LÍNEA DE FUGA (ENSAYO DE UN CRIMEN)

Fernando Martínez Ramírez

No calló más que una cosa: su
trauma de infancia y el efecto
peculiar que tenía sobre él la
música de
“El príncipe rojo”.
Fernando Martínez Ramírez es profesor-investigador de la UAM Azcapotzalco. Ha publicado el libro de cuentos La babel de los payasos (Miguel Ángel Porrúa, 2000) y el ensayo monográfico sobre Kierkegaard, El más desgraciado (UAM Xochimilco, 2000).
El suspenso
Un hombre se afeita a navaja libre, y mientras lo hace una línea de amargura recorre su paladar, su garganta, le baja al estómago. Se ve frente al espejo, descubre sus sienes canosas. Sabe que está solo. Lo espían los recuerdos, sobre todo uno, tremendo. La situación indica que tiene problemas de alguna clase, pero es muy pronto para enterarnos de ellos. Por delante tenemos casi trescientas páginas para descubrirlos...

Según Patricia Highsmith los primeros capítulos de una novela de suspenso proporcionan las líneas dramáticas que habremos de seguir. Puede no suceder nada, pero el escritor va preparando los escenarios, muestra la estructura o pauta de relación entre los personajes, expone sus deseos. Tiene que haber acción o promesa de acción, aunque una cosa u otra se den en todas las buenas novelas. Sin embargo, en los relatos de suspense los hechos tienden a ser más violentos. El asunto es ir perfilando la personalidad de los protagonistas que rodean al asesino. Como motivo existencial, algunos escritores explotan el tema de la búsqueda: de un padre desconocido, de la infancia... Otros plantean la relación entre dos hombres de carácter contrastante o complementario, que representan perspectivas distintas e igualmente apremiantes de las cosas. Al lector deberá ocultársele hasta el final cierta información.

Este recurso muchas veces da la impresión de ser arbitrario e injusto, pero resulta un elemento imprescindible para la intriga. No debe faltar, desde luego, alguien interesado en la justicia, en el bien y el mal. La moral ha de ser exhibida, pero sin sermones. El destino parecerá un juego, una especie de escondite con hallazgos imprevistos, hallazgos que al siguiente instante sufrirán una deflación ante nuevos acontecimientos, es decir, quedarán en suspenso hasta que poco a poco vayan cobrando sentido.

La obra de Rodolfo Usigli Ensayo de un crimen2 tiene todos estos elementos, quizá por ello se le ha considerado primordialmente una novela policiaca, inclusive la mejor en su género en México. Si bien hay elementos de suspenso —constantemente conjeturamos sobre quién podrá ser el asesino—, no creemos que su principal característica sea el suspense, y aunque hay policías —o ex policías— tampoco podemos identificarla con el género policiaco sin más.

Parece también una novela que escenifica un problema existencial, como lo hace El extranjero, de Albert Camus. Un hombre busca liquidar cuentas pendientes con su pasado. No sabemos con certeza cuál es el hecho terrible que lo ha vaciado existencialmente. Un día, siendo niño de ocho años, caminaba al lado de un militar con quien sus padres lo habían encargado. Entonces este sujeto tomó su pistola y le dijo: ¡mira! Disparó, sin motivo alguno, contra un anciano, quien cayó fulminado por el impacto. El tiempo fue obnubilando sus recuerdos, mezclándolos con otros menos dolorosos, incluso felices. Ahora que es un hombre solo, heredero de una pequeña fortuna que le permite vivir sin trabajar, lo persigue una obsesión: cometer un crimen estético, gratuito, perfecto. Su perfección radica en su gratuidad. Pero el destino le tiene reservadas algunas sorpresas, porque “en el mundo no hay nada desinteresado, nada gratuito”.3

Roberto de la Cruz
Roberto de la Cruz es el protagonista de la novela. En su adolescencia se aficionó a las cajas musicales. Un día, al caminar por las calles del centro histórico, encuentra una que lo fascina y no tiene más remedio que adquirirla. En ella una pareja baila al compás de un vals anacrónico llamado “El príncipe rojo”. Pronto su obsesión criminal queda ligada a esta caja fatídica.
 

La filosofía
Detrás de Roberto de la Cruz subyace la idea de que la mejor manera de vivir es yendo a contrapelo de las circunstancias, conquistando nuestra singularidad en una sociedad mecánicamente injusta. En la vida tenemos que quedar a mano, y cada uno debe encontrar el modo de lograrlo. Vivimos en un mundo que tolera excentricidades vulgares, abyecto, voluptuoso, donde todo parece tener una misión de verdad, una intención secretamente moral. Tal vez por eso hay que hacer algo enteramente gratuito, sin sentido. La imaginación de lo terrible, la fascinación por lo siniestro, resultan, por tanto, lo único capaz de abrir ese destino desinteresado, esa ficción real. La única manera de paliar el vacío es consumando el acto erótico supremo: la muerte. Sólo así podremos tener una vida completa y vivir sin prisas, sin culpas.

Roberto es un hombre bien intencionado, pero vacío, un jugador con suerte que desprecia a la suerte, un aventurero necesitado de peligro. Ganar es perder, perder es ganar, todo o nada, tales son sus divisas existenciales. Por eso mismo necesita algo real que lo saque de su ignominia. Como el extranjero, de Camus, las circunstancias le van dictando qué hacer, pero a diferencia de aquél, no todo le da lo mismo. Siempre que está de por medio su deseo más imperioso, el gran acto gratuito, la vida y el destino conspiran y resultan decepcionantes: tres veces intenta llevar a cabo su crimen estético y tres veces las circunstancias lo traicionan.

La primera se le adelantan, sin embargo se las ingenia para resultar culpable, culpable hasta el momento en que su vida se encuentra en auténtico peligro; entonces recula, prefiere seguir viviendo, y desmonta la faramalla de su gloria morbosa: el encantamiento público transita del repudio a la admiración. La segunda vez ya no actúa buscando la fama sino para alcanzar la satisfacción interior, y cuando cree haber completado su vida con el gran acto, un incendio viene a borrar toda huella de su autoría, autoría que tampoco era real pues el asesino había sido otro. La tercera vez, cuando su matrimonio y el olvido repentino del vals perturbador lo habían apaciguado, cuando la vida ética había sometido sus pretensiones artísticas, asesina a quien no debía asesinar, sin premeditación, sin alevosía, empujado sólo por el vértigo de una tonadita musical y por el sortilegio de una navaja de afeitar, objeto fatídico en el que radicó desde un principio su destino.

De la Cruz vive convencido de que los seres humanos son de sombra, de sol o indistintos. Los primeros —maniáticos, misántropos, obscenos— deben morir; los segundos —distinguidos, indulgentes, adaptados— deben vivir. Su buena suerte no le alcanza y termina acuchillando a un ser solar, a su joven y aristocrática esposa, infiel por lo demás, aunque él no lo supiera. Tal vez, para que su destino se completara, era necesario que él mismo se hallara comprometido con su víctima, amarla un poco, no desear su muerte. La auténtica realidad, la de los seres comunes y corrientes, la que él repudia, había estado en diversas ocasiones a punto de alcanzarlo en la figura de Lavinia, una prostituta hermosa y simple. Pero él la ignoró, sin saberlo, y su destino termina por no realizarse en nada, ni en su pretensión estética, ni en el amor, ni siquiera conjurando sus recuerdos.

El ex inspector Herrera
Herrera es un Mefistófeles ubicuo que da la impresión de saberlo todo acerca de su Fausto, Roberto de la Cruz: conoce sus amistades, aparece en el momento más inesperado para advertirle sobre el peligro que corre al frecuentar a seres marcados por el destino, como si conociera lo que De la Cruz piensa, lo que se propone, y su misión fuese al mismo tiempo disuadirlo y solaparlo: lo primero para que conserve su alma; lo segundo, para que la pierda. Los encuentros entre ambos son siempre fáciles, casi inverosímiles y casi intrascendentes, no obstante cuando en verdad resulta necesario que se vean, las circunstancias no se los permiten: el destino tenía otros planes.

El destino
Novela de las peripecias arrepentidas, donde pasan cosas que no pasan en verdad, como si el trabajo del destino fuese quebrar nuestras mejores fantasías. El narrador omnisciente escamotea las razones de los personajes. Sólo vemos rabias que se agolpan y desaparecen, exabruptos que al siguiente instante están ya controlados. Por momentos romántica, ocasionalmente melodramática, sobre todo fársica: asistimos a la violencia, pero dispensados de sus efectos, salvo una sola ocasión, lo cual viene a compendiar una filosofía del destino: es él quien nos alcanza, no al revés. Tal vez porque lo único violento en verdad sea la vida, donde nos ponemos a desear cosas que jamás tendremos.

 

El gran síntoma de esta novela no es, por tanto, el suspense. Nos dice más bien que lo importante, lo que crece y amenaza con desbordarse, termina desvaneciéndose, salvo un solo acto, final, contundente. Buscando el destino, es él quien termina por encontrarnos. Buscando una explicación, acabamos por no tener ninguna, excepto la del veleidoso azar, que llega a ser el nombre que le damos a la resignación. La culpa se queda con los personajes: el pasado los persigue y, ante el desenlace, termina por confirmar sus decepciones, los convierte en aquello de lo cual venían huyendo. Tal parece que los apremios sólo pudieran vencerse cuando asumimos la culpabilidad. Novela llena de signos donde el destino, más que tres curvas que se cierran, resulta una línea de fuga, lo irresuelto que cuando se resuelve, muere.

Las cosas, por tanto, no han resultado lo que uno desea. Todo se ha descompuesto: los planes, las ilusiones, la vida. Entropía infalible donde no tiene cabida lo gratuito, donde cada acto encuentra su explicación (la gente siempre desea una explicación). Por eso Roberto de la Cruz es declarado loco, porque su acto más soberano ha carecido de sentido. La ética le impone siempre sus mecanismos a la estética. La realidad, está claro, nunca podrá ser domeñada por nuestras intemperancias.•

 

Notas

 1Patricia Highsmith, Suspense. Cómo se escribe una novela de intriga, Barcelona, Anagrama, 1986.

 2Rodolfo Usigli, Ensayo de un crimen, México, V Siglos, 1980.

 3Palabras del ex inspector Herrera, personaje ubicuo que pareciera existir en contubernio con el destino. Ibid., p. 44.