La ofensiva del imperio
*Jaime Osorio
Las tesis centrales formuladas en Imperio de Michael Hardt y Antonio Negri (Barcelona, Paidós, 2002) son poco novedosas. Vienen siendo formuladas desde hace un tiempo en las ciencias sociales. Lo nuevo radica en la integración que se realiza de las mismas y la perspectiva multidisciplinaria como son abordadas, lo que ofrece una visión que no es común en estos tiempos. Todo ello aderezado con formulaciones secundarias de sesgo foucaultiano —como el biopoder y la presencia de sociedades disciplinarias— de indudable interés.

Son tres las tesis en las que nos ocuparemos: la referida al Estado-nación y la soberanía, el rechazo a las nociones de centro y periferias, y la pérdida de centralidad y territorialidad del poder.

Estado-nación y soberanía

En las discusiones sobre la suerte del Estado-nación en tiempos de mundialización se presentan confusiones en torno a tres categorías-procesos —de las que no escapa Imperio— que es necesario diferenciar. Me refiero a Estado, Estado-nación y soberanía.

El Estado es la condensación de las relaciones de poder político que atraviesan a la sociedad, por medio de las cuales determinados agrupamientos humanos (clases, fracciones y sectores), sea por medios coercitivos o consensuales, imponen sus intereses. En un proceso simultáneo a la emergencia del capitalismo, en Europa toma forma el Estado-nación, entidad que reclama —entre sus elementos centrales— fronteras establecidas para el ejercicio del poder político sobre un territorio y el control de los medios de violencia, por la vía del establecimiento de ejércitos permanentes y de la policía. La soberanía plena, por último, remite a la capacidad estatal de decidir con autonomía, en el interior y hacia el exterior, sin condicionamientos establecidos por otros Estados o entidades.

A partir de esta síntesis conceptual podemos entender que el Estado-nación puede existir con independencia de los grados de soberanía que éste presente. Su razón central se dirige a cumplir con las tareas del poder político en territorios delimitados. Eso es lo específico de cualquier Estado-nación.

Dentro de un sistema internacional que establece reglas para la acción de los diversos Estados, primero hacia el exterior y después al interior, es difícil encontrar Estados que ejerzan soberanías plenas. Ésta siempre ha estado acotada. Sin embargo, es necesario diferenciar entre ejercicios de poder y de soberanía entre los Estados. Hardt y Negri lo reconocen cuando definen la pirámide del poder global, ubicando en la cúspide del primer tercio a Estados Unidos, quien "tiene la hegemonía del uso global de la fuerza, una superpotencia que puede actuar sola", y al "grupo de Estados-nación que controla los principales instrumentos monetarios globales". En el segundo tercio "reside el conjunto general de los Estados-nación soberanos", en tanto que en el último se ubica "el colectivo de Estados subordinados o menores" (pp. 286-287). Esta trilogía parece asimilarse a la propuesta de centros, semiperiferias y periferias en el antiguo lenguaje cepalino y de la teoría de la dependencia, y retomado por Braudel y Wallerstein. Pero los autores de Imperio rechazan esta caracterización ya que —entre otras razones— se lleva mal con su tesis del arribo, en la etapa pos-moderna en que nos encontraríamos, a un poder descentrado y desterritorializado.

La jerarquización en materia de poder global anterior es también una jerarquización en materia de soberanía. Nuestra tesis es que ésta nunca se ha ejercido ni se ejerce de manera homogénea en el sistema mundial capitalista. Por el contrario, es consustancial a su lógica de ejercicios diferenciados de soberanía, siendo mayor en las regiones y países centrales, y más reducida en las regiones y países periféricos o dependientes.

Cuando la Ford, el fmi, el Grupo de los Siete o simplemente el gobierno estadunidense intervienen en la toma de decisiones estatales en el mundo dependiente, están siguiendo un patrón antiguo en la materia (baste recordar el papel de la itt y de Henry Kissinger en el golpe militar de 1973 en Chile). Por eso no deja de ser curioso que a fines del XX y a comienzos del siglo XXI se descubra que el Estado-nación de las regiones periféricas y dependientes se vacía de soberanía. 

Aquí es necesario destacar que este vaciamiento es resultado no sólo de las naciones o conglomerados internacionales más poderosos. El asunto clave es la colusión de intereses entre las clases hegemónicas del centro del sistema con las dominantes de la semiperiferia y de la periferia. En tanto, estas clases se desarrollan cobijadas en proyectos económicos y políticos que se articulan con —o forman parte de— proyectos centrales y en donde prevalecen los acuerdos por sobre los conflictos, para el Estado-nación de las regiones dependientes el asunto de la soberanía se ha ejercido siempre de manera acotada, prevaleciendo en general la ausencia de proyectos autónomos. Cuando estos proyectos se han hecho presentes, la intervención desde el centro —abierta o encubierta— para socavar la soberanía que se busca ejercer ha sido una vieja pero efectiva fórmula.

De centros y periferias

Enfrentar el problema del ejercicio diferenciado de soberanía en el capitalismo implica concebirlo como un sistema mundial heterogéneo: una unidad conformada por centros, semiperiferias y periferias. El acento de estas diferencias radica en la capacidad de diversas regiones y Estados-nación de apropiarse de valor (centros) producido en otras regiones y Estados-nación (particularmente la periferia), proceso que en la historia del capitalismo presenta diversos cambios, sea porque el centro se ha desplazado (Venecia, Países Bajos, Gran Bretaña y Estados Unidos, en una rápida enumeración), sea porque se ha extendido el campo de la llamada periferia por la incorporación de nuevas regiones y territorios al mercado mundial.

Afirmar entonces que "no hay diferencias de naturaleza, sólo diferencias de grado" entre "Estados Unidos y Brasil, Gran Bretaña e India" (p. 307) es ocultar de manera burda un asunto crucial en la dinámica de cómo opera el capitalismo como sistema mundial.

Vistos de manera aislada, puede ser cierto que existen talleres en Nueva York o París que pueden rivalizar en materia de explotación con los de Hong Kong y Manila (p. 307). Es real que existen bolsones de miseria en las regiones centrales (la llamada tercermundización en el centro), al tiempo que se han gestado enclaves de enorme riqueza en la periferia (rasgos de primermundización en la periferia).

Además de las diferencias de grado en cuanto a la magnitud de estos procesos en unas y otras regiones, más importante es constatar que ellas obedecen a diferencias de calidad: no es lo mismo economías que logran apropiarse de valores producidos en otras, lo que les permite gestar economías en donde los asalariados se incorporan de manera activa al mercado interno, frente a las que son objeto de expropiación de valores. Aquí, sus clases dominantes —como forma de compensar estas transferencias— generan mecanismos en donde parte del fondo de consumo de los trabajadores es convertido en fondo de acumulación del capital, por la vía de brutales formas de explotación. La mayoría de los asalariados tienden a ser marginados del mercado interno o incorporados de manera tangencial, propiciando sociedades con marcadas polarizaciones sociales.

El diluir la heterogeneidad estructural que atraviesa al sistema mundial capitalista permite a Hardt y Negri dar sustento a la tesis más cuestionable: la ausencia de centralidad en el asunto estatal y la desterritorialización del poder político.

Un poder sin centros
ni asientos territoriales

La tesis de Imperio en la materia se sintetiza en este párrafo:

En contraste con el imperialismo, el imperio no establece ningún centro de poder y no se sustenta en fronteras o barreras fijas. Es un aparato descentrado y desterritorializador de dominio que progresivamente incorpora la totalidad del terreno global dentro de sus fronteras abiertas y en permanente expansión (p. 14).
Esta tesis se ve cuestionada de modo permanente por las afirmaciones que realizan los autores en otras páginas. Ya hemos señalado que en su descripción de la pirámide del poder global indican que "en el angosto pináculo […] hay una superpotencia, Estados Unidos".

Al referirse al tema del mando imperial, Hardt y Negri aseveran que "el desarrollo de las tecnologías nucleares y su concentración imperial limitaron la soberanía de la mayor parte de los países", constituyendo el primer medio —el biopoder— del control absoluto. El segundo es el dinero, en tanto el éter es el tercero. De manera condicionada señalan que "podría parecer que Estados Unidos es la nueva Roma o que está conformado por un grupo de nuevas Romas: Washington (la bomba), Nueva York (el dinero) y Los Ángeles (el éter)". Pero esto no es así ya que "la fundamental flexibilidad, movilidad y desterritorialización instalada en el corazón mismo del aparato imperial desestabiliza de manera continua cualquier concepción territorial del espacio imperial de este tipo".

Sin embargo, la confrontación con la realidad los obliga a poner freno a sus elucubraciones posmodernas de redes desjerarquizadas y desterritorializadas. Por ello terminan aceptando que "tal vez puedan asignárseles ciertas determinaciones territoriales parciales al monopolio de la fuerza y a la regulación del dinero" (pp. 314-317), no así a las comunicaciones.

Esos frenos también se hacen presentes en la ubicación del resto de entidades que dan vida a la pirámide del poder global. Debajo de la cúspide, y siempre en el primer tercio, se ubica "un grupo de Estado-nación que controla los principales instrumentos monetarios globales", como el G-7, el Club de París, Davos, etcétera.

A nuestros autores no les causa ningún cuestionamiento constatar que en el pináculo de esta descripción del poder global sólo mencionen Estados que conforman el coeur del sistema mundial capitalista, y que sólo muy abajo ubican a los Estados "subordinados o menores", que es como nombran a los Estados periféricos o dependientes.

A pesar de la jerarquización que propicia la mundialización entre regiones y Estados en materias económica y política, Hardt y Negri optan por diluir esas jerarquizaciones: "el espacio de la soberanía imperial […] es uniforme" y en él "no hay ningún lugar del poder: éste está a la vez en todas partes y en ninguna" (p. 181).

No tiene mayor relevancia para su interpretación que en el segundo tercio del "mando global unificado" sean "las redes que han extendido a través del mercado mundial las grandes empresas capitalistas transnacionales" quienes ocupen la posición privilegiada, y que los centros territoriales de esas empresas se ubiquen en Estados Unidos, luego en la Unión Europea y por último en Japón.

 
 
 
 
 
 
 
 
   
Tampoco que "la división geográfica de la fabricación creó una demanda de administración y planificación cada vez más centralizadas", propiciando que "los productores de servicios financieros y los relacionados con el comercio concentrados en unas pocas ciudades clave (como Nueva York, Londres y Tokio) administran las redes globales de producción" (p. 276). No les llama la atención que no sean El Cairo, Buenos Aires o Lisboa, para no mencionar Puerto Príncipe o Luanda.

En Imperio todo es difuso, como difuso es el sujeto que se le opone, la multitud. Por aquí quizá se encuentran las claves de la calurosa acogida que esta obra ha recibido en núcleos culturales imperiales y —no podía ser menos— en los del mundo periférico.• 

*Jaime Osorio es chileno. Estudió sociología. Es profesor-investigador de la UAM Xochimilco.