El cazador de sueños
*Manuel Guillén 
El universo narrativo de Stephen King es un cosmos medieval. Causalidad a distancia, sueños que afectan la vida en vigilia, entidades extramundanas confrontando a nuestra especie, comunicación telepática, poderes telequinéticos, expansión de las fuerzas mentales, vitalidad de engendros imposibles; el lado oscuro del ser y el reinado de lo improbable vueltos realidad espesa y tangible.

Poseedor de un tremendo aliento narrativo, su prosa es extraordinariamente precisa y envolvente. Fiel a sus temas cuyo centro gravitatorio es el imaginario de lo fantástico, la mayor virtud literaria de las muchas que muestra es la honestidad. Campeón del best-seller, nunca ha pretendido hacer otra cosa que no sean historias pulcramente narradas que capten la atención absoluta del lector. En este sentido, sus obras son tiranizantes: por más páginas que tengan no pueden dejar de leerse con avidez de principio a fin.

En El cazador de sueños (Dreamcatcher), entrega con la que abulta sus decenas de libros publicados, hace un repaso de dos de las más acendradas obsesiones planetarias de la actualidad, especialmente identificadas con la cultura estadunidense: la existencia y posible invasión de vida extraterrestre en nuestro planeta y la capacidad conspirativo- represora de los Estados, particularmente del norteamericano, que tiene como uno de sus pilares una fuerte y ominosa maquinaria militar en todas sus ramificaciones.

Así, una nave de origen y tripulación alienígena es derribada por la fuerza aérea y sometida por el ejército estadunidense en los bosques de caza del norte de Maine. Algunos alienígenas —con intenciones poco loables— logran sobrevivir y escapar, y a su paso se toparán con un sui generis grupo de melancólicos amigos de mediana edad que, sin conciencia exacta de ello, se hallan atrapados en los intersticios de un poder parasensorial similar al de los visitantes del universo.

A través de un puntual y milimétrico realismo que se centra en el boscoso y nevado entorno de Maine, New Hampshire y Nueva Inglaterra, asistimos al vertiginoso encadenamiento de lo extraordinario con lo pedestre, lo para-normal con lo cotidiano y, motivo recurrente en su narrativa, lo abyecto con lo sublime de la paradójica naturaleza humana.

Ciertamente, King es un optimista y un humanista y la presentación de interacciones humanas como la soli-daridad y la amistad deja en su prosa cierto residuo unívoco y acaso políticamente correcto; no obstante, su buena mano narrativa salva el escollo al dotar a las acciones y personajes que muestran las antedichas virtudes de un trasfondo verosímil y literariamente justificado.

Habiendo llegado a un punto en su carrera en que sabe y asume que es un clásico contemporáneo, el escritor originario de Maine se permite diseminar una serie de subtextos metaliterarios a lo largo del trepidante universo de suspense de la novela. Entre éstos, la conciencia intertextual del regreso narrativo a Derry; lugar del que son oriundos los héroes de Dreamcatcher, lo mismo que los de su fundamental y totalizante It (Eso) de 1987: 
 

El ser o cosa que era el señor Gray acabó llegando al pedestal que se veía con bastante claridad gracias a las luces de la camioneta [...] Casi estaba tapado por la nieve, pero aún se veía la parte superior de la placa atornillada al frente [...] Encima habían escrito algo con spray rojo y mala letra. El mensaje también se leía perfectamente a la luz de los faros: PENNYWISE ESTÁ VIVO (p. 388).


Por igual, el develamiento sin rodeos de las influencias iconográficas omni-presentes en el desarrollo, manejo y planteamiento de los acontecimientos: de las cintas campy de invasores del espacio de los años cincuenta a los argumentos conspirativistas de la serie de televisión X-Files, pasando por referencias de Apocalypse Now de Ford Coppo-la (el coronel encargado de la limpieza de los extraterrestres se apellida Kurtz, por ejemplo). Así como la plena asunción del imaginario ufológico contemporáneo, entendiéndolo como la mitología popular de la segunda mitad del siglo xx por excelencia (algo ya argumentado así por Carl Sagan en Los dragones del Edén).

Como ha dejado establecido en sus memorias literarias de 2000 —Mientrasescribo—, en su caso la belleza y la seducción textuales son consecuencia de la sencillez y la autenticidad al escribir que se manifiestan en la intención explícita de simplemente contar una buena historia. Es entonces que pueden cristalizar pasajes como el siguiente:
 

 
 
 
 
   
Dos disparos ahogados por el rugir del viento y cuatro generadores eléctricos Zimmer. Dos abanicos de sangre y tejido cerebral blancuzco aparecidos como por arte de magia a la poca luz del remolque, sobre las cabezas de Cavanaugh y Bell-son... Después la linterna rodó por el suelo del remolque, haciendo círculos de luz en la pared de aluminio, y la imagen se oscureció como la de un televisor cuando se de-senchufa (p. 402).


Honestidad y pulcritud literarias; grados suficientes para considerar a Stephen King más acá de los autores indispensables y más allá de la mera literatura de marketing.•

Stephen King, El cazador de sueños, traducción de Jofre Homedes, Barcelona, Plaza y Janés, 2001 (reedición 2003 como libro de bolsillo), 622 pp.

*Manuel Guillén es profesor de filosofía de la unam. Imparte clases de lógica en la Universidad Internacional. Fue becario del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM.