El sueño de Arístides de Jesús 
*Oli Pijoan 
Hacia los cielos va Arístides de Jesús, sabiéndose a ciencia cierta parte inequívoca del cosmos, empuñando el tubular plateado que le otorga aceleración. Es un juego, sí. Pero mira Arístides de Jesús a su contrincante más cercano, Julio Rodrigo, quien le lleva una ventaja de unos cuatro pies aproximadamente. La gota sobre su frente resbala con gracia y Arístides de Jesús se reconoce a sí mismo como ser alado: la lógica, aplastante como ha sido desde aquel momento en que decidió existir y entrometer sus narices en menesteres terrestres, le dice que importa poco el hecho de que su carro minero vacío sea el menos potente de los cuatro. Hace Arístides de Jesús uso de su incomparable fuerza digital y aprieta con ímpetu el manubrio brillante de su carro minero vacío: la velocidad lo lleva entonces a sentir el viento aplastándose en su cara y se reconoce como ente feliz en este mundo efervescente que en realidad está hecho con plástico rosa. Los árboles, las planicies, los desiertos y el mar que se ven allá abajo son derivados del petróleo, recortados con rusticidad, parecieran fenómenos del alba de otro universo. Y tal vez se deba a que éste, el juego de los carros mineros vacíos, se desarrolla en un planeta paralelo. 

Mira hacia atrás Julio Rodrigo y comprueba que Arístides de Jesús sigue aún lontano, pero el sobresalto se incrementa cuando cae en la cuenta de que Angélica, hundida en el baladí intento de alcanzar a Armando (cuyo carro minero vacío posee la mayor cantidad de caballos de fuerza), le lleva varios suspiros de delantera. Es igual, se dicen todos, intentando convencerse a sí mismos de que lo importante es competir y no ganar, están divirtiéndose, eso que ni qué, pero una buena medalla dorada al cuello no le viene mal a nadie, ¿se entregará algún premio al primer lugar? No lo sabe ninguno. Las bases del sueño no están detalladas en este punto. Aún así, los voladores van partiendo el oxígeno con la ayuda de sus carros mineros, a los que empujan sin necesidad de mucho esfuerzo, pues son en verdad éstos los que inyectan impulso en la carrera. Los cielos, en su celeste perfección, poseen la capacidad de succionar jolgorio ajeno, así que todo en este entorno es felicidad. Los pastos son ufanos y a lo lejos se pueden percibir las risotadas futuras. Nada tan escandaloso como compartir un espacio de júbilo tal que se borren las líneas de expresión y uno se pierda de su propia esencia. 

Inclinados son los montes que hay que sobre-volar, así que, de vez en vez, van los carros mineros hacia abajo y los conductores sienten cómo se les quedan los corazones en las cimas. Y allá van de nuevo hacia arriba. El carro de Arístides de Jesús sufre un súbito ataque de impotencia, por lo que los demás ganan en distancia, y en la distancia va lo exuberante de la vida, perdida en los letargos que no son de uno.
 

 
 
   

Quién se iba a imaginar, pues, tras tal desenfreno, que esto terminaría de golpe y que Arístides de Jesús nunca se vería a sí mismo con un oro colgante rodeando sus vértebras superiores. Es posible que usted, lector, haya tenido deseos secretos por ver a este héroe aéreo posicionado en una alta tarima, con la frente erguida, recibiendo las glorias del mundo. ¡Oh, cuán insondable sería el fugaz contento! Pero el sueño de Arístides de Jesús no termina en gloria, sino en repentino salto, porque no es sino cierto que de pronto los plásticos del sueño quedaron ennegrecidos, la brisa tenue que irrumpía con suavidad por los poros de la piel se vio sesgada, los contrincantes de enfrente desaparecieron en una difuminación cósmica y Arístides de Jesús se topó de bruces con una pupila rayada, de entorno verde, escabrosa, misteriosa y terrible. Era la de un felino. Feroz. El gato dejó abiertas las fauces y emitió ese ruido que sólo los gatos emiten, Arístides de Jesús lo vivió en close-up, las filosas garras, los bigotes enteros, una ráfaga de puro terror que terminó con el más explosivo de los letargos, y como en cualquier caso de alguien que sabe soñar, Arístides de Jesús se quedó después tendido en su cama, con los ojos cerrados, dividido entre el goce de haber vuelto al mundo de los despiertos tras tan temible encuentro con un gato entintado y las ganas incontenibles de caer en R.E.M. lo antes posible, para sentir de nuevo el roce suave del hierro entre sus dedos y un aire plastificado estremeciéndose sobre su rostro.•
* Oli Pijoan (ciudad de México) cursó —un tanto equivocadamente— la carrera de ciencias y técnicas de la comunicación, para después dedicarse de lleno a las letras. Es cuentista y novelista. Ha colaborado en diferentes revistas virtuales e impresas. En la actualidad trabaja en una apasionante novela de ficción, esperando ganar algún premio de renombre para jubilarse temprano y retirarse a seguir creando frases al mar.