Naturaleza transfigurada según
Carlos Gutiérrez Angulo
* Raquel Tibol

Los asientos predilectos de muchos artistas plásticos son aquellos que se acomodan al ritmo de su cuerpo durante el trabajo frente al soporte, sin interferir o limitar la libertad de acción.

Carlos Gutiérrez Angulo —inventor de técnicas mixtas que incitan a la reflexión sobre realidades que subyacen sin ser remedas— tenía un sólido banco predilecto. Cuando después de cierto tiempo de no haberlo utilizado intentó sentarse el banco se desmoronó junto con él. Aquella caída inesperada, aquel derrumbe inadvertido daría origen a la serie de formidables pictodibujos monumentales, todos de 1998, que ahora presenta en la Galería Metropolitana.

¿Qué había ocurrido? Las polillas habían deglutido las entrañas de aquel compañero de muchas jornadas dedicadas a estructurar y combinar materiales, en un proceso progresivo de búsqueda para intensificar la expresión de lo visible. La silenciosa y devastadora irrupción de las doradas mariposillas nocturnas en la intimidad de su taller inducirían a Gutiérrez Angulo hacia la elaboración de una serie en la cual predominan asociaciones simbólicas relativas a la interdependencia entre las especies. La intención (inspiración) del artista no estuvo encaminada a desarrollar algo así como un darwinismo intuitivo, ni ofrecer ilustraciones más o menos arbitrarias sobre la selección natural de individuos, géneros o tipos. Nada que se asemejara a una divulgación científica, nada de contactos estéticos con la biología o las ciencias naturales en general; todo habría de situarse en el poético terreno de lo inverosímil, lo imprevisible y lo azaroso. Si se pretendiera hallar alguna semejanza artística podría encontrarse en algunos de los versos sobre la "Muerte", dentro de Poeta en Nueva York, el libro póstumo de Federico García Lorca:
 
 

   
 
   

 

¡Qué esfuerzo del caballo por ser perro!

¡Qué esfuerzo del perro por ser golondrina!

¡Qué esfuerzo de la golondrina por ser abeja!

¡Qué esfuerzo de la abeja por ser caballo!

Y el caballo,

¡Qué flecha aguda exprime de la rosa!,

¡Qué rosa gris levanta de su belfo!

Y la rosa,

¡Qué rebaño de luces y alaridos

ata en el vivo azúcar de su tronco!

Y el azúcar,

¡Qué puñalitos sueña en su vigilia!

Y los puñales diminutos,

¡Qué luna sin establos!, ¡qué desnudos,

piel eterna y rubor, andan buscando!

   
 

También en las imágenes de Gutiérrez Angulo el universo físico de la naturaleza, así como ciertas cosas creadas por el ser humano, se transfiguran, se transforman, se mudan para establecer una relación simbiótica de fuerte intensidad espiritual, lejos de los planteamientos evolutivos y de las significaciones o experiencias objetivas del positivismo. Gutiérrez Angulo cita al espectador en un terreno de singularidades subjetivas, quizás oníricas, seguramente tan especulativas como misteriosas. Él acometió un sistema de dependencias tan peculiares como imposibles de situar en la realidad. Sus encarnaciones no están armadas con factores biológicos, ni son fruto de observaciones regulares en torno a determinadas relaciones. Sus exámenes no siguen una línea unidireccional debido a que el fenómeno estético por él planteado no se liga a historia natural alguna, sino que se interna en ambivalencias casuales que establecen parentescos entre lo animal y lo humano, entre hembra y macho, entre lo diminuto y lo grande. Pero no se observan balances entre los opuestos, sino convivencias que trastocan cualquier medida anatómica y estimulan las reacciones emotivas, más aún porque las formas están segmentadas y se penetran unas a otras, ligándose sin diferenciación de especies o géneros. El parentesco es a un mismo tiempo vital y metafísico.
 
   
 
   

 


Preocupado desde hace muchas series por la experimentación y la investigación de materiales plásticos, este sobresaliente conjunto suyo no sólo no constituye una excepción sino que viene a demostrar un dominio de los aspectos formales y del estilo apropiados al tema común en las diecinueve piezas denominadas por Gutiérrez Angulo como Los nómadas. Si nómada es aquel animal o vegetal que se traslada de un sitio a otro, el artista mexiquense aplica libérrimamente esta idea a las entidades que él se ha permitido transfigurar, sacándolas de sus definiciones inamovibles, de sus características establecidas. Se había convencido que para llegar a las simbolizaciones había que cambiarles las proporciones fijadas previamente por la corriente académica naturalista.

El gran formato fue una elección adecuada para cargar a cada pieza de un énfasis particular, el cual se sostiene aunque no se repite. Acertada asimismo fue la elección del duro papel kraft que le permitió imprimir coloreando al mezclar cola de conejo, blanco de España y cenizas de carbón gris con colores azules, rojos, violáceos, verdes, naranjas y amarillos. Sobre ese fondo bien texturado, el dibujo trazado con tinta negra para grabado fluye con espontaneidad y decisión, y escaso o nulo margen para las correcciones. El grosor de las líneas debió ser calculado previamente, así como el desarrollo de las escenas donde intervienen mujeres, hombres, aves, peces, seres mixtos (hombre-sapo, hombre-gallo, hombre-simio, hombre-polilla, hombre-cocodrilo, hombre-elefante, hombre-león). Con estos últimos Gutiérrez Angulo da cuenta de que ha sabido abrevar en el arte prehispánico y su inagotable fantasía para crear entes que sintetizan mitos y cosmogonías.

Para un mejor acercamiento a lo esotérico de estas diecinueve imágenes conviene tener en cuenta algunos de los conceptos de Gutiérrez Angulo que las sustentan:
 

   
 
   

La mujer con su fuerza es el principal sostén de las civilizaciones/ En el hombre se suman angustia y debilidad/ Cuando los esbozos primigenios se hacen más agradables los abandono/ El animal en el hombre, el hombre en el animal: conviven/ El hombre quisiera volar aunque fuera con las alitas de las polillas/ Hay que reconocer a tiempo los fenómenos mentales imprevisibles/ Fragmento los personajes porque están entrando o saliendo, porque se desmoronan o se construyen/ Se puede llegar a algo si se sabe dar a tiempo la mano para hacer una columna de manos/ Si todos los ojos están de un solo lado no se puede ver/ El hombre puede conformarse de las partes de muchos otros hasta volverse uno/ Aunque el ser humano se esté desmoronando y fragmentando, se vuelve a conformar/ Lo más angustiante de nuestra condición es no poder controlar la naturaleza.

Quizás esa angustia de no poder controlar la naturaleza llevó a Carlos Gutiérrez Angulo a realizar el esfuerzo de transfigurarla en el espacio del arte. Este procedimiento logrará mayor validez si llega a contar con la solidaria complicidad del público.

Nueva Anzures, primavera de 2001

   
 

  
*Raquel Tibol (Argentina, 1923, nacionalizada mexicana en 1961) es periodista, escritora, crítica de arte y museógrafa. Entre otras actividades, ha publicado 30 libros acerca de la historia del arte moderno y como museógrafa ha dirigido y montado varias exposiciones en recintos como el Palacio de Bellas Artes y el Museo de Arte Moderno.