Una vocación por el cambio a propósito del sesenta aniversario de Xavier Esqueda

*Luis Ignacio Sáinz 
Y al hombre su ser se le manifiesta en sueño, en sueños. Pasarlo por la realidad es despertarlo. El ser se revela, el ser se desvela porque va perdiendo su carácter de absoluto, de oculto, de inaccesible. Se le revela así al sujeto que lo padece y conduce. Se desentraña.
María Zambrano1

Xavier Esqueda se desentraña en su estética, en sus confines ratifica su voluntad de cambio; movimiento sin reposo que actualiza su discurso personal, lo presentifica, a partir de las preocupaciones de su tiempo oportuno, de ese que vive en el instante. Forma de apreciación del mundo —y del suyo en particular— que está hecha de irrealidad o, mejor aún, de sueño materializado, que adquiere plena existencia en el ser del arte. Sus composiciones devienen "despertares": vigilias todavía somnolientas, mezclas de deseos y fantasmas, confusiones de realidad y fantasía.

Su modernidad perceptiva, ese empeño que apela al "gusto" y la resonancia hedónica, nos recuerda las limitaciones de época y de nuestras propias psiques, que determinan los modelos de apoderamiento de lo real y sus manifestaciones por parte de los espectadores. Siguiendo a Lessing el suyo es arte del espacio que imprime acción no reflexiva en la relación de las formas y la disposición de los cuerpos, a despecho de la escritura que, siendo arte del tiempo, se afana en transmitir contenidos cerrados y específicos.
 

   
  Generación espontánea 3,
1999, óleo/tela, 90x70 cm
   
Los guardianes del paisaje, 1995, pastel y crayón/planos de papel, 55x75 cm
 
A propósito de tópicos semejantes Teresa del Conde ha escrito con resolución e indudable atingencia:
La idea de que sólo nos es dado entender, conocer, profundizar, analizar y compartir aquello que se corresponde con nuestras estructuras libidinales —en parte heredadas o aprehendidas tempranamente y en parte producto de nuestro medio ambiente y momento histórico— era ya patrimonio común en el Renacimiento y no resulta ocioso mencionar en este momento a Giovanni Battista Vico.2
En consecuencia, teniendo en mente las constelaciones simbólicas de Xavier Esqueda, el deleite sustituye al canon, la mirada desplaza al lenguaje formal, el gozo depone al pensamiento, mientras la Fama, mensajera de Júpiter, encarna el principio de la desconfianza, pues, al representarse en dualidad, remite tanto a la verdad como a la mentira. Nuestro inventor de imágenes desestima los "ruidos" del momento, crea y depura, aprende y fabrica, convencido —quizá— que el impacto de su lenguaje icónico no coincidirá forzosamente con su tiempo.3
   
  Homenaje a Leopoldo Alas, 1994, óleo/tela, 50x40 cm
 
   
El Dandy, 2000, óleo, lápiz, estambre y montaje/tela, 55x55 cm
 
Empero, como buena parte de la crítica pretende aislar conjuntos de datos y fórmulas para identificar estilos en abstracto y no circunstancias temporales concretas, pareciera decisivo apuntar que Esqueda invierte —me atrevería a escribir consume— su energía en aras de ser, permanentemente, contemporáneo de sí mismo. Por ello, en él resulta un acto de congruencia inequívoca la compulsión por adecuar sus mecanismos creativos a las condiciones particulares, en renovación constante, que originan y en las que se inserta su producción, desde el dibujo, pasando por la pintura, hasta la escultura.

Después de tanto batallar con los medios y los fines de la expresión, este hacedor de formas no se cansa; indaga y propone, inventa y descubre, interpreta e investiga, con el ánimo dispuesto a enfrentar el reto del vacío original que debe transformar todo creador auténtico. Lo hace sin aspavientos, evitando caer en la tentación de los dictados de la moda o las tendencias del mercado. Se es fiel a sí mismo, en esa su naturaleza invariante que apuesta por la inminencia de sus percepciones.

   
Visitando a las vanguardias, 1997, 10 paneles, óleo/tela, 120x100 cm  
 
   

La tumba gozoza, 1969, 
óleo/tela, 150 x 120 cm
Podría afirmarse que su estilo desconoce los imponderables de la historia, privilegiando los cambios automáticos que advienen en su vida cotidiana. Burla y evade las coyunturas para estar bien consigo mismo, a la altura de una propuesta personal que, cada vez más, rinde tributo a sus obsesiones y, acaso, influencias, mismas que atisban sólo en condición de veladuras o referencias cruzadas; decodificando su iconografía, sintetizándola, a efecto de potenciar su eficiencia comunicativa: la del placer y sus intenciones abiertas. La peculiaridad del artista residiría, justo, en moverse a sus anchas entre tales extremos, haciendo del proceso que los articula, visual, matérica y conceptualmente, su morada constructiva y su albergue creativo.

Fabulador inquietante que en esta suma llamada Popurrí, en conmemoración de sus sesenta años de vida, convida obras de muy distinta factura y alcance; desde cuadros remotísimos, preformativos, sobresaliendo el retrato de una de sus hermanas pintado en evocación a Delacroix, hasta sus últimas piezas, por ejemplo un paisaje espléndido en cuyo primer plano nos ofrece un hato de iris; destacando, además, que por primera ocasión se exhiben algunos trabajos elaborados al pastel con crayón o tres collages diminutos e imprescindibles fechados en la década de los años sesenta.
 

   
Estela industrial, 1997, basalto y acero, 79x59x18 cm  
Curaduría del artista escrupulosa en grado extremo pues, salvo un par de excepciones, ha cuidado que las obras no hayan sido montadas en otras exposiciones o reproducidas en catálogos y libros. Se trata de una muestra representativa de su universo estético y, sobre todo, de una lectura personal que recupera y sitúa temáticas y motivos en la secuencia integrada de su trayectoria artística, una —habrá que subrayarlo— trascendente por su calidad, fuerza y belleza.

Los sueños de Xavier Esqueda nos permiten despertar en una realidad cordial, etimológicamente del corazón, a contrapelo de una historia avasallante que todo arrasa y aniquila. La piel y los huesos de su estética nos protegen de un tiempo empeñado en perder su humanidad, y lo hacen con emoción, armonía y esperanza. Sin duda, el Popurrí que nos comparte es una celebración a la vida. Gracias, por ello y por lo que nos aguarda.• 

*Luis Ignacio Sáinz (Guadalajara, Jalisco, 1960) es maestro en ciencia política por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la unam. Ensayista dedicado a temas de filosofía y teoría política y estética. Ha publicado diversos títulos. Su libro más reciente es Irma Palacios: poesía de la tierra (cnca, Círculo de Arte, 2003). Bajo el mismo sello pronto aparecerá La cárcel de la metáfora: ensayos sobre América Latina.
Notas

1 "El sueño creador", en Obras reunidas: Primera entrega, Madrid, Aguilar (Estudios Literarios), 1971, p. 30.

2"Algunos discursos e iconos de la posmodernidad", en Los discursos sobre el arte: XV Coloquio Internacional de Historia del Arte, edición a cargo de Juana Gutiérrez Haces, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Estéticas, 1995, p. 424.

3Esto a pesar de que a lo largo de más de tres décadas los especialistas le han brindado especial atención a su obra; sin embargo, existe un desfase —creo lamentable— entre la importancia que se le reconoce y el lugar que le asigna formalmente el mercado visual y, por añadidura, los medios masivos de comunicación. Como un misterio, su producción siempre está allí, atisbándonos, pero sin que se le otorgue la consideración que, insisto, merece. Véase Xavier Esqueda: Un homenaje, Luis Ignacio Sáinz (coord.), México, Universidad Autónoma Metropolitana, 2001, 220 pp.