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*Wolfgang
Hildesheimer
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| Noche de estío...
yazgo aquí en esta cama que otrora dio cabida a siete durmientes,
pero desde hace mucho, mucho tiempo no han yacido aquí siete durmientes,
no desde aquella noche en la primavera tardía o, digamos, en el
incipiente verano del año de 1522, entonces yacieron quizá
siete durmientes en esta cama, por última vez...
...anochecía cuando un hombre llegó a la posada en que se encontraba esta cama; un monje quizás, enjuto y flaco, con excepción de sus pies descalzos, grandes, anchos, endurecidos en caminos llenos de renuncia; llegó cansado; llevaba tal vez semanas caminando, venía de San Gallen y su meta era Irlanda. Entró en la posada, pidió limosneando un potaje de sobras que la fondera le dio de manera gustosa, ya que alimentando a los huéspedes mendicantes esperaba conservar un lugar en el más allá, lugar que, por varias razones, no le parecía tener asegurado. Él, el monje, come, murmura en forma apresurada sus oraciones, hace sus otras necesidades exiguas, sube al dormitorio donde se hallaba esta cama, se despoja de su escapulario, del cíngulo que sujeta el hábito, mientras que abajo, quizá, se aproxima a la noche de la puerta de la entrada un segundo caminante, una caminante en esta ocasión. El monje conserva puesto el hábito, dándole vueltas al rosario alrededor de la muñeca, a fin de que las gastadas cuentas oren sin reposo mientras él reposa. Va hacia la cama, alza el cobertor y, pensando en ser el primero en levantarse, elige acostarse en la orilla extrema, llevado no por el pudor —que en este tiempo aún no existía— sino por la premura del largo camino que tiene por delante. No piensa en tentaciones. |
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¿Brillaba la luna? Sí, o digamos, aún no brillaba, pero empezaba a asomarse, una luna en cuarto creciente tal vez, todavía no había alcanzado la ventana tras la cual descansa el fraile, pero en cambio proyectaba su larga sombra junto al segundo huésped, la huéspeda, quien, mientras el monje se desviste, está frente a la puerta, mientras el monje se acuesta, entra a la casa quitándose así de la sombra lunar; es una dama que había conocido noches mejores y que temía experimentar peores, pero ya no las habrá de conocer, una cortesana, la voy a llamar Anne. Ella está envejeciendo y por ello ha perdido los favores de su último galán, el viejo duque de Northumberland —si acaso en aquel entonces este título estaba ocupado. Éste, de repente, descubrió que sus preferencias ahora se inclinaban por el himen y buscó a las hijas de los arrendatarios, menores de edad, invocando el ius primae noctis, pero eso daría pie a otra historia, una mala, probablemente. Anne ha descendido de las posesiones del norte a las calles de mala muerte del sur, Londres o Francia; su esperanza, por cierto, no es muy grande, pero por lo menos tiene una esperanza; ella aún es exuberante y opulenta, pero, tras la frágil máscara de su belleza, se pudre, su piel ya no proyecta eminencias sino estrías, arrugas, la seda sobre ella se vuelve mate, el terciopelo lustroso y raído. Arriba, aún no iluminado por la luna ascendente, el fraile se cubre con el cobertor uniendo las manos con las cuentas del rosario, para una última, yo digo última, oración —y sé por qué lo digo. Abajo Anne conversa con la fondera y vacía un tarro con cerveza, mientras que la luna ya dibuja sombras más cortas —una de ellas cae quizá sobre un matrimonio, una pareja de molineros, en el polvo del camino, todavía lejos de la posada, pero acercándose a ella. Conversa con la fondera,
empleando el franco léxico elemental de aquella época, sobre
los acontecimientos ocurridos en grandes y mórbidas habitaciones
tapizadas de espejos que ya han quedado atrás para siempre. La fondera
escucha y guarda silencio acerca del huésped que está allá
arriba tan distinto a ellas, cuya huella sobre el cobertor alcanza ahora
la luna en una franja delgada, una raya. Allí está, acostumbrado
a dormir en lugares ajenos y —¡ciertamente!— peores, sin embargo,
envuelto en una infausta visión. Anne, abajo, desgarra un pichón,
chupándose los dedos, él, arriba, intenta mantener sus pensamientos
nocturnamente relajados y vagantes sobre el carril del centro que, de manera
directa, lleva hacia Dios, aparta la mirada de su angosto espíritu
de los carriles laterales, aun cuando los percibe de manera extraña;
abajo, entonces, está sentada la fondera, está sentada Anne,
quien quiebra, sorbe, traga, se chupa los labios, empuja un tarro de cerveza
después de la comida, arriba yace el fraile, cansado, afuera avanzan
los caminantes, maniobra la noche, brilla la luna y alumbra entretanto
un pedazo mayor de la cama, en que el monje se ha quedado dormido, y Anne
se limpia la boca en el antebrazo, se remanga las faldas, le desea una
buena noche a la fondera y sube en forma lenta las escaleras, la luna no
ilumina las escaleras, tampoco ilumina la cocina en que ahora, de nuevo,
se encuentra la fondera preparando una comida para los huéspedes
que han de llegar —la última comida—; pero sí ilumina a la
pareja de molineros que ahora está más cerca de la posada,
no alumbra, o casi no alumbra a alguien que, arrastrándose a duras
penas, está llegando a la puerta de la posada —porque ahora llegó
el tiempo para la tercera voz de la fuga—, un joven soldado que viene —¿de
qué batalla?—, viene de la batalla de Padua, la misma en la que
cayó el marido de Marthe Schwerdtlein, y en la que el duque Maximiliano
de Baviera adquirió una honrosa herida de espada. Escasamente tiene
diecinueve años, pero su cuerpo envejece desde hace días
de manera funesta, apenas proyecta un hilo de sombra a pesar de que la
luna lo ve, a Anne en las escaleras y a la fondera en la cocina la luna
no las ve, pero sí, en cambio, ve e ilumina un sueño que
revolotea hacia el monje, un sueño piadoso que, sin embargo, en
una observación actual, permite una interpretación menos
pía, se sienta encima del endeble soñador para tomar posesión
de él —¿cómo va la fuga?
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| El soldado ya no se encuentra
bajo la luz de la luna, está dentro de la casa, frente a la fondera.
La luna está más alta en el cielo y proyecta sobre la pareja
próxima a la posada una sombra más corta y otra igual de
corta sobre un hombre solitario que, mientras tanto, ha cruzado la puerta
de la ciudad para entrar en ella, es, por cierto, un cirujano sangrador;
proyecta sombras sobre la otra pareja, dos figuras masculinas, aún
difusas —todavía no he tomado una decisión—, dos figuras,
entonces, que aún no llegan a la puerta de la ciudad, pero que terminarán
más tarde también aquí —digo terminar—, tengo listo
ya el final.
Pareja de molineros ante la puerta, cirujano sangrador bajo la luna, sueño en el monje, Anne junto a la cama, soldado dentro de la casa, fondera junto al soldado, ella observa cómo se dirige trastabillando, tembloroso, pálido y mareado hacia ella, con ningún otro deseo que una cama, la fondera, en cambio, lo hurga con sus miradas y lo encuentra tembloroso y hermosamente pálido e intenta desviarlo hacia su propia cama, antes de que arriba, en la cama grande, caiga en manos de la otra, le muestra lo que tiene, insinúa lo que puede hacer o lo que pretende poder hacer, utiliza el tesoro de los recuerdos de Anne, pero él no escucha, no percibe nada de todo aquello, ni atributos ni promesas, rechaza en silencio, sacude la cabeza, no es su carne la que está hambrienta, no anhela la carne de ella ni tampoco ningún alimento, lo devora la sed, pero no quiere cerveza, quiere agua, ¡agua! Apura un tarro entero, a grandes, dolorosos sorbos, mientras que la luna ya está más alta, pero todavía no lo suficiente, brilla sobre la tierra, sobre Inglaterra, sobre el condado, sobre la ciudad de Skye, sobre la posada, sobre la pareja de molineros frente a la posada, quizá los molineros van de regreso a casa después de haber recibido una jugosa herencia, reconciliados con el mundo y los dones conforme a los que se mide, brilla oblicuamente sobre el solitario caminante nocturno que se aproxima; como dije, un cirujano sangrador, venido a menos, en sendas de pecado, desde hace mucho perdió su establecimiento de baños, un tipo deshonesto; brilla sobre la otra pareja, ya ante la puerta de la ciudad, un noble alemán avejentado, en proceso de degeneración, y un hermoso joven con dientes blancos y un laúd a la espalda, ellos decidieron no caminar más esa noche, no tienen una meta definida, porque el noble ha perdido, desde tiempo atrás, el instinto para buscar una meta y el aliento para conseguirla, por cierto, nunca los tuvo, pero eso sería de nuevo otra historia, quizás —en esta ocasión— una buena. Continuamos: la luna está alta, pero alumbra sólo una pequeña parte de esta cama en la que yo estoy sentado ahora; en un rincón encontramos de nuevo a Anne, desnuda, exceptuando su Salvador y la cadena de la que pende, abre el cobertor, bajo el cual, en una inocencia que se desvanece está el hombre de Dios, ella se sienta junto a él sobre la cama y, manosea, con ágiles dedos, en un movimiento ascendente, desde los tobillos hasta los muslos, alzándole el hábito como la tapa de un estuche cuyo contenido, por cierto, no promete ninguna sorpresa, pero sí, en cambio, se ve sorprendido, y la luz descansa sobre ciertas partes del monje que todavía duerme, después, cuando la mano llega más arriba, duerme sólo a medias, todavía no percibe, en todo su significado, a la compañera, después la percibe, en un extraño despertar, jamás experimentado, ilegítimo, pero no cree en ella, y sobre esta falta de fe brilla la luna, brilla sobre el juego versado de los dedos de Anne, pero no sobre el soldado en la penumbra de la casa, que, con seco paladar y garganta ardiente, acompañado por las miradas de la fondera que se lamentan, se arrastra arriba brazo a brazo por la baranda, sin fuerza, ya no brilla sobre la pareja de molineros que salieron de su luz para entrar a la posada, cónyuges obesos, rebosando salud, cubiertos y cargados con todo tipo de bienes móviles, envueltos en un vaho de bienestar, no brilla sobre la fondera que ha retirado la mirada del objeto de su deseo y que la dirige, con otro tipo de esperanza, hacia la pareja que va entrando, cuyo bolso le dará valor a la pena del trabajo nocturno; ahora la luna brilla casi vertical sobre el cirujano sangrador, cada vez más cerca, un miserable traficante de indulgencias, un hacedor de sangrías, con una buhonería cerrada, en la mano un montón de papelitos de indulgencias y en el bolso una jeringa, y el sabor a cerveza y a vicio en la lengua; también brilla sobre la otra pareja, sobre el noble, su mancillada reputación, su riqueza disipada, sus propiedades perdidas, no hay caballo sobre el cual brillar, sólo el escaso equipaje y el monedero fláccido; ninguna propiedad, excepto este muchacho con el laúd a la espalda y otras virtudes que se abonan a la noche. La luna brilla como si no se cirniera aquí algo terrible. Sobre Anne, cuya mano, como queriendo arrancar una flor muy abajo por el tallo, ha alcanzado su objetivo, el centro del monje, y suave y desidiosa, pesado jinete, se trepa ahora sobre esta masa con todo lo que es mortal en ella, se acomoda hasta quedar sentada firmemente en la silla sobre el aguijón, sobre el monje no brilla la luna, él yace en la sombra profunda de su jinete, grita una vez: "Satanás", después lo murmura, las consonantes más suaves, con voz apagada, después sólo susurra las vocales, después sus labios apenas forman la s, mientras que la luna que pronto estará en el cenit todavía no alcanza la esquina de la recámara donde el soldado se arrastra lentamente desde la puerta, hacia el interior oscuro de la pieza, no toma en cuenta la claridad que se mueve al final de la cama ni el aire revuelto por gemidos. Iluminada por el fuego de
la estufa está ahora la cocina donde la fondera corta carne y llena
jarras, iluminada a medias por la bujía de sebo está la sala
donde, ante madera y estaño, la pareja de molineros está
sentada, aguardando; alumbrado por la luna, el cirujano sangrador toca
la puerta atrancada de la posada; refulgente en la luna, pendiendo de la
cadena de oro, el crucifijo, que se agita hacia arriba y hacia abajo ante
los ojos del monje, blanca la carne de su dueña, y negro, en profunda
oscuridad ancestral, el miembro que une al monje con su pecado mortal;
iluminado el noble, alumbrado por las lunas de muchos países, viajando
desde hace años, desde hace años buscando (él es alemán)
el absoluto que pronto habrá de encontrar —yo se lo asigné—,
iluminado también por la luna su acompañante, indigno objeto
de su inclinación, apuesto, con cejas arcadas, pero con ojos inquietos,
asesinato en el corazón, laúd a la espalda; a media luz en
la bujía de sebo la fondera que atiende a la pareja de molineros,
claras las caras de la pareja que alza los tarros y alarga las manos hacia
los platos, bajo la luna todavía el cirujano sangrador que toca
la puerta, bajo la luna, por un instante, la fondera que asomándose
por la ventana pregunta quién toca, bajo la luna, la respuesta:
un cirujano sangrador; la respuesta de ella: que no necesita nada, que
está sana; y bajo la luna la respuesta de él, que no viene
como cirujano sangrador o como comerciante o sangrador o vendedor de indulgencias
sino como alguien dispuesto a pagar comida y cama; no obstaculizada por
ninguna nube, brilla la luz sobre el horror creciente de la noche, todavía
agazapado en su portador enfermo; a oscuras, en cambio, el dulce olvido
del monje, atrás, sombríos los vahos de sus pensamientos,
del presentimiento de haber perdido la gracia de la vida eterna, pero ¿qué
significa la eternidad?, si ni siquiera le queda un día terrenal
más, así y todo, el infierno ya ha preparado su lecho de
fuego para él, que no viene como cirujano sangrado o como comerciante
o sangrador o vendedor de indulgencias sino como alguien dispuesto a pagar
comida y cama; no obstaculizada por ninguna nube, brilla la luz el horror
creciente de la noche, todavía agazapada en su portador enfermo;
a oscuras, en cambio, el dulce olvido del monje, atrás, sombríos
los vahos de sus pensamientos, del pensamiento de haber perdido la gracia
de la vida eterna, pero ¡qué significa la eternidad?, si ni
siguiera le queda un día terrenal más así y todo,
el infierno ya ha preparado su lecho de fuego para él.
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| En la penumbra el soldado,
el inocente portador del horror quien, con dedos acalambrados desciñe
sus botas y su ropa, la fondera que abre la puerta al cirujano sangrador,
el cirujano sangrador que, de la luz de la luna, entra a la casa. Pero
lo pavoroso se extiende tanto en la claridad como en la penumbra, y si
lo presintiera, por ejemplo, el monje, rezaría al Salvador de marfil
que ahí, ante sus ojos, se sacude, hacia arriba y hacia abajo; pero
no lo sabe, e incluso, si lo terrible no se estuviera aproximando, habría
otra amenaza, un mal más lento, porque la cortesana arriba de él
tiene la enfermedad francesa, igual que su antiguo galán, el duque
de Northumberland, quien contagia ahora a las hijas de los arrendatarios;
él la contrajo de su esposa, ella del rey Enrique iii, y éste
la contrajo en Francia misma cuando aún era poco común.
Bueno, pues todas las cuerdas se han pulsado, la exposición está realizada. Continuamos. Después de la medianoche, la luna está en el cenit, por lo tanto no ilumina la cama, así que el segundo acto de la tragedia se realiza en la oscuridad, en el caso del monje, en el auténtico sentido de la palabra, el segundo acto de su vida en el que, obligándose de manera violenta al olvido, o también para sondear el alcance de su pecado, está sobre la cortesana, profundamente atrapado por su enfermo y pecaminoso abismo, ella acostada debajo de su endeble elegido, arrepentida por su elección, consciente de que no es redituable. En la oscuridad, el soldado desvaneciéndose, en el centro de la cama, con ojos brillosos por la fiebre que va en ascenso, en la luz de la bujía de sebo los otros huéspedes sentados abajo en la sala: el molinero y su esposa, comiendo. ¿Qué habrá de comer? Bueno, digamos: chamorro hervido en pimienta y mijo, con ruibarbo, azafrán y tomillo, suena a una comilona grasosa y pesada. Y por supuesto cerveza y vino. Al otro lado de la mesa, junto a su indigno compañero, el precioso sicario, el alemán: sentado, rígido y erguido, los ojos entornados hacia el vacío, en expectativa, furiosamente resignado a cualquier humillación, confirmado en todas sus dudas, con abatida dignidad por el poco valor del mundo y de todo lo que lo integra, ante una jarra grande de vino gracias a la cual espera poder soportar mejor y más ebrio el sueño en la cama común no acostumbrada y, es cierto, poco deseada. Mientras que su joven compañero desea la compañía sólo por la ambición por algunas alhajas que, destelleantes, penden entre las redondeces de la molinera y, a cambio, con gusto acepta su mirada, prendida de él en creciente y deseoso anhelo. A media luz la cocina donde la fondera llena de nuevo las jarras, abordada de soslayo por este cirujano sangrador, quien ofrece sangrarla sin costo y hacer cualquier otra cosa, en cuanto se lo permita y lo deje disponer a voluntad. Oblicua está la luna cuando el monje abandona a Anne, se sale dejándose caer como una pera hueca, intenta fugarse de inmediato en el sueño, con el deseo ardiente de pasar el resto de su pecaminosa vida en sueño y somnolencia, o, mejor, anhelando que su cuerpo pudiera fabricarse un nuevo espíritu; más oblicua cae ya la luz de la luna desde el otro lado sobre la cama, sobre Anne que se levanta con suspiros de decepción, arrepentida por la benevolencia inútilmente gastada, la luz la abandona cuando se pone, yendo hacia el interior de la pieza, una camisa, titiritando de frío, recorre la habitación con una mirada desilusionada, ve al soldado, con los ojos brillosos, en el centro de la cama y asimila esta presencia, siempre calculando en sus pensamientos, mientras que él está delirando, ya no habita en este mundo, exceptuando los dolores, lo único que lo aferra todavía a este mundo. ¿Y qué me aferra a mí a este mundo? Continuamos... continuamos... transposición... tema nuevo. Ahora, la órbita del terror se amplía, la luna está poniéndose, casi horizontal, brilla desde otro ángulo, por otra ventana, ilumina la cama de manera lateral, pero completa, esta cama, mi cama cuyos espacios vacíos están ocupados en este momento por los que se acuestan. Dormido sobre ella, la luna inclemente alumbra al trasluz al monje, a quien se evitará un terrible despertar; en vigilia sobre ella Anne que, en camisa, ha pasado por encima del monje y se aproxima con lentitud, arrastrándose debajo del cobertor, al soldado, dejando un creciente espacio intermedio entre ella y su víctima anterior, tiene cuidado de no despertarlo, antes de que pueda poner en práctica a un mismo tiempo todos sus recursos. Enfermo sobre ella, el soldado parece inmóvil a no ser por un débil temblor, un castañeteo de los dientes y un aleteo respiratorio. Recién poblada por aquellos que en torno de ella se despojan en la penumbra de sus prendas, no todos al unísono, pero sí con intervalos, y en silencio se reparten los espacios en la cama. Sólo uno de ellos
se ve impelido a reptar sobre el canto transversal inferior, el molinero,
que ha visto a Anne, su larga cabellera suelta, entre monje y soldado,
insinuando la promesa de una aventura tardía que se apodera de él,
de forma voluntaria ha escogido treparse a fin de yacer separado de su
esposa, justo por este objeto de su deseo y por otra figura indefinida
que es el soldado, porque para dos este espacio en la cama entre monje
y mujer sería demasiado estrecho. Por
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| ¿Dónde está
el cirujano sangrador? El cirujano sangrador, el miserable, se quedó
abajo con la fondera. Si le prepara o vende ungüentos de belleza o
intercambia pecados por indulgencias o la sangra o está acostado
con ella en la cama, no lo he pensado todavía, pero es probable
que hace todo al mismo tiempo, nace un círculo, un mal compás
entre indulgencia y pecado, dejo esta escena en la oscuridad y vuelvo al
tema, a la tonalidad principal, hacia el posible pasado de esta cama en
que la luna que se pone alumbra el avance de lo funesto. Se acerca, es
incipiente, aún el noble agarra al joven, el joven a la molinera,
la molinera al joven, el molinero a Anne, Anne al soldado, todavía
duerme el monje, agoniza el soldado, bajo el cobertor, no iluminado por
la luna, las manos palpan, las respiraciones se agitan, las piernas se
mueven en improvisada coreografía, se revuelcan, silenciosos, los
cuerpos, van naciendo olas, van naciendo colinas y valles, movimiento,
iluminado en forma alternada por la luna; la cama vive, por última
vez. Sus ocupantes contienen ahora la respiración, cada uno espera
antes de la última maniobra, el último avance, acecha, sólo
el monje no acecha, ni espera, ni duerme bien, ni está despierto
tampoco, yace paralizado por la visión del infierno que se abre
delante de él; silencioso también el soldado, no lucha con
la muerte sino que es su mansa víctima, en una capa resbalosa de
sudor, con el paladar hinchado, bubones negros en las caderas, de vez en
cuando un estertor que sobresalta a cada quien, mientras persigue su meta,
después ya no se percibe el aliento, así que cada uno se
tranquiliza de nuevo y Anne, al ir desapareciendo la luna conforme corre
el tiempo, se arrima más, está cerca, detrás de ella
el molinero, calcula que llegó el tiempo de su oportunidad a pesar
de que su meta se aleja de él, pero de pronto siente cansancio,
al igual que el alemán, está mareado, pierde el apetito por
el joven, así que el muchacho piensa que su amante duerme y se dirige
ahora hacia la molinera, se arrastra acuclillado sobre ella como una fiera
ansiosa en busca de alimento, pero siente que sus fuerzas se desvanecen
y la molinera, acostada sobre la espalda, a punto de jalar al joven sobre
ella, entre sus muslos y dentro de ella, hace un instante caliente en expectativa
de su cuerpo, siente ahora otro calor febril que Anne también siente;
ella siente debilidad, sin embargo, quiere al soldado, quiere apoderarse
suavemente de él, alza la cobija para manosearlo; y la luna que
se pone brilla horizontal sobre su cabello, sobre su nuca, sobre los otros
ya no brilla, yacen en la oscuridad, molinero, monje, molinera y joven
y noble y soldado, todos están de nuevo acostados, yacen como si
se hubieran caído, se desvanece su proyecto, se disminuye el deseo;
dentro del molinero se extiende una náusea, deja el objeto de su
deseo; sin conciliar el sueño el monje, cuyo espíritu torturado
se adormece de repente por el cuerpo doliente, la esposa del molinero cuya
pesadez respiratoria no es la de la pasión sino la de los dolores,
abandona al joven quien, mareado, la deja, igual que a su lado el alemán
se ha apartado de él y se vuelca hacia el canto de la cama, débiles
todos, olas de calor y de escalofrío se rompen sobre la cama, dolor,
castañeteo de dientes; actividad suspendida, febril letargo en la
penumbra, apatía, la respiración a veces cesa y a veces crepita,
hasta que un agudo grito alcanza a todos, pero ya no los despierta, no
los saca de su letargo, proviene de Anne, de la única que acaba
de moverse, medio incorporada. Molinero, molinera, noble y joven dirigen
miradas inanimadas a Anne, ocho ojos, indolentes, se centran en ella, se
deslizan, a lo largo de su mirada, abajo hacia el objeto del terror:
blanca, en la luna poniéndose, la columna vertical que había sido el miembro masculino del soldado, testigo no de la pasión sino de la rigidez cadavérica, erguido sobre un paisaje infernal de cuerpos achacosos, hinchados, una cruz sin trabe transversal, terrible memento mori, encima de un campo de batalla en una batalla de la que aún quedan rescoldos... ...y todo lo demás
yace en oscuridad. En silencio se vuelve más profundo, los sollozos
de la cortesana disminuyen, se
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| Pero la historia todavía
no termina. Al amanecer la fondera entra en la pieza para despertar a los
presuntos durmientes. No despierta a nadie. Cierto que ninguno está
dormido, tampoco ninguno, aparte del soldado, está muerto, están
en su último aliento, demasiado débiles para moverse o hablar,
con los cuerpos hinchados; todavía tienen sensibilidad en cada miembro,
en cada rincón de su corporeidad que se va desvaneciendo; pero ya
no hay nada más, todos son iguales, todo ha sido rasado, ya no hay
ningún pecado, ninguna esperanza, ningún crimen, ninguna
herencia, ningún miedo. Yacen profundamente injertos en su apatía,
ninguno sabe qué padece o quién había sido antes de
empezar a sufrir ni tampoco que pronto no tendrá que sufrir más.
No se dan cuenta de que están siendo robados de manera metódica,
por la fondera y por el cirujano sangrador, no sólo de la ropa que
dejaron dispersada en la habitación, sino también de aquello
que llevan sobre su cuerpo. Fondera y cirujano sangrador les alzan las
cabezas para apoderarse de monederos en la ropa y bajo las almohadas, les
quitan anillos, sin que ninguno se defienda, Anne no emite ningún
sonido, no abre los ojos cuando la fondera le arranca del cuello el collar
de oro con el Salvador de marfil, no siente dolor ni pérdida...
...únicamente el monje, él hace un último miserable intento de defenderse contra el robo de su rosario que representa todo lo que ha poseído; su Dios, no el Dios de los frailucos sino el Dios de los pecadores, le otorga la fuerza para una última protesta: cuando el cirujano sangrador le arranca la cadena de la mano acalambrada, prorrumpe en un fuerte grito, un grito que es la suma de gritos seculares, sintiendo —con y a pesar de sus dolores— la profunda eternidad de su perdición; pero pronto tampoco él sentirá nada, y quizá nadie sintió el golpe en los guijarros del río, o el frío del agua, cuando el cirujano sangrador y la fondera los arrojaron uno tras otro al río en tanto discutían un futuro común, viendo los cadáveres flotar río abajo, hacia el sur, y mientras que la fondera y el cirujano sangrador, cansados del trabajo matutino, se acostaron de nuevo en la cama, la peste fluía por el río y más allá, inundó las riberas, ondeó en vahos tierra adentro y se propagó. El cirujano sangrador y la fondera no se levantaron más, se pudrieron en la cama de la fondera; la peste se extendió a los condados Wiltshire y Kent, allí se topó con otra peste que, en su camino hacia el norte, llegó del sur, de Sussex, de allí donde el soldado pocas noches antes había desembarcado, y en la primera noche contagió a una muchacha que contagió a su familia que contagió el pueblo etcétera. Fin de mi historia. Me levanto.• |
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