Isary Paulet
Aires  de blues*
*Ricardo Garibay
 

En la subida comencé a sentir el sopor, y en la planicie me adormecí completamente. Era lo mejor que podía sucederme. La recta no tiene fin. Un hilo gris que desaparece en los temblores de agua del horizonte y llegando allí reaparece y desaparece allá en el horizonte, hendiendo el desierto blanco. Y allá de un lado y otro, quién sabe a qué distancia, como de sueño arpados filos de montañas suavísimamente azules.

Federico llevaba el coche a ciento cincuenta kilómetros por hora. Durante buena parte del camino Juventina había ensayado las obras que tocaría en el concierto. Una y otra vez Bach. Era artista excelente y habría llegado a mucha fama. Su saxofón hilaba y deshilaba arabescos de lánguida y milimétrica energía. Sus arreglos eran secretamente melódicos. Iba adelante, junto a Federico. Se volvió preguntándome:

—¿No lo molesta, Dadi-o? Es la única forma en que soporto esta eternidad —y señaló el vacío alrededor.

—¿Qué va? —dije—. Nos encanta tu Bach napolitano. ¿Verdad, hija?
 

 * Este cuento se publica con el permiso de la editorial Oceano y la Dirección General de Publicaciones del Conaculta. Fue tomado de Ricardo Garibay, Cuento, introducción general de Vicente Leñero, ensayo de Manuel Gutiérrez Oropeza, México, Oceano/Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo/Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo/Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2002 (Obras Reunidas, 1), pp. 401-409.

Linda no contestó. Llevaba tiempo obsesionada por el desierto, que veía por vez primera, buscándole no sé qué, saludando a no sé quién de cuando en cuando, la frente encajada en el cristal.

—¡Ay cómo es malo, Dadi-o! —dijo riendo Juventina—. Mi Bach es bachiano ciento por ciento.

—No lo niego —dije—. Lo que me encanta es eso, y que resulte tan romántico.

—A ver si le gusta esto —dijo, y se puso a fantasear aires de blues. Entonces oímos un aleteo tremendo justo arriba del coche. Nos asomamos a los vidrios, pero no vimos nada.

—Un águila —dijo Federico—. Ya me ha pasado aquí. Se clavan hasta rozar el toldo y se levantan como un rayo.

—No —dijo la niña, sin volverse, completamente absorta—. No es un águila.

Cuarenta o cincuenta kilómetros Juventina siguió tocando. ¡Aquellos aires luminosos y nocturnos en la clara inmensidad! El callejón, el bar, el negro de las cadencias de oro, y el dolor y el deseo en el gemebundo enredijo de melenas, sedas y muslos y los desnudos brazos y un piano al fondo de un mar de labios entreabiertos, ardientes, lenguas, lechosos dientes susurrantes, y los íntimos párpados semicerrados en close-up descubriéndote en un rincón de la melancolía, cercándote, lamiéndote, asesinándote en la claridad inmensa. Ay Dios, quién estuviera tirando la vida en ese morado amanecer. Luego Juventina limpió el saxo, lo envolvió en el cashmere y se recostó ardorosa y agotada.

—Eso fue inmisericorde —susurré.

—Ajá… sí… —susurró ella.

Vi las brillantes líneas de su sudor resbalando de la sien al cuello, y entré de lleno en el marasmo de las lisas lejanías. No cerraba los ojos, me los dejaba invadir de blancura. Y media hora así es deliquio eterno y un año es un instante. Sientes que vas nadando un río de leche tierna, y sonríes, la saliva escurriendo por la dulce comisura, porque piensas que acabas de ver a un ángel cruzando a velocidad fantástica la atmósfera de fuego.

—Abuelo... —sentí el aliento caliente, la vocecita en secreto pegada a mi oreja—. Un ángel…

—Sosiégate Linda, no te pares en el asiento —oí que regañaba a Federico.

La niña se echó sobre de mí. Me tentaba la cara. Trataba de despertarme sin llamar la atención.

—Sí, hija…

Me golpeaba quedo las mejillas, me pateaba, me gritaba en voz baja:

—¡Abuelo! ¡Abuelo…!

—Sí, hija…

—¡Dos ángeles!

Un desequilibrio imperceptible del choche, sensación de velocidad mortal, un vértigo instantáneo y desperté bruscamente abrazando a la niña.

—Qué pasó —se despertó Juventina enderezándose.

—Un milímetro —explicó Federico—. Pero a más de cien, se siente cualquier cosa. Es la luz. Creí… No, es la luz, por momentos no se ve nada.

—Ten cuidado. ¿Quieres que maneje? —preguntó Juventina adormilada de nuevo, abrazada a su saxofón.

La niña tiraba de mi manga.

—¡Abuelo, mira…!

Su cara parecía aterrada y maravillada. Tendía el brazo, electrizados sus pequeñísimos dedos.

Un ángel volaba a unos cincuenta metros de distancia y a diez o quince de altura y volaba con las alas plegadas y era enorme y color de acero y despedía reflejos verdosos.

La niña tiraba rabiosamente.

Me extrañó, a pesar del estupor, a pesar del calofrío que ya me atacaba que no gritara la criatura, que mantuviera un imperioso silencio, como ante algo sucio o muy tonto o muy de mentiras, y más me extrañó que yo actuara de la misma manera.

Casi exactamente igual al de la izquierda, a la derecha volaba un ángel profundamente amarillo, oscuramente amarillo y sólo esto lo diferenciaba del primero.

—Fede… —dije con un hilo de voz, y protegí a la niña incrustándomela en el pecho.

—Sí, dime, papá.

—Disminuye… —¿por qué ese hilo de voz?, ¿por qué "disminuye"?

—Voy bien —dijo—. No hay cuidado.

—Disminuye —musité—. Por favor…

Me vio por el espejo y disminuyó aprisa orillándose.

—¿Te sientes mal?

Quise hablar. Me temblaban los labios cerrados. La niña señalaba intensamente la ventanilla. Federico puso el coche a vuelta de rueda y se volvió muy alarmado.

—Qué te pasa, papá. Qué tiene la niña.

—Qué sucede. ¿Qué es? —se despertó Juventina.

Federico paró en seco, dejó abierto el motor y metió freno de mano.

—¡Pero qué sucede, qué pasa! ¡Cómo te detienes aquí! —Juventina estaba ya en franca vigilia.

—¡Es el aire cerrado! Si esto no hay que pasarlo sin clima. ¡Se lo advertí al estúpido mecánico! ¡Abre eso, rápido!

—¡Es peor, es peor! ¡Qué tienes, hijita, qué tienes!

—¡Necesitan aire aunque esté hirviendo!

—¡Es peor, Federico, es un horno!

Abrieron las ventanillas y nos envolvió la braza inmóvil.

—¡Cierra Federico, cierra!

 
 

—¡Esto no es broma! ¡Hay que largarnos de aquí, ya lo sé! ¡Pero que bajen, que muevan las piernas, que respiren hondo aunque sea unos segundos!

—¡Espérate, espérate! ¡Dios mío!

Había grandísima alarma en Juventina. El desierto mata en pocos minutos, en pocos minutos.

—¡Espérense, con la sombrilla, aquí la tengo debajo del asiento!

—¡El hielo! ¡Un poco de hielo! ¡Claro! —exclamaba Federico, saliendo ya del coche—. ¿Metiste la hielera?

Pero afuera era el infierno, y Federico entró violentamente.

—¡Es imposible!

—¡Te digo, te estoy diciendo!

Treinta segundos después salía con los guantes de lana y cubierto con su saco, la cobija de cashmere, la manga de hule y la sombrilla.

Lo oíamos aullar mientras removía bultos y cosas en la cajuela. De pronto sentimos un silencio total y ¿sí?, ¿de veras? Soplaba una brisa, o no, no soplaba, nos rodeaba, nos penetraba una brisa delgadísima, mojada ¿sí? Un puro anhelo de brisa. Juventina lloraba haciéndole aire con las manos a la niña, me miraba con aguda preocupación.
 

—¡Respire Dadi-o, respire!

Ahora me doy cuenta de que la veía mover los labios, pero no la oía. La pequeña se le hurtaba con vehemencia, tratando de salir. Juventina se ahogaba entre pedruscos de "insolación, locura momentánea, peligro de muerte, hielo, ya, ya vámonos" y qué sé yo. Y no dábamos cuenta de la frescura que estaba enfriándonos el sudor en la frente.

Habían pasado más de dos minutos de silencio cuando oí el alarido de Juventina:

—¡Federico, esto va a estallaaaar!

Entonces entró Federico: sin la hielera, sin la sombrilla, sin la cobija ni la manta ni el saco. Llameaba. No sé si me explique. El sol lo había quemado bárbaramente, pero no me refiero a eso. Llameaban sus ojos como si estuvieran mirando algo inaudito y sumamente contagioso. Parecía hipnotizado, o en alma viva.

Asustadísima Juventina hizo intento de abrir la portezuela, pero ya íbamos hechos una exhalación, tieso al volante Federico, recargándose con fiereza en el acelerador. Juventina lloraba, bramaba echándose con fiereza en el acelerador. Juventina lloraba, bramaba echándose sobre sus propias manos, desgreñándose, manoteándose el pecho y las rodillas.

—¡Nos vamos a matar! ¡Nos vamos a matar! ¡Nos vamos a matar! ¡Nos vamos a matar!

—Cierren los vidrios —dijo Federico, suave voz, salivosa.

El coche iba a doscientos kilómetros por hora, y Federico tarareaba la dulzura de un andante de Galuppi.

—¡Cuánto, cuánto, escúchame, cuánto falta para Las Paredes! —gritó Juventina sin saber a quién gritarle, rodeda por tres seres alelados, idiotizados. Las Paredes era un hondón de sombra y agua. Y trató atropellándose de pasar a la niña al asiento delantero, y la niña se defendió rugiendo hasta morderle una mano y se apretó contra mí. Todo en silencio.

—Una hora… un poco más de una hora… o ciento treinta siglos… o aquí están ya, tómalas, toma tus "paredes" amor mío… —contestó al fin Federico, quieta la voz, contenta, jugosa.

Íbamos en la parte más ilimitada de la planicie, donde arena y cielo son una gasa resplandeciente. El automóvil daba su máximo; sus feroces cilindros alcanzaban doscientos cuarenta kilómetros por hora; y era como si zumbara imperceptiblemente, detenido en el constante umbral de una distancia que empezaba justo en su desembocadura hacia ninguna parte. Nada, ni siquiera el pálido perfil de las montañas de más atrás. Y dondequiera el sol, engendrándose precisamente allá o allá, donde quisieras abismar tus ciegas miradas. La niña tironeó desesperadamente de mi mano, me hincó las navajillas de sus uñas. Juventina gritó, una especie de A de hombre, ronca, gargarosa, y su frente chocó contra el vidrio, como si fuera a hacerlo pedazos.

Volaban juntos, con las alas plegadas. Uno llevaba la hielera y la sombrilla, el de verde acero; el amarillo, la cobija, el saco y la manta.

—¿Llevan las cosas? —preguntó Federico, atento al camino.

—Sí —dijo Juventina.

—Y un fierro —dijo la niña.

—¿Sacaste el gato? —pregunté.

—Tuve que sacarlo, para mover la hielera —contestó Federico.

Abrieron las alas —se vieron colosales— y desaparecieron a velocidad invisible, como si en verdad nosotros estuviéramos detenido en algún punto de la carretera.

—¡Aprisa pa! —gritó Linda.

—¿No puedes acelerar un poco? —pregunté.

—Sí —dijo Juventina—. ¿Por qué te vienes frenando?

—Es una tortuga este tarro —canturreó Federico—, una tortuga milenaria, pitagórica tortuga, paralítica tortuga de mi corazón, este tarro chatarrón enterrado en la arena…

Se notó impaciencia en su voz, pero era una impaciencia gentil, o llena de lástima por el Craisler Imperial último modelo.

—Seré esparcido por un rey, mi vida —dijo canturreando— y seré el espíritu del yermo, forever, y este querido chatarrón se irá a los cielos.. —y dijo—: Bésame, Juventina cantarina, un chirris…

Riendo Juventina lo besó junto a la boca y dijo Federico: —A Caronte, hoy día, se le paga con el último beso recibido. ¿Y sabes qué? ¡Qué concierto, ay Dios, qué concierto vas a dar…!

 
 

—Sí te pegó el sol —dije—, y el cursi, que es el más malo…

—Hasta el centro del hígado, progenitor; gancho de nocaut —canturreó Federico, y reíamos todos alegremente. Subíamos una loma de largo lomo, y en la cima dije Fede:

—Allí están.

Eran cientos. Eran cientos y cientos. Sonaba una delicada y ensordecedora entreveración de miles de arpas. Un arco iris inmenso y en los ojos, aquí en la mano, que ondulara deshaciéndose y haciéndose, desparramándose en la infinita arena pensativo, alzándose de súbito con armoniosísima estridencia. Ángeles y ángeles y ángeles. Armaban una vertiginosa y titilante escala que subiendo se borraba en el espacio puro, y descendía lejos, como escamada serpiente o río de alas a los mares de sutilísimo polvo —diamantería de la luz.

Federico pensó: "qué infinidad de geometrías perfectas". Juventina pensó: "niños, geniales niños musicales". Linda pensó: "vuelan, vuelan, camina, vuelan, vuelan, caminan". Yo dije: "qué alharaca inmensa, escuchen", y luego pensé que el desierto, como convenía a su condición y al solaz de los ángeles, no tenía límites, no podía tenerlos.

Y volaban, pues, caminaban, jugaban, se arracimaban, se dispersaban, algunos invadían la carretera abstraídos, despistados.

—¡Frena, frena por Dios Santo!

Insensatamente frenó Federico. Hicimos el trompo y maro-meamos con fuerza de huracán. Y ya íbamos increíblemente sobre las cuatro ruedas, entre trombas de polvo y derecho hacia los ángeles, que se apartaban tranquilos, como si alguien estuviera filmándolos en cámara lenta, indiferentes. Y poco a poco nos fuimos atascando en la arena. Entonces nos dimos cuenta de que Federico estaba muerto; rígido, las manos al volante, los ojos opacos, el cuello de piedra. Yo sangraba creo que por todas partes. El coche era una monstruosa chatarra, una auténtica escultura de cien aberraciones, como esas mandadas hacer para el arranque de las carreteras: hierros retorcidos sin toldo, sin puertas, sin parabrisas, sin salpicaderas, "no se distraiga, su vida depende de un instante". Me voy a morir, pensé cuando Juventina y Linda bajaban alborozadas a ver el espectáculo. Juventina regresó acongojada, desorbitada, y buscó angustiosamente.

—¡Está intacto!— me dijo sonriendo, luego de revisar el saxofón, y corrió para alcanzar a la niña. Recuerdo que reuní ánimos y le dije: me voy a morir, y me sonrió casi con coquetería. Bajé, o mejor dicho, me abrí paso destrozándome, gruñía como animal acuchillado, me sentía batido en mis propias materias machacadas, pestilentes.

Enormes creaturas aladas, toscas o de brutal hermosura inesperada, como estatuas bajadas repentinamente de sus pedestales. Algunos tenían seis metros de estatura, o más; algunos no llegaban a tres metros. Luchaban dándose encontronazos elefantes; mármoles en cataclismo; aguaceros de arena. Saltaban prodigiosos hasta volverse diminutos allá arriba, y regresaban en picada o planeando soñadores, diríase desmayados, anegados de sol. Formaban grupos a modo de teambacks, muy severos o reflexivos, y se separaban, y volvían a juntarse. Algunos se repartían los cubos de hielo, y uno, soplando en el cubito que le había tocado lo agrandaba y lo agrandaba, batía palmas, brincaba alborozado, daba voces delante de una pequeña montaña de hielo. Esto los entusiasmó. Volaban, meteoros, alrededor del hielo, una especie de remolino ensimismado y furibundo, y pronto construyeron un paraje polar de considerables dimensiones. Se remontaron y lo contemplaron contentos. Centelleaba entera la altura. Y ya patinaban en uno de los valles, deslizándose sobre los pies; giraban, bailaban, y a salvaje velocidad se dejaban caer sobre el pecho y abrían las alas y alzando el vuelo ahí semejaban, tan grandes y monolíticos, minúsculos aviones de plúmea levedad. Desde hacía rato, uno al que orlaban resplandores bermejos pensaba sentado en la punta de un iceberg. Se levantó, voló despacio al hilo del acantilado, agitando las alas como enorme mariposa, y escupió un chorro de vaho ardiente. En la helada pared se abrió un abismo de cascadas y tumbos de agua atónita. Y el bermejo lanzó un clamor de triunfo, una especie de nota de shaleika, la más alta, de metal tersísimo, y trescientos ángeles rojos acudieron ardiendo, y el paraje polar estallaba coloreándose como en el fin del mundo. Era una gloria aquella inacabable diversión. Nadie imaginó jamás tamaño espacio ni tan inmensas multitudes celestes entregadas al retozo. El cielo se inundaba de cristalerías sin fin, y el sol entró borrándose en una sonante aurora boreal redonda y honda como todo el cielo. Eran saetas ebrias de alegría, o como en los cuentos de hadas, se mecían entretejiendo columpios lentos, despedazando millones de aristas de tangible luz. Y se hacía umbrosa la cúpula, color pizarra, cuando aquel hielo esparcido e inagotable acabó de derretirse. Y volvió el sol blanco. Y ellos se agruparon en la atmósfera, quietos, incrédulos. Y la aridez chupaba oleajes bramadores.

¿Dónde estarán Juventina y la niña?

El ángel amarillo me miraba a quince pasos de distancia. Y con lo que me quedaba de vida me revolqué gritando y echando espuma, porque era descomunal y sus cejas eran de bronce antiquísimo, y sus pies gigantes calcinaban la arena, y de su pecho y sus hombros y sus muslos emanaba el poderío de un alud de leones, y de todo él salía una ternura y frescura deliciosas, que calmaron mis dolores y me llenaron de negros vaticinios. Ni aun ahora yo dejaba de ser yo, tan miserable cosa. Todavía traía en la mano la cobija de cashmere. Avanzó y sentí a mi alrededor hervir la tierra. Aunque débil, pude incorporarme de un salto; no sangraba más y mis músculos se restablecían de segundo en segundo. Venía mirándome con pasmosa curiosidad. Apenas le llegaba a las rodillas. Sus ojos eran espantosamente inocentes. Abrió la boca, y el aire sonó como si no sé dónde o dentro de mí una orquesta afinara sus instrumentos momentos antes de la aparición del director. Vio el cadáver y alzó la cara y por un instante pareció concentrarse con portentosa intensidad en la visión de algo infinitamente distante. Y se hizo transparente, no más de un instante. Y abrió los brazos y las alas poco a poco, y de las alas salió durmiéndose una canción como un campo de naranjos o en medio de lo estéril las corrientes aguas, puras, cristalinas o el ventalle de cedros de la noche en la almena. Y abatió la cabeza acatando no sé qué orden. Y liberó amoroso el cadáver prensado por toda suerte de varillas y láminas, y lo sostuvo en sus manos y lo hizo cenizas mirándolo y esparció las cenizas como un rey y emitió una palabra pálidamente verde, la sombra de una fronda fugaz o como quien filma desde el tren por las colinas el airón de un álamo. Y luego volvió a ser natural, y asombrándose mucho creo que sonrió y se alejó cargando el automóvil hecho cisco.

 
 
   

Y en eso oí el saxofón de Juventina.

A lo Miguel Ángel, los ángeles formaban un anfiteatro oceánico, y para ellos tocaba Juventina, como nunca tocara Juventina infinitesimal, y a sus pies una manchita de oro, y esto era la niña. Allá y allá, de entre la muchedumbre que espejeaba metálica y pareja en el confín, se alzaba un ángel, describía una fulgurante parábola, regresaba a su sitio, y se alzaba otro y regresaba, y  y esto era la niña. Allá y allá, de entre la muchedumbre que espejeaba metálica y pareja en el confín, se alzaba un ángel, describía una fulgurante parábola, regresaba a su sitio, y se alzaba otro y regresaba, y otro, y otro, y otro, como divinas moscas que no pudieran guardar quietud ni compostura.

Juventina comenzó a fantasear unos aires de blues muy desgarrados. Se alzaron dos y se perdieron hacia arriba; dos líneas azulosas, dos cohetes mínimos, dos impacientes trazos de gis; luego se alzaron treinta o cuarenta; luego trescientos setentaitantos o más; luego varios miles, y fantaseaba Juventina sollozando penumbras inolvidables, jamás el callejón y el bar y la sedienta caricia y el humo de la fumada de hinchados labios guindas, tuvieron tal desmayo y dulzura, y exasperación; y se alzaron todos juntos, por fin, en sideral silencio, como si al fin hubieran vislumbrado el terrible peligro, y el saxofón seguía sonando, sonando, y siguió sonando mientras la manchita de oro no se me perdió en la abrasada claridad, cuando levanté el pedal del freno, que seguro se le había caído al Amarillo, y eché por el desierto, ya sin rumbo.•

*Ricardo Garibay (Tulancingo, 1923-Cuernavaca, 1999) abarcó casi todos los géneros literarios. Desde la segunda mitad de la década de los 40 del siglo XX, la fuerte voz de Garibay se ha vuelto imprescindible en nuestra literatura.