Leyendas de la cama en tiempos de peste
 
*Wolfgang Hildesheimer
Noche de estío... yazgo aquí en esta cama que otrora dio cabida a siete durmientes, pero desde hace mucho, mucho tiempo no han yacido aquí siete durmientes, no desde aquella noche en la primavera tardía o, digamos, en el incipiente verano del año de 1522, entonces yacieron quizá siete durmientes en esta cama, por última vez...

...anochecía cuando un hombre llegó a la posada en que se encontraba esta cama; un monje quizás, enjuto y flaco, con excepción de sus pies descalzos, grandes, anchos, endurecidos en caminos llenos de renuncia; llegó cansado; llevaba tal vez semanas caminando, venía de San Gallen y su meta era Irlanda. Entró en la posada, pidió limosneando un potaje de sobras que la fondera le dio de manera gustosa, ya que alimentando a los huéspedes mendicantes esperaba conservar un lugar en el más allá, lugar que, por varias razones, no le parecía tener asegurado. Él, el monje, come, murmura en forma apresurada sus oraciones, hace sus otras necesidades exiguas, sube al dormitorio donde se hallaba esta cama, se despoja de su escapulario, del cíngulo que sujeta el hábito, mientras que abajo, quizá, se aproxima a la noche de la puerta de la entrada un segundo caminante, una caminante en esta ocasión. El monje conserva puesto el hábito, dándole vueltas al rosario alrededor de la muñeca, a fin de que las gastadas cuentas oren sin reposo mientras él reposa. Va hacia la cama, alza el cobertor y, pensando en ser el primero en levantarse, elige acostarse en la orilla extrema, llevado no por el pudor —que en este tiempo aún no existía— sino por la premura del largo camino que tiene por delante. No piensa en tentaciones.

** Traducción de 
Christine Hüttinger

¿Brillaba la luna?

Sí, o digamos, aún no brillaba, pero empezaba a asomarse, una luna en cuarto creciente tal vez, todavía no había alcanzado la ventana tras la cual descansa el fraile, pero en cambio proyectaba su larga sombra junto al segundo huésped, la huéspeda, quien, mientras el monje se desviste, está frente a la puerta, mientras el monje se acuesta, entra a la casa quitándose así de la sombra lunar; es una dama que había conocido noches mejores y que temía experimentar peores, pero ya no las habrá de conocer, una cortesana, la voy a llamar Anne. Ella está envejeciendo y por ello ha perdido los favores de su último galán, el viejo duque de Northumberland —si acaso en aquel entonces este título estaba ocupado. Éste, de repente, descubrió que sus preferencias ahora se inclinaban por el himen y buscó a las hijas de los arrendatarios, menores de edad, invocando el ius primae noctis, pero eso daría pie a otra historia, una mala, probablemente.

Anne ha descendido de las posesiones del norte a las calles de mala muerte del sur, Londres o Francia; su esperanza, por cierto, no es muy grande, pero por lo menos tiene una esperanza; ella aún es exuberante y opulenta, pero, tras la frágil máscara de su belleza, se pudre, su piel ya no proyecta eminencias sino estrías, arrugas, la seda sobre ella se vuelve mate, el terciopelo lustroso y raído. Arriba, aún no iluminado por la luna ascendente, el fraile se cubre con el cobertor uniendo las manos con las cuentas del rosario, para una última, yo digo última, oración —y sé por qué lo digo. Abajo Anne conversa con la fondera y vacía un tarro con cerveza, mientras que la luna ya dibuja sombras más cortas —una de ellas cae quizá sobre un matrimonio, una pareja de molineros, en el polvo del camino, todavía lejos de la posada, pero acercándose a ella.

Conversa con la fondera, empleando el franco léxico elemental de aquella época, sobre los acontecimientos ocurridos en grandes y mórbidas habitaciones tapizadas de espejos que ya han quedado atrás para siempre. La fondera escucha y guarda silencio acerca del huésped que está allá arriba tan distinto a ellas, cuya huella sobre el cobertor alcanza ahora la luna en una franja delgada, una raya. Allí está, acostumbrado a dormir en lugares ajenos y —¡ciertamente!— peores, sin embargo, envuelto en una infausta visión. Anne, abajo, desgarra un pichón, chupándose los dedos, él, arriba, intenta mantener sus pensamientos nocturnamente relajados y vagantes sobre el carril del centro que, de manera directa, lleva hacia Dios, aparta la mirada de su angosto espíritu de los carriles laterales, aun cuando los percibe de manera extraña; abajo, entonces, está sentada la fondera, está sentada Anne, quien quiebra, sorbe, traga, se chupa los labios, empuja un tarro de cerveza después de la comida, arriba yace el fraile, cansado, afuera avanzan los caminantes, maniobra la noche, brilla la luna y alumbra entretanto un pedazo mayor de la cama, en que el monje se ha quedado dormido, y Anne se limpia la boca en el antebrazo, se remanga las faldas, le desea una buena noche a la fondera y sube en forma lenta las escaleras, la luna no ilumina las escaleras, tampoco ilumina la cocina en que ahora, de nuevo, se encuentra la fondera preparando una comida para los huéspedes que han de llegar —la última comida—; pero sí ilumina a la pareja de molineros que ahora está más cerca de la posada, no alumbra, o casi no alumbra a alguien que, arrastrándose a duras penas, está llegando a la puerta de la posada —porque ahora llegó el tiempo para la tercera voz de la fuga—, un joven soldado que viene —¿de qué batalla?—, viene de la batalla de Padua, la misma en la que cayó el marido de Marthe Schwerdtlein, y en la que el duque Maximiliano de Baviera adquirió una honrosa herida de espada. Escasamente tiene diecinueve años, pero su cuerpo envejece desde hace días de manera funesta, apenas proyecta un hilo de sombra a pesar de que la luna lo ve, a Anne en las escaleras y a la fondera en la cocina la luna no las ve, pero sí, en cambio, ve e ilumina un sueño que revolotea hacia el monje, un sueño piadoso que, sin embargo, en una observación actual, permite una interpretación menos pía, se sienta encima del endeble soñador para tomar posesión de él —¿cómo va la fuga?
 
Anne, arriba, el soldado frente a la puerta de la fonda, la pareja de molineros cerca, otro caminante aún lejano, otra pareja todavía más lejana, sueño en el monje, monje en la cama, luna en el cielo, y Anne empieza a desvestirse, se quita el blanco gorro, el velo, la cinta y la pañoleta, la capa, el corsé, el vestido, las enaguas, hasta quedar desnuda tal como Dios quiso que fuera, pero no como la creó, en cueros vivos y con una buena esperanza de una aventura redituable, sólo conserva puesta su cadena de oro con el Salvador de marfil, no porque acate la fe de este Salvador. No. Es cierto que fue educada de manera severa en esta fe, pero hace mucho que la perdió, más bien la conserva puesta porque es un objeto de valor que piensa empeñar a su incierto futuro, en cueros vivos, su mirada cae sobre escapulario y cíngulo, negrura en la oscuridad de la habitación, no en la luz de la luna que cae sobre el jubón claro lleno de polvo del soldado, que en este momento entra a la fonda, corroído por una muerte que no alumbra la luna, ya que ella, desdeñando iluminar miles de millones de objetos dignos de ser alumbrados, elige a la pareja de molineros, que ahora casi ha llegado a la fonda, impulsada por el deseo de una comida opípara, alumbra también al otro caminante, todavía en la puerta de la ciudad, y a otra pareja, todavía lejos de la puerta de la ciudad, alumbra el asombro de Anne, su persignación no es alumbrada porque no se persigna, sus ojos escudriñan esta cama, mi cama grande de verano, descubren al portador de esta ropa piadosa y lo encuentran en un haz oblicuo de luz de luna que se detiene ante el diablo que se apodera de la puta, su diablo, entonces, yace en oscuridad profunda, al igual que la sonrisa que se dibuja en ella, inspirada por el diablo; en cambio, la luna alumbra el sueño del casto durmiente, todavía casto, en contrapunto con lo que vendrá, o quizá no.
 

 
 
El soldado ya no se encuentra bajo la luz de la luna, está dentro de la casa, frente a la fondera. La luna está más alta en el cielo y proyecta sobre la pareja próxima a la posada una sombra más corta y otra igual de corta sobre un hombre solitario que, mientras tanto, ha cruzado la puerta de la ciudad para entrar en ella, es, por cierto, un cirujano sangrador; proyecta sombras sobre la otra pareja, dos figuras masculinas, aún difusas —todavía no he tomado una decisión—, dos figuras, entonces, que aún no llegan a la puerta de la ciudad, pero que terminarán más tarde también aquí —digo terminar—, tengo listo ya el final.

Pareja de molineros ante la puerta, cirujano sangrador bajo la luna, sueño en el monje, Anne junto a la cama, soldado dentro de la casa, fondera junto al soldado, ella observa cómo se dirige trastabillando, tembloroso, pálido y mareado hacia ella, con ningún otro deseo que una cama, la fondera, en cambio, lo hurga con sus miradas y lo encuentra tembloroso y hermosamente pálido e intenta desviarlo hacia su propia cama, antes de que arriba, en la cama grande, caiga en manos de la otra, le muestra lo que tiene, insinúa lo que puede hacer o lo que pretende poder hacer, utiliza el tesoro de los recuerdos de Anne, pero él no escucha, no percibe nada de todo aquello, ni atributos ni promesas, rechaza en silencio, sacude la cabeza, no es su carne la que está hambrienta, no anhela la carne de ella ni tampoco ningún alimento, lo devora la sed, pero no quiere cerveza, quiere agua, ¡agua! Apura un tarro entero, a grandes, dolorosos sorbos, mientras que la luna ya está más alta, pero todavía no lo suficiente, brilla sobre la tierra, sobre Inglaterra, sobre el condado, sobre la ciudad de Skye, sobre la posada, sobre la pareja de molineros frente a la posada, quizá los molineros van de regreso a casa después de haber recibido una jugosa herencia, reconciliados con el mundo y los dones conforme a los que se mide, brilla oblicuamente sobre el solitario caminante nocturno que se aproxima; como dije, un cirujano sangrador, venido a menos, en sendas de pecado, desde hace mucho perdió su establecimiento de baños, un tipo deshonesto; brilla sobre la otra pareja, ya ante la puerta de la ciudad, un noble alemán avejentado, en proceso de degeneración, y un hermoso joven con dientes blancos y un laúd a la espalda, ellos decidieron no caminar más esa noche, no tienen una meta definida, porque el noble ha perdido, desde tiempo atrás, el instinto para buscar una meta y el aliento para conseguirla, por cierto, nunca los tuvo, pero eso sería de nuevo otra historia, quizás —en esta ocasión— una buena.

Continuamos: la luna está alta, pero alumbra sólo una pequeña parte de esta cama en la que yo estoy sentado ahora; en un rincón encontramos de nuevo a Anne, desnuda, exceptuando su Salvador y la cadena de la que pende, abre el cobertor, bajo el cual, en una inocencia que se desvanece está el hombre de Dios, ella se sienta junto a él sobre la cama y, manosea, con ágiles dedos, en un movimiento ascendente, desde los tobillos hasta los muslos, alzándole el hábito como la tapa de un estuche cuyo contenido, por cierto, no promete ninguna sorpresa, pero sí, en cambio, se ve sorprendido, y la luz descansa sobre ciertas partes del monje que todavía duerme, después, cuando la mano llega más arriba, duerme sólo a medias, todavía no percibe, en todo su significado, a la compañera, después la percibe, en un extraño despertar, jamás experimentado, ilegítimo, pero no cree en ella, y sobre esta falta de fe brilla la luna, brilla sobre el juego versado de los dedos de Anne, pero no sobre el soldado en la penumbra de la casa, que, con seco paladar y garganta ardiente, acompañado por las miradas de la fondera que se lamentan, se arrastra arriba brazo a brazo por la baranda, sin fuerza, ya no brilla sobre la pareja de molineros que salieron de su luz para entrar a la posada, cónyuges obesos, rebosando salud, cubiertos y cargados con todo tipo de bienes móviles, envueltos en un vaho de bienestar, no brilla sobre la fondera que ha retirado la mirada del objeto de su deseo y que la dirige, con otro tipo de esperanza, hacia la pareja que va entrando, cuyo bolso le dará valor a la pena del trabajo nocturno; ahora la luna brilla casi vertical sobre el cirujano sangrador, cada vez más cerca, un miserable traficante de indulgencias, un hacedor de sangrías, con una buhonería cerrada, en la mano un montón de papelitos de indulgencias y en el bolso una jeringa, y el sabor a cerveza y a vicio en la lengua; también brilla sobre la otra pareja, sobre el noble, su mancillada reputación, su riqueza disipada, sus propiedades perdidas, no hay caballo sobre el cual brillar, sólo el escaso equipaje y el monedero fláccido; ninguna propiedad, excepto este muchacho con el laúd a la espalda y otras virtudes que se abonan a la noche.

La luna brilla como si no se cirniera aquí algo terrible. Sobre Anne, cuya mano, como queriendo arrancar una flor muy abajo por el tallo, ha alcanzado su objetivo, el centro del monje, y suave y desidiosa, pesado jinete, se trepa ahora sobre esta masa con todo lo que es mortal en ella, se acomoda hasta quedar sentada firmemente en la silla sobre el aguijón, sobre el monje no brilla la luna, él yace en la sombra profunda de su jinete, grita una vez: "Satanás", después lo murmura, las consonantes más suaves, con voz apagada, después sólo susurra las vocales, después sus labios apenas forman la s, mientras que la luna que pronto estará en el cenit todavía no alcanza la esquina de la recámara donde el soldado se arrastra lentamente desde la puerta, hacia el interior oscuro de la pieza, no toma en cuenta la claridad que se mueve al final de la cama ni el aire revuelto por gemidos.

Iluminada por el fuego de la estufa está ahora la cocina donde la fondera corta carne y llena jarras, iluminada a medias por la bujía de sebo está la sala donde, ante madera y estaño, la pareja de molineros está sentada, aguardando; alumbrado por la luna, el cirujano sangrador toca la puerta atrancada de la posada; refulgente en la luna, pendiendo de la cadena de oro, el crucifijo, que se agita hacia arriba y hacia abajo ante los ojos del monje, blanca la carne de su dueña, y negro, en profunda oscuridad ancestral, el miembro que une al monje con su pecado mortal; iluminado el noble, alumbrado por las lunas de muchos países, viajando desde hace años, desde hace años buscando (él es alemán) el absoluto que pronto habrá de encontrar —yo se lo asigné—, iluminado también por la luna su acompañante, indigno objeto de su inclinación, apuesto, con cejas arcadas, pero con ojos inquietos, asesinato en el corazón, laúd a la espalda; a media luz en la bujía de sebo la fondera que atiende a la pareja de molineros, claras las caras de la pareja que alza los tarros y alarga las manos hacia los platos, bajo la luna todavía el cirujano sangrador que toca la puerta, bajo la luna, por un instante, la fondera que asomándose por la ventana pregunta quién toca, bajo la luna, la respuesta: un cirujano sangrador; la respuesta de ella: que no necesita nada, que está sana; y bajo la luna la respuesta de él, que no viene como cirujano sangrador o como comerciante o sangrador o vendedor de indulgencias sino como alguien dispuesto a pagar comida y cama; no obstaculizada por ninguna nube, brilla la luz sobre el horror creciente de la noche, todavía agazapado en su portador enfermo; a oscuras, en cambio, el dulce olvido del monje, atrás, sombríos los vahos de sus pensamientos, del presentimiento de haber perdido la gracia de la vida eterna, pero ¿qué significa la eternidad?, si ni siquiera le queda un día terrenal más, así y todo, el infierno ya ha preparado su lecho de fuego para él, que no viene como cirujano sangrado o como comerciante o sangrador o vendedor de indulgencias sino como alguien dispuesto a pagar comida y cama; no obstaculizada por ninguna nube, brilla la luz el horror creciente de la noche, todavía agazapada en su portador enfermo; a oscuras, en cambio, el dulce olvido del monje, atrás, sombríos los vahos de sus pensamientos, del pensamiento de haber perdido la gracia de la vida eterna, pero ¡qué significa la eternidad?, si ni siguiera le queda un día terrenal más así y todo, el infierno ya ha preparado su lecho de fuego para él. 
 

 
 
En la penumbra el soldado, el inocente portador del horror quien, con dedos acalambrados desciñe sus botas y su ropa, la fondera que abre la puerta al cirujano sangrador, el cirujano sangrador que, de la luz de la luna, entra a la casa. Pero lo pavoroso se extiende tanto en la claridad como en la penumbra, y si lo presintiera, por ejemplo, el monje, rezaría al Salvador de marfil que ahí, ante sus ojos, se sacude, hacia arriba y hacia abajo; pero no lo sabe, e incluso, si lo terrible no se estuviera aproximando, habría otra amenaza, un mal más lento, porque la cortesana arriba de él tiene la enfermedad francesa, igual que su antiguo galán, el duque de Northumberland, quien contagia ahora a las hijas de los arrendatarios; él la contrajo de su esposa, ella del rey Enrique iii, y éste la contrajo en Francia misma cuando aún era poco común.

Bueno, pues todas las cuerdas se han pulsado, la exposición está realizada. Continuamos. Después de la medianoche, la luna está en el cenit, por lo tanto no ilumina la cama, así que el segundo acto de la tragedia se realiza en la oscuridad, en el caso del monje, en el auténtico sentido de la palabra, el segundo acto de su vida en el que, obligándose de manera violenta al olvido, o también para sondear el alcance de su pecado, está sobre la cortesana, profundamente atrapado por su enfermo y pecaminoso abismo, ella acostada debajo de su endeble elegido, arrepentida por su elección, consciente de que no es redituable. En la oscuridad, el soldado desvaneciéndose, en el centro de la cama, con ojos brillosos por la fiebre que va en ascenso, en la luz de la bujía de sebo los otros huéspedes sentados abajo en la sala: el molinero y su esposa, comiendo. ¿Qué habrá de comer? Bueno, digamos: chamorro hervido en pimienta y mijo, con ruibarbo, azafrán y tomillo, suena a una comilona grasosa y pesada. Y por supuesto cerveza y vino. Al otro lado de la mesa, junto a su indigno compañero, el precioso sicario, el alemán: sentado, rígido y erguido, los ojos entornados hacia el vacío, en expectativa, furiosamente resignado a cualquier humillación, confirmado en todas sus dudas, con abatida dignidad por el poco valor del mundo y de todo lo que lo integra, ante una jarra grande de vino gracias a la cual espera poder soportar mejor y más ebrio el sueño en la cama común no acostumbrada y, es cierto, poco deseada. Mientras que su joven compañero desea la compañía sólo por la ambición por algunas alhajas que, destelleantes, penden entre las redondeces de la molinera y, a cambio, con gusto acepta su mirada, prendida de él en creciente y deseoso anhelo. A media luz la cocina donde la fondera llena de nuevo las jarras, abordada de soslayo por este cirujano sangrador, quien ofrece sangrarla sin costo y hacer cualquier otra cosa, en cuanto se lo permita y lo deje disponer a voluntad. Oblicua está la luna cuando el monje abandona a Anne, se sale dejándose caer como una pera hueca, intenta fugarse de inmediato en el sueño, con el deseo ardiente de pasar el resto de su pecaminosa vida en sueño y somnolencia, o, mejor, anhelando que su cuerpo pudiera fabricarse un nuevo espíritu; más oblicua cae ya la luz de la luna desde el otro lado sobre la cama, sobre Anne que se levanta con suspiros de decepción, arrepentida por la benevolencia inútilmente gastada, la luz la abandona cuando se pone, yendo hacia el interior de la pieza, una camisa, titiritando de frío, recorre la habitación con una mirada desilusionada, ve al soldado, con los ojos brillosos, en el centro de la cama y asimila esta presencia, siempre calculando en sus pensamientos, mientras que él está delirando, ya no habita en este mundo, exceptuando los dolores, lo único que lo aferra todavía a este mundo.

¿Y qué me aferra a mí a este mundo?

Continuamos... continuamos... transposición... tema nuevo. Ahora, la órbita del terror se amplía, la luna está poniéndose, casi horizontal, brilla desde otro ángulo, por otra ventana, ilumina la cama de manera lateral, pero completa, esta cama, mi cama cuyos espacios vacíos están ocupados en este momento por los que se acuestan. Dormido sobre ella, la luna inclemente alumbra al trasluz al monje, a quien se evitará un terrible despertar; en vigilia sobre ella Anne que, en camisa, ha pasado por encima del monje y se aproxima con lentitud, arrastrándose debajo del cobertor, al soldado, dejando un creciente espacio intermedio entre ella y su víctima anterior, tiene cuidado de no despertarlo, antes de que pueda poner en práctica a un mismo tiempo todos sus recursos. Enfermo sobre ella, el soldado parece inmóvil a no ser por un débil temblor, un castañeteo de los dientes y un aleteo respiratorio. Recién poblada por aquellos que en torno de ella se despojan en la penumbra de sus prendas, no todos al unísono, pero sí con intervalos, y en silencio se reparten los espacios en la cama. 

Sólo uno de ellos se ve impelido a reptar sobre el canto transversal inferior, el molinero, que ha visto a Anne, su larga cabellera suelta, entre monje y soldado, insinuando la promesa de una aventura tardía que se apodera de él, de forma voluntaria ha escogido treparse a fin de yacer separado de su esposa, justo por este objeto de su deseo y por otra figura indefinida que es el soldado, porque para dos este espacio en la cama entre monje y mujer sería demasiado estrecho. Por
su parte, la molinera tampoco tiene la intención de ocupar este espacio, posa la mirada sobre el joven a cuyo costado desea tenderse, con la expectativa de que no sólo sea el costado y con la esperanza de que su acompañante no trunque esta posibilidad al colocarlo, a fuer de los celosos, al canto, acostándose entre él y el próximo durmiente. Pero el noble no pretende esto, al contrario, cuida de no entrar en contacto con nadie, excepto con aquel con quien está, más o menos, en constante roce, y todavía procura protegerse del otro lado por el canto de la cama de cada fricción. Así, la molinera obtiene su parte, está acostada entre el joven y el soldado a quien no siente y a quien ignora. Aquí yacen los siete durmientes, sin ser, exceptuando al hombre de Dios, precisamente durmientes. Uno está agonizando, en tanto los otros aguardan el sueño de los demás para arrimarse a alguno de ellos.
 

 
 
¿Dónde está el cirujano sangrador? El cirujano sangrador, el miserable, se quedó abajo con la fondera. Si le prepara o vende ungüentos de belleza o intercambia pecados por indulgencias o la sangra o está acostado con ella en la cama, no lo he pensado todavía, pero es probable que hace todo al mismo tiempo, nace un círculo, un mal compás entre indulgencia y pecado, dejo esta escena en la oscuridad y vuelvo al tema, a la tonalidad principal, hacia el posible pasado de esta cama en que la luna que se pone alumbra el avance de lo funesto. Se acerca, es incipiente, aún el noble agarra al joven, el joven a la molinera, la molinera al joven, el molinero a Anne, Anne al soldado, todavía duerme el monje, agoniza el soldado, bajo el cobertor, no iluminado por la luna, las manos palpan, las respiraciones se agitan, las piernas se mueven en improvisada coreografía, se revuelcan, silenciosos, los cuerpos, van naciendo olas, van naciendo colinas y valles, movimiento, iluminado en forma alternada por la luna; la cama vive, por última vez. Sus ocupantes contienen ahora la respiración, cada uno espera antes de la última maniobra, el último avance, acecha, sólo el monje no acecha, ni espera, ni duerme bien, ni está despierto tampoco, yace paralizado por la visión del infierno que se abre delante de él; silencioso también el soldado, no lucha con la muerte sino que es su mansa víctima, en una capa resbalosa de sudor, con el paladar hinchado, bubones negros en las caderas, de vez en cuando un estertor que sobresalta a cada quien, mientras persigue su meta, después ya no se percibe el aliento, así que cada uno se tranquiliza de nuevo y Anne, al ir desapareciendo la luna conforme corre el tiempo, se arrima más, está cerca, detrás de ella el molinero, calcula que llegó el tiempo de su oportunidad a pesar de que su meta se aleja de él, pero de pronto siente cansancio, al igual que el alemán, está mareado, pierde el apetito por el joven, así que el muchacho piensa que su amante duerme y se dirige ahora hacia la molinera, se arrastra acuclillado sobre ella como una fiera ansiosa en busca de alimento, pero siente que sus fuerzas se desvanecen y la molinera, acostada sobre la espalda, a punto de jalar al joven sobre ella, entre sus muslos y dentro de ella, hace un instante caliente en expectativa de su cuerpo, siente ahora otro calor febril que Anne también siente; ella siente debilidad, sin embargo, quiere al soldado, quiere apoderarse suavemente de él, alza la cobija para manosearlo; y la luna que se pone brilla horizontal sobre su cabello, sobre su nuca, sobre los otros ya no brilla, yacen en la oscuridad, molinero, monje, molinera y joven y noble y soldado, todos están de nuevo acostados, yacen como si se hubieran caído, se desvanece su proyecto, se disminuye el deseo; dentro del molinero se extiende una náusea, deja el objeto de su deseo; sin conciliar el sueño el monje, cuyo espíritu torturado se adormece de repente por el cuerpo doliente, la esposa del molinero cuya pesadez respiratoria no es la de la pasión sino la de los dolores, abandona al joven quien, mareado, la deja, igual que a su lado el alemán se ha apartado de él y se vuelca hacia el canto de la cama, débiles todos, olas de calor y de escalofrío se rompen sobre la cama, dolor, castañeteo de dientes; actividad suspendida, febril letargo en la penumbra, apatía, la respiración a veces cesa y a veces crepita, hasta que un agudo grito alcanza a todos, pero ya no los despierta, no los saca de su letargo, proviene de Anne, de la única que acaba de moverse, medio incorporada. Molinero, molinera, noble y joven dirigen miradas inanimadas a Anne, ocho ojos, indolentes, se centran en ella, se deslizan, a lo largo de su mirada, abajo hacia el objeto del terror:

blanca, en la luna poniéndose, la columna vertical que había sido el miembro masculino del soldado, testigo no de la pasión sino de la rigidez cadavérica, erguido sobre un paisaje infernal de cuerpos achacosos, hinchados, una cruz sin trabe transversal, terrible memento mori, encima de un campo de batalla en una batalla de la que aún quedan rescoldos... 

...y todo lo demás yace en oscuridad. En silencio se vuelve más profundo, los sollozos de la cortesana disminuyen, se
desploma junto al soldado sobre la cama, el terror en sus ojos se extingue, moribundos entre moribundos, en mi cama, y, emanada de los siete bajo el cobertor alzado, entra, abajo del baldaquín y de allí hacia la habitación, extendiéndose en una nube, intoxicando el aire, la peste en la pieza y sale por las hendiduras, hacia la ciudad, sobre el campo, la variante más asquerosa y rápida, ahora erradicada, la bubónica, la más negra, la más dura, ajena a la piedad, que no tiene clemencia con la víctima, que no le regala nada, ninguna conciencia antes del golpe, tampoco el éxtasis de una euforia. Después del último dolor se desvanece la conciencia y sigue de inmediato el frío del rigor mortis, no concede ni confesión ni comprensión. Fermate. Fin de la fuga.
 

 
 
   
Pero la historia todavía no termina. Al amanecer la fondera entra en la pieza para despertar a los presuntos durmientes. No despierta a nadie. Cierto que ninguno está dormido, tampoco ninguno, aparte del soldado, está muerto, están en su último aliento, demasiado débiles para moverse o hablar, con los cuerpos hinchados; todavía tienen sensibilidad en cada miembro, en cada rincón de su corporeidad que se va desvaneciendo; pero ya no hay nada más, todos son iguales, todo ha sido rasado, ya no hay ningún pecado, ninguna esperanza, ningún crimen, ninguna herencia, ningún miedo. Yacen profundamente injertos en su apatía, ninguno sabe qué padece o quién había sido antes de empezar a sufrir ni tampoco que pronto no tendrá que sufrir más. No se dan cuenta de que están siendo robados de manera metódica, por la fondera y por el cirujano sangrador, no sólo de la ropa que dejaron dispersada en la habitación, sino también de aquello que llevan sobre su cuerpo. Fondera y cirujano sangrador les alzan las cabezas para apoderarse de monederos en la ropa y bajo las almohadas, les quitan anillos, sin que ninguno se defienda, Anne no emite ningún sonido, no abre los ojos cuando la fondera le arranca del cuello el collar de oro con el Salvador de marfil, no siente dolor ni pérdida...

...únicamente el monje, él hace un último miserable intento de defenderse contra el robo de su rosario que representa todo lo que ha poseído; su Dios, no el Dios de los frailucos sino el Dios de los pecadores, le otorga la fuerza para una última protesta: cuando el cirujano sangrador le arranca la cadena de la mano acalambrada, prorrumpe en un fuerte grito, un grito que es la suma de gritos seculares, sintiendo —con y a pesar de sus dolores— la profunda eternidad de su perdición; pero pronto tampoco él sentirá nada, y quizá nadie sintió el golpe en los guijarros del río, o el frío del agua, cuando el cirujano sangrador y la fondera los arrojaron uno tras otro al río en tanto discutían un futuro común, viendo los cadáveres flotar río abajo, hacia el sur, y mientras que la fondera y el cirujano sangrador, cansados del trabajo matutino, se acostaron de nuevo en la cama, la peste fluía por el río y más allá, inundó las riberas, ondeó en vahos tierra adentro y se propagó. El cirujano sangrador y la fondera no se levantaron más, se pudrieron en la cama de la fondera; la peste se extendió a los condados Wiltshire y Kent, allí se topó con otra peste que, en su camino hacia el norte, llegó del sur, de Sussex, de allí donde el soldado pocas noches antes había desembarcado, y en la primera noche contagió a una muchacha que contagió a su familia que contagió el pueblo etcétera. Fin de mi historia. Me levanto.

*Christine Hüttinger (Zalsburgo, Austria, 1955) estudió letras alemanas e historia en la Universidad de Zalsburgo. Tiene doctorado en historia. Ha publicado traducciones de literatura austriaca y artículos especializados en diversas revistas. En 1993 publicó Contrabando de imágenes, libro de crítica literaria, en la UAM-Azcapotzalco


**Wolfgang Hildesheimer (Hamburgo, 1916) vive en la actualidad en Poschiavo, Suiza. Ha recibido numerosos reconocimientos por su trabajo literario, entre los que destaca el Premio Georg Buchner, en 1966. En su obra se encuentran dramas radiofónicos, textos en prosa, una biografía de Mozart, ensayos e interpretaciones y obras teatrales.