El fin de Satán, de Victor Hugo 
*Francis Mestries
El diablo cree en Dios. Las religiones son las lunas de Dios.
Victor Hugo


Introducción

El fin de Satán es una epopeya mitológica y bíblica inconclusa, una "pequeña epopeya" en palabras de Victor Hugo, de 210 cuartillas, escrita entre 1854 y 1856 en el exilio de Guernesey, retomada varias veces por el poeta hasta su muerte, pero publicada un año después de ésta. Forma parte de un tríptico de amplias intenciones metafísicas junto con otras dos epopeyas: Dios, también inconclusa, y La leyenda de los siglos, la más conocida, con la cual tiene muchas correspondencias. En esta trilogía Victor Hugo trata el problema del ser bajo su triple representación: la historia de la humanidad (La leyenda de los siglos), el mal (El fin de Satán) y lo infinito (Dios): lo progresivo, lo relativo, lo absoluto, en palabras de Louis Perche. En El fin de Satán, donde se expresa más la fuerza visionaria del poeta-mago, es el problema del mal y de la redención de los malvados el que está en el centro.

Este texto tuvo una larga gestación: en él influyeron la muerte de su hija Leopoldina, que provocó una "crisis mística" en Hugo (el dolor le despertó la necesidad de entender más a Dios), el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851 de Napoleón III y el apoyo incondicional que recibió éste de la jerarquía católica, el aislamiento del exilio tanto político como "metafísico" del poeta en las islas anglo-normandas, las lecturas de la Biblia, del Corán, de las obras de la tradición esotérica judía (La cábala, El zohar, Elifas Levi, Alejandro Weill), de Swedenborg, de La divina comedia, de los poemas de André Chénier, que ejerció una honda huella sobre el Victor Hugo joven, de los poetas grecolatinos que plasmaron en verso los mitos de la antigüedad (Homero, Hesiodo, Ovidio y Virgilio) y de El paraíso perdido de Milton. También las sesiones espiritistas de las "mesas rotatorias" en Jersey dejaron profunda huella en su cosmovisión y su obra, confirmando su creencia en los espíritus y en la reencarnación de las almas, que aflora en poemas como "Lo que dice la boca de sombra", en Las contemplaciones.

Encontramos en su creación varios ecos de El fin de Satán, como en los poemas de Las contemplaciones: "Un alto en el camino", "Escrito sobre un ejemplar de La divina comedia", "Magnitudo Parvi", "Lo que es la muerte" y "Lo que dice la boca de sombra", contemporáneos de la obra de marras. También saltan correspondencias con poemas de La leyenda de los siglos, como el extraordinario himno panteísta "El sátiro", y con una diatriba contra Dios intitulada "Dios salpicado por Zoile" (Los cuatro vientos del espíritu), y con poemas de Los castigos, como "Se restableció el orden", "Al pueblo" y "A un mártir". El parentesco ideológico con Jean Valjean en Los miserables resulta obvio.

Análisis

El fin de Satán está estructurado en siete cantos:

"Et nox facta est". "Y la noche se hizo" responde al "Fiat lux" del Génesis, y describe la caída de Satán a los abismos del averno, castigado por Dios a causa de su soberbia, y su desesperación al ver alejarse y apagarse la luz de los soles. En su caída blasfema y escupe su rabia contra Dios y sus palabras son los gérmenes del mal que más tarde encarnarán en Caín y Barrabás. Así, igual que en Dios, su verbo es capaz de crear a los seres, afirma Emmanuel Godo. Sin embargo, en el borde del abismo quedó una pluma del arcángel maldito: Dios permite que se salve de la caída de su dueño, y esta pluma será después la semilla de la libertad.

"La primera página". Nos habla del diluvio que Dios descargó sobre la Tierra para castigar a los hombres por su idolatría a falsos dioses, como Isis-Lilith, la hija del demonio, encarnación de las deidades paganas. Lilith es la mujer rebelde ante Dios, antecesora de Eva y desterrada por Dios; quizá sea la reminiscencia de los cultos matriarcales anteriores a los monoteísmos patriarcales. Se inunda toda la Tierra, pero Dios y Noé no permiten que desaparezca la humanidad. Sin embargo, Isis-Lilith rescata de las aguas las tres armas que Caín usó para matar a Abel: el bronce del clavo, el madero del bastón y la piedra, que servirán para recrear el crimen en manos de la humanidad: la espada (la guerra), la horca y la cárcel.

"La espada". Es la historia de Nemrod, nieto de Noé, gran cazador nombrado en la Biblia: no sólo era terror de los animales, sino que sembraba la guerra entre los hombres, conquistando pueblos y asolando naciones. Un leproso es la única voz que predica en balde el amor a los hombres ebrios de sangre. Nemrod, no satisfecho con haber esclavizado a los hombres, se lanza contra Dios, construye con los restos del arca de Noé una jaula aérea a la que amarra cuatro águilas y su espada adornada de carne de león como cebo para las aves, que son los espíritus de los grandes conquistadores de la historia (Alejandro, César, Aníbal y Napoleón) y escala al cielo, sube y sube, pero nunca encuentra a Dios. Sin embargo, alcanza a disparar su flecha en lo más alto del cielo antes de desplomarse a tierra: la flecha cae a su lado teñida de sangre. Hugo deja abierta la duda: ¿Nemrod habrá podido herir a Dios?, como un tácito reconocimiento a los buscadores de Dios, magos o poetas, señala Emmanuel Godo. Nemrod muerto hereda a la humanidad su gusto por la sangre.

"La horca". Aquí el poeta nos cuenta la historia de Cristo en una Judea bajo el yugo romano, en un mundo entregado a la codicia, la mentira, el terror y la negación de los valores más nobles: Herodes y Caifás han traicionado a su pueblo y a su Dios por adular al César y por sumirse en los vicios. Jesús aparece y responde al discurso del sumo sacerdote: "Toda la ley del Más Alto cabe en esta palabra: amar". 

El Cristo de Hugo es un mago, un profeta que anuncia el advenimiento de otros valores no materialistas y predica la humildad y el amor entre los hombres, pero es también un rebelde que se alza contra las instituciones como la esclavitud, contra los doctores de la ley que encarnan los prejuicios dogmáticos de las religiones establecidas, edificadas sobre la sangre. Más adelante Hugo pone en escena a la Sibila de Achlab, que personifica los cultos oraculares de la antigüedad, cuyo mensaje concuerda con el de Cristo, según nuestro poeta, para fustigar las religiones instituidas que tratan de dar nombre y figura a Dios y de ritualizar el amor al Ser Supremo, empresa inútil y sacrílega: "Un rito es un ademán al azar en el vacío", "¡aborto de la cifra y la palabra! Labor vana de la voz para nombrar al prodigio divino" y "al ser no creado no le gusta que el hombre lo examine".

Luego, en un intermedio de intenso lirismo, Hugo inserta "El cantar de Bephtagé", inspirado en El Cantar de los Cantares, un canto al amor carnal de gran frescura. Así, dice la enamorada: 

El aire era suave, 
lo vi (al amante), la hierba en flor nos llegaba 
a las rodillas, 
yo reía, y nos amamos; 
dejen que las cigüeñas hagan su nido, dejen 
que el amor, que viene del fondo del azul insensato
entre al recinto de las almas.
En la espera que precede su sacrificio, Jesús, presintiendo su destino, aparece en su entrañable debilidad humana, pidiéndole gracia a su Padre, y finalmente aceptando su sacrificio para salvar a las ovejas descarriadas de Dios. Así se lo dice a su madre: 
Pero el salvador va directo al pueblo y se lastima;
Dios entrega el Mesías a la muchedumbre vil. 
La palma no crece en el desierto sino en las ciudades.
¡Vergüenza al que se esconde y a quien huye!
Dejemos la muerte madurar en nosotros como un fruto
y no turbemos su lento crecimiento
[...] 
Sería mal amar a un hermano decirle:
hacia atrás, cuando el sepulcro hacia Dios lo atrae
y sería odiar y perder a su hijo
quitarlo del camino funesto y triunfante; 
el cáliz es amargo, pero el ejemplo es útil
y por ello he venido a esta ciudad.


En la Pasión Hugo resalta la ceguera de la multitud, que ensalza a su profeta para luego sacrificarlo, rebaño dócil a los hombres de la Ley que lame la mano que lo doblega. La abyección del vulgo es en parte rescatada por los remordimientos de Pedro y de Judas, cuya cuerda —que sirvió para colgarse— sigue suspendida de todos los dogmas que se venden al oro y al poder temporal, y por la indignación sagrada de Barrabás, tocado por la gracia al ver los ojos de Jesús muerto, ante la vileza de sus compatriotas que prefirieron salvarlo a él, el asesino, en lugar de al justo.

El poeta concluye con una reflexión sobre la vigencia actual de la Pasión: a Cristo le siguen escupiendo cada vez que Torquemada condena a un inocente, que un juez se corrompe, que el sacerdote se prosterna ante el tirano, que los doctores de la Ley mienten, que el hombre traiciona a sus semejantes y la escalera de Jacob no llega al cielo sino al patíbulo, de acuerdo con Emmanuel Godo. Las iglesias procrean la intolerancia y convierten a Dios en un ídolo sediento de sangre: "La religión, siniestra, mató a Dios", dice.

"Satán en la noche". Es en esta parte donde Hugo rompe con más determinación con los cánones del Libro sagrado y con el maniqueísmo de la religión judeocristiana: en efecto, Satán en el fondo de su abismo oscuro proclama a gritos su amor a Dios, y este amor es la causa de su sufrimiento y su odio por los hombres, hijos predilectos de Dios, a quien persigue con su venganza, incubando el mal en sus entrañas. Para el poeta "Satán ama a Dios, Dios ama a los hombres, éstos no aman a Dios, cada quien ama a un ser que no lo ama. El odio de Satán es fruto de un amor no correspondido, como si el odio fuera un amor que no sabe amar", señala Emmanuel Godo. 

Satán se rebela contra la insensibilidad de Dios, que lo condenó a un castigo eterno, al insomnio perpetuo en las tinieblas: al empecinarse en su venganza Dios perpetúa el mal, el odio de Satán en la Tierra, y por lo tanto no es el soberano absoluto, tiene que compartir su reino con el imperio de Satanás: "¡Tú el bien, yo el mal! ¿Será esto posible? ¡El mundo gobernado por una dualidad invisible! ¿Lo pensaste, señor? ¡Compartir entre los dos!"; "tu paraíso no hace sino equilibrar mi presidio". Dios aparece cruel y despiadado, y Satán digno de compasión. 

Para el poeta no existe el mal absoluto: siempre en los seres
más perversos existe una pizca de amor, una aspiración al bien, este es el fundamento de su fe en el hombre (véase a Jean Valjean, el presidiario de Los miserables).

"La pluma de Satán". La pluma del arcángel del mal, suspendida al borde del precipicio, irradia un extraño fulgor, y los ángeles del paraíso la admiran en secreto y recuerdan la hermosura de Satán. Bajo el relámpago de la mirada de Dios esta pluma de repente se anima, se agranda y se yergue, toma la forma de una virgen, de un ángel, y una voz sobrenatural lo bautiza en la frente: es el ángel Libertad. Así, para Victor Hugo la esperanza del hombre, la libertad, es hija del arcángel rebelde: el mal ha engendrado el fermento de la liberación. Para idear este personaje Hugo recordó la estatua de la virgen que adornaba la chimenea de su casa de Hauteville House, en Jersey.

"El ángel Libertad". En este último canto Hugo engarza el tiempo cósmico de su epopeya con el tiempo histórico, con los tiempos modernos y con su ideal político de emancipación del pueblo. Él es un hombre comprometido con su tiempo y su país. El ángel Libertad va al encuentro del cuerpo de su amo, de Satán, para salvarlo. Sin embargo Isis-Lilith bajó también al infierno para contarle a Luzbel los estragos del mal entre los hombres. Pero ya Lucifer no la escucha, milagrosamente logró dormirse, y las plagas de la guerra, el hambre y la tiranía se retiran temporalmente de la humanidad. 

El ángel Libertad, resplandeciente, aparece en el abismo, y su fulgor acaba por derretir la sombra de Isis-Lilith, que no era sino el espectro de la muerte, Ananké. Luego le habla a Lucifer, su padre, y le ruega que deje de odiar, porque él lo ama, y porque el odio, como lava, recae sobre el que lo destila. Le pide que lo deje salvar a los hombres, 

para que la tierra tiemble y que la cárcel se derrumbe,
que ocurra la erupción y que por fin
el hombre divise, más allá del dolor, del hambre
de la guerra, los reyes, los dioses, la demencia
¡el volcán de la dicha hinchar su lava inmensa!
Satán, en su profundo sueño, que Dios le mandó para que pudiera oír esas palabras, es presa de una terrible lucha interior entre sus pulsiones encontradas hacia el mal y hacia el bien, y al final permite al ángel Libertad volar hacia la Tierra a derribar bastillas, símbolo de la opresión, como la de Napoleón III, El Pequeño, sobre la Francia de entonces.

Con esto, Hugo sacraliza la Revolución como obra de Dios. El poeta reafirma su compromiso social y político con un cristianismo social, pues para él el amor de Dios no es sincero si no  se traduce en un amor a los hombres sufrientes, al pueblo oprimido. Si la Revolución se hace por amor, El fin de Satán muestra la ley del amor aboliendo el mal, en palabras de Louis Perche. 

 
 
 
 
 
 
 
 
   
En síntesis, el poeta, para comprender el mal, tuvo que imaginar sus orígenes (un amor no correspondido) y su pensamiento pudo entonces invertir el proceso y concebir que el mal, a su vez, puede ser fundador 
para entender lo que la razón sola no puede admitir: que del mal puede salir el bien, que de la violencia revolucionaria y su injusticia monstruosa puede brotar la justicia y la equidad, cuestión que Victor Hugo buscó explicar en el plano metafísico, pues no le satisfacía el razonamiento pragmático a lo Maquiavelo del fin que justifica los medios, 
señala Emmanuel Godo. Así, Satán, el arcángel rebelde, prefigura a Prometeo, que robó la llama de la revuelta para permitir a los hombres su emancipación.

En suma, la teología hugoliana expresada en El fin de Satán plantea que Dios tuvo necesariamente que engendrar una creación imperfecta, pues no podía crear una fuerza igual a ella, que por tanto el mal preexiste al hombre y no es consecuencia del pecado original, y que "el hombre, sin la existencia del mal, no podría alcanzar la conciencia de sí, de su libertad ni la facultad de crear", de acuerdo con Emmanuel Godo. En esto, Hugo concuerda con el pensamiento de las religiones orientales, como el budismo, el taoísmo y el hinduismo, que plantean la doble naturaleza de las cosas, hechas de día y de noche, de masculino y femenino, de bien y de mal, cuya dicotomía aparente es más fecunda que antinómica. En este sentido El fin de Satán se eleva a las dimensiones de una teodicea original con valores éticos de alcances universales, expresada con un lenguaje torrencial que arrastra un caudal de imágenes deslumbrantes, aliando la ética con la estética y abriendo la vía a la poesía moderna que nacerá con Baudelaire, Rimbaud y Lautreamont.•

*Francis Mestries (Casablanca, Marruecos, 1949), es socio - economista, profesor - investigador del Departamento de Sociología de la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Entre sus libros de poesía destacan: Sendas de viento (1996), Latidos de la noche (1999) y Exorcismo y mar (2001). Su libro más reciente es El rancho se nos llenó de viejos: crisis del agro y migración internacional en Zacatecas