Viaje académico a Hong Kong y California
* Carlos Ornelas
21 de octubre de 1999

Algo me ataca. Así es mi vida, las cosas comienzan mal pero luego se componen. No sé de dónde agarré la idea de que mi vuelo a San Francisco salía de México a las ocho y media de la mañana del domingo pasado. Tenía afianzada esa figuración. Pero la partida era a las ocho en punto. Todavía mi dama —quien fue a despedirme— y yo hicimos tiempo, nos tomamos un café, platicamos cuitas, nos deseamos suerte y con todo y que llegamos temprano, me registré en el vuelo, alcancé un asiento en primera (no que haya pagado más sino que tenía un certificado para subir de categoría) y que en el boleto decía que el abordaje comenzaba a las 7:15 horas, no miré las instrucciones, seguí con mi fijación. Incluso compré una botella de tequila, hice tiempo curioseando en las tiendas del Duty free y con parsimonia me dirigí a la puerta 28. Iba para allá cuando una empleada de United venía voceando mi nombre porque me esperaban; corrimos, pero era tarde. El avión ya iba en reversa y casi me dio un soponcio. Me llené de tristeza —no tenía a quién echarle la culpa— y cuando supliqué que detuvieran el avión me dijeron que no se podía. Les dije: "Es que voy a Hong Kong, a una reunión importante" (cómo no iba a ser importante si nunca antes había andado en esta isla, territorio, ciudad-Estado) y casi lloraba enfrente de Víctor Urquidi, quien viajaba en el siguiente vuelo y se acercó cuando escuchó mi nombre. De repente y como para no dar tiempo a que salieran las lágrimas, y gracias a que de inmediato me eché la culpa y me enojé conmigo mismo, la jefa de ese pequeño grupo externó: "No se preocupe, trataremos de ayudarlo. Buscaremos que viaje vía Los Ángeles y llegue salvo a su destino". Mi cara se iluminó, me relajé de inmediato y en pocos minutos ya estaba confirmado —en primera clase, además— en el vuelo de las 9:00 horas a Los Ángeles y en lista de espera de ahí a Hong Kong.

En Los Ángeles sufrí todavía un rato porque estaba en Stand by, como dicen en Londres; no tenía confirmación y no era el único, había tres personas adelante de mí y otras tantas después. Fui el último que alcanzó lugar, en un asiento de la última fila de un Jumbo jet, mas sólo aterricé dos horas después de lo planeado. En el aeropuerto de México charlé con Víctor Urquidi y en la espera para transbordar en Los Ángeles no me sentí mal porque estaba en la sala de primera clase. No tengo mala suerte, me dije; a pesar de las tonterías y los descuidos, parece que las cosas salen bien. Estaba optimista.

Hong Kong es una ciudad impresionante y bien organizada. El aeropuerto es nuevo, gigante, con un sistema de trenes que lo mueven a uno de un lugar a otro sin problemas y lo depositan en la terminal del Aeropuerto Exprés, un ferrocarril de primera, moderno, rápido, cómodo, todo alfombrado, limpio y barato que en 23 minutos me puso en el centro de la ciudad, después de pasar por un túnel submarino impresionante. Estaba cansado, las luces interiores no permitían ver mucho del paisaje nocturno pero podía ver edificios altos, esbeltos y alumbrados por dondequiera. No obstante mi tardanza y ser domingo, en el Robert Black College, una residencia de la Universidad de Hong Kong, me esperaba una empleada que de inmediato me condujo a mi cuarto. Éste tenía una vista impresionante de la bahía. Desde ahí se admiraban las torres iluminadas y las luces de un puente colgante que une a la isla con los Nuevos Territorios. Me di un regaderazo, me acosté, me dormí y desperté a las dos horas y cacho. Me puse a leer los papers que me esperaban en mi escritorio asignado por los colegas con quienes compartí después dos días de conferencia. Ya en el vuelo les había puesto un ojo a las ponencias que me enviaron antes por el correo electrónico.

No me conecté de inmediato a la Internet porque la corriente es de 240 voltios —que no hay problema, ya que mi máquina los acepta—, pero los enchufes son distintos, lo que sí representó una bronca. Hasta el miércoles por la mañana Mark Bray, el director del Centro de Educación Comparada y nuestro anfitrión aquí en la Universidad de Hong Kong, trajo para mí un enchufe normal de su casa, pero sólo hasta la despertada de rigor de las cuatro de la mañana de ayer tuve tiempo de usarla. Escribí una pequeña nota para Mexis, mi periódico electrónico, y una carta para mi dama, quien cumplió años. Hace unas horas la desperté y le canté "Las mañanitas" en cantonés, la tonada nada más, las palabras las dije en español.

El martes 19 comenzaron mis actividades a las siete y media de la mañana. En el comedor ya me esperaban Mark Hanson —el profesor de la Universidad de California en Riverside, quien consiguió los fondos para organizar la conferencia— y Nina Boreveskaya, una profesora del Instituto de Estudios del Lejano Oriente de la Universidad de Moscú. No terminábamos de desayunar cuando llegó Mark Bray y empezamos a hablar de los asuntos académicos que me trajeron aquí. A las 8:10 horas salimos en un minibús silencioso a visitar una escuela modelo, como a una hora de distancia, en un complejo habitacional nuevo e impresionante, como Tlatelolco en superficie, pero tres veces más alto, con jardines y campos deportivos, entre colinas que ahora están verdes, lleno de árboles y espacios para que jueguen los niños y los ancianos hagan Tai-chi, el ejercicio tradicional de China. Trataré después de resumir lo que esa escuela representa y lo que persiguen estos hongkongoleses, quienes no se sienten parte de la China Popular ni se acostumbran a la ausencia del gobierno colonial. En todas partes me dijeron lo mismo: "Hong Kong es Hong Kong, China es China e Inglaterra es Inglaterra". El estatus de Administración Regional Especial les sienta bien y regresan muchos de los capitales que volaron en 1997, cuando la isla volvió a la soberanía de China.
 

 
 

La conferencia fue muy buena, organizada al estilo británico, con tiempo suficiente para que cada expositor pusiera su trabajo en perspectiva y hubiese lugar a preguntas y comentarios. Además de los seis Scholars (en realidad cinco, pues Ernesto Schiefelbein, de Chile, no llegó, aunque mandó su paper con anticipación), que los dos Marks pusieron juntos para preparar los papers que harán un número especial del Journal of Educational Administration, hubo oportunidad de escuchar otras contribuciones de investigadores locales y de Nina (la dama rusa), acerca de la descentralización educativa. Para el Journal los seis ensayos se tienen que resumir en cuatro mil palabras cada uno, incluyendo la bibliografía y el texto de algunos cuadros; lo cual significa todavía mucho trabajo (hasta ayer terminé lo que será la versión que irá a los editores profesionales; rebaso ese límite con tres palabras, pero dejaré que Mark Hanson o alguien de la revista se encargue de suprimirlas; además de que aún hay mucho que mejorar del lenguaje). Los mismos ensayos, en versiones más largas, sumadas a algunas de las contribuciones, como las de la Boreveskaya, los editarán los Marks, Bray y Hanson, en una antología que publicará la Universidad de Hong Kong, en el 2001.1

La Universidad, ¡qué universidad! Es un campus estadunidense, sembrado en un ambiente chino, con una tradición europea, inglesa, dicho sea con propiedad. Es una institución privada que se sostiene con colegiaturas y donativos, la mayoría de chinos ligados al comercio internacional. Los patronos decidieron que la Universidad de Hong Kong continuara siendo una institución de habla inglesa, como algo distintivo. El campus es precioso, a los pies del Victoria's Peak (la Montaña Victoria, que ya nada más le nombran el Peak, porque fue bautizada así en honor de la reina de ese nombre que llenó el siglo xix de Inglaterra y sus colonias, y Hong Kong ya no es posesión británica). Bueno, decirlo así es una cacofonía, todo en la isla está a los pies de ese collado. En el campus todo es subida o bajada, como en el resto de la ciudad. Es un ejemplo del uso eficiente del suelo. Los edificios están construidos en terrazas, los estacionamientos son subterráneos, con el fin de preservar las áreas verdes; los espacios deportivos se los ganaron al cerro, la arquitectura es la típica de Hong Kong: construcciones altas, de estilo occidental, de varios colores, sólo el Robert Blake College tiene el techo al carácter chino tradicional, como de pagoda. La entrada principal al edificio de la Escuela de Educación está en el sexto piso; trabajamos en una sala en el décimo, con una vista al mar y a los edificios altos del centro de la ciudad. Durante las deliberaciones las cortinas se cerraron para que el paisaje no fuera a distraer la atención de los conferenciantes, especialmente de nosotros, los extranjeros, quienes corríamos el riesgo de caer en fascinación por lo deslumbrante de las vistas.

El primer día de la conferencia trabajamos como ocho horas, con una y media de intermedio para el almuerzo y en la noche, después de un descanso, hubo una recepción en la casa de Mark Bray. Aunque la concurrencia era internacional, el ambiente era medio británico, pláticas en pequeños grupos aquí y allá, casi siempre de cosas formales o acerca de sus profesiones o trabajos en marcha. De repente comenzó el desorden o la pachanga, como diría Mark, el Subcomandante, cuando entre jugando y en serio entonó a media voz el "Cielito lindo". Fue la entrada para que yo empezara en voz alta pero desafinada a cantar esa copla y sonreír en chino. Un estudiante indio siguió la corriente y luego hasta el serio de John Hawkins (famoso profesor de la ucla) cantó en trío con Mark Hanson y Florida Ida, una canción romántica del Viejo Oeste. Escuchamos canciones en ruso, cantonés y han y, para rematar, declamé "No es que yo sea de la calle", de mi amigo y paisano Enrique Torres Cabral; nadie entendió lo que dije, pero le puse ritmo y emoción. Había tragos de todas las nacionalidades, incluido el tequila que aporté, para cenar un buffet de comida cantonesa y unos postres deliciosos de varias partes del mundo. ¡Éste es turismo académico de altura!, pensé, y no porque estuviéramos en el piso doceavo de un conjunto de edificios en la parte alta de la isla. Para rematar el día, en el pasillo de afuera de nuestras habitaciones, el Subcomandante Mark y yo nos fumamos los dos últimos puros Romeo y Julieta que Guadalupe Villarreal, una de las colegas de Nuevo León, me trajo de Cuba. Emily Mang, la asistente de Mark Bray, quien nos escoltó desde el apartamento donde fue la recepción, nos acompañó un rato mientras platicábamos de la belleza de Hong Kong y se despidió de nosotros, cuando Mark y yo entramos a charlar de nuestras respectivas familias. Por supuesto, él me presumió a sus herederas y habló de su esposa colombiana y yo destaqué lo mejor de mis vástagos y mi dama.

Mark Bray, el anfitrión, ya de despedida de su casa, me recetó una sorpresa más. La noche anterior él había ido a otra recepción, en donde se encontró a David Grossman. Este caballero fue estudiante en Stanford, era profesor asistente cuando entré a la maestría allá, en 1975; fue uno de los maestros que me tocó en el mero primer trimestre y años después, cuando ya escribía mi tesis, fui su ayudante en una clase sobre la educación en la China Popular. Ahora es el director de un área de formación docente en el nuevo Instituto de Investigación Educativa en Hong Kong. Se mudó de la Universidad de Hawai tres años atrás. Mi última noche en el Lejano Oriente él me invitó a cenar. Conocí a su esposa, una china de Honolulú, alta y elegante, quien es feliz en Hong Kong. La charla fue amena, alegre y llena de anécdotas. Fue en un restaurante italiano elegante de la zona turística y también estaban otros colegas de él, tanto del mismo Hong Kong, como de la China Popular, de Japón, Taiwán y Estados Unidos. Fue un remate excelente de un viaje maravilloso.2

En los días que estuve allí troté todas las mañanas; no hubo necesidad de ir al gimnasio. Salía temprano, caminaba hacia arriba, por la calle empinada, hasta un pequeño plano donde varias personas, todas chinas, hacían ejercicio, algo de karate, con un maestro al que había que ponerle mucha atención. Los rodeaba y comenzaba mi trote lento hacia arriba, en el camino me encontraba con otros corredores y corredoras; y por todas partes damas haciendo Tai-chi, viejas la mayoría, pero hábiles, delgadas y fuertes. Como a los dos kilómetros vía arriba, por una calle enredada, curveada y ladeada, poblada de condominios altos y una que otra residencia de lujo, desemboca una escalera que viene de la misma calle, pero abajo de donde comencé a trotar. Me dije, voy a averiguar por dónde y la subiré mañana. No fue al día siguiente, sino hasta la mañana del viernes, la última antes de mi partida. Es de 192 escalones, que comencé trotando pero los últimos 25 o 30 los hice caminando. Cuando llegué al último peldaño no pude agarrar el trote de nuevo inmediatamente, tanto por la falta de aire cuanto por el cansancio en las piernas; seguí caminando como otros 500 metros, hasta donde una pequeña glorieta remataba la calle y, entonces sí, ya en bajada, comencé de nuevo a apresurar el paso, con la respiración entrecortada y más lento que los días anteriores. El ejercicio me permitió desvanecer el Jet lags más pronto de lo que pensaba, pero ya estaba listo para mi regreso a Estados Unidos.
 

 
 

En mis trotes matinales y caminatas por Hong Kong observé a las personas. Trataba de captar detalles de la ciudad y su gente, más allá de lo que miraba en los colegas y estudiantes de la Universidad. Por supuesto que los chinos predominan, aunque se ven cientos de caras europeas. Me pareció extraño que habiendo sido colonia británica por 150 años no muchas personas hablen inglés, ni en los hoteles o servicios turísticos más visitados. Los de la isla no son dados a aprender una segunda lengua; ahora que ya regresó a la soberanía de China ellos no hacen intentos por aprender el han o puton-ghua, el chino de los mandarines y de la mayoría de la población china. Por ejemplo, el jueves Nina y yo comimos en un restorán para hongkongoleses, donde ninguno de los meseros o el capitán hablaban inglés, los menús estaban en cantonés y tuve que ordenar por señas, apuntando al pescado que saboreaban en una mesa vecina; como pude pedí camarones y el arroz y la sopa no dieron trabajo. Tampoco batallé para pedir cerveza, ya que la fonética de la Tsin-gao, la más famosa de toda China, es similar a nuestro chingao.

Después de la conferencia me quedé a turistear un día más. En esos andares por las calles —ya lo esperaba y se cumplió— no vi un perro callejero, sólo unos cuantos, de raza fina, escoltados y cuidados por sus amas (no divisé a ningún hombre acompañando al can) y todos con collar y correa (si se les pierden nunca más los volverán a ver). Huelga decir que sólo vi a europeas con perros, a ninguna china.

Hong Kong me apantalló de veras. Los profesores y otras personas de la Universidad con quien estuve en contacto, me decían que estaban en crisis desde unos meses antes de la transferencia del territorio a la China Popular, que muchos capitales se fueron, que el desempleo había aumentado y que tenían ciertos problemas de adaptación política. El nuevo gobierno, sin embargo, no cambió el sistema económico, ni abolió la propiedad privada, tampoco afecta mucho el estilo de vida de los hongkongoleses; no hubo muchos cambios. ¿Crisis?, pensé yo. ¿Cuál crisis? Que nos presten algo de sus vicisitudes para resolver nuestra bonanza macroeconómica, discurría durante mis viajes en el transporte público de la ciudad. Los trenes son silenciosos, rápidos y limpios. La isla de Hong Kong, la cabeza de lo que fue la colonia, se comunica por medio de minibuses de primera, no hacen ruido, están alfombrados, el pasaje es barato y, lo más importante, los choferes son amables; un servicio eficiente, pues. Esto es fundamental para evitar que las personas compren vehículos, ya que el espacio es limitado y muchos tienen capacidad económica para adquirirlos, a pesar de que ésos sí son caros.

El lema es "Hong Kong: una ciudad de luces", pero es mucho más; es una urbe de mercaderes, de rascacielos, de verdes intensos en el paisaje urbano, de Mercedes Benz, de bmw y otras marcas de lujo japonesas y europeas; es un emporio de coches nuevos y taxis espaciosos, todos para cinco pasajeros. Es una localidad limpia, donde no se ven los pordioseros y hay muy pocos policías, aunque, como en cualquier capital de América Latina, los chamacos que reparten pizzas en motocicletas son el espanto de los automovilistas y quitan el aliento a más de un peatón. En servicios que permanecen abiertos las 24 horas del día no hay necesidad de vigilancia especial. Hong Kong es una ciudad segura. Caminé en tramos solitarios en la madrugada y no había problema; las puertas del College permanecían abiertas las 24 horas y los profesores pueden ir a su oficina o los estudiantes a los laboratorios o bibliotecas del campus a cualquier hora de la noche. Hong Kong es una metrópolis de industrias y de maquiladoras, de precios bajos donde turistas japoneses van a comprar productos de ese país más baratos que en su tierra; es una ciudad donde se trabaja la seda y es barata antes de que en las fábricas estampen las marcas Hermes, Versace, Calvin Klein o cualquier otra; es un conjunto de poblaciones rodeado de agua y, en consecuencia, el transporte por ese medio es todavía uno de los más usados, cerca de 300 mil personas viven y trabajan en los tradicionales Sampanes; es una ciudad verde en el otoño, de paisajes maravillosos, de lluvia ligera en la mañana y calor tremendo en el mediodía y la tarde, con noches frescas, agradables para caminar. Hong Kong es cosmopolita, de hoteles de lujo y de hosterías populares casi para cualquier bolsillo, de comida deliciosa y exótica (allá la cocina francesa o mexicana es la extraña). El colmo: una noche fuimos a cenar a un restorán cubano y escuchar salsa y jazz latino: viajar tantos miles de kilómetros para comer arroz con frijoles y beber cerveza mexicana. ¡Qué caray!

Ver Hong Kong en la noche desde Kowloon, en los Nuevos Territorios, es como divisar Nueva York, pero más iluminada. Avistar Hong Kong en la noche desde el Victoria's Peak es como mirar Manhattan desde un avión, pero con más tiempo para admirar los detalles: los colores cambiantes de los anuncios que cuelgan del Banco de China y Shangai, los juegos luminosos de los comerciales de la Compaq; los jardines colgantes de luces del Centro de Convenciones, el globo iluminado del edificio G y cientos de torres, rascacielos, edificios y casas de lujo. Desde el Peak se columbran los adornos de los cruceros, las bengalas de los Sampanes, los destellos de los aviones que llegan y las estelas luminarias de autos y camiones que recorren las calles y autopistas de tierra firme.

Con todo y su crisis Hong Kong es una ciudad-Estado pujante. Camino al aeropuerto, en el tren silencioso se pasa cerca de los muelles, se miran cientos de embarcaciones gigantescas que cargan vagones completos por medio de grúas enormes; hay parques inmensos para almacenes y contenedores que se suceden uno tras otro por varios kilómetros; es la única parte monótona del paisaje en el viaje de la isla al aeropuerto. Ahí laboran miles de personas, manejando máquinas, operando computadoras (en cantonés), moviendo mercancías, estibando buques, conduciendo grúas o camiones, llevando cuentas y todos los demás servicios de puerto. También es un centro financiero de primera importancia, no sólo en Asia sino para el resto del mundo. La industria pirata era pujante cuando Hong Kong pertenecía al Reino Unido. No deja de ser irónico que cuando la Tatcher, la campeona del neoliberalismo y los "derechos de propiedad" gobernaba en Inglaterra, los productos desnaturalizados se podían comprar sin problema en los puestos callejeros o los pequeños negocios aledaños a los grandes centros comerciales. La Piratec —me dijeron— sigue vigorosa y se consigue software de calidad a pecios irrisorios, pero es clandestino, el gobierno comunista es más respetuoso de los convenios internacionales en materia de comercio, al menos en Hong Kong. ¡Oh, paradoja! El comunismo y el mercado mundial.

El sábado 23 de octubre de 1999 fue el día más largo de mi vida, me duró 39 horas. Salí de Hong Kong rumbo a San Francisco después de la 11 de la mañana y, antes de la 8:30 horas del mismo día, el oficial de Migración me estaba dando la visa para ingresar a Estados Unidos. Mi amigo David Post, quien es profesor de la Penn State pero de visita en Stanford, me esperaba cruzando la puerta de la aduana. Él, su esposa, Suet-ling, y su pequeña hija, Sara, fueron mis anfitriones en el área de la bahía. Suet-ling es originaria de Hong Kong, egresada de la Universidad China y también trabaja en Penn State, pero en el área de demografía. El sábado fue de charlas con ellos en el almuerzo y con Angélica Barajas en la cena. Ella estudia la maestría con Martin Carnoy y planea seguir al doctorado en alguna universidad europea. Es una joven inteligente y chambeadora, quien escribió una tesis de licenciatura excelente en la enep Acatlán, hace unos cuatro años. El domingo 24 de octubre volé temprano a Los Ángeles. Bernardo Naranjo, otro amigo mío, quien estudia el doctorado con Martin, me recogió a las 6:00 horas y 30 minutos después me depositó en la puerta de United en el aeropuerto de San Francisco. Bernardo y Angélica se portaron muy bien conmigo porque, además de ser amigos y colegas en la sep, los orienté y les platiqué de ellos a Martin y les extendí cartas de recomendación para que fueran a Stanford a realizar sus posgrados.

En Los Ángeles me esperaba mi cuñada, Annie Ross, la viuda de mi hermano Arturo, quien meses antes me había localizado en México después de que había traspapelado mis datos y ella y mi sobrina, Jennifer Antonieta, se habían mudado varias veces y yo las había perdido de vista. En junio, cuando me habló por teléfono, Annie se asombró de que no hubiera cambiado de número ni de domicilio en casi 20 años (es una prueba de que mi sedentarismo derrotó al espíritu nómada que alguna vez habitó en mi cuerpo y alentó mi espíritu). Annie está muy bien. Hace un año, en diciembre de 1998, se sometió a quimioterapia. Los médicos le habían detectado cáncer de mama, por fortuna a tiempo y ahora está en plena recuperación. Su salud y su ánimo son buenos. En el trayecto a su casa me platicó de Jennie, de sus ambiciones, de su fortaleza de espíritu, de su afición por el arte y de cómo quería al papá que nunca conoció; Arturo murió cuando ella todavía no cumplía un año de vida. Annie me platicó de su enfermedad y su nueva y apreciada salud, así como de la muerte de su madre. Annie también resultó sedentaria: sigue trabajando en la misma agencia de publicidad de hace 20 años, con mayor responsabilidad y prestaciones.

 
 

En la casa por fin conocí a Jennie. Es una joven alegre, que estudia el segundo de prepa (su junior High School year) y se prepara para asistir a alguna universidad del este de Estados Unidos. Es bajita, de cara alegre, ojos vivarachos, sonrisa fácil, pelo lacio castaño, manos finas y dedos largos. Es una estudiante brillante, ya toma algunas clases avanzadas y espera conseguir una beca que le permita ir a una universidad de prestigio. En su casa tomamos un café y Jennie, después de preguntar por mí, mi dama y nuestros trabajos, me comenzó a interrogar acerca de su papá; quería conocer cosas de su vida en México, de la que Annie no le podía platicar; quería saber qué hacía él en sus años mozos, cómo es que decidió irse de mojado a Estados Unidos y qué fue lo que lo convenció de arraigarse allá. Quería saber también de su tía Azucena y sus primos Karla y Pável (mis hijos) y de Eunice, hija de mi hermana, de lo que hacen, de sus sueños y aspiraciones. Ella me platicó largo de los suyos, de sus amigos y su afición por la fotografía. Tomamos varias fotos dentro de la casa y luego fuimos a comer un Brunch, en un restorán en Santa Mónica. Jennie trabaja los domingos de dos a seis en una tienda de artículos fotográficos, donde también puede revelar sus fotos. Nos despedimos en la puerta de su trabajo, Annie y yo regresamos a su casa. El tiempo voló platicando del pasado y de repente nos dimos cuenta de que apenas había tiempo para llegar al aeropuerto. Llegué barrido a la puerta de embarque, traía malos pensamientos; temía perder dos veces el vuelo en un mismo viaje; mas para pagar con sangre mis sudores, el avión demoró más de una hora y esperé acalorado en una sala repleta de viajantes, unos malhumorados, otros sudorosos y la mayoría, como yo, resignados.

Regresé a San Francisco tarde para agarrar el último autobús a Palo Alto y me vi obligado a rentar un coche pequeño; resultó una ventaja, pues me proporcionó la posibilidad de moverme a mis anchas. El lunes tuve una charla en el Centro de Estudios Latinoamericanos, donde está adscrito David Post. La conferencia fue sobre el conflicto en la unam y la discusión, por supuesto, fue rica. Estuvieron presentes algunos estudiantes mexicanos y profesores del Centro, Martin Carnoy, así como los futuros corresponsales del Washington Post en México y David Lorey, quien ha escrito dos libros y compilado otros sobre la educación superior de nuestro país. Él es ahora el director ejecutivo de la Fundación Hewlett y después de la charla invitó a un grupo al almuerzo en un restorán italiano de Palo Alto. El capitán se molestó un poco conmigo porque buscaba algo en su menú sin ajo ni tomate, cosa difícil, pero realizable.

El martes di otra charla, que fue el mismo paper que presenté en Hong Kong, en el programa de Educación Internacional Comparada, donde estudié en los años setenta y hubo un buen debate. Martin participó activamente, así como otros estudiantes mexicanos, David Post y la periodista del Washington Post. El ensayo es un avance del proyecto de investigación que conduzco ahora con el apoyo de la Fundación Ford. Es un acercamiento a las coordenadas principales que gobiernan la descentralización educativa en México y una exploración del cambio institucional que se observa en los estados después de la transferencia de 1992. En éste traté de hacer un test acerca de qué tanto se han cumplido las expectativas oficiales planteadas en el Acuerdo de Modernización de la Educación Básica, cuáles son los obstáculos principales y cuál será el destino probable de la reforma de los años noventa.

Después del coloquio, Martin nos invitó a Bernardo y a mí a un almuerzo ligero en la librería, conversamos de nuestros intereses mutuos en la educación, nos pusimos de acuerdo con una charla que mantendremos en marzo, vía satélite, con alumnos del doctorado del Tec de Monterrey, él en Stanford, yo en la Sultana, nos despedimos y luego de saludar a otros cuates, hice unas compras que me encomendó mi dama, cené —en un restorán chino, para variar— con David y su familia, Angélica y Bernardo; me enteré que los Yanquis ganaban el tercer juego de la Serie Mundial e iban blanqueando a los Bravos. Me despedí de Bernardo y Angélica, a quien le encargué la compra de la nueva versión de mi oficina cibernética, que ya llegó a México y apenas instalé en la computadora que tengo en casa, me fui con David y Suet-ling, empaqué y luego dormí como un lirón.

Al día siguiente, temprano, después de desayunar y platicar más con David y Suet-ling, me encaminé al aeropuerto. Llegué temprano, no quería sufrir lo que me pasó en México a mi salida. El vuelo fue tranquilo, vi la película, dormí un rato, cavilé acerca de mi proyecto, los desafíos que tengo por delante, los nuevos colegas que conocí y amigos que hice, mentalmente comencé a planear las actividades de los meses siguientes. El avión llegó a tiempo y aterrizó suave en el asfalto del aeropuerto Benito Juárez (hay que recordar que así se llama), no carreteó como otras veces y llegó a la plataforma sin sobresaltos. Fui el primero en desembarcar, el equipaje llegó rápido a la banda, me tocó luz verde en la aduana y salí a buscar a mi dama y a Karlita, mi hija, quien estaba de visita, presentando exámenes en Relaciones Exteriores. Esperé por ellas para que me llevaran a casa.

 
 
   

Esta vez a mí me tocó aguardar. ¡Como debe ser! Seguí la máxima de que nunca hay que permitir que una dama espere; menos dos. Mientras daba tiempo al tiempo (Renato Leduc dixit), pensé que no estuvo nada mal el viaje que comencé perdiendo el primer avión.•

Notas

1 Por varias razones esa antología no se publicó, pero recibí el G.W. Walker Award como el mejor trabajo de investigación en el 2000. Véase Carlos Ornelas, "The Politics of Educational Decentralization in Mexico", en el Journal of Educational Administration, vol. 38, núm. 5, 2000, pp. 426-441.

2 Redacté lo que sigue en fechas posteriores.

*Carlos Ornelas (Durango, Durango, 1945) es doctor en educación por la Universidad de Stanford. Profesor-investigador del Departamento de Educación y Comunicación de la uam Xochimilco. Es autor de El sistema educativo mexicano: la transición de fin de siglo, México, fce, 7ª. reimpresión, 2000.