El tío Esteban
* Nicolás Cárdenas García.
Un día pasaron por el pueblo
cargando sus pesados fusiles
su mugre
su hambre hecha costumbre
persiguiendo comida
reclutas
descanso.
 
 
 Para los sobrinos del tío Esteban
 
Un largo día se quedaron en el pueblo
se comieron las vacas
los pollos 
los cerdos
durmieron en las casas abandonadas
y cuando se fueron 
un nuevo soldado decía adiós:
el tío Esteban.

Los años fueron después como todos
y la revolución ya no volvió
por este pueblo
quieto, tranquilo, verde, boscoso
agazapado en sí mismo.

De vez en cuando llegaban noticias de la guerra 
y sus fragores
de los fusiles inquietos
de los muertos sin nombre
y algunos recordaban al tío Esteban.
Luego lo olvidaban.

Otro día llegó la influenza
y esta vez la gente no pudo correr.
Cuando se fue
dejó algunos huérfanos
algunas mujeres solas
algunos hombres solos
muchas miradas vacías
en un pueblo que seguía
quieto, tranquilo, verde, boscoso
agazapado en sí mismo.

Un día se supo que las guerras terminaron
pero en el pueblo nadie festejó.
Todas las mañanas salían los pobladores
a exprimir los tercos campos
a recorrer la vasta montaña
a otear el azul horizonte
de este pueblo
quieto, tranquilo, verde, boscoso
agazapado en sí mismo.

Otro día, cuando apenas se recordaba su recuerdo
el tío Esteban regresó.
Tenía 30 años pero cargaba más en la mirada.
Y le sobraban cicatrices
del acero
del plomo
que se metieron a su moreno cuerpo
sin quebrarlo.
 

 
 
El pueblo tuvo así un héroe de mirada triste
que a veces, cuando el sol se ocultaba tras
             el verde monte,
se miraba las manos —vacías, fuertes, mutiladas—
y luego suspiraba.

Pasaron los años y jugamos a la guerra 
           con el tío Esteban
formaba batallones
organizaba marchas
gritaba órdenes
a imberbes soldados de juguete
que morían y resucitaban a cada fiesta.

Con el tiempo llegó de nuevo la revolución
y se fueron los hacendados.
Sus casas comenzaron a derrumbarse
y entre líderes, gritos y banderas
el tío Esteban fue feliz por un tiempo.

Luego regresó la vida diaria
a un pueblo que seguía
quieto, tranquilo, verde, boscoso
agazapado en sí mismo. 

Cuando el tío Esteban se hizo viejo
en los ocasos se miraba las manos
y con voz triste, pastosa, decía:
"con estas manos he matado mucha gente".
Luego lloraba.

 
 
   
Un día murió
y perdimos nuestro pedazo de revolución.
Se llevó el olor a pólvora
y la memoria de los muertos.
Nos dejó con los campos tercos
la vasta montaña
el azul horizonte
de este pueblo
quieto, tranquilo, verde, boscoso
agazapado en sí mi.
*Nicolás Cárdenas García es doctor en historia por la UNAM, profesor titular del Departamento de Política y Cultura de la UAM-Xochimilco; pertenece al Sistema Nacional de Investigadores. Con este poema ganó los XXXVII Juegos Florales de la Revolución Mexicana en el tema "La Revolución Mexicana", convocados por el Ayuntamiento de Jiquilpan, el Instituto Michoacano de la Cultura y la Casa de la Cultura Miguel Hidalgo.