La última batalla 
*Margarita Peña 
Llegué a la calle Garnier diez minutos antes de la hora de la cita. Eran cerca de las tres de una tarde fría, con restos de nieve temprana en los bordes de la banqueta. Las casas parejas, alineadas en ambas aceras respiraban silencio, como si no las habitara nadie. Casas de tres pisos con ventanas alargadas, visillos pulcros en algunas; en otras, simplemente persianas mal cerradas o metros de tela clara colgada sobre clavos, sin cortineros ni gracia alguna. Las escaleras exteriores suben hasta el segundo piso rozando el tabique rojizo, algunas en espiral, otras en escuadra, rígidas, geométricas. Frente a una de las fachadas, en el jardín minúsculo sembrado de hojas de maple amarillentas, un letrero: "Se alquila". No me costó trabajo acceder a un primer piso por los escalones del pórtico. Pensé que la casa estaría desocupada, recién pintada quizá... ¿cuánto sería el alquiler? Pero no era así. A través de los cristales sucios de la puerta principal pude ver un minúsculo recibidor, una silla y una mesa sobre las que se apilaban gorras y bufandas de estambre. Había incluso un paragüero con un paraguas a medias cerrado, secándose. La casa estaba habitada. 

Desilusionada, retomé mi camino, saboreando con los ojos las fachadas; deseando traspasar los umbrales, subir las empinadas escaleras del interior, asomarme a las habitaciones. Co-mo una intrusa, una extranjera, un fantasma. Ver sin ser vista. Recrear la mirada en la intimidad ajena sin correr riesgos. 

Seguí caminando en la tarde suave bajo el sol indeciso. El frío se colaba a través de la ropa de lana transmitiendo una grata sensación de vigor, de vida. Se me atravesó una fachada especialmente bonita: ladrillo oscuro barnizado, pórtico y escaleras en espiral recién pintados de color lila, dintel de madera amarilla que enmarcaba cristales biselados; jardineras color gris con plantas de ornato. Las hojas secas de color ocre, cuidadosamente barridas y ordenadas en torno al pórtico, como un elemento ornamental más. Me dije que todas las casas debieran ser así: pundonorosas, recién pintadas, be-llas. Recoletas y púdicas. Pero como el aspecto de una casa corresponde generalmente al estilo, la personalidad, la economía y hasta al estado de ánimo de quien la habita, no se debe pedir demasiado. De hecho cada quien vive —o sobrevive— como quiere... o como puede.

Absorta en la contemplación no me había dado cuenta de que eran ya pasadas las tres. Me apresuré hasta el edificio cuadrado y macizo, también de ladrillo oscuro. Rocé apenas el timbre, temiendo un regaño como el de hacía dos semanas. El hall tenía más aspecto de abandono que de pulcritud, de esa nitidez que me atraía. Los cristales empañados, los periódicos y volantes regados a la entrada, al otro lado de la puerta transparente, permitían pensar que allí no vivía nadie. Así me lo hizo notar el chofer del taxi, un fornido mocetón de piel oscura (africano... o haitiano) que me depositó ante la entrada la primera vez que llegué hasta el número 5460. Se quedó incluso unos minutos, expectante, mirando desde el auto hacia la puerta hasta que logré entrar. Gesto amable, inusitado en un contexto de indiferencia.

Esta vez, pasadas ya las tres, un gato negro se me atravesó al empujar la puerta rechinante. Quién sabe de dónde saldría. Podía ser el gato mismo de Jules que a veces, durante la en-trevista, venía a frotarse en mis piernas, o en las suyas, como si llevara de uno a otro un calor necesario, eléctrico. El animal hacía juego con los adornos de la celebración de la Tous-Saints y sus calabazas amarillas, murciélagos, brujas y escobas prendidas en balcones y ventanas del rumbo. También con la tarde de hojas secas y nieve... con los presagios que me oprimían el corazón. Imaginé cómo serían las fachadas en navidad, cargadas de trineos y esferas, a sólo un mes de distancia, al tiempo que subía morosamente los cuatro trechos de escalera, hasta el departamento y la puerta, casi siempre abierta para cuando yo había terminado de subir.

La conversación se inició como siempre. Un "hola" de mi parte, él apenas musitó algo. Me senté en la mecedora, después de haberme despojado del hermoso abrigo azul recién comprado, la bufanda y los guantes. Enderecé el pequeño cojín y me arrellané cómodamente, sólo me faltaba un taburete para los pies. Él, sentado frente a mí, me miraba. Empecé a platicar sobre mis actividades del fin de semana. Era algo que tenía que contarle esa tarde, a tres días de mi partida. Intenté describir la reserva india de casas pobres y disparejas, la iglesia pequeña y su campanario espigado, junto al río —el ancho y tranquilo San Lorenzo— erigida en 1724 como parte de la misión de San Francisco Javier del Salto. El santuario de Kateri... Había logrado llegar hasta allí después de meses de búsqueda y varias tentativas infructuosas. Descubrirlo había sido sumamente importante: 29 de octubre, una fecha que recordaría siempre. El paisaje me maravillaba; la pobreza y marginación de los últimos mohawks me conmovían; la dureza de los blancos me indignaba. Me parecía digna de crítica la actitud displicente, despectiva de Yves, de Jacques, de Marie, mis amigos. La quieta soledad del lugar me había inspirado deseos de retirarme del mundo. Ahora, en el cálido interior del departamento de la calle Garnier una mezcla de sensaciones brotaba como torbellino y caía a mis pies, entre Jules y yo, como el agua del río, amenazando con ahogarnos.

Jules escuchaba atentamente. Había logrado captar su atención y quizás hasta emocionarlo. De modo abrupto se puso a hablar de sus propias experiencias en las reservas, de la depresión perpetua de los indios, de la inercia, el alcoholismo, el contrabando de tabaco... historias como de película, como del siglo xix. Hablaba con vehemencia, agitado, estaba de acuerdo conmigo y por un instante pensé que se levantaría del sillón para abrazarme y besarme. Compartíamos los mismos sentimientos hacia los olvidados; él fue quien me animó a emprender el camino de la reserva india. De pronto abandonaba su habitual circunspección... éramos almas gemelas. Como aquel día en que al leer yo en voz alta la respuesta que el oráculo le daba respecto a su pregunta sobre la felicidad: "Alguien de tierras lejanas vendrá,/ de sangre gentil,/ que tu vida hará dichosa", sin poder controlarse exclamó ¡que ese "alguien" era yo! Me había quedado atrapada en las palabras, y ese girón de su alma puesto al descubierto era lo que lunes a lunes me jalaba, como un lazo al cuello, hasta el recinto cerrado, desde cuya ventana en días claros se vislumbraba la cima de la montaña mágica. Por un momento creí percibir destellos de ternura en sus ojos, en su voz.

Podría haberme quedado toda la tarde narrando, inventando, fabulando. Me fascina contar. Él continuaba escuchándome, relajado complaciente, los ojos claros siguiendo los movimientos de mis labios y de mis manos, el mechón rubio cayendo sobre su frente, la camisa azul pegada al torso fuerte, arremangada, dejando ver los brazos y el vello rubio que los cubre. Repentinamente, como una ráfaga oscura, me cruzó por la memoria el recuerdo ingrato de su mirada hostil aquella noche, cuando lo sorprendí cavilando junto a la ventana antes de que diera principio la conferencia; su aspereza al otro lado del teléfono cuando intenté cambiar la hora de la cita. La sensación de rechazo fue insoportable. Pero ahora todo era distinto. Me oía, prendido de mi voz y mis gestos; me aprobaba; seguramente, hasta me amaba.

De pronto, en una pausa del relato, se inclinó levemente hacia adelante para preguntarme: "¿...y cómo van los sueños?"

En efecto, había tenido tres sueños en los últimos días. Decidí empezar por el más complicado.

"Es de tarde. A mi alrededor hay gente que habla, suceden cosas que no recuerdo. Luego, es ya de noche. Me voy a la cama con un hombre, hacemos el amor. Inmediatamente después tengo una sensación de culpa, de transgresión. Veo a mi padre frente a mí. Mi padre es, en el sueño, un hombre moreno, de pelo escaso, con tipo de tunecino o de argelino, andará por los cincuenta y tantos. Fue quizá con él con quien me acosté. O con otro, no sé. Para que el asunto no se sepa golpeo al hombre en la cabeza al punto de matarlo. Estoy segura de que lo he matado. Lo dejo ahí, tirado, y me voy, es todavía de noche. A la mañana siguiente me dirijo, como si nada, a la casa familiar tratando de aparentar tranquilidad. Es una casa blanca, amplia, como de provincia. Para mi sorpresa, al llegar veo a mi padre sentado, muy quitado de la pena, en el pórtico abierto con escalones, rodeado de la familia numerosa, como un patriarca de película italiana. Me llevo tremendo susto pero lo disimulo. Yo lo hacía muerto. En el interior de la casa antigua, en el hall de abajo al pie de la escalera, unas mujeres que pudieran ser mis hermanas o primas (en todo caso, son mis cómplices) escriben afanosas sobre una mesa de palo, hacen cuentas sin que haya papel alguno, sobre la madera blanca y rasposa de la mesa; hablan en voz baja, murmuran. Saben lo que he hecho pero no me critican ni me reprueban. Más bien, están de acuerdo, como si ellas también, alguna vez, hubieran planeado matarlo".

Jules me escuchaba sin parpadear. El sueño terminaba con un grand finale: todas las mujeres oprimidas de la familia planeábamos matar al padrino que, además, parecía tener derecho de pernada sobre nosotras. Mi sueño llenaba sus expectativas. Guiñando los ojos, Jules me dijo en voz muy queda: "¿incesto acaso?" 

Lo que no esperaba es que a la hora de analizar el sueño, yo asociara a ese personaje —¿mi padre?— con un profesor, un académico, hombre sabio, bastante mayor que yo, a quien traté hace mucho tiempo y del que siempre me sentí algo enamorada. Cuando se lo dije se quedó perplejo. Y luego, ¡que lo hubiera matado para después revivirlo! A lo largo de la conferencia del viernes anterior él había tratado, justamente, de la muerte de los padres, del duelo por la muerte del padre o de la madre. En el sueño yo no sentía pena alguna por el parricidio cometido; en todo caso, sombras de culpa por la transgresión sexual. Total, que mi sueño era un lío. Jules acabó adjudicándose a sí mismo el papel de "padre intelectual" (en efecto, hacía tiempo le había confesado mi admiración por su sabiduría) en virtud de lo que suele llamarse una transferencia. Lo que no aclaré es que a él casi lo había matado ya dentro de mí. Por su aspereza, su agazapada hostilidad... O eso creía en ese momento, al menos. Como he dicho, había decidido que esta entrevista fuera la última aun cuando faltaran todavía varios días para mi partida. Añadí, para la cabal interpretación del sueño, que el padre-amante venía siendo idéntico, por lo demás, al actor de una película iraní premiada en un festival de cine, que yo había visto recientemente (lo cual era cierto). Y me explayé refiriéndome al actor (que para más, se hallaba presente el día de la exhibición, y así se lo dije a Jules) como a un hombre maduro, atractivo, moreno, árabe... apetecible, en fin. Debo decir que Jules es rubio como un vikingo. Supongo que a estas alturas, si en verdad signifiqué algo para él, habrá ido a ver la película en cuestión. Esa tarde, en la penumbra de la habitación, me pareció que tan sólo me miraba con tristeza.

Yo también estaba triste. Poco quedaba de la exaltación de sus palabras en lo que aquel día ante el oráculo, fue casi una confesión amorosa. Poco sobrevivía de lo que vino después: planes fantaseados de mi parte respecto a posibles viajes juntos: a Egipto, o a la India; confidencias suyas respecto a su familia, sus padres, una pareja tradicional que, como yo, gustaba de visitar santuarios; la declaración amarga de su propia falta de hijos; la aceptación a medias de lo que él consideraba su escaso triunfo en la vida pese a la vastedad de sus conocimientos. Briznas, en fin, de familiaridad, de confianza, que nos acercaban al punto de que me atreví a sugerirle que ampliara su radio de acción. Bien podía yo presentarlo a los amigos del consulado. O a Sabrina, la joven princesa (una Grace Kelly local) que asistía a mis presentaciones de libros, y organizaba cenas y pláticas en un club privado. A esto último se negó. La familiaridad se fue diluyendo pero yo estaba dispuesta a recuperarla... en esa última entrevista.

Después de un paréntesis —se levantó para darle de comer a Toutou, el gato negro, y de paso se demoró contestando el te-léfono, cosa que siempre me irrita— vino el siguiente sueño:

"Estoy en el interior de una habitación parecida a ésta, es de tarde-noche. Frente a mí se encuentra una amiga de infancia que recientemente perdió a su esposo. Conversamos y de pronto vemos en el piso —que ahora es más bien una banqueta rota— un insecto, un escarabajo negro. El animal camina hacia mí, trato de pisarlo, no puedo. Finalmente, logro aplastar su cabeza, antes de que se cuele por la ranura de la banqueta rota".

Jules estaba fascinado: es un apasionado de Egipto y de la egiptología. Me sentí feliz por haber logrado despertar de nuevo su entusiasmo. Antes de intentar la interpretación del sueño sentenció que, entre los egipcios, el escarabajo simboliza la resurrección... Bueno, y yo lo había liquidado ¡con el pie! Le expliqué que, en la juventud, gracias a R., mi amiga, conocí a quien vendría a ser luego mi gran amor. Un hombre que, desafortunadamente, murió ya. El marido de R., insistí, falleció también hace poco. Es decir, dos amores muertos a los que hay que rematar con el pie. Jules evadió el tema del "gran amor", opinó que no debo seguir frecuentando a esa mujer, y se extendió sobre el asunto de la reencarnación, las almas errantes y la posesión postmortem. Esto era algo que me molestaba de las teorías —por lo demás ricas y variadas— de Jules: su obsesión, casi enfermiza, por la muerte. Profesaba la creencia de que, en ocasiones, los muertos rondan a los vivos porque no se dan cuenta de que han muerto. Según él, hay que hablarles, decirles que están muertos, hacer que lo entiendan. Creo que no necesito añadir que, a sus cincuenta y cuatro años, Jules es un hombre más bien melancólico, un tanto retraído, una especie de ermitaño.

A renglón seguido, para que la conversación no decayera, para no perder su atención, le conté mi sueño en gris:

"Veo montones de discos compactos color gris, cerros de casettes grises. Es un paisaje en gris. Debo ordenarlos, transportarlos, hacerme cargo de ellos. Los discos y casettes están apilados, llegan casi hasta la mitad de la pared, desbordan la habitación. No sé qué hacer con ellos..." 

Jules, que empezaba a adormilarse, abrió los ojos para decirme que seguramente me siento abrumada por toda la información que he recogido a largo de este viaje. No estuve de acuerdo y se lo dije. La atmósfera de mi sueño es más bien la de alguna película que vi hace poco, Posible worlds quizá, un filme de cine de vanguardia, casi ciencia ficción, en donde no hay sentimientos ni amor, sólo cerebros y frialdad.

Sonó el timbre y se levantó a abrir. Cambié de posición y agucé... 

El oído...

Ha bajado hasta la puerta de la calle como si fuera a recibir a alguien, el correo, sin hacer uso del interfón. Me estiro en el sillón, desperezándome como una gata, levantando, y contemplando, mis piernas enfundadas en mallas oscuras, mi falda arriba de la rodilla, mi hermoso abrigo azul con suave capucha de peluche oscuro que yace en el sillón de al lado, tocando, palpando levemente mi cuerpo de arriba a abajo antes de que él entre de nuevo. Creo que debiera yo sugerir que cenáramos juntos, a guisa de despedida... en mi última semana aquí. ¿Cómo sería, me pregunto, un encuentro en algún restaurante de la calle Sherbrooke, o Peel, con velas y buen vino? Hay uno que me gusta especialmente: L'Entrecôte Béarnaise. Se me hace agua la boca tan sólo de recordar la salsa oscura que resbala de la superficie de la carne jugosa, el bouquet del vino tinto. Mi perfume, que rocié en lóbulos y muñecas hace horas, casi no se percibe ya. No oigo que suba la escalera. Estoy intrigada... Cuando finalmente regresa, después de cerrar la puerta tras de sí, y vuelve a sentarse, no hace ningún comentario, no da explicación alguna, no se disculpa. Me desesperan por enésima vez su impasibilidad, su flema arrogante. Me empiezo a sofocar en el cuarto cerrado en el que el olor siempre es pesado, la atmósfera espesa, como si las ventanas no se hubieran abierto en mucho tiempo, como si el humo que quedó de las reuniones que debe tener por las noches (me he dado cuenta de que se levanta tarde), con no puedo imaginar quién, se hubiera pegado al tapiz manchado de las sillas, depositado junto con el polvo sobre la mesa, o adherido al cartel alargado del sarcófago egipcio.

Es el momento de sugerir la cena juntos. Adelanto el cuerpo y lo miro a los ojos. Mi tímida, y ansiosa, propuesta es recibida con sorpresa, y luego, silencio. Ni sí, ni no. Como aquella vez, cuando por teléfono desde la ciudad vecina, blanca y helada, le deslicé por el cauto oído que me acompañara a recibir el premio que mi libro había ganado en una ciudad de la frontera norte de mi país. "Podríamos ir después —le dije— a visitar las ruinas de Paquimé. Estoy segura de que te encantarían..." No contestó. Luego, en persona, me dijo que algún día iría a mi país a verme, pero tendría que estar seguro de que yo estuviera allí...

Aparece otro gato. Ahora es un gato gris, como mi sueño. El compañero de Toutou. Ronronea amistosamente y se acomoda lejos de nosotros, sobre una rígida silla junto a la ventana. Hay tres gatos. El tercero, moteado de blanco y amarillo, no ha hecho aún su aparición. Un día, Jules me regaló un pequeño objeto azul: un gato egipcio, una especie de talismán. Recuerdo, de pronto, que debo devolverle su laberinto de juguete, el que seguramente él colocó en el interior de la bolsa que dejé hace tiempo en su departamento. ¿Quién pudo ser sino él? Lo he traído para entregárselo.

Los sueños han perdido importancia. Me queda uno por contar, el de la gente que veo al otro lado de la acera, con la que me dispongo a entablar una innecesaria, ociosa pelea. Es mediodía, la calle podría ser Sainte Catherine, o Saint Denis. Pero es algo complicado... prefiero dejarlo para luego, para después, para nunca jamás. Temo que ambos empecemos a ronronear, como los gatos. 

Él y yo estamos fatigados. Queda poco que decir... y muy poco, evidentemente, de la fascinación de los primeros encuentros. Aquel viernes, en el intermedio de la conferencia cuando me acerqué a él por primera vez, su mirada había detectado el anillo de esmeraldina con la inscripción en mi dedo meñique. "Es un anillo alquímico" dijo en voz alta. Y luego, arrebatado: "¡La piedra de su anillo es la tabla esmeralda de los alquimistas...!" Ahí se inició lo que para mí fue un encuentro mágico, con derivaciones insospechadas hacia la astrología, el hermetismo... la amistad, el amor. En todo caso, hacia una forma de comunión.

Había transcurrido el tiempo de la entrevista. Al incorporarme para irme, ya entrada la tarde, pude ver sobre la mesita lateral la reproducción de un gran escarabajo gris en la portada de un libro. El símbolo de la resurrección entre los egipcios estaba allí —quizás había estado siempre—, junto a mí y no lo había visto. ¿O sí? 

No quise insistir más sobre la cena de despedida, la última cena. Me despedí de mano, cosa que allá no se usa. Con cierta flema tomó la mano pequeña que le tendía en la suya, grande como de oso polar, pero de dedos finos. Ambos sabíamos que no volveríamos a vernos. Pronunciamos un adiós irrelevante. Soltó mi mano. Bajé las angostas escaleras escasamente iluminadas. En la calle hacía frío, más que antes. Las casas permanecían en silencio. Fui despidiéndome, en el crepúsculo rojo y violento, de la calle Lanaudière, la calle Mentana, la calle St. Grégoire. En la esquina del parque Wilfrid Laurier me subí a un taxi.

Ya en el interior (el chofer en esta ocasión era un hombre blanco, sin chiste) recordé, sin poder evitarlo, mi alegría cuando en el museo de aquella ciudad blanca recorrí la exposición sobre la India, y compré unos pequeños elefantes de bronce de los cuales planeaba entregarle uno —con la trompa arriscada traen buena suerte— antes de empacarlos. Para entonces, los planes de viajar juntos a la India parecían factibles. Recordé también la otra exposición en el mismo museo, la de pintores canadienses en las guerras mundiales —sangre, destrucción y muerte—, de la cual llegué a darle un folleto que le interesó mucho (recordemos su obsesión por Tánatos). Pero el gran triunfo había sido un libro delgado, de tapas azules y letras doradas, sobre los vikingos y su virtual emigración a este continente antes del descubrimiento de América. Lo hojeó, lo acarició con deleite y me confesó que estaba seguro de que entre sus ascendientes los vikingos tenían un lugar.

 
 
 
 
 
 
 
 
   
Mirando la nuca rasurada del chofer, por asociación vi de nuevo sus cabellos cobrizos, sus ojos claros y su piel requemada por un sol inexistente. También el gesto arrogante y por supuesto, cómo no, los silencios obstinados. ¡Ah! Al despedirnos, antes de bajar yo las escaleras había alcanzado a oír que me recomendaba cuidado, en el futuro, con el oráculo: no me dejara sugestionar por él, aunque, añadió, era evidente que lo manejaba a mi antojo, que lo conocía de memoria... 

Estaba negando, en la frase final, en el adiós, la predicción romántica y delicada que el oráculo le había hecho hacía algunos meses. O al menos, así me lo pareció. Una suave bofetada, la incisión de un estilete en la víscera cordial.

La verdad —me dije al descender del taxi frente a mi edificio de veintidós pisos— es que Jules no me merecía. De eso podía estar segura. Y yo, que había abandonado a mis amigos durante los últimos tiempos, enfrascada en mi obsesión y mis visitas a la calle Garnier. Suzanne y Marie habían adivinado la razón de mis ausencias: no podía tratarse más que de un hombre, de una pasión, de una especie de posesión. Decidí que, antes de partir, iría a cenar a L'Entrecôte... con Marie y Jacques; o con Reinaldo y Javier; o con Katia y Jorge. Con Sabrina, con Juanito, el joven lector de cartas que desde el principio predijo que la relación con ese hombre no iba a ser fácil... O con Mario, el dueño de una boutique esotérica en Sainte Catherine, El Ojo de Horus, quien me dio cuantos in-ciensos, filtros y esencias fue posible, para atraer y retener al hombre amado.

Había perdido, sin duda, la última batalla.• 

*Margarita Peña es investigadora, ensayista y crítica literaria. Obtuvo la maestría en letras hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México y el doctorado en El Colegio de México. En 1993 le fue otorgado el Premio Universidad Nacional por investigación artística y extensión. Entre sus múltiples libros destacan: Alegoría y auto sacramental (sobre Calderón de la Barca), Mofarandel de los oráculos de Apolo, Historia de la literatura mexicana colonial y El canto de nunca acabar