Águeda Lozano
*Andrés de Luna 
Una obra de arte es una propuesta expresiva que admite una y mil lecturas e interpretaciones. Águeda Lozano. Un homenaje es un libro que convoca ese eco. El diálogo llega como consecuencia lógica entre las imaginaciones de la creadora, nacida en Chihuahua y afincada en París, y la posibilidad de entrar en esos dominios que hacen los escritores Carlos Montemayor y Luis Ignacio Sáinz, así como los que trazan un itinerario de hallazgos en la retrospectiva crítica. 

Platón en el Timeo encontraba que "la actividad correcta del artista es discernir y extender de maneras sencillas los ritmos armoniosos de la creación divina". En Águeda Lozano el vuelo es parte esencial de sus piezas, que en lugar de sumarse a las parvadas, lo que hacen es intentar la majestad del suspenso, del detenimiento, que sólo invoca lo que en otros momentos es fuga en el horizonte, roce divino. Carlos Montemayor, coterráneo de la artista, abre su texto con una referencia a la escultura maestra Hacia el tiempo

   
 
   
 

¿En cuántas páginas del filósofo poeta Gaston Bachelard el vuelo es símbolo primigenio de la libertad del que sueña? Si en la realidad onírica emprendemos, aun sin alas, con angustia o sin ella, con la euforia de la contemplación a cuestas, ese trayecto que nos acerca al cielo, Águeda Lozano a través del acero suscita la tensión de ese sueño y a la vez su contraparte: la complejidad del detenimiento. Las aves y los que duermen y transitan por los aires ya se alejan sin pudores, la artista los deja partir y lo que hace es conseguir la radicalidad de lo que es y puede ser, lapso interrumpido por esa materialidad del acero que mantiene su sitio e invoca la eternidad del instante, el parpadeo de las revelaciones, el acto sublime, si cabe la expresión, de un aleteo que coagula la escultura en el reto por convertir un hecho dinámico en el poder de la reminiscencia, en el triunfo de la certeza y del tiempo. 

Luis Ignacio Sáinz ubica los pormenores de la trayectoria plástica de Águeda Lozano. Lee su obra en un contexto y puede encontrar los hilos que le dejen entrar y salir del laberinto creador de la artista. Él dirá: "La elocuencia del silencio habita sus cuadros". Frente a la algarabía, el ruido insensato y la estridencia, Lozano prefiere que su pintura tenga ese recogimiento y ese gusto: la opulencia de lo que expresa sin más. 

El confín del silencio es un triunfo. Brancusi lo supo desde su modestia infinita. Cuando caminaba de su lejana patria hacia París vivió los tormentos de la vanidad. Creyó en la gloria del artista. En esas estaba cuando una vaca defecó en medio del verdor del paisaje. Pensó entonces: "eso es la fama". Siguió su camino y encontró los esplendores de la forma, adquirió el genio. Su actitud, como los cuadros de Águeda Lozano, lo llevó a convertir las sensaciones y las emociones en diálogo interior, en viaje hacia las negaciones. Intento sabio que descubre Sáinz en esas interpretaciones que permite la obra artística. 

Águeda Lozano. Un homenaje es un recuento de asombros, en un intercambio que permite una obra tan rica y propositiva que nunca decae. Por el contrario, es sensibilidad y rito de imágenes. 

   
 
 
   
 
Hacia el tiempo 
La obra escultórica de Águeda Lozano 
Carlos Montemayor 

Hay una fuerza por la cual todo ser viviente aspira a continuar vivo. De esa fuerza, de ese deseo de vivir nace su aspiración por crecer con la grandeza del mundo que mira, que escucha, al que palpa, del que quiere apropiarse. Porque nos expandimos en el mundo a través de los sentidos: con ellos sentimos lo lejano y lo próximo, el cuerpo que acariciamos y las constelaciones que distinguimos en la bóveda celeste. Pero también aspiramos a expandernos a través de la memoria, de las ideas, de la inteligencia, de la emoción; por estas profundas dimensiones nos volvemos hacia el pasado o hacia el futuro que nos desconciertan y atraen; hacia el amor que transforma, tortura e ilumina; hacia el origen del mundo mismo, del universo en que nos fundimos a partir de la ciencia, la religión o la música. Esta aspiración de la vida por expandirse es una aspiración a la libertad. Es el deseo de comprender, desde la materialidad del mundo y del cuerpo, el vuelo hacia la libertad del espacio y del tiempo, de la memoria y del amor, de la pasión y el asombro, del conocimiento y la revelación. Este vuelo entraña la plenitud que puede alcanzar la vida. 

Y este vuelo es el aliento esencial de la obra pictórica y escultórica de Águeda Lozano. Desde la materialidad de la tela o del acero, el arte de Águeda Lozano emprende el vuelo hacia la libertad, hacia la plenitud; o mejor: aspira a mantenerse en el instante en que ese vuelo se inicia. A través de escalas cromáticas que van deslizándose como en un vuelo que surca su propio espacio, las siluetas, las figuras, las abstracciones, las líneas, aparecen como sorprendidas de su propia materialidad. Pero sorprende que a partir de la materialidad misma la obra aspire a permanecer en perpetuo vuelo. 

   
 
 
Un símbolo de su obra entera es la escultura Hacia el tiempo. Desde su placa de acero inoxidable de seis milímetros de espesor; desde sus siete metros de largo y siete de ancho y cuatro y medio de altura; desde sus mil seiscientos kilogramos de peso, la escultura despliega el vuelo hacia la libertad, hacia la plenitud. Es un monumento a la aspiración de todos, un monumento a la perennidad del vuelo en que la vida se enciende en su pasión por sí misma y por expandirse en el mundo. Hacia el tiempo es el símbolo de la voluntad que en todos alienta para ser plenos, para alcanzar la libertad de vivir. En la belleza de esta escultura se renueva una imagen del arte y del ser humano: compartamos con esta escultura la pasión del vuelo hacia la libertad, hacia el corazón secreto de todo lo que aspira a expandirse en el firmamento, en el azul celeste, en el tiempo que se renueva como un solo instante dispuesto a empezar, a emprender incansablemente el vuelo. 
*Andrés de Luna es coordinador de Extensión Universitaria de la UAM Xochimilco. Doctor en letras. Se ha especializado en la crítica cinematográfica y de artes plásticas. De sus libros habría que destacar Erótica. La otra orilla del deseo

Carlos Montemayor fundó Casa del Tiempo en 1980. Fue profesor-investigador de la UAM. Ha recibido diversos premios, como el Xavier Villaurrutia (1971). Entre sus libros sobresalen Finisterra, Guerra en el paraíso y Antología personal (UAM, 2001)