ALUVIÓN MEMORIAL EN HONOR DE NICOLÁS MORENO

Juan José Arreola

Juan José Arreola se desempeñó en muchos oficios, hasta que a fines de los años cuarenta del siglo xx entró al Fondo de Cultura Económica como corrector de galeras. Autodidacta en su formación literaria, estudió teatro en México y París. En 1963 recibió el Premio Xavier Villaurrutia pr su única novela, La Feria. Emparentado estilísticamente con Borges y Cortázar, entre su prosa deslumbrante destacan los libros de relatos Confabulario total y Bestiario.

A sabiendas de que todo verdor perecerá, Nicolás Moreno es un pintor callado, maduro y amarillo. He paseado por sus cuadros la mirada y oigo que me dice muchas cosas en silencio, por ejemplo, que son árboles o piedras a las que respondo identificándome con ellas, encomendándoles la tarea de elaborar mi angustia para que pueda liberarme de ella viéndola fuera de mí, resquebrajada en las rocas, pulida en los guijarros o retorciéndose en troncos, gesticulando en ramas o agrietándose en cortezas laceradas por las inclemencias del tiempo.

Allí donde Nicolás instala su caballete, cuidadosamente calzado con astillas o guijarros para suplir las deficiencias del suelo, se instala el tinglado para que la belleza desarrolle sus asuntos, así le sirvan de modelos los terrones amarillos del secano, sórdidas trasmutaciones rocosas o los árboles que levantan ramas gesticulantes como brazos y manos en ademán blasfematorio. A Nicolás lo rodea la enorme circunstancia del paisaje, y como no puede meterlo en toda la tela, he aquí la sucesión de los cuadros, cada uno parcela y en sí mismo parcelado. Nicolás es un pintor que todos reconocemos de intemperie, siempre a cielo abierto, con sol o nublado. Hay veces que los cielos de Nicolás apenas se perciben como tales, porque son simplemente espacios puros para que entren los retorcimientos de sus ramas, con esa expresividad que logra, porque el árbol, criatura por excelencia, anclado en la tierra sustentado en sus raíces, de pronto se levanta a base de troncos y empuje de gajos, de ramas y de hojas, a mecerse en un espacio, y dejando aparte las montañas. Los árboles son las antenas de la tierra y tienen esa situación de ser criaturas brotadas en tan distintos terrenos y con fisonomías propias. Imposible aquí intentar algunas digresiones arborescentes a propósito de las formas; para eso están los cuadros pintados por el propio Nicolás, que ha plantado allí todos los árboles que le gustan, y también a nosotros.

Siempre me intrigó ese predominio de los ocres de las tierras de Siena, colores maravillosamente manipulados pero que en cierto modo recuerdan esos tonos del hueso, del esqueleto, de la calavera ambarina ya oxidada por el tiempo, y todas esas variaciones de cortezas y de desgarramientos de cortezas, que dejan ver en los espacios y la corteza que se contrae sobre sí misma y deja a la intemperie partes que siempre estuvieron protegidas cuando el árbol estaba vivo. Ahora, entre tantos espacios de la tierra, el escenario para un pintor está lleno de cosas para que precisamente las vea y las registre, las vaya eligiendo. Nicolás Moreno prefiere determinar aspectos que podrían parecernos eriales, quiero decir, como momentos en que las cosas están fané y descangayadas, y no me arrepiento, porque esas frases del tango tienen que ver con esos árboles y esos espacios. La tierra erosionada, las grandes superficies de secano, los páramos, una paleta que parece ocrísima y lacónica, pero llena de nostalgias imperecederas. En algunos cuadros donde predominan los tonos terrenales, terrosos, aparecen las bordaduras de los verdes y en las huellas de pastos que fueron en otro tiempo y ya no son. No puedo sino pensar en la paciencia que ha tenido Nicolás Moreno, para que un bloque errático y probablemente basáltico venga desde el cuaternario a posar para él en el Valle del Mezquital, y luego, en términos más humanos, he visto y sabido que ha esperado hasta 20 años para que un árbol acabe de madurar su proceso de muerte y tenga ya una fisonomía que valga la pena registrar. Yo he hallado reposo en los cuadros más resecos de este pintor, en sus manifestaciones corpóreas de la materia vegetal que llamaría lignitos, aunque todavía están vivos, pero donde parece que va predominando en ellos el elemento mineral que luego también se erosiona.•