La imposibilidad de la novela
como potencial tema literario
*Eve Gil 
¿Qué extraña fuerza empuja a José García hacia su cuaderno? ¿De qué insondable región de su sangre surge esa necesidad casi viciosa de escribir y escribir, rellenando planas y más planas, si dicho ejercicio no le aporta ninguna satisfacción material? ¿Por qué, dividido entre la impotencia y el remordimiento, José García no puede dejar de escribir? Sólo algo nos queda claro: escribir, para José García, representa lo mismo un goce inefable que una fuente de sufrimiento. Sabe que no puede vivir sin la escritura, pero a la vez lucha contra ese impulso.

Josefina Vicens, tocaya de José García y autora de El libro vacío, la novela que lo contiene, la escribe como respuesta a tres preguntas que Emmanuel Carballo le solicita desarrollar en tres cuartillas: ¿por qué escribo?, ¿para qué escribo? y ¿cómo escribo? Preguntas en las que, a decir de Josefina, "he sufrido mucho al contestarte". Por qué opta por una voz masculina para escribir acerca de su vocación de escritora es algo que se ha tratado hasta la saciedad y que la mayoría de las teóricas feministas insiste en atribuir a una forma de "lograr mejor acceso a un mercado dominado por el hombre". 

Al respecto sólo puedo agregar —el propósito del ensayo es muy otro— que la crítica ha brindado desmedida importancia a algo que no la tiene. Siguiendo la demagogia incluyente, el o la escritora pueden asumir la voz narrativa que mejor se acomode a su narración. Se ha especulado también acerca del empleo de un seudónimo masculino por parte de Josefina, quien firmaba como Pepe Faroles y Diógenes García sus columnas en el periódico Torerías y la revista El sol y sombra, cuando antes que ella Aurora Dupin, Cecilia Böhl y Mary Evans firmaron respectivamente como George Sand, Fernán Caballero y George Elliot. 

Josefina Vicens nació en San Juan Bautista, Tabasco, el 23 de noviembre de 1911 y murió en la ciudad de México el 22 de noviembre de 1988. Estudió filosofía, letras e historia en la unam. Fue presidenta de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas y ejerció principalmente como guionista de cine. El libro vacío fue la primera de dos novelas. La segunda, Los años falsos, se publicó catorce años después que la primera, es decir, en 1982. Como Juan Rulfo, publicó únicamente dos libros y varios guiones cinematográficos (que en su caso no han sido rescatados), lo que pudiera llevarnos a concluir que la narradora tabasqueña padeció la sequía temática de su personaje.

Como Josefina, como Rulfo, como Kafka, José García escribe sobre su escritura desde el anonimato. Posiblemente sea el tema entrañable de todo escritor, porque confrontar la escritura es navegar en el origen. José García no es Vargas Llosa ni Stephen Vicenzy ni Marguerite Duras, por citar a algunos que han escrito sobre su escritura desde la postura del escritor consolidado. García está mucho más próximo a nosotros, lectores-escritores. Su inseguridad es espejo más nítido de nuestros temores, porque nos devuelve la imagen del escritor que lidia desarmado con la escritura y sólo a través de ésta vive experiencias que su vida cotidiana no le permitiría. 

Dice Josefina en su dedicatoria: "A quien vive en silencio dedico estas páginas, silenciosamente". Muy elocuente respecto a la naturaleza de esta actividad clandestina del hombre que la sociedad no reconoce como escritor, porque no gana dinero por escribir. Por supuesto, hasta los escritores de mayor renombre se reconocen en ese hombre solitario que sólo se encuentra a sí mismo en su cuaderno, como sería el caso de Octavio Paz, quien hondamente conmovido por el personaje y su circunstancia le escribe a Josefina: 

la imposibilidad de escribir y la necesidad de escribir, el saber que nada se dice aunque se diga todo y la conciencia de que sólo diciendo nada podemos vencer a la nada y afirmar el sentido de la vida, yo también, a mi manera, lo he sentido y procurado expresarlo en muchos textos de ¿Águila o sol? y en algunos poemas de otros libros.


La novela plantea un conflicto central: ¿qué es un escritor? Más específicamente: ¿en qué momento puede el escribiente asumirse "escritor"? José García, alter ego de Josefina Vicens, necesita escribir una novela, pero además de no contar con un tema tampoco sabe por dónde empezar. Nunca menciona las lecturas que atizan su deseo de escribir —si bien en la página 94 hace alusión a "los libros que me conmueven" y que hubiera querido escribir—, no ofrece la impresión de ser gran lector, más por omisión que por efecto. Algo en su tono nos hace suponer que su conocimiento es empírico e instintivo, aunque implique no sólo un acercamiento previo al género que pretende abordar, sino una observación concienzuda del mismo. Veamos, por ejemplo, lo que nos dicen acerca de la construcción de personajes el propio García y Ray Bradbury:

Pero durante mucho tiempo me empeñé angustiosamente, en interminables noches de esfuerzo continuo, en poner en situaciones absurdas a unos seres absurdos también, que no sentían, ni hablaban, ni gesticulaban como lo hacen los seres humanos; que si se enfermaban era siempre para morir; que si lloraban no era sencillamente porque vivían, como lloramos a veces los hombres, sino porque algo terrible y truculento les había acontecido; que no esbozaban una sonrisa por el recuerdo de un agradable suceso lejano, sino que tenían siempre una risa actual, provocada por lo que otro personaje había dicho tres renglones arriba; que no hablaban de cualquier cosa, que, por ejemplo, no escupían; que no hacían nada común, improvisado, instintivo.

No; es que comprendo que debe ser trazado con tan naturales y sueltos intereses, que dé la sensación de que en cualquier momento puede escupir, aun cuando no lo haga durante todo el relato (pp. 36-37).

Busque un personaje como usted que quiera algo o no quiera algo con toda el alma. Dele instrucciones de carrera. Suelte el disparo. Luego sígalo tan rápido como pueda. Llevado por su gran amor o su odio, el personaje lo precipitará hasta el final de la historia. La garra y el entusiasmo de esa necesidad —y tanto en el amor con en el odio hay garra— encenderán el paisaje y elevarán diez grados la temperatura de su máquina de escribir.


Pudiera perfectamente construirse un diálogo entre ambos escritores con estos párrafos. Como se verá, José García, escritor instintivo, sabe perfectamente en qué consiste, aunque asegura no lograr el trazo de sus personajes. No cuando se propone hacerlo. Al escribir acerca de lo que a él le sucede, de su vida diaria, descubrimos, no sin sorpresa, que esos personajes cotidianos —su esposa, sus hijos, su jefe, su amante, sus amigos— adquieren esa espontaneidad de la que habla en el último párrafo. Pero José García está convencido de que una existencia como la suya no es digna de una novela. En este sentido valdría la pena revisar el concepto de novela que José García resumiría de la siguiente manera: "...si la emoción sencilla, encontrada sin buscarla, no está presente en cada línea, ¿qué es un libro?" (p. 17).

El marqués de Sade parece darle la razón a José García cuando dice: "Se llama novela a esa fabulosa obra compuesta por las más singulares aventuras de la vida de los hombres". Sin embargo, refiriéndose a la virtud de las novelas inglesas agrega: 

fueron Richardson y Fielding quienes nos enseñaron que el estudio profundo del corazón del hombre, verdadero laberinto de la naturaleza, es el único que puede inspirar al novelista, cuya obra nos hace ver al hombre no sólo como es o como aparenta ser —eso le corresponde al historiador— sino como puede ser, es como lo transforma el vicio y las secuelas de las pasiones...


No obstante que la vida de José García parece transcurrir en la inercia vemos que él no es inmutable. Lo único que permanece estancado es su afirmación de no poder escribir una novela. Por lo demás, evoluciona continuamente como personaje literario. José García es un burócrata clasemediero de 56 años, padre de un hijo adolescente y de otro pequeño y enfermizo, esposo de una ama de casa que ha olvidado que es mujer y asume de forma abnegada el indivisible rol de esposa y madre: "Las esposas de los hombres pobres son un poco mágicas" (p. 53). Se refiere a sí mismo con un "pobre hombre que tiene necesidad de escribir, como otro puede tenerla de beber". 

Si nos atenemos a la historia que sirve de fondo a la verdadera protagonista que no es José García sino la escritura, no estaríamos contando nada que no veamos y escuchemos a diario: un señor que harto de la rutina doméstica y laboral se busca una amante tan ordinaria como él mismo, y su esposa, la cual no tiene empacho en plancharle las camisas para que asista presentable a sus citas amorosas, espera se canse pronto de "la otra". 

Lo que hace de El libro vacío una "singular aventura" es el forcejeo entre la vida vulgar y su impulso creador; esa vocación que, sin él saberlo, lo hace interpretar de forma subjetiva —y por tanto literaria— la vulgaridad que lo rodea, percibir más allá del maternal asedio de su esposa y los besos obscenos de su amante, y al mirar distinto y más allá trastoca en literatura su cotidianidad. José García se avergüenza, no obstante, de ser una criatura, diría Bradbury, "de fiebres y arrebatos",6 sin entender que es parte de su afán creativo. Una perfecta definición de ser escritor la da José cuando dice: "Es como ser dos. Dos que dan vueltas constantemente, persiguiéndose". 

La búsqueda desesperada del artista que no sabe que lo es, y probablemente nunca lo sepa, se aúna a la del hombre que se ve inmerso en una vida que no puede ser la suya, porque su percepción del mundo —que no es la misma que la de sus compañeros de oficina— es la de un escritor para quien su cita clandestina con el cuaderno, que le permite un acceso libidinal a la suave textura del papel y una comunión casi mística con la pluma: es la única puerta al mundo que realmente quiere abrir.

 
 
 
 
 
 
 
 
   
El apelativo "escritor" asusta a José García, como asusta a otros que, como él, llenan cuadernos en el anonimato. Incluso algunos, consagrados y todo —como Elena Poniatowska, quien opta por autonombrarse "periodista", porque lo otro suena muy petulante. Ser poeta, en cambio, pareciera ser una aspiración mística, pero José García lo que quiere, concretamente, es escribir una novela. La escritura por sí misma, no obstante, parece ser su motor. No puede dejar de escribir aunque se imponga el pretexto de una novela. El impulso vital de la creación es el que define al escritor. En este sentido señala Julieta Campos que Josefina Vicens ha escrito un libro desprovisto de todo lo que no sea esencial:
Mi mano no termina en los dedos: la vida, la circulación, la sangre, se prolongan hasta el punto de mi pluma. En la frente siento un golpe caliente y acompasado. Por todo el cuerpo, desde que me preparo a escribir, se me esparce una alegría urgente. Me pertenezco todo; no hay un átomo de mí que no esté conmigo, sabiendo, sintiendo, la inminencia de la primera palabra (p. 93).• 
*Eve Gil ha recibido diversos premios y becas por su trabajo periodístico y literario. Su más reciente novela, la tercera de su producción, Réquiem por una muñeca rota (cuento para asustar al lobo), fue editada en 2000 por el Fondo Editorial Tierra Adentro. 
 Notas

 1Josefina Vicens, El libro vacío, México, Transición, 1978.

 2Ibid.

 3El zen en el arte de escribir, traducción de Marcelo Cohen, Barcelona, Minotauro, 1995, p. 15.

 4 Marqués de Sade, Ideas sobre la novela, traducción de Pilar Ortiz Lovillo, México, Verdehalago/Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo, 1998.

 5Ibid.

 6El zen en el arte de escribir, op. cit., p. 14.