Las virtudes de la lujuria 
*Ricardo Venegas 

Cuando ella ríe sus pezones se endurecen y empinan como si una invisible boca mamara de ellos, y los músculos de su estómago vibran bajo la tersa piel olorosa a vainilla sugiriendo el rico tesoro de tibiezas y sudores de su intimidad.

Mario Vargas Llosa

Santo Tomás dijo: "el pecado de la carne brutaliza y empobrece". Esta frase, que le pareció a Ricardo Garibay de "mucho gozo literario", se aviene clara a los motivos estéticos de un artista plástico: Paulo Hevia (1972), enfant terrible de Morelos (y el título le queda, sospecho, ligero). 

En El paraíso perdido, exposición reciente que consta de diversas piezas de grabado y dibujos de gran formato, Paulo se arriesga no sólo a la censura: pone en tela de juicio (y por ende en aprietos) la divergencia discursiva que existe en las mentalidades chatas: "pornografía es una cosa y erotismo otra", discusión generada por la inexistencia de un hábito: la lectura. Y poco importa lo que se diga cuando un artista joven abre la brecha a sus contemporáneos en un país donde la minifalda es todavía tabú. 

El paraíso perdido cierne los tonos de la melancolía, la obsesión, el destino de lo que sería, fue o no será nunca más (el sexo como mito, metáfora persistente, una honda nostalgia y un anhelo constante). En ello también risa y pecado conviven como aforismo cínico de lo que somos, fuimos o seremos: ironías y paradojas del que vive. Pero, ¿quién puede asegurar que la vida no es una abismal disputa? "¿Cómo podemos dudar de que este es el Reino del Alma, y que la batalla se librará entre las fuerzas de la luz y de la oscuridad por la liberación del Espíritu?"

Así como misticismo es inexplicable sin erotismo, para Hevia la redención asumió la forma del "pecado", la transgresión divina donde se reconoce humano, demasiado (Ecce homo). En todo caso, el mérito conceptual de Hevia es haber transformado "pornografía" en "erotismo", como una forma de belleza, muy desenvuelta ciertamente. 

En esta exposición hay ceremonia, creatividad, imaginación, placer sin cortapisas: redención a través del orgasmo (recordemos que en la Edad Media se comparaba al clímax con la estancia en el paraíso): perderse con el cuerpo para encontrar Espíritu. 

"La esterilidad no sólo es una nota frecuente en el erotismo, sino que en ciertas ceremonias es una de sus condiciones", afirma Octavio Paz en La llama doble. El erotismo es una voz distinta que se emancipa de lo puramente animal, luego entonces. 
 

 
 
   

Pecado y perdición son dos connotaciones morales del sexo que aún subsisten. Nos lo recuerda un bestiario de siglos en la memoria del ojo humano: lagartos que muerden la carne mortal de los hombres, dragones arrastrando a niños hacia los avernos, el hombre matando un demonio y viceversa, llamas arrojadas a los santos, la manzana ofertada a la ingenuidad femenina, Adán avergonzado de su desnudez ante Jehová...

Aunque la obra de Hevia no invita o desafía ni busca hacer revolución de conciencias (no es muralista), quizá sea una de las fotografías más fieles e irónicas de nuestro tiempo: el ser humano podría dilapidarlo todo, excepto el cuerpo, un paraíso recobrado.

*Ricardo Venegas (San Luis Potosí, 1973) estudió letras hispánicas en la unam. Es autor de El silencio está solo (1994), Destierros de la voz (1995), Signos celestes (1995) y Escribir para seguir viviendo (2000), este último de entrevistas con Ricardo Garibay. Fue becario del Instituto de Cultura de Morelos (1997-1998). En la actualidad dirige la revista Mala Vida, Mester de Junglaría (Beca Nacional "Edmundo Valadés" para la Edición de Revistas Independientes 1996-1997 y 1997-1998).