiere que ya es de día, y que al mismo tiempo se da la propia anagnórisis de la voz lírica a través de un desdoblamiento en segunda persona del singular; la voz se ve a sí misma como existente porque tiene un nombre que lo identifica:

Amanecer: camino de larga ausencia
bajo un silencio de ayeres.
El mar a tibias arenas
sus espumas. Nombre tienes. (p. 12)

En el poema predominan las imágenes veladas: tenemos, por ejemplo, la del amanecer que va despejando las sombras, la de la espuma producida por el choque de las olas, la de las brumas con las que se describen unos temores indefinidos, la de las lágrimas y el polvo movidos por el viento que impide a los caminantes ver con claridad, y la de la ignorancia del propio origen, que atormenta a la voz lírica.

A partir de la tercera estrofa se hacen más insistentes las alusiones al exilio, experiencia que reconstruye con vagas imágenes la memoria de la voz lírica, quien se plantea interrogantes a partir de sentimientos que apenas recuerda. Es útil, para una mejor comprensión del texto en su dimensión autobiográfica, que el lector conozca el referente histórico del exilio de los republicanos en México. Los más pequeños, como Federico Patán, comparten sólo en forma virtual las experiencias de la guerra civil y de la huida de España.
 

 
 
   
En la última estrofa el poeta resume las ideas expresadas en el resto del poema. Concluimos que Amanecer y tener nombre resultan sinónimos; ambos sugieren el inicio de la vida del yo lírico. En el Génesis Dios dijo que la luz se hiciera y dio principio el ciclo día-noche. Al nombrar la luz, Dios la creó. Del mismo modo, la voz lírica amanece al hacerse consciente de su condición de exiliada. Es parte de esa espuma que, procedente de Europa, ha llegado a las costas mexicanas. Sin embargo, esta anagnórisis no le da luz sobre muchas de las experiencias que supuestamente vivió en ese pasado inmemorial.

La distancia de las fechas en que fueron publicados los poemas objeto de este ensayo y la diferencia de extensión de los mismos son problemas que no se solucionan; no obstante, hay muchos aspectos que justifican la comparación.

La voz lírica del texto de Muñiz habla en primera persona del singular, Patán, en cambio, utiliza la forma impersonal y la primera persona del plural. Esto tiene repercusiones semánticas y emotivas.

En los dos poemas encontramos referencias autobiográficas que aluden al desarraigo. La memoria está presente en ambos, pero una memoria limitada y deficiente que no puede sacar de las tinieblas un recuerdo de España, que ha sido heredado.

Con los títulos se alude a la actitud que anima los poemas: el yo poético del texto de Muñiz, impulsado por el viento, busca una tierra dónde enraizar. En cambio el de Patán, transportado por el viento, sí llega a un espacio desde el que puede ver hacia atrás. Muñiz hace énfasis en la imposibilidad de la existencia sin el reconocimiento del otro, y Patán termina con el reconocimiento de la propia imagen, por el hecho de ser nombrado.•

*Luz Elena Zamudio (Guadalajara, Jalisco, 1947) es licenciada, maestra y doctora en literatura por la Universidad Nacional Autónoma de México. Desde su fundación, es profesora-investigadora en la Universidad Autónoma Metropolitana. En la actualidad es jefa del área de Literatura Hispanoamericana de la UAM Iztapalapa.