Recuerdo de Francisco Tario 
(entrevista con Julio Farell)
* Alejandro Toledo
El pintor Julio Farell, hijo de Francisco Tario (ambos evitaron el apellido Peláez), recupera en estas líneas la figura de su padre. Habla de las pasiones del autor de La noche, Equinoccio y Breve diario de un amor perdido: el cine, la lectura, el deporte y la conversación. Refiere su amistad con Octavio Paz, José Luis Martínez y Juan Soriano, su nostalgia por los fantasmas y revisa, al fin, el camino que debieron seguir los últimos textos de Tario.

De la afición por el cinematógrafo

Acapulco en el sueño es de 1951. Yo entonces tenía cinco años; recuerdo vagamente que mi padre viajaba a Acapulco con Lola Álvarez Bravo para tomar fotografías. Nosotros no podíamos permanecer todo el año en Acapulco porque asistíamos al colegio en la ciudad de México. En el puerto él era socio de Gabino Álvarez; tenían dos cines. Mi padre en ese aspecto nos inculcó, además de la costumbre de la lectura, la afición por el cine. Yo veía cómo buscaba las películas que iba a programar; eran básicamente cintas americanas de esa época y mexicanas. Él entendía muchísimo de cine y disfrutaba realmente las buenas películas. En Acapulco, en aquel entonces, pasábamos la mañana en la playa y la tarde en casa de amigos o en el cine. Mi padre compaginaba su afición cinematográfica con la literatura.

De la timidez

Su aspereza era una armadura, una protección de su timidez. Las personas que son tímidas se escudan en su tosquedad, en su introspección o en su violencia y él era una persona tímida. En las fiestas llegaba un poco así, como a la defensiva, pero una vez que notaba que congeniaba con alguien, entonces era un gran conversador. La casa que teníamos en la colonia Condesa era de esas casas que tenían un hall y arriba estaban todas las recámaras con un balcón que daba al interior; ahí mi hermano y yo nos poníamos de chismosos asomándonos a ver quién había venido a la fiesta: estaban Juan Soriano, Octavio Paz, Pita Amor, Carlos Fuentes, José Luis Martínez... Para nosotros eso era habitual; él invitaba a la casa a gente que le caía bien, a veces bajábamos —y como nunca nos lo prohibió, como otros padres— y permanecíamos ahí hasta que por nuestra propia voluntad decidíamos retirarnos.

Lecturas

Le gustaba la literatura rusa: Gorky, Dostoievsky, Chejov, que es obviamente el padre del cuento. Apreciaba también la literatura anglosajona, el teatro inglés. En la época en que él comenzó a leer no existía todavía un Vargas Llosa o un García Márquez; por cierto, le encantó más tarde Cien años de soledad, fue uno de los libros que más lo conmovieron, pero esto fue cuando yo era adolescente. Le gustaba mucho Eugene Ionesco, su teatro del absurdo, que era un poco lo que hizo él también; le gustaba Strindberg. Le gustaba James Joyce; al Ulises, que es un libro muy difícil, él le encontraba grandes méritos. Le encantaba Aldous Huxley.

Despertaba a las siete de la mañana, no porque hubiera puesto el despertador sino porque era un madrugador; desayunaba y cuando yo iba a la universidad veía que agarraba un libro y al regresar todavía estaba leyendo; comía, dormía un poco la siesta y si no había terminado el libro lo continuaba.

Leía constantemente, era metódico, porque hay gente que lee dos libros al mismo tiempo: a él le gustaba tomar un libro hasta que lo terminaba.

Uno de los últimos libros que leyó fue Las hojas estériles de Huxley; además, cuando había obras de teatro nos llevaba. Con él vi mucho teatro en Madrid: La señorita Julia, de Strindberg, Las sillas, de Ionesco, teatro clásico también... El teatro le gustaba muchísimo.

En la época de Tapioca Inn yo era muy pequeño y mis recuerdos son muy vagos. De lo que puedo recordar más claramente es que le gustaba la literatura fantástica y la de ciencia ficción, pero estoy hablando de los años 60 cuando ya tenía una conciencia de lo que mi padre hacía.
 

 
 

Del deporte

Era una persona que le gustaba mucho la vida, muy viajero, muchas fiestas y le agradaba la buena conversación, bailaba muy bien el tango, era un gran estudiante de piano, era un gran deportista, nadaba muy bien... Había sido portero de futbol y antes de irse a trabajar se iba a entrenar en el campo Asturias; hay grandes fotografías de jugadas de él —mi hermano tiene varias y yo tengo otras porque nos las dividimos. Hubo una parada muy bonita que salió en una caja de cigarros que se llamaba Los Elegantes o Campeones, no recuerdo bien. Él era muy elegante al vestir. En esa época sacaba un suéter distinto en cada partido de futbol, porque fue siempre una persona que le dio mucha importancia a la elegancia, aunque fuera con un pantalón de gabardina y una camisa, iba bien combinado. Fue gran admirador del portero español Ricardo Zamora, El Divino, que dicen que fue el mejor portero del mundo, y usaba los suéteres que vestían los tenistas de aquella época, con rayas azules y distintos colores; usaba también la gorra típica que usaban los ingleses y rodilleras, que ya no se estilan.

Cuando él era portero conservaba su pelo, y jugó en el Asturias y en el España, dos equipos rivales que había en esa época. También era un gran aficionado a los toros, fue muy amigo de Manolete; cuando vino a México se lo presentaron e hicieron un amistad tremenda y jugaban frontón, porque los toreros necesitan fortalecer las muñecas. Manolete tenía un gran amor propio y mi padre jugaba muy bien al frontón; cuando le ganaba a Manolete le decía: "¿Cómo me quieres ganar al frontón si yo llevo años jugando y tú casi acabas de aprender?"

Los primeros libros

Se mostraba conforme con su novela Aquí abajo y le gustaban mucho los aforismos de Equinoccio. Estaba muy satisfecho de su obra, aunque una vez me dijo: "Tapioca Inn yo ahora la corregiría, porque la escribí muy joven". Le contesté que no, que las cosas tenían su época. Pero es el único libro que él me dijo un día que se había planteado cambiar.

Del exilio

Nosotros vivíamos en España desde 1960; habíamos estado allá cuando yo tenía como siete años, de 1953 a 54. Además, a Francisco Tario le gustaba mucho viajar; no estábamos sólo en España, ese país era como una plataforma. Él me contagió la enfermedad de los viajes, era un viajero incansable. Estábamos dos meses en Italia, otros en Alemania... Estuvimos otra vez en Europa de 1957 a 58 y después mi padre decidió irse a vivir a España. Nos fuimos definitivamente porque a él le gustaba España, sus padres eran de ahí, asturianos; mi abuelo murió muy viejo, a los noventa y tantos. Tomó esa decisión en parte porque quería mucho a su padre y el hombre ya estaba muy viejo. Mi abuelo murió en 1969. Yo estaba en Londres cuando supe de su muerte y quizá si no hubiera regresado a España para el entierro de mi abuelo todavía estaría viviendo en Londres.

Cuando uno cambia de residencia es muy difícil estar al día con las amistades. En ese momento a lo mejor se desconectó en cierta forma, porque fue amigo de José Luis Martínez y Octavio Paz, por ejemplo. La amistad con Paz se debió en parte al hecho de que fuimos vecinos. Octavio Paz dijo en una época que mi madre era la mujer más bella que había visto nunca; cuando mi madre salía al balcón Octavio Paz la veía desde la casa de enfrente: ella tenía el pelo muy largo de un color caoba. Muy pronto se hicieron amigos. Unas veces los Paz venían a la casa y otras veces mis padres los visitaban. A Juan Soriano quizá lo conoció por medio de mi tío Antonio. A José Luis Martínez supongo que lo conoció en una fiesta, en una reunión y conectaron muy bien. La primera crítica literaria sobre la obra de mi padre la escribió José Luis Martínez.
 

 
 
Mágico fantasma

No sé por qué dejó de publicar. Fue una etapa en la que nosotros estábamos creciendo y requeríamos más atención. No es lo mismo los niños que puedes dejarlos al cuidado de alguien, que los muchachos. Luego me imagino que el periodo de adaptación ha de haber sido más duro para él. Nunca sabe uno las verdaderas razones. ¿Por qué no escribió desde esa época hasta Una violeta de más que salió en el año 68? Fue el último libro que mi madre leyó —ella murió en 67— en voz alta, para que mi padre lo escuchara. A mi madre le dio un derrame cerebral. Fue algo inesperado y además no hubo ocasión de poder operar ni nada; era tan profundo el derrame que hubiera quedado realmente mal de haber sobrevivido. El libro se lo dedica a mi madre: "Para ti, mágico fantasma, las que fueron tus últimas lecturas". A partir de ahí mi padre, que quería muchísimo a mi madre, se fue como dejando morir y dejó de escribir. Escribía nada más que para él, era su forma de manifestarse.

Anotaba por ejemplo sus estados de ánimo. Cuando él murió tuve que hacer la revisión de su archivo y encontré papeles que decían: día "X", hoy me siento mal, tengo tristeza, el médico me ha mandado tal o cual cosa... Después de revisarlos los pasaba a máquina, los guardaba en una cajita y nadie sabía que existían. Escribir era su forma de expresión. Era un gran conversador, tenía una gran cultura literaria, cinematográfica y pictórica, tenía muchas anécdotas que contar pero era una persona que básicamente se pasaba el día leyendo y escribiendo.

Dos muertes

Cuando murió mi madre él empezó a abandonarse y lo que comenzó como una cosa psíquica acabó siendo cardiaca. Mi madre murió en marzo del 67 y mi padre murió en diciembre del 77, diez años después. Además, cuando cada uno de mis padres murió yo estaba con ellos. Cuando mi madre cayó enferma yo tenía una lesión muy fuerte, me había roto la tibia y el peroné; el médico me mandó tomar baños de sol después de llevar durante 18 meses el yeso y subía a la azotea a tomar el sol. Una de las veces que bajaba le pregunté cómo estaba y ella me respondió que se sentía muy fea, me pidió el espejo y el peine. Mientras se arreglaba empezó a recordar épocas, como a reembobinar un poco la vida. En ese momento vino el derrame, se le pusieron los miembros rígidos y yo me asusté muchísimo. Fui por mi padre que estaba anotando todos los medicamentos que había tomado mi mamá, todas la atenciones médicas que ha-bía recibido, para tener un control de su evolución, y llamamos a una ambulancia y la hospitalizaron en cuidados intensivos. A los tres o cuatro días le dio un segundo derrame, éste sí mortal.

Y luego cuando mi padre enfermó... El médico nos dijo que estaba muy mal. Mi hermano Sergio y yo tuvimos que decirle: "Padre, tenemos que ingresarte", y él respondió que prefería quedarse en su casa, él sabía que en el momento que te mencionaban el ingreso al hospital era el fin. Por fin aceptó. Cuando mi madre murió él quería cambiarse de casa, quería huir de la realidad, que es cruda cuando pierdes a un ser querido, y le dijimos: tenemos que volver a nuestra casa, la vida tiene que seguir adelante. Incluso él en ese momento se planteó vivir o en otro lugar de España o en otro país, pero uno no puede huir de esas cosas. Y aunque él se resistía a dejar la casa, cuando enfermó consintió y yo me di cuenta de que era el final.

Los médicos a veces son muy bruscos por su profesión, lógicamente ven muchas atrocidades, tienen una armadura con la que ya no les afecta gran cosa, como a nosotros que vemos un poco de sangre y nos mareamos. Recuerdo un día —él nunca perdió el humor negro ese que tenía—, una anécdota que yo viví y muy poca gente la sabe si yo no la cuento: lo estaban revisando con el estetoscopio y mi padre ya estaba muy mal. El médico le dijo: "Coño, respire". Mi padre le respondió: "Cómo doctor, ¿como si estuviera en el parque?" Él se estaba muriendo y apenas podía respirar, pero no perdió su humor negro en esos momentos.
 

 
 
En la madrugada estábamos agotados de las tensiones y todo eso, el médico nos dijo: "Cualquier cosita nos hablan". En esos momentos estaba presente mi tío Antonio. Él y mi hermano Sergio se fueron a la cafetería a comer algo, porque estaban agotados, con la promesa de que al regresar ellos iría yo; el médico me había dicho que pusiera una mano en su pecho y si notaba que dejaba de respirar le avisara. Mi padre quiso quitarse los tubos muchas veces y los médicos volvían a ponérselos; él decía que si ya iba a morir por qué no lo dejaban. Yo pienso que a la gente hay que dejarla morir, pero los médicos tienen el deber de conservar la vida. El caso es que yo le puse la mano en el pecho y apenas se notaba la respiración. Cuando los médicos me vieron salir ya estaban prevenidos: entraron veinte personas entre médicos y enfermeras. Rápidamente trajeron oxígeno; si un paciente llega a ese punto creo que es la muerte parcial del corazón y ya no hay nada que hacer. Cuando vinieron mi tío Antonio y Sergio, él ya había muerto.

A partir de eso tuve una labor muy dura. Mi hermano ya se había casado y yo vivía solo con mi padre: fue muy duro revisar en los closets lo que él tenía guardado bajo llave, tenía ahí todos sus escritos, su vida, su recuerdos... También fue duro porque estaba la ropa de mi madre, tal como ella la había dejado, me acordaba de ella al mismo tiempo que de mi padre. Mi madre y él hacían una pareja inseparable y la muerte de ella lo desgajó.

De los apuntes que encontré puedo decir que básicamente describen estados de ánimo, son una especie de diarios en los que contaba cómo se sentía, los medicamentos que había tomado... Establecía una suerte de diálogo entre el retrato de mi madre que estaba entre la sala y el comedor y él. Encontré algunos dibujos de tipo erótico que están sin fechar, y varios poemas de juventud escritos para mi madre.

Texto para una exposición

Tuve una exposición en Madrid. Una amiga que hacía crítica de artes plásticas llevaba una columna en un periódico que se publica en lengua inglesa; esta amiga por esos días estaba enferma y me dijo: "No voy a poder escribir pero te cedo mi espacio, si tú consigues un buen texto se te publica". Yo le dije a mi padre que iba a exponer y que tenía esta columna que era muy leída y que sería interesante ver un texto suyo traducido al inglés. Su respuesta fue contundente: "No". Salí a la calle y más tarde cuando regresé a casa me dijo que había escrito un textito y que a ver qué me parecía. Bueno, pues este texto lo llevé al diario aquel, les encantó y lo publicaron. Lo escribió en el mes de noviembre y él murió en diciembre. Para mí fue muy gratificante que su último texto lo haya escrito sobre mi obra pictórica.

Del teatro y la novela

Al final él ya no quería saber nada de publicar. Fueron dos o tres veces de Alianza interesados en editar las obras de teatro, pero él ya no quiso saber nada. Las obras las dio por terminadas; yo no sé si intentó o no escenificarlas. Siento que no es un teatro fácil. Un productor de teatro busca una obra comercial, la obra que sabe le va a dar dinero seguro y no una obra extraña, ardua de escenificar, con un montaje caro. Sí dio por terminadas las obras, incluso las llevó a registrar a la sociedad de autores para protegerlas, o sea que sí las consideraba. Incluso en las que yo encontré había unas que decían "no" y otras que no decían nada y que estaban muy bien engargoladas, que eran versiones definitivas de esas tres obras que escribió, hasta les puso el sello de la Sociedad de Autores. Él sí estaba a gusto con las obras pero o no tuvo la oportunidad o no quiso llevarlas a escena.

En España se conoció Una violeta de más en la edición de Joaquín Mortiz. Él siempre dijo que si en vez de haber escrito en español hubiera escrito en inglés habría tenido mucho más éxito, porque su literatura es muy anglosajona; hasta que aparecieron Borges, Cortázar, García Márquez con toda esa forma de narrar no había precedentes en Hispanoamérica de ese tipo de literatura fantástica, irreal o como quiera uno llamarla. Era muy reservado en cuanto a su obra; cuando él estaba escribiendo un libro se concentraba en eso. Mi padre nos daba a leer lo que escribía pero nunca nos hizo saber lo que pensaba acerca de sus textos.

 
 
   
Jardín secreto

No era muy productivo en sus libros porque era minucioso, corregía y volvía a corregir. Después nos lo daba a leer: cuando éramos adolescentes, a nosotros; cuando éramos chicos, a mi mamá. Quería sentir cómo sonaba el texto. A veces con un libro tardaba mucho tiempo. Con la novela ocurrió eso; de pronto trabajaba en ella dos años y luego, como los vinos, la dejaba reposar. Empezó la novela recién llegados a España, la fecha exacta no la puedo decir, sería entre 1963 y 1965. Manejó varias versiones y cuando di con ella era un barullo espantoso. Encontré varias carpetas y en algunas páginas decía "no" y otras estaban llenas de interrogaciones; saber entonces cuál era la que daba por válida era difícil. Recuerdo que cuando la estaba escribiendo y nos la daba a leer, decía: "Esta parte no me gusta, hay que suprimir esta otra". Era muy exigente en su escritura. Yo señalé mis dudas en cuanto al original cuando me pidieron que enviara a México una versión definitiva, y aun así me dijeron: "Lee el material y lo que tenga más coherencia nos lo mandas". Con la ayuda de mi tío Antonio y mi hermano Sergio llegamos al acuerdo de cuál podía ser la versión que a él le hubiera gustado ver impresa. A lo mejor no era la que él hubiera aprobado, pero era tan difícil saberlo. La comenzó a escribir como por 1963, cuando ya estábamos en España. Se fue escribiendo por épocas a partir tal vez de 60. Luego de un tiempo la guardaba y la volvía a sacar; y luego sobrevino la muerte...

Está concluida, tiene fin y todo. Lo que pasa es que de una versión a otra hay cambios, de tal forma que no se sabe cuál de las versiones le hubiera gustado. Yo encontré tres versiones. Además, como en algunas se había equivocado en la numeración de las hojas o en algunos casos estaban en desorden, fue un poco difícil reordenarla.

Tenía la intención de ver si alguien se la quería publicar, estaba satisfecho. Cuando uno pone fin la obra está sujeta nada más a ciertas correcciones —suprimir esto o añadir esto otro—, pero ya estaba hecha. Es curioso, los últimos textos que escribió no tuvo el menor interés en publicarlos. No sé si porque Una violeta... fue el último libro que leyó mi madre; como una cuestión personal, ya no quiso escribir públicamente. Con la muerte de Carmen Farell, mi madre, como que se le acabó el mundo y se apartó de todo.• 

*Alejandro Toledo (ciudad de México, 1963) ha sido becario del Centro Mexicano de Escritores y del Fonca. Entre su amplia bibliografía destacan Atardecer con lluvia (cuento), Dujardin y el monólogo interior (ensayo), Cuaderno de viaje: James Joyce y sus alrededores (varia), así como varios volúmenes de conversaciones literarias.