Durante los meses de enero y febrero se presentó en la Casa del Tiempo de la Univesidad Autónoma Metropolitana una selección de la obra más reciente de Ilse Gradwohl (Gleisdorf, Austria 1943), de esa muestra hay varios aspectos destacables. En primer lugar, esta gran pintora abstracta hace un recuento plástico muy personal sobre su estancia en el continente africano. Gradwohl es una artista de distintos matices y así desea manifestarlo en las quince obras de la muestra. 

La pintora acompaña los lienzos con una especie de bitácora fotográfica formada por espléndidas imágenes tomadas por ella misma. Sin embargo, no es su interés plasmar la atmósfera de las culturas africanas, ni las utiliza para hacer un contrapunto comparativo en su obra. Sus impresiones personales se evidencian en representaciones no-figurativas donde discurre el tiempo, la eternidad, el misterio y aparente silencio que encierran a estas culturas.

El poder visual de la tierra y color africanos es lo que Ilse particulariza y lo traduce a su propio universo pictórico. De las distintas provincias que Gradwohl recorrió -Etiopía, Sudáfrica, Kenia y Tanzania- lo que más le impresionó -de manera sumamente grata- fue la fortuna de observar las propias experiencias artísticas de dichos pueblos, donde los efectos globalizadores apenas se advierten.

Por medio de la abstracción, Ilse ordena todo lo existente por medio del color. Se destaca el cromatismo entre los verdes, azules, blancos, rojos y sus distintas combinaciones en la paleta. Su estallido del color es sereno y al mismo tiempo implacable, contundente.

La artista palpó el colorido de la tierra, las costumbres y la gente, a través de un certero sfumato en verdes, azules, marfiles, gris/blanco, blanco/gris. Gradwohl transfigura los colores de las tierras africanas -ocres, cobrizos, rojos- donde cabe el poder de contención que se apodera de la superficie y área de sus composiciones.  Al lado de estos colores vivificantes e intensos, irrumpe una serie de pequeñas manchas transparentes que recorren el largo y ancho de sus óleos. 

No emergen en las telas de Ilse Gradwohl visos de inquietud. Meticulosamente estructura un espacio equilibrado con transparencia casi cristalina, como si pudiéramos ver allende del cuadro. Practica fielmente el axioma abstracto de obedecer a la conciencia  y al espíritu libre.  Si abstraer es separar el pensamiento para convertirlo en una reflexión, Ilse concatena sus meditaciones con la imaginación.  incula una realidad externa y, al hacer un ejercicio de introspección, crea una nueva materialidad.

Para Ilse, el lienzo es una creación de formas autónomas. Los trazos iniciales superpuestos nos conducen a su persistencia en el orden sea  la firmeza de su trazo -longitud de horizontales y verticales-, o la sistematización interna de sus diversas sensaciones. Observamos su diálogo con las culturas africanas a través de un lenguaje abstracto muy propio, lo que coincide con el concepto decorativista y ornamental de dichas culturas.

La artista también admiró el misticismo que emana de ritos intimistas dotados de un sincretismo muy especial, sean las iglesias talladas en roca o sus peculiares catacumbas.

Los pastores, campesinos, sacerdotes, mujeres dedicadas al hogar, niños, jóvenes... mujeres, forman parte del sentido externo en la obra de Gradwohl. En el plano interno, Ilse concentra en algunos trazos todo  el poder místico de la tierra y riqueza africanas. No sucumbe a las concepciones occidentales tradicionalistas, simplemente respeta la distancia de otros proyectos de vida, las costumbres, los hechos mismos.. Sus sentimientos y capacidad imaginativa los trastoca pictóricamente en la exploración del color, las líneas sobrias -perfectas- y la pureza de sus pequeñas manchas.

En medio de simulaciones libres y desenvueltas en los terrenos secretos, no hay efectos de resentimiento, debilidad ni mixtificación.  Aún inspirada en sus fotografías de enormes contrastes entre una vida auténtica  y el poder de las trasnacionales, en sus obras sencillamente no hay sombras o tinieblas, al contrario existe armonía y luz. Destaca el cromatismo de sus colores, sobre todo cuando maneja tres superficies distintas: un color que cubre toda la dimensión del cuadro, otras tonalidades para algunos trazos, y finalmente un  matiz donde se asoma la claridad de una forma fragmentaria y total.

Si antes la propia Gradwohl había declarado una etapa artística en “el aire” ahora vive inmersa un cambio y se instala en las calidades téctonicas de la pintura. De momento, su obra deja de ser etérea, impalpable y fugaz para dar lugar a un proyecto distinto y aparentemente más concreto. Ella siente, plasma y combina en sus telas la fuerza intrínseca de una tierra creadora y destructora al mismo tiempo.


 
   
 

 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 
 
La pintora también tiene la capacidad de sintetizar la esencia espiritual a través de las formas que tanto elevaron Wassily Kandinsky y Piet Mondrian. El primero decía que el color provoca una vibración anímica, y eso es precisamente lo que acontece en la obra de  Gradwohl, gracias al manejo ejemplar de los distintos colores que llenan todo su  quehacer pictórico.

Es evidente que Ilse Gradwohl se sensibiliza artísticamente de una manera especial ante culturas diametralmente opuestas. A través de  distintos elementos plásticos, como el contenido, las formas puras, los logros en el campo cromático y las ideas sobre el dibujo, muestra un refinamiento en su obra integral, además de rigor y disciplina técnicas. Al emprender el vuelo hacia tierras africanas, encontró  un nuevo motivo y razón para recrear en su obra. No conforme con los temas circundantes a su realidad, parece que se autonombra una  gran nómada -inventora, expresiva, libre- del arte abstracto.

* Dafne Cruz Porchini (México D.F., 1973) Historiadora de la Facultad de Filosofía y Letras de la Unversidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Becaria del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, actualmente realiza un estudio sobre Jesús Guerrero Galván, entre sus publicaciones destaca El arte como necesidad psíquica. Algunas consideraciones sobre la obra de Juan Soriano, UAM, 1999.