Rapsodia de agosto

*Rodolfo Bucio
A Esther
 

Los recuerdos suelen propiciar la muerte, porque la muerte es, siempre, nostalgia del paraíso.

La lluvia resbalaba despacio y segura sobre el vidrio de la ventana. Las hojas se cargaban del líquido y luego debían doblarse ante el enorme peso. Casi sin ruido fue acercándose, con el gato en las manos, a los cristales. El laberinto que el agua producía era cada vez más insoportable: viendo al gato y casi estrujándose el pelo, sosteniéndolo con fuerza, jugaba a sacar pequeñas chispas; la electricidad le corría por los vellos de la mano y disfrutaba la depresión.

Yo abriré a las parábolas mi boca.
Expondré los arcanos de los tiempos idos.
Salmos LXXVII, 2

La noche podía ir cayendo como la lava que todo va cubriéndolo, pero no era capaz de envolverlo; siempre hay salida del refugio del Minotauro, y Él, Teseo inconforme, no sería la excepción. El cordel, el gato, estaba en su mano; era el siamés que Ella alguna vez le regaló en una tarde gris, plomiza, fría, con aire y ligera lluvia; una banca frente a aquellas casas afrancesadas que le robaron un pedazo al bosque, un lugar junto a los que siempre, como Ella, tienen las puertas abiertas; el sitio perfecto para planear el crimen; y Ella le dio el gato que lo guiaría en la oscuridad, que iba a conducirlo de nuevo al aire puro después de haber dado muerte al Minotauro. Y ahora el gato chillaba ante la fuerte presión de las manos que lo sostenían frente a la ventana lluviosa.

Pero los recuerdos de esa noche, cuando Ella se fue, continuaban devorándole los intestinos. No se iba para siempre, pero seguir viéndola sin la posibilidad de ser suya era peor que haberla perdido de una vez. No. De alguna manera se quedaría, para torturarlo con su nostalgia de tiempos mejores, con sus ideas, con su gusto por los días grises y lluviosos que la deprimían, que jugaban tan bien con su palidez porque le conferían luminosidad. Y de pronto se instalaba en el doble fijo del tiempo y lo orillaba a decir siempre que sí y la posible voluntad se resquebrajaba ante los labios de Ella.

El carruaje que la llevaría fuera del paraíso se detuvo junto a Él. El auriga tuvo que suplicar que le dejara acomodar los caballos blanco y negro. Y la imagen era justa: al emprender el vuelo fuera del paraíso los corceles tirarían cada uno hacia su lado, ¿caería su alma al abismo, condenada a servirse de otro cuerpo para la purificación? Pero ahora miraba el carro alado con impaciencia. De un momento a otro Ella aparecería del brazo del Otro, bajando la escalera sonrientes; y a Él, allá abajo, escondido tras el caballo negro, cual alfil temeroso, sólo le era permitido mirar; aunque hubiera podido arruinar todo, montar el carruaje y llevárselo, rompiendo el encanto. No lo hizo. Porque cuando miró el rostro de Ella comprendió que estaba más hermosa que nunca, que el peplo de Afrodita no hubiera podido igualarse al que ahora portaba. Sí, no era capaz de contrariar aquella sonrisa lumínica que esparcía sus rayos hacia todas partes; nunca se hubiera perdonado echar a perder semejante fiesta. Se contentó con mirarla: bajo aquellos afeites que la hacían lucir bellísima debía esconderse la palidez de siempre, el ámbar que Él amaba; y la miró, escondido tras los caballos, bajar lentamente la escalinata, repartiendo besos y sonrisas, apoyada en el brazo del Otro. Quiso correr a besarla, a abrazarla para recordar que aún le pertenecía, pero las piernas no quisieron obedecerle; y comenzó a llorar. Entre la alegría de Ella, evidente por su sonrisa, el llanto de Él apenas se escuchaba, porque lo hacía en silencio como respetando la magia, porque ahora se descubría desnudo frente a Ella y estaba condenado a sentir pudor e impulsos por cubrirse. Los caballos relincharon y oyó la voz de Ella llamándolo. Miró al cielo y la eterna sonrisa resplandecía incólume con destellos en extraños colores, despidiendo perfumes que le invadieron los pulmones hasta hacerlos estallar. Estaban frente a frente y Ella sonreía, como una niña que sabe que nada tiene que temer. Y las voces ajenas, semejantes a aquellas trompetas que alguna vez derribaron murallas, resonaron para impedir el encuentro. La turba del coliseo pedía sangre y el Otro, consciente de su poderío y posición privilegiada, parecía dispuesto a complacerlos. Movió apenas las manos y el auriga, como un fiero cancerbero, saltando al piso estrellado, se arrodilló junto a su amo.

 
 
   

Terminó de escuchar las órdenes y corrió sobre Él y, estrujándolo por los cabellos, lo arrastró sin misericordia. En un movimiento rápido le puso cera en los oídos y la boca y lo amarró con fuerza al mástil mayor. El sabor de la cera le copaba todos los sentidos haciéndolo vomitar su impotencia y la sangre que ya le corría en el cuerpo por los esfuerzos para liberarse. Ella y el Otro subieron al carruaje alado entre vítores de la multitud de usureros y comerciantes. El auriga blandió el látigo y los corceles brincaron hacia el cielo, al espacio abierto. Y Él, impotente, sangrando leche y miel por cada uno de los poros, con la frente perlada de sudor por el paraíso que acababa de perder, con el madero a las espaldas, los vio elevarse, surcar el aire para alejarse hacia la tierra prometida. En ese momento el sol detuvo su movimiento y comenzó a llover y las gotas, que luego inundarían todo, mojaban lentamente la ventana que Él miraba mientras sostenía al gato con fuerza inaudita, sobrenatural, pensando en el crimen que acababa de cometer.

*Rodolfo Bucio (ciudad de México, 1955) estudió filosofía en la UNAM. Fue becario INBA-Fonapas (1982-83) y del Centro Mexicano de Escritores (1985-86) en narrativa. Ha publicado los libros de cuentos Las últimas aventuras de Platón, Diógenes y Freud (sep, 1982) y Escalera al cielo (Cuadernos de Estraza, 1982) y el de prosa poética Geoda (UAM Xochimilco, 2000).