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Los Balcanes. ¿Volver a empezar?

Miguel Ángel Flores

Lisboa. Era el verano de 1977. Las fronteras dibujadas en Yalta parecían imborrables. Y el muro de Berlín se sostenía sólidamente, y al este del río Rhin las sociedades prosperaban confiadas en el paraguas atómico que Estados Unidos había construido sobre los cielos de Europa. Mas para disimular una imagen de colonialismo, de arrogancia, o simplemente para hacer más amables las cosas, se inventó la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), en la cual se supone que todos sus miembros son iguales, aunque unos son mas iguales que otros. En ese verano del 77, Cascarrabias pasaba plácidamente sus vacaciones en la costa adriática, del lado italiano. Corno enfrente estaba la antigua Yugoslavia, no era ninguna sorpresa turistas de ese país en la mesa presencia de Cascarrabias. Se trataba de una señora acompañada por dos hijas rubias y muy guapas. Dos jovencitas de sangre eslava, algo muy diferente a la sangre latina en la antigua Lacio. Y la conversación no se hizo esperar, y se tornó muy animada al calor de los Camparis con jugo de naranjas del Algarve. Y la conversación no se hizo esperar, y se tornó muy animada al calor de loa Camparis con jugo de naranjas del Algarve. Y la conversación recayó en...lo adivinaron, ¡el Mariscal Tito! El padre de la patria yugoslava, quien había logrado el milagro de unir a los pueblos croata, serbio, bosnio, y de otras etnias en un proyecto nacional común, con métodos muy heterodoxos, y al precio de un relativo alto nivel de vida que se había pagado con falta de democracia y otras minucias, como el culto a la personalidad. Yugoslavia, bajo Tito, gozaba de respeto y crédito internacional. Tito, con una valentía que Occidente apreciaba, había desafiado el poder de Stalin negándose a girar dentro de la órbita de los soviéticos. Toda una leyenda para su pueblo el mariscal Tito, genio de los consensos, de los malabares y de los equilibrios internacionales.

El pueblo adoraba a Tito y Cascarrabias supo qué tan profunda era esa adoración por el gran timonel de la patria yugoslava cuando se atrevió a hacer dos observaciones poco amables sobre la figura de Tito a la mamá de las guapas muchachas eslavas. La conversación terminó con un gesto violento de la señora, quien se levantó de la mesa sin despedirse. Tito era intocable. Tito era Yugoslavia.

Y aunque su fin estaba próximo debido a su avanzada edad, muy pocos hacían pronósticos senos sobre qué sucedería en los Balcanes cuando Tito falleciera. La política de la guerra fría aseguraba la continuidad de un "titismo" sin Tito. El gran timonel del socialismo gestionarlo diseñó una presidencia colegiada para su país que debía llevar a buen puerto al pueblo yugoslavo cuando él ya no estuviera entre nosotros. Croatas, eslovenos, bosnios, serbios, macedonios, montenegrinos deberían permanecer unidos tendiéndose la mano, sin olvidar nunca la patria común.