Alejandro, galán 
*Rodolfo Bucio
Nunca había entrado al edificio Chihuahua, menos a uno de sus departamentos. Para mí, como para muchos, era un recinto prohibido: atrayente, y al mismo tiempo repugnante. Fue la ratonera más grande de México en 1968. Con sólo oír los relatos de los sobrevivientes externos e internos sabíamos que se trataba de un templo sangriento, fiel correlato de las ruinas precuauhtémicas que se podían ver desde sus ventanas y pasillos.

Pero en 1976 rompí, sin querer, ese sino. Alejandro me invitó a comer, para que conociera a su familia, y así corresponder a mi anterior invitación a él y a Manuel. Así que salimos de la escuela sintiéndonos cómplices. Sabía que habitaba en Tlatelolco, mas no en cuál edificio. Fue una sorpresa.

Tras hora y media de viaje, nos bajamos en Reforma norte. Cruzamos el jardín de Santiago Tlatelolco. Caminamos por la parte trasera del ex convento de la Santa Cruz, donde vivieron y escribieron Sahagún y sus informantes. Alejandro parecía contento. Reconozco que yo tenía algo de temor. El edificio Chihuahua era un tótem para nosotros. Cuando vi que hacia allá íbamos, antes de entrar me imaginé que iba a encontrar todavía los hoyos de las balas en las paredes. Incluso sangre seca en los pisos. Sólo habían transcurrido ocho años de la noche del 2 de octubre.

Entramos al elevador. Alejandro se sentía a sus anchas, bromeando. Confieso mi temor. Al salir al pasillo, tuvimos que bajar un entrepiso para llegar al departamento. Alejandro abrió la puerta. En la sala estaba sentado, en un sillón de apariencia cómoda, un muchacho de pelo largo, parecido a Alejandro, pero más joven.

—Mira, éste es El Mandril —dijo Alejandro, con algo de sorna.

—Mucho gusto —le dije al chavo.

Se levantó, fue hacia mí. Sonrió y me dio la mano.

—Así que tú eres el famoso Bucio.

Me alcé de hombros.

—Ven, vamos a mi cuarto —casi mandó Alejandro.

Fuimos hacia allá, seguidos por el hermano. Alejandro se quitó los zapatos en el pasillo. Lo miré extrañado.

—El piso es de duela, maestro. Además, dentro de mi casa nunca he usado zapatos. ¿Verdad, Mandril? —dijo a manera de explicación.

El hermano sonrió. Entramos los tres a la recámara. Había dos camas individuales y un sillón frente a la ventana, que daba a la Plaza. No resistí la tentación.

—¿Puedo? —dije, mientras caminaba hacia la ventana.

Alejandro hizo un gesto de fastidio.

—¿Por qué todos mis amigos hacen lo mismo? —preguntó, tratando de sonar convincente, pero sin denotar enojo—. Pinches nacos.

Miré. Estábamos en el décimo piso.

—¿Ustedes estaban aquí en 68? —pregunté lo obvio.

—Claro que no —respondió el hermano—. Llegamos hace tres años. 

Me pareció ver, o imaginar, la Plaza de las Tres Culturas llena de zapatos solitarios. De todas las marcas, tamaños, precios, materiales. Así se veía en un foto, seguramente del maestro Héctor García, después de la matanza, que no puedo quitarme de la cabeza. Mi imagen de la masacre, de la desolación al día siguiente, de la magnitud de la barbarie, son esos miles de zapatos regados, arrumbados, sueltos, solos.

—No te asomes mucho —dijo el hermano—. Alejandro una vez se andaba aventando. ¿Te imaginas? Claro, estaba borracho. Decía que se iba a suicidar. Lo tuve que agarrar.

Miré a Alejandro. Se quitó los lentes de pasta negra y se arregló el largo pelo. 

—No exageres, Mandril. Y ya vete a la goma, que tenemos que trabajar.

Solícito, salió. Alejandro fue tras él. Cerró la puerta, con algo de enfado.

—Ese cabrón. Pero hay que educarlos, ¿no?

Me alejé de la ventana. Tomé asiento en el sillón.

—¿Qué vamos a trabajar? —pregunté, sabiendo la respuesta.

—Nada. ¿A poco tenemos trabajo? 

—Tú dijiste.

—Eso fue para que se fuera El Mandril. No manches.

Sacó una cajetilla de cigarrillos. Me ofreció. Los encendimos.

—Nomás no eches la ceniza al piso. Es de duela, güey.

*

Despacio, sin apresurarnos, fuimos convirtiéndonos en amigos, en inseparables. Él estaba inscrito, como yo, en filosofía. Junto con Manuel, el otro aprendiz de brujo, nos divertíamos.

Los tres éramos distintos. Pero nos gustábamos y complementábamos. Alejandro tenía la chispa del desmadroso, acoplado con una especie de seriedad inaudita. Era un excelente poeta. Manuel se paseaba por la vida transpirando fuerza y confianza. Si el fin del mundo se hubiera acercado, habría puesto mis últimos momentos en sus manos. Él sabría qué hacer. Sus intereses parecían alejados de la escuela: los deportes, en especial el tenis; los negocios; y una mujer a la que extrañaba, con quien terminaría casándose muy pronto. Los golpes de la vida lo orillaban a escribir una poesía triste, dura, asfixiante. Y lo mismo se podía decir de su pintura. Por mi parte, fui una especie de ancla. Mi mamonería los impactó desde el primer instante. Pero funcionó.

Alejandro llegaba siempre tarde a las clases. De la primera, a las ocho de la madrugada, como solía decir, sólo sabía por nosotros. Se retrasaba con los más insólitos pretextos, en general divertidos. El suéter, hiciera o no frío, lo llevaba en su morral. Sus ojillos negros brillaban detrás de sus anteojos de pasta cuando de mujeres se trataba. Nos enamoramos de las mismas mujeres. Leíamos los mismos libros. Íbamos a ver las mismas películas. Pero seguíamos siendo distintos.

*

Llegó el 15 de septiembre de 1976. Alejandro me llamó al mediodía para invitarme a una fiesta con algunos de sus amigos. El reve sería en la Nueva Atzacoalco. La verdad, me dio flojera. Al día siguiente era mi cumpleaños. Y siempre en esas fiestas, como navidad y año nuevo, cenábamos en casa y luego salía a seguir la farra a las incontables casas de mis amigos de la Unidad Cuitláhuac, la Nueva Santa María, el barrio de San Juan, la Pro Hogar, el barrio de San Bernabé, la Cosmopolita, la Del Gas y anexas.

Sobre todo pensé en mi madre. El año anterior había muerto papá, y no hubiera sido justo al siguiente septiembre alejarme de casa y no cumplir con los ritos familiares. Así que le dije al maestro Alejandro que no. Que nos viéramos en la escuela luego de las festividades. Aceptó, no sin añadir que era un sacón.

*

El día siguiente a mi cumpleaños, el 17, teníamos un examen, a las ocho. Llovía. Nos presentamos todos a la prueba. Excepto Alejandro. Supuse que se trataba de su manía de levantarse tarde o llegar retrasado. Pero siguió sin aparecer durante el resto de las clases. Y así ocurrió durante la semana.

Edna, preocupada, más sensata que yo, me dijo que había que hablar a su casa. Que aquello no era normal. Así que llamé. Me contestó su hermano, El Mandril.

—No sé cómo decírtelo, mano —comenzó a argumentar, con una voz extraña, que no supe descifrar.

—¿Decirme qué?

—Bueno, mejor ¿por qué no vienes a la casa? Mañana, ¿te parece? Vente a comer.

*

Volví al Chihuahua. Subí por el elevador, creyendo que escuchaba restos de disparos de ametralladora. Qué la chingada. Pinche miedo.

Toqué. Abrió una de las dos hermanas pequeñas de Alejandro. Ya estaban a la mesa. Saludé al Mandril, a su mamá, a la otra hermanita.

Comimos casi en silencio. Una pesada losa nos mantenía a cada quien con la cabeza casi pegada a la mesa. Era una situación absurda. No sabíamos qué decir, pero teníamos que pasar el trago amargo que adiviné en el aire.

Terminamos la comida. Me regalaron un café.

—Pues verás, Bucio —comenzó la señora—. Yo sé que tú eres el mejor amigo de Alejandro en la universidad. Estuvimos a punto de llamarte por teléfono, pero... 

La voz se le quebró. Un llanto silencioso empezó a adueñarse de ella. No pudo continuar. Las niñas también comenzaron a llorar.

—¿Sabes qué? —preguntó, afirmando El Mandril—. No sabemos nada de Alejandro desde que se fue a la fiesta del 15 de septiembre.

Me quedé helado. Sé que me puse pálido. Sentí un extraño vacío. Otra vez el desamparo. No supe qué decir.

—Ésa es la bronca. Sabíamos que tú ibas a ir con él.

—Sí, pero le dije que no podía.

—Lo sabemos —terció la señora—. Le insistimos en que se quedara, puesto que no ibas a ir tú. Él quería presentarte con otros amigos, que se conocieran todos a quienes quería. 

Sentí náuseas. Apuré el café.

*

El Mandril me regaló una foto de Alejandro, de las de ovalito. Detrás llevaba una dedicatoria: "Para el Mandril, del galanazo Alejandro". Era la fina letra de mi amigo: pequeña, precisa, bien hecha, clara.

Salí, prometiéndoles que si sabía algo se los comunicaría. Pero ¿preguntarle a quién? Llamé a Edna. Le conté. Propuso que buscáramos en hospitales y delegaciones. Le dije que sí. Sólo que comenzaron a pasar los días y no fuimos. En cambio, el esposo de la güera, un importante industrial, movilizó sus influencias. 

El resultado fue nulo. Nadie de sus características en hospitales o delegaciones, incluyendo municipios del Estado de México. Sólo quedaba la morgue. Tampoco. ¿Entonces?

 
 
 
 
 
 
 
 
   
Se lo había tragado la tierra.

*

Meses después llamé a la familia. Seguían sin noticias. Aunque alentaban esperanzas de que quizás alguien lo hubiera asaltado, dándole algún golpe. Y que anduviera por ahí, amnésico. Tal vez su inteligencia buscaría un resquicio para en algún momento decirle quién era y adónde pertenecía. 

Colgué desconsolado. 

*

No volví a llamar a la familia de mi amigo. Ellos saben que ya no es necesario. Donde quiera que esté Alejandro ahora, en este instante, vivo o muerto, sigue en mi corazón. En ese lugar donde no hay zapatos dispersos y solitarios después de la batalla.

Aunque también sé que todos estos recuerdos se perderán, como mis lágrimas entre la lluvia.•
 

*Rodolfo Bucio (ciudad de México, 1955) estudió filosofía en la UNAM. Fue becario INBA-Fonapas (1982-83) y del Centro Mexicano de Escritores (1985-86) en narrativa. Ha publicado los libros de cuentos Las últimas aventuras de Platón, Diógenes y Freud (sep, 1982) y Escalera al cielo (Cuadernos de Estraza, 1982), y el de prosa poética Geoda (UAM Xochimilco, 2000).