Simbólica  en la poesía de Efraín Huerta 
*Fernando Martínez Ramírez 
Se dice que los grandes hombres, Sócrates, Cristo, Buda, no ríen. El asceta, el misántropo, no tienen sentido del humor. Impera en la vida de los sabios cierto patetismo que está ausente de la vida cotidiana, o al menos desea estar ausente, pues no siempre se logra. El sentido del humor, por tanto, es una forma distinta de practicar la inteligencia acerca de las cosas, y consiste en olvidar por un momento las capitulaciones que ellas nos imponen. El sabio desea ser heroico, el humoroso desea seguir viviendo. El humor apela a la complicidad, a la conmiseración alegre. Usa a su favor la tiesura social y la relaja un poco, rompe la solemnidad de su pathos axiomático, lo pospone: el drama puede esperar. Sin embargo, el sentido del humor tiene un estatuto ambiguo: resulta un mecanismo de adaptación, es cierto, pero al poner a trabajar la picardía representa también la trascendencia y relatividad de los imperativos éticos, sin los cuales no se podría vivir, a pesar de todo; entramos y salimos de ellos, escépticamente, pero sin vulnerarlos. De lo que se trata es de anestesiar momentáneamente el alma.

Mucho se ha señalado el sentido del humor en la poesía de Efraín Huerta: blanco, rojo, negro. Pero también su carencia, su patetismo. Su poesía resulta algo más que una anestesia momentánea. No sólo corrige el sueño de los distraídos mediante la risita acre que suscitan algunos de sus poemas:

Paseo I

Ahorita
Vengo

Voy a dar
Un paseo
Alrededor
De
Mi
Vida

Ya vine 

Su poesía también puede ser entendida como una lucha contra la entropía a la que todo parece dirigirse: si no sacudimos, el polvo nos atrapa; si no reímos, la tiesura nos victima, la vida deja de evolucionar, de dirigirse despierta hacia alguna parte, sea la que sea. En Huerta hay un tránsito extenuado aunque persistente de la violencia emocional, y muchas veces triste o despiadada, al desplante inteligente, más ligado al lado erótico de la vida que al tanático de sus primeras obras. Lo podemos comprobar si señalamos algunos de sus símbolos más recurrentes, dilatados, matizados, contrapesando el humor, y siempre presentes: el alba, la niebla, la nube, palomas y mariposas; rosas, camelias, violetas y lirios; la sangre, el amor y la luna. ¿Qué tienen en común?

Verdaderamente

[...]
Y nuestra carne,
esta maciza y blanda carne de nosotros
en la que finos y desenfrenados destellos de violetas se
ahogan,
ahogándonos el tiempo que nos urge,
hiriendo con astillas de roble aquella soberana soledad
que ignoramos ahora.
La violeta, la nube

La violeta, aparte de ser símbolo de la templanza y la alquimia, de la transformación espiritual permanente, de la renovación periódica o perpetuo comienzo, es también signo de obediencia y sumisión. Representa la asunción tácita de que hagamos lo que hagamos no podemos escapar de nosotros mismos, y por eso es mejor tomar las cosas humorosamente, es decir, adaptarse a lo que de cualquier modo nos tenemos que adaptar. Muy vinculada a otro arquetipo fundamental en la poesía huertiana: el agua, el agua-lluvia, río, llanto, mar, olas, vaho, sudor, rocío, cascada, y siempre nube.

Las nubes, dice Gaston Bachelard, presiden ensueños alucinantes pero también fáciles y efímeros. Estamos con ellas y al siguiente instante nos han abandonado; psicológicamente representan el imaginario sin responsabilidad. Símbolo aéreo, no obstante en el caso de Efraín Huerta resulta primordialmente acuático. Nube-agua, nube-movimiento, nube-devenir, como el río heraclíteo, alegoría de la vida que pasa, y con ella cada uno de nuestros apremios. Y claro, si la vida es así —un río—, no podía faltar una barca.

Declaración de odio

Estar simplemente como delgada carne ya sin piel,
como huesos y aire cabalgando en el alba,
como un pequeño y mustio tiempo
duradero entre penas y esperanzas perfectas.
Estar vilmente atados por absurdas cadenas
y escuchar con el viento los penetrantes gritos
que brotan del océano:
agonizantes pájaros cayendo en la cubierta
de los barcos oscuros y eternamente bellos,
y sobre largas playas ensordecidas, ciegas
de tanta fina espuma como miles de orquídeas.
Porque, ¡qué alto mar, sucio y maravilloso!
Hay olas como árboles difuntos, 
hay una rara calma y una fresca dulzura,
hay horas grises, blancas y amarillas.
Y el cielo del mar, alto cielo con vida
que nos entra en la sangre, dando luz y sustento
a lo que hubiera muerto en las traidoras calles,
en las habitaciones turbias de esta negra ciudad.
Esta ciudad de ceniza y tezontle cada día menos puro, 
ciudad de acero, sangre y apagado sudor.


En la mitología universal la barca es símbolo del viaje cumplido por vivos y muertos, el medio para pasar al otro mundo venciendo toda clase de peligros a fin de encontrase con la vida verdadera. Para Bachelard también evoca el seno, la matriz primordial, la cuna redescubierta. Quizá la primera barca haya sido un ataúd, y la muerte el primer viaje antropogónico. Para los soñadores profundos, es decir, los soñadores de agua, la barca de Caronte que atraviesa el río de los infiernos, así como todas las leyendas de barcos fantasma, evocan este tránsito a una mejor vida. Barca-movimiento, barca-seno, imagen maternal de una cosmogonía poética donde, a pesar de todo, no está ausente la esperanza. 

El temperamento poético de Efraín Huerta resulta, pues, acuático. Camina, quiere transformarse y trasformar. No hay modo de detenernos. El agua es profundidad y, como elemento precioso, también es seminal, fecunda, disolvente, mediadora entre la vida y la muerte. Elemento de las transacciones y las mezclas, que resiste y cede, pero siempre vence. Nace por todas partes, maternal, acoge las imágenes de la pureza y la honestidad sonora, sin repliegues. Si el mundo es una provocación, la mejor manera de comprenderlo es cazándolo con nuestras fuerzas incisivas, aduce Bachelard. Los temperamentos acuáticos desean purificar lo real, aunque lo real parezca muy decepcionante. Mirar con ojos acuáticos desde el elemento tierra que nos constituye, en el que nos desenvolvemos de forma cotidiana, parece un acto inútil, violento y colérico, aunque necesario.

Pero volvamos al sentido del humor, que no del amor. Dice Luigi Pirandello que para descubrir la tristeza sólo hace falta ver con detenimiento el rostro excesivamente maquillado que nos impresiona, por ridículo, contemplarlo con detenimiento para hallarlo melancólico, para transitar de la risa a la consternación. El humor está a sólo un paso del desconsuelo. Tener sentido de él es coquetear con la tristeza, aunque con ingenio, es sublimar el ridículo. ¿Y cómo es posible esta operación de rebase, de superación de la ética mediante la ética? Es posible unas veces lúdicamente; otras, con el patetismo al que nos lanza el desaliento. Por eso Huerta es ambas cosas: lúdico y patético, divertido y dramático.

Cartesiana

Yo
No
Pienso

Luego
Existo
 

La mariposa

La mariposa es emblema de ligereza y inconstancia, de los espíritus viajeros. Su visión anuncia una visita, o la muerte de alguien. También personifica la resurrección o la ligereza de la psique, del alma que se escapa por la boca del poeta, a veces en el vaho. 

Tajín

2
Todo es andar a ciegas, en la
fatiga del silencio, cuando ya nada nace
y nada vive y ya los muertos
dieron vida a sus muertos
y los vivos sepultura a los vivos.
Entonces cae una espada de este cielo metálico
y el paisaje se dora y endurece
o bien se ablanda como la miel
bajo un espeso sol de mariposas.


Este fragmento alude a ese viaje inexorable que es la vida, a ese círculo que comienza como oruga-infancia, oruga-madurez, continúa como crisálida-vejez y termina en tumba-capullo, de donde emergerá el alma-mariposa. Es como si, a pesar de todo, debiéramos conservar las esperanzas, esperar los ósculos de muerto —diría un poeta romántico—, el beso apolillado, la huida de "un seco cadáver pensativo" en forma de verso.

La rosa

La rosa —una imagen— y el carpe diem —un tópico— son símbolos de la fugacidad de la vida y de la belleza, la invitación tácita a gozar del momento, del amor espiritual lo mismo que carnal. La rosa se muestra en su circularidad bella para indicarnos que algo de la perfección nos ha quedado reservado a los mortales, a pesar de todo; abre su cuerpo sicalíptico a la orgía de las penetraciones indistintas. Es la flor del sexo, del amor: blanco-puro, rojo-ebrio o azul-inconmensurable. Asociada, en su ebriedad, a la orquídea como flor de la fecundación, del sexo que se rasga en su aspiración a la paternidad y a la realización.

Las voces prohibidas

Cuando la sed se haya quemado
en mi garganta,
cuando no tenga paz ni amor,
cuando todo sea voces y no llantos,
una pequeña sombra habrá a mi lado.
No la rosa del ansia ni el clavel de miseria,
sino la joven luz del alba,
la joven voz del alba mía.


La paloma

Entes con alma como nos suponemos, nuestras aspiraciones son también espirituales, y para personificar los ímpetus aéreos de la voluntad tenemos a la paloma, con su pureza y sencillez, portadora a la rama de olivo asociada a la armonía. En Grecia era el pájaro sagrado de Afrodita, regalo de los amantes. Aunque, si hemos de creer en Platón y el amor y la belleza vienen juntos, existen dos clases de amantes, los que aman lo perfecto, aquello que nos beneficia a todos pero no todos sabemos tener, y los que aman lo imperfecto, el cuerpo que se aja. Huerta es, en sus aspiraciones profundas, un amante platónico, y en sus aspiraciones superficiales, alguien que sólo desea vivir. Thánatos y Eros. Esta tirantez acecha detrás de todos sus poemas. Por ello la inteligencia acre acerca de las cosas. Rafael Solana lo llamó, tal vez intuyendo esta tensión, el poeta sin sonrisa, el despiadado, el misántropo. Humor y cólera, esperanza y angustia recalan, al final, en cada una de sus obsesiones, y la principal de ellas, el alba, no podía ser la excepción. Es el alba-amanecer, umbral, madrugada, amor y odio, mordedura del tiempo y trasunto de las obligaciones que día a día comienzan. 

El alba y la sangre

El alba es, digamos, la crisálida de las noches o el capullo de los días, final y principio, muerte y nacimiento, símbolo de la naturaleza mutante, de lo que vence o es vencido, del eterno retorno de todas las situaciones. Cuando la bóveda celeste, vacía aún de colores pero rica en potencial, surge del vientre nocturno, de la lucha antropogónica, ahí está el alba, rebosante de posibilidades. Representando la asunción tácita de que, hagamos lo que hagamos, habremos de recomenzar siempre, a pesar de nuestras desilusiones, a pesar de la entropía, o precisamente por ella. Es como poner las esperanzas en los brotes para no sucumbir con facilidad, pues lo que nace viene lleno de promesas, siempre.

Los ruidos del alba

Mienten aquellos pájaros y esas cornisas.
Nosotros no nos amamos ya.
Realmente nunca nos amamos.
Llegamos con el deseo y seguimos con él.
Estamos en el ruido del alba,
en el umbral de la sabiduría,
en el seno de la locura.


Alba es umbral, frontera entre un adentro y un afuera que abre la posibilidad de establecer alianzas entre dos ámbitos, diurno y nocturno, amor y muerte. Tal vez por esta razón muchas culturas decoran los umbrales con diversas insignias, para indicar que se ha llegado a un sitio que es morada de gente con una concepción peculiar del mundo, manifiesta justo en tales insignias, a las que es necesario prestar atención si deseamos sobrevivir, al menos éticamente. Efraín Huerta adopta sus marcas y las reitera a lo largo de su poesía, unas veces acometido por su pathos dramático y otras por su sentido del humor. En cualquier caso están ahí, como mensajes cosmovisivos, tal y como en otros confines hallamos al Cristo en la cruz o el espíritu de un chivo con una rama de laurel entre las manos. Alba, niebla, nube, rosas, sangre. Con estos arquetipos nos dice que la poesía no es cualquier cosa, constituye un mundo aparte, "un territorio cercado, al que no deben penetrar los totalmente indocumentados, los huecos, los desapasionados, los censores, los líricamente desmadrados".2 Dos polos, el patético y el humoroso, y siempre el alba.

Leemos en el Diccionario de los símbolos de Chevalier: "En su aspecto nefasto el blanco lívido se opone al rojo: es el color del vampiro que busca precisamente la sangre —condición del mundo diurno— que se ha retirado de él. Es el color del sudario, de todos los espectros, de todas las apariciones..." El blanco no es el color solar de la aurora, sino del alba, 

ese momento de vacío total entre noche y día, cuando el mundo onírico recubre aún toda realidad: el ser está entonces inhibido, suspendido en una blancura hueca y pasiva [...] Es el color de la pureza, que no es originariamente un color positivo que manifieste la asunción de algo, sino un color neutro, pasivo, que muestra que nada aún se ha cumplido.


Estatuto, desde luego, impreciso: deseamos el alba bien porque promete un mundo donde sucederán cosas, bien porque cuidamos la neutralidad del misántropo, que todo intenta verlo sub specie aeternitatis, contempla el drama eternamente naciente para justificar sus convencimientos: la vida está festinando con nosotros al hacernos repetidos en nuestras aspiraciones, mejor dimitir. El alba es, en el mejor de los casos, la promesa de una repetición inédita. Terrible enigma, retruécano de nuestras expectaciones.

Sin embargo, en el caso de Huerta esta ambigüedad desea resolverse con sangre... 

Precursora del alba
 

Hubiérase dicho que nacía un alma joven
libre de la agonía sangrienta y verdadera
de cautelosa y marchita oscuridad.
Hubiérase dicho que la Tierra crecía,
que la tierra y el agua afirmaban
la soledad rotunda de los hombres.
Pero el Alba ha querido nacer de la garganta
dulce, cálida y delicada de una joven.
Infatigable y gozosa como un caos, el Alba.
Ahora comprendemos esos llantos humanos,
ahora conocemos esas tristes creaturas
que mueren de cinismo y olvido de llorar.

Oh precursora, joven ligera y tibia
que vivías resignada en complicados silencios,
en tenebrosas parcelas de inquietud infecunda,
en señaladas nieblas como crímenes,
hoy vives consagrada a la fresca tarea
de fabricar mañanas en tu nombre.

[...]

Te oigo, precursora, te idolatro sin fin,
te ruego con silencios: serénate, por mí,
por mi cansada sangre, por mi nube de risas,
por mi cuerpo de humo salado, por mi boca
que se muere de sueño, por mis dedos callados
y mi sencillo espíritu de sauce convencido.


La sangre simboliza todos los valores solidarios vinculados al fuego, al calor y a la vida. "A estos valores se les asocia todo lo que es bello, noble, generoso y elevado". La sangre es la vida, brebaje de la inmortalidad y vehículo de las pasiones. También el Diccionario de los símbolos de Chevalier nos dice que el rojo es para muchos pueblos el primero de los colores, por su vínculo fundamental con la vida. Sin embargo, hay un rojo nocturno-hembra cuya fuerza es centrípeta, y otro rojo diurno-macho, centrífugo, que lanza su brillo sobre las cosas. La fuerza concéntrica del rojo femenino es maternal y digestiva, procrea e inicia, es la noche sagrada del útero donde moran las palabras arquetípicamente femeninas, como anima. La fuerza en fuga del rojo masculino es solar y erótica, además de egokinética, es decir, expansiva, luchadora, y a veces incontrolable; es la ficción ética del animus que se empeña siempre en conquistar algo. Rojo y rojo, es decir, anima y animus como dos elementos de un todo: la partida del héroe, la iniciación y sus conquistas, y al final, traspuesto el umbral del ego, el retorno. Escoger el color rojo, la sangre, es pues un gesto ambivalente, un movimiento en espiral: desde las profundidades del alma surge la palabra para transformarse en espíritu. Se trata de un salto desde la intimidad hasta el mundo, de una explosión del psiquismo andrógino que caracteriza al ensoñador de palabras, según Bachelard. La dialéctica del rojo es la del ser y sus potencialidades, en la que es necesario extraviarse para recuperar el centro.

El paso del rojo hembra-nocturno al rojo macho-solar, con sus fronteras del alba, hace aparecer un nuevo matiz, el colorado, asociado ya al blanco y al oro. Juntos encarnan el ardor y la belleza, la fuerza impulsiva y generosa del Eros libre y triunfante, de amor y solidaridad —pero también, si no se le sabe controlar, de muerte y odio— hacia el prójimo. Se trata de un Eros que va más allá de la relación de pareja; la trasciende para mostrarnos una solidaridad y un compromiso con el hombre y su lucha social.

A decir de David Huerta, Los hombres del alba constituye el libro central en la obra de su padre: recoge y proyecta la experiencia poética de la ciudad; en ese libro se afinan y se perfeccionan el tema del amor y la solidaridad; porque el dramatismo de la expresión se conjuga con una ternura indeleble ante la formidable, perturbadora y totalizadora irrupción de las injusticias del capitalismo; porque en ese libro el poeta encuentra su voz, como suele decirse, y la convierte en un instrumento de afirmación y de protesta.

Hoy he dado mi firma para la Paz
 

Hoy he dado mi firma para la Paz.
Para que el tiempo no se detenga,
para que el sueño no se inmovilice,
para que la sonrisa sea alta y clara,
para que una mujer aprenda a ver crecer a su hijo
y las pupilas del hijo vean cómo su madre es cada día más joven.

Hoy he dado una firma, la mía, para la Paz.
Un mar de firmas que ahogan y aturden
al industrial y al político de la guerra.

 
 
 
 
   
Una gigantesca oleada de gigantescas firmas:
la temblorosa del niño que apenas balbucea la palabra,
la que es una rosa de llanto de la madre,
la firma de humildad —la firma del poeta.

[...]

Hoy parece que no he hecho nada
y, sin embargo, he dado mi firma para la Paz.
La joven me sonrió y en sus labios había una paloma
viva,

y me dio las gracias con sus ojos de esperanza
y yo seguí mi camino en busca de un libro 
para mis hijos.

Pues ahí estaba mi firma, precisa y diáfana,
al pie del Llamamiento de Berlín.
Parece que no he hecho nada

y, sin embargo, creo haber multiplicado mi vida
y multiplicado los más sanos deseos.
Hoy he dado mi firma para la Paz.
 

Huerta ha resultado un poeta filantrópico pero escéptico. Acude, más que a las razones que se pueden tener para defender una causa común, a la intuición de que hay algo fundamental que debe ser defendido. Si buscamos qué es podremos descubrirlo, cada uno invocando los imperativos categóricos, lo cual significa apelar a las experiencias profundas, simbólicas, a la ética, al precepto aquel —hoy de una enorme jovialidad— de que el hombre es bueno por naturaleza, independientemente de que siempre pueda encontrar razones para no hacer nada.• 
*Fernando Martínez Ramírez es profesor-investigador de la UAM Xochimilco, en el Departamento de Política y Cultura. Filósofo y escritor, ha publicado dos libros, uno de cuentos, La babel de los payasos (Miguel Ángel Porrúa, 2000), y el ensayo monográfico sobre Kierkegaard El más desgraciado (UAM Xochimilco, 2000).

Notas

1 Gaston Bachelard, El agua y los sueños, México, Fondo de Cultura Económica, 1993 (Breviarios, 279).

2 Huerta dixit. Véase "Donde la locura", en Transa poética, México, Era, p. 11.

3 Jean Chevalier y Alain Gheerbrant, Diccionario de los símbolos, Barcelona, Herder, 1986.

4 Gaston Bachelard, La poética de la ensoñación, México, Fondo de Cultura Económica, 1997 (Breviarios, 330).

Bibliografía

Gaston Bachelard, El agua y los sueños, México, Fondo de Cultura Económica, 1993 (Breviarios, 279).

————, La poética de la ensoñación, México, Fondo de Cultura Económica, 1997 (Breviarios, 330).

Jean Chevalier y Alain Gheerbrant, Diccionario de los símbolos, Barcelona, Herder, 1986.

Efraín Huerta, Estampida de poemínimos, México, Premià, 1983 (Libros del Bicho, 18).

————, Poesía. 1935-1968, México, Joaquín Mortiz, 1968.

————, Transa poética, México, Era, 2000.•