Sociología,  relaciones personales, 
comportamiento y personalidad
 
* Víctor Hugo Martínez Escamilla

Al argumentar que la dicotomía relaciones sociales/relaciones personales era sociológicamente inadecuada, en un trabajo anterior ("Relaciones personales, comportamiento y personalidad: interés de la sociología", en Casa del Tiempo, núms. 23-24, diciembre de 2000-enero de 2001, pp. 19-25) aludimos de manera breve a varios asuntos importantes. Entre otras cosas, dijimos, apoyándonos en Simmel (1917 [1950]), que en la base del interés sociológico están —más que las fuerzas y características de la acción social de los actores o sujetos sociales, como en forma corriente se interpreta que pensó Weber (1925 [1947])— la existencia y permanente reelaboración de sus interacciones y de los marcos en que éstas se producen.

También expusimos —apoyándonos en Mauss (1925 [1969])— que observar las interacciones es primordial para entender a la sociedad y que estas interacciones se vuelven concretas cuando los sujetos o actores sociales intercambian objetos, valores e informaciones que les son significativos, además de que tal intercambio es, en buena medida, socialmente forzoso. Asimismo sugerimos que, en los procesos de interacción e intercambio, los actores sociales sociales despliegan los comportamientos que, de conjunto, forman y permanentemente reconfiguran sus personalidades.

Siendo honestos, no se necesita ser sociólogo para llegar a esas conclusiones. Cualquiera sabe, al menos, que uno no puede sustraerse al contacto con sus semejantes, sobre todo con aquellos que por diversas circunstancias están física, anímica y socialmente hablando más cerca. Pero también uno sabe, como suele decirse, "de una u otra manera", que "todos" buscamos y fomentamos ciertas relaciones y contactos mientras que desalentamos y evitamos otros, e igual se sabe que, a pesar de que eso lo hacemos en general, si nos preguntan por las razones de nuestro comportamiento, no podemos evitar justificarlo con ejemplos de contactos o experiencias con tales y cuales personas, bajo ciertas u otras circunstancias, lugares y tiempos.

Ahora continuaremos argumentando para responder a la pregunta central de este trabajo. Y lo haremos hasta poder bosquejar una conclusión provisional. Para ello, en primer lugar veremos un poco más de cerca cómo otros sociólogos han argumentado que el comportamiento social puede ser visto en términos de intercambio. Después, trataremos de explicar por qué los lazos y los contactos que se dan entre dos actores pueden ser considerados como una unidad de observación o de interés sociológico, para concluir resumiendo por qué pensamos que las relaciones personales son básica e instrínsecamente sociales.
 
 

 
 
Comportamiento social como intercambio

La idea central de Mauss ha recibido diversas consideraciones. Muchos autores posteriores a él, con o sin mencionarlo o reconocerlo de manera abierta, han bordado sobre el asunto para terminar enriqueciéndolo. Por ejemplo, Parsons y Shils (1952) aportaron dos elementos importantes cuando introducen, primero, la noción de sistema (o cultura) compartido(a) de símbolos, como aspecto identificador de las relaciones diádicas y posibilitador de las acciones que concretan dichas relaciones; y segundo, cuando hablan de la característica cambiante de las relaciones en el tiempo y la manera en que los participantes en ellas perciben el cambio y actúan en consecuencia. Mencionan que la comunicación entre actores a través de un sistema común de símbolos es una precondición de la reciprocidad o de la complementariedad de sus expectativas. De hecho, dicen:
 

...[l]as alternativas abiertas para alter deben tener algún grado de estabilidad en dos sentidos: primero, como posibilidades realistas para sí mismo y, segundo, en cuanto a los significados que tienen para ego. Esa estabilidad presupone [cierta posibilidad de] generalización de las particularidades de las situaciones dadas de ego y alter, particularidades que están en cambio continuo y nunca llegan a ser concretamente idénticas... Cuando ocurren tales generalizaciones, o cuando los símbolos tienen el mismo significado para ego que el que tienen para alter, podemos hablar de una cultura común [o de un sistema de símbolos] existente entre ellos... (Parsons y Shils, 1952, pp. 106-107).


Lo anterior podría ser interpretado como que las relaciones entre ego y alter pueden ser vistas también como un intercambio de bienes tangibles e intangibles.

Por su parte, respecto de la afirmación de que el comportamiento social se concreta y se manifiesta durante la interacción, George C. Homans (1958, pp. 597-598) reconoce su deuda con Mauss al haber desarrollado y empleado una teoría del comportamiento social como intercambio de la cual, entre otras cosas, se podrían destacar en resumen las siguientes características:

a) el comportamiento personal se modela y se refuerza de manera permanente por medio de los comportamientos de los demás;

b) no importa cómo haya llegado a darse esa situación de intercambio; lo que importa es qué sucede;

c) los aspectos que principalmente refuerzan el comportamiento social de los individuos son los valores;

d) el comportamiento de las personas siempre conlleva costos;

e) cada persona tiene más de una posibilidad abierta de comportamiento;

f) el problema de conocer y reconocer los comportamientos y las personalidades sociales en un individuo o en un conjunto de individuos se refiere a saber cómo se relacionan (o con qué combinación se dan) las variables de valores y costos en la frecuencia con la que un determinado comportamiento se repite;

g) y en ello, importaría saber cómo han influido los valores (o posibles reacciones) del o de los otros hacia los cuales las acciones del primero están dirigidas;

Acerca de lo que de forma común se conoce como sentido de pertenencia o de identidad social, Homans dice que el grado de cohesión (o de reforzamiento que los miembros encuentran en las actividades del grupo) en parte es un comportamiento simbólico (o sentimental) conocido como aceptación social; y en parte es comunicación o interacción, la cual, agrega, es una variable "de frecuencia". Este autor recomendaba tener siempre en cuenta que lo primero es función de lo segundo (véase Homans 1958, pp. 597-599).

Una idea de consideración aportada por Berger y Luckmann (1966) es que los comportamientos sociales que conforman una "personalidad social" son percibidos por los otros como "síntomas" o manifestaciones de aquella personalidad, sobre todo cuando las relaciones se alimentan de manera constante con encuentros o contactos directos entre actores.1 Esos "síntomas", al ser considerados de conjunto, según esos autores (1966, p. 29) se habrían de representar en la mente de los demás en forma de un esquema tipificatorio de aquella subjetividad. Esto es, la subjetividad del actor que entra en relaciones con otros se les presenta a esos otros no de manera desordenada, pero tampoco plena. Tal esquema tipificatorio debería ser entendido como una imagen o un resumen de características de aquella personalidad social, de la cual los otros se estarían sirviendo para poder establecer relaciones con aquel actor.

Lo que en apariencia nos está siendo sugerido es que el uso y justificación de tal esquema tipificatorio estribarían en que, en lugar de tener que tratar con la personalidad compleja de aquel actor (que por lo demás, nunca habría de llegar a ser del todo conocida), los otros, al entrar de manera cotidiana en contactos con aquél, usan su imagen, esquema o resumen de características porque es más accesible y manejable, además de que sería lo único (o casi lo único) que se requeriría conocer del otro para entablar dicho contacto, esto es, sin tener que entrar en "complicaciones innecesarias".

Por su parte, la reflexión de Blau (1964) sobre el intercambio social de recompensas podría estar añadiendo al menos dos nuevos elementos al aporte de Mauss. En primer lugar, al igual que Homans, Blau habla de los costos que entrañan las recompensas sociales. Sin embargo, debe notarse que no se trata del mismo tipo de costos, ya que mientras Homans se refiere a los costos que para cada actor representa el ponerse en acción, para Blau los costos de unos actores por lo general representan las ganancias de otros, a pesar de lo cual, de manera paradójica, todos los involucrados en la relación se beneficiarían siempre de alguna manera . En sus propias palabras:
 

A... las recompensas que obtienen unos individuos al asociarse socialmente tienden a implicar un costo para otros individuos. Esto no significa que la mayoría de las asociaciones impliquen juegos de suma cero en que las ganancias de unos residan en las pérdidas de los otros. Muy por el contrario, los individuos se asocian entre sí porque ellos, todos, se benefician de la asociación... (Blau, 1964, p. 15, énfasis nuestro).
 
 
   
 
En segundo lugar, Blau especifica un asunto que en el trabajo de Mauss sólo quedó señalado y que fue abordado por Weber cuando se refirió a las relaciones recíprocas/simétricas. Según Blau, aunque a todos los participantes en una relación puede convenirles tal relación,
no necesariamente todos se benefician igual [o al mismo nivel, o de la misma manera], ni tampoco comparten los costos de forma equitativa, y aun cuando no existan costos directos para los participantes, con frecuencia sí existen los costos indirectos aportados por aquellos que se encuentran excluidos de la asociación... (Idem, énfasis nuestro).
Esta idea de Blau debe ser analizada. En tanto, y para discutir adelante sus afirmaciones, en primer lugar adelantaremos que nosotros tenemos la certeza de que, a pesar de que puede haber un consenso más o menos claro de hacia dónde se cargan los beneficios de una relación, esa apreciación siempre será subjetiva, esto es, no hay duda de que cada parte involucrada percibirá las cosas de manera diferente (Martínez Escamilla, 1999, p. 59); y en segundo lugar sugerimos comenzar por hacer un cortísimo repaso de una idea central aportada por Simmel, de la cual ya habíamos dicho algo.

Simmel y las relaciones diádicas

Respecto del hecho de que la unidad social más simple no puede ser el individuo aislado, sino al menos dos (esto es, una diada en el interior de la cual existen lazos, se dan encuentros y se ejercen influencias), Simmel, el principal proponente de esta idea, aporta una serie de detalles importantes que van más allá de la elección de una unidad de estudio.

Para Simmel (1917 [1950]), la diada no sólo es esa unidad social simple y una forma general que se presenta en muchos tipos de arreglos sociales en la vida real, sino que, además, hay algunos de esos arreglos en que la limitación a dos partes o términos de la relación es una condición ineludible, esto es, sin la cual no existirían. La naturaleza "típicamente sociológica" de la diada se estaría sustentando en dos hechos importantes: el primero de ellos sería que incluso la más grande variación de las individualidades y de sus motivos unificadores no altera la identidad de esas formas, y el otro es que esas formas pueden existir tanto entre dos grupos (o familias, Estados u organizaciones) como entre dos individuos (véase Simmel, 1917 [1950, pp. 122-123]).

No obstante, sería erróneo pensar que esas son las únicas formas en que una relación diádica pueda darse. Para ciertos efectos y bajo ciertas circunstancias también puede ser la asociación óptima, en tanto que el lazo entre ego y alter continúe existiendo.

Un caso típico en el que una relación diádica es una forma óptima de asociación se da, para Simmel, cuando alter y ego comparten un secreto, u otras cosas con el mismo grado de intimidad que tienen los secretos. Simmel explica esas características peculiares de la diada a partir del hecho de que las relacciones entre los dos elementos que la componen son de naturaleza diferente a las relaciones que puedan tener los elementos de grupos con más de dos miembros porque cada una de las partes vive la relación sintiéndose confrontado sólo por el otro, y no por una colectividad que percibieran como estando encima de ambos (Simmel, 1917 [1950, p. 123]).

¿Quién se beneficia?

En el concepto de Blau, las relaciones íntimas y las relaciones sociales serían gratificantes por diferentes razones. En las primeras, dado que serían relaciones "basadas en el afecto", el puro goce de tener una relación con alguien sería suficiente. Si a partir de ello los interesados realizan otras actividades juntos, el único cambio al que estaría expuesta la relación sería un cambio positivo: un reforzamiento (Blau, 1964, p. 15). Las segundas —las relaciones sociales— se establecerían porque quienes se asocian obtienen de esa manera algún tipo de beneficio. En sus palabras:
 

Los individuos con frecuencia derivan beneficios específicos de sus relaciones sociales porque quienes se asocian deliberadamente se toman el trabajo de proveerse de tales beneficios... Los favores nos vuelven agradecidos, y nuestras expresiones de gratitud son [en sí mismas], recompensas sociales que tienden a volver disfrutable el conceder favores, particularmente si el aprecio y el "estar en deuda" se expresa públicamente y, con ello, se ayuda a establecer la reputación de una persona como generosa y como "ayudador" competente. Además, una buena acción de ese tipo merece otra... [de ahí que] buscaremos reciprocar... y el resultante intercambio mutuo de favores fortalece el lazo social entre los dos... (Blau, 1964, pp. 15-16, énfasis nuestro).


El planteamiento es interesante y provocador y en otra ocasión hablaremos de sus parentescos intelectuales. Por lo pronto hay que hacer notar que el aparente desprendimiento que Blau parece sugerir no por fuerza refleja solidaridad, o dicho en otras palabras, para el actor la solidaridad no es principalmente hacia otras personas, sino para consigo mismo. En apariencia a tono con Mauss (1925 [1969]) y Homans (1958), Blau dice que
 

El "altruismo" pervade visiblemente la vida social. Las personas están ansiosas por beneficiarse unas a otras y por reciprocar a los beneficios que reciben. Pero por debajo de este aparente desinterés se puede descubrir un "egoísmo" subyacente; la tendencia a ayudar a los otros con frecuencia es motivada por la expectativa de que, el hacerlo, traerá recompensas sociales... Una recompensa básica que la gente [siempre] busca en sus asociaciones es la aprobación social, y el comportamiento egoísta para con los demás hace imposible obtener esa recompensa tan importante (Blau, 1964, p. 17, énfasis nuestro).


Claro que muchos de nosotros, en un ambiente como el de nuestra ciudad, podemos dudar de que ese altruismo en verdad invada la vida social. Con esa salvedad, diremos que esa afirmación de Blau sólo en apariencia está a tono con Mauss porque, para éste, el problema de la asimetría queda resuelto con el hecho de que los favores se devuelven cada vez que se reciben, esto es, queda resuelto con la reciprocidad que, a fin de cuentas, forma el núcleo de la cohesión social. Blau no piensa así. Como se dijo, para él lo que importa es la ventaja personal que se pueda obtener de la relación.

Por otra parte, siguiendo la idea acerca de que tanto Homans (1958) como Blau (1964) hablan de que los beneficios que pueden traer las relaciones siempre conllevan costos, hay que remarcar que para Homans quien obtiene el beneficio por lo general es el mismo actor que paga algún costo por ello, mientras que para Blau los beneficios que alguien obtiene significan costos para los demás, ya sean éstos costos directos o indirectos. La diferencia entre las concepciones de Mauss, Homans y Blau proviene de lo que cada uno piensa acerca de dónde se origina el beneficio y hacia dónde va, esto es, quién otorga el beneficio y quién se beneficia.

1) Para Mauss, el beneficio proviene de todos los participantes (la sociedad) y, de igual manera, se benefician todos los participantes al mantenerse viva la sociedad.

II) Para Homans el beneficio se origina en (o proviene principalmente de) el esfuerzo que el actor hace (esto es, cuánto "invierte" para entrar en relaciones o permanecer socialmente conectado). Y también el beneficiado es el actor en cuestión, y el beneficio es precisamente el hecho de permanecer "conectado".

III) Para Blau todos los actores pagan costos y reciben beneficios, pero no de manera equitativa. El actor A que recibe el beneficio inicial (que le costó a B otorgarlo), por esa misma razón, después paga el costo social de tener que reconocerse beneficiario (y en deuda) con B, quien a su vez se beneficia no sólo con el pago efectivo o pendiente del favor que hizo, sino con el prestigio que adquiere por el hecho de que A se lo reconoce en privado y/o en público. Esto es, el beneficio de unos es el costo de otros.

Nos parece que hasta aquí ya ha quedado suficientemente matizada en varios aspectos la afirmación de Blau en el sentido de que "los individuos se asocian con los demás porque [todos] se benefician con la asociación"(Blau, 1964, p. 15).

Nuestra posición a ese respecto es que para determinar quién y cómo se beneficia de una relación, se deben evaluar varios asuntos. En primer lugar, hay que considerar de qué tipo de actores se trata; en segundo, qué tipo de relación general existe entre esos actores; en tercero, el tipo de asunto respecto del cual se está tratando de determinar quién y cómo se beneficia; y en cuarto, hay que tener en cuenta el tipo de contexto en el que se da la relación en cuestión. Pero todo esto se profundizará en otra ocasión. Por ahora, tratemos de concluir.

Las relaciones personales son relaciones sociales

A pesar de lo extendido de la noción entre los sociólogos —tanto en nuestro país como en muchas otras partes del mundo— como lo propone Blau acerca de que las relaciones íntimas o personales son de naturaleza diferente respecto de las relaciones sociales, a estas alturas nos parece, por lo menos, exagerada. Pensamos que aseveraciones como ésa más que ayudar a entender los problemas de lo social, más bien han estado oscureciéndolos y dificultándolos.
 

 
 

Tal exageración podría deberse a cosas parecidas a lo que Catherine Stein percibe cuando al referirse a lo que sucede en la familia (y no hay relaciones más íntimas —socialmente hablando— que las familiares), la realidad en ciencias sociales es que:

A pesar de la naturaleza especial de las relaciones familiares, muy poca atención se ha puesto al impacto de las obligaciones mutuas que acompañan a una membresía basada en el parentesco. Las obligaciones han sido descritas como el "pegamento" que conecta a las generaciones, al igual que a los "deber ser" con los "poder ser" que rodean a las relaciones individuales de los miembros de una familia. La obligación familiar representa una enorme fuerza social que moldea las relaciones personales individuales (Stein, 1993, p. 78, énfasis nuestro).

Por nuestra parte, no sólo podríamos asegurar que es posible encontrar muchas otras conexiones económicas y prácticas (y no únicamente emocionales) en las relaciones familiares de todo tipo, sino que también lo podríamos hacer acerca de que otras relaciones íntimas tienen una variedad mucho más amplia de lazos que los puramente afectivos.

También decimos que al menos resulta exagerada la idea de Blau porque, en la vida cotidiana, incluso las relaciones más íntimas contienen rasgos que no son determinados desde su interior, sino que provienen de los contextos sociales en que aquéllas se dan. Y viceversa: de las relaciones sociales (o "no íntimas", que según Blau se basan en la conveniencia egoísta), incluso las más frías tienen una dosis de aspectos afectivos en particular, y emocionales en general. Claro está que unos tipos de relaciones sociales tienen más de estos ingredientes que otros.

Por último conviene mencionar la serie de preguntas que, respecto de las relaciones personales entre adultos se hace Allan (1993) cuando analiza tres de sus tipos más conocidos (esto es, las relaciones de amistad, las de padres-hijos adultos y las de matrimonio). Las preguntas son las siguientes:

¿Qué gama de factores dan forma y forman patrones en las relaciones entre adultos? ¿Qué afecta o altera los límites de comportamiento aceptable dentro de ellas? ¿Cuáles son los parámetros dentro de los cuales los individuos son "libres" de construir esos lazos personales entre adultos? (Allan, 1993, p. 4).
Él mismo comenta enseguida que "Proporcionar respuestas a tales cuestiones no es tan sencillo o directo, ya que el desarrollo social de los diferentes tipos de relaciones siguen patrones marcados por diferentes configuraciones de factores externos" (Idem).

Por nuestra parte, somos de la idea de que el asunto es todavía incluso más complejo que eso. Por ahora dejaremos al lector con la tarea de imaginar el tipo de combinaciones que saldrían de cruzar, como lo propone Baxter (1993, pp. 140-143), las contradicciones que se dan en el plano interno de las relaciones personales con las del plano externo, miradas ambas desde el punto de vista complejo de las dialécticas con que se podrían mirar a partir de considerar los pares conceptuales de integración-separación, estabilidad-cambio y expresión-privacía. En un futuro nos ocuparemos de este asunto.

*Víctor Hugo Martínez Escamilla es profesor-investigador del Departamento de Sociología de la UAM-Azcapotzalco; doctor en filosofía por la Universidad de Tulane y miembro del Sistema Nacional de Investigadores. El presente trabajo se basa en el segundo capítulo de su tesis doctoral, titulada "Relaciones personales, redes sociales y desarrollo local: los pequeños empresarios en la frontera noreste de México (un caso en Reynosa, Tamaulipas)", Nueva Orléans, 1999, 616 pp.


Bibliografía

Leslie A. Baxter, "The social side of personal relationships: A dialectical perspective", en Steve Duck (ed.), Social context and relationships, Newbury Park- Londres-Nueva Delhi, 1993, Sage Publications (Understanding Relationship Processes Series, 3), pp. 139-165.

Peter M. Blau, Exchange and power in social life, Nueva York, John Wiley, 1964.

Peter L. Berger y Thomas Luckmann, The social construction of reality. A treatise in the sociology of knowledge, Nueva York, Anchor Books-Doubleday, 1966, 219 pp.

George C. Homans, "Social behavior as exchange", en The American Journal of Sociology, vol. 63, núm. 6, mayo, 1958.

Victor Hugo Martínez Escamilla, tesis doctoral, "Relaciones personales, redes sociales y desarrollo local: los pequeños empresarios en la frontera noreste de México (un caso en Reynosa, Tamaulipas)", Nueva Orléans, 1999, 616 pp.

Marcel Mauss, The gift. Forms and functions of exchange in archaic societies, traducción de Ian Cunnison, introducción de E.E. Evans-Pritchard, Londres, Routledge & Kegan Paul, 1925 [1969], 130 pp.

Talcott Parsons y Edward A. Shils (eds.), Toward a general theory of action, Cambridge, Harvard University Press, 1952.

Georg Simmel, The sociology of Georg Simmel, compilación, traducción, edición e introducción de Kurt H. Wolff, Glencoe, The Free Press, 1908 y 1917 [1950], 445 pp.

Catherine H. Stein, "Felt obligation in adult family relationships", en Steve Duck (ed.), Social context and relationships, op. cit., pp. 78-99.

Max Weber, The theory of social and economic organization, traducción de Talcott Parsons y A. M. Henderson, introducción de T. Parsons, Glencoe, The Free Press, 1925 [1947].

Notas

1"...(I)n the face-to-face situation, the others subjectivity is available to me through a maximum of symptoms", Berger y Luckmann, 1966, p. 29.