Gusgamper
*Rodolfo Bucio
Me lo presentaron. Nos dimos las manos. Noté algo raro al apretar su diestra. No dije nada, pero me sentí incómodo. Sonrió, al darse cuenta. Subió la mano y mostró su pulgar derecho. 

—Es natural —dijo sonriendo. 

Su pelo ensortijado, peinado de lado, le daba un aspecto de niño, aunque era unos dos o tres años mayor que yo. Miré su dedo. Tenía en la articulación del dedo gordo una especie de quiste, de añadido raro, en la parte de afuera. Quizás era una carnosidad. Pero era su distintivo. Y su amuleto. 

*

Desde 1970, cuando nos cambiamos a la Unidad Cuitláhuac, asistíamos los sábados a la parroquia de San Juan Evangelista Huacalco, el tempo más cercano a nuestro corazón. Ahí nos reuníamos con un pequeño grupo de jóvenes, cuyas intenciones eran variadas. Algunos querían formar un coro para cantar los domingos en las misas, muy al estilo de las ceremonias juveniles de moda, donde en algunas había mariachis, grupos de rock o simplemente guitarras. 

Otros pensaban aprender más acerca de la religión cristiano católica. Algunos deseaban leer la Biblia y profundizar en su aprendizaje. Yo fui porque mis hermanas me llevaron, igual que a mi hermano. No se la pasaba uno mal. Pronto la veintena de muchachas y muchachos comenzó a aumentar. Llegamos a ser, muy pronto, más de doscientos. Eso dicen los registros de nombres. 

*

El segundo año llegó Gustavo, con su dedo cucho. Caía bien. Era veracruzano, aunque sin acento. En la tercera o cuarta reunión a la que asistió, pidió recitar. Le dieron el micrófono. Paso al frente. Con voz engolada, comenzó a decir una narración que pretendía ser humorística: 

—Un cojo corrííííía —y arrastraba la voz—, y un sordo lo oíííííía, mientras un ciego leíííííía a la luz de una vela apagada. 

Nos dio mucha risa. Durante años repetimos partes de aquella recitación jocosa, recordándolo. 

*

Yo iniciaba el bachillerato, en el cch recién inaugurado, y él ya estaba en la carrera, en el Poli. A todos nos caía bien ese veracruzano: juguetón, dicharachero, algo tímido; pero evidentemente con madera de líder. 

Cuando llegó al Grupo, con mayúscula, como solíamos decir orgullosos entonces, Carlos lo dirigía. Lo habíamos elegido en alguna reunión, para complacencia del padre Roberto. Era ideal: discreto, poco mayor que la mayoría, de voz modulada. Sólo que para entonces, más de un año de funcionamiento, había en el aire la necesidad de un cambio. 

Y Gustavo llegó en el momento justo. Muchos sentíamos que había que quitarnos la tutela del templo. Ser el Grupo de esa parroquia ya no era suficiente. Había que hacer más, llegar a más gente, hacer trabajo afuera, sin descuidar el de adentro. Quizá sin proponérselo, o tal vez con toda alevosía (aún ahora no lo tengo claro), Gustavo se adueñó del Grupo. 

Comenzó a realizar una labor donde la mayoría de la responsabilidad recaía en él, o en los que le tenían aprecio. Cuando la mayoría se dio cuenta, en sus manos estaban todas las cosas importantes: un pequeño periódico, llamado Pilatillo; la organización de una semana de la juventud para el año siguiente, 1972; el establecimiento de relaciones con grupos semejantes en otras parroquias del rumbo (Clavería, San Bernabé, Cosmopolita). 

Así que fue casi natural que le entregáramos el mando. En Pilatillo comenzó a escribir una columna, cuyo nombre ahora me parece premonitorio: "De todo un poco", donde firmaba Gusgamper, las tres letras de su nombre y dos apellidos. A partir de entonces fue Gusgamper para todos. 

Ante algunas desavenencias con el padre Roberto, Gusgamper consiguió que la Asociación de Colonos de la Unidad Cuitláhuac nos prestara su local, para sesionar. Cambiamos de nombre al Grupo. Ayudamos a la Asociación a recolectar cuotas de los morosos, entre otros menesteres. 

Pronto el Grupo no fue suficiente para Gusgamper. Su espíritu de líder lo llevó a aliarse a la juventud priísta. Eran los primeros años del echeverrismo, donde los jóvenes tenían un papel protagónico. Echeverría había hecho gobernadores a dos muchachos que no llegaban a los treinta años. Así que la mesa estaba puesta para los chavos. 

Hacia allá fue Gusgamper. En cierto modo quiso reclutarnos para el partido en el poder. Nadie se dejó. Pero todos respetamos su militancia, sin compartir sus ideas. El Grupo vivió momentos de esplendor. Llegamos a congregar a más de doscientos jóvenes, a cantar en camiones urbanos, a representar pastorelas, a barrer calles, a cantar en diversos templos, a jugar torneos de futbol, básquetbol y volibol, a organizar maratones. 

Había grandes fiestas y reventones. Las serenatas se sucedían. Durante navidad y fin de año teníamos las casas de todos a nuestra disposición. Éramos una especie de gran familia, donde había ligues, peleas, enamoramientos, juegos, canto, fiestas, teatro, misticismos. Todo adicionado con alcohol y buenas vibras. Además, a iniciativa de Gusgamper, mantuvimos un taller literario de gratos recuerdos. 

Por inanición el Grupo dejó de existir. Gusgamper, ya sin el lastre que de alguna manera le representábamos, se lanzó como candidato a diputado por un distrito de su natal Veracruz. De esa época conservo una carterita de cerillos, con su foto y propaganda alusiva a la elección. Antes de cumplir los 30, Gusgamper ya era diputado federal. 

*

Nos frecuentábamos poco, aunque sé que él siempre deseó que estuviera más cerca de su círculo. No quise. En cambio, cuando tuve un grave problema en la familia, que implicaba jueces y tonterías así, fui a verlo. Entré a la vieja Cámara de Diputados, en Donceles. Una guapa edecán me condujo hasta mi amigo. Fue muy amable conmigo, afectuosísimo. Pero no hizo nada. No sé si no quiso o no pudo. 

Supe después de su paso por una Delegación política, en un buen puesto. Y más tarde se ocupaba del área de prensa del organismo juvenil que el gobierno central ha mantenido por muchos años. Ahí pasé a verlo. Eran ya los ochenta. Yo usaba el pelo largo, y una luenga barba; además tenía un aura de valemadrismo que muchos me envidiaban. 

Esa tarde Gusgamper traía puesta una larga chamarra de piel, color claro. Quizás era una reminiscencia de sus años echeverristas. Su oficina tenía pésima luz. Estaba rodeado de unos cuatro o cinco idiotas, que le hacían la corte sin éxito. 

 
 
 
 
   

—Ah, ahora sí traes el pelo largo, ¿eh? —dijo con sinceridad. 

Creo que se alegró de verme. Me preguntó que si se me ofrecía algo. Le dije que no, que sólo había ido a visitarlo, por el gusto de volvernos a ver. Nos dimos un abrazo de despedida. No nos volvimos a ver. 

*

Ausencia total a lo largo de muchos años. Oí una historia terrible acerca de su actual situación. Me resisto a creerla. Prefiero recordarlo sonriente, con su peinado de lado, sus pantalones de provinciano. Sé que todos hemos cambiado, unos para bien, otros para mal, otros para quién sabe. También estoy seguro de mi amistad hacia Gusgamper, sin importar dónde esté, qué haga, qué se meta, qué piense. Mi mano de amigo siempre estará tendida para estrechar su diestra, donde reconoceré el dedo que ha sido su marca. Su destino. Su suerte. Su alma.• 

*Rodolfo Bucio (ciudad de México, 1955) estudió filosofía en la UNAM. Fue becario INBA-Fonapas (1982-83) y del Centro Mexicano de Escritores (1985-86) en narrativa. Ha publicado los libros de cuentos: Las últimas aventuras de Platón, Diógenes y Freud (SEP, 1982) y Escalera al cielo (Cuadernos de Estraza, 1982), y el de prosa poética Geoda (UAM Xochimilco, 2000).