El amarillo intenso de la nota roja 
*José Ángel Leyva
La diversidad de atmósferas y tonos que constituyen los nueve relatos de este libro, Un color amarillo intenso, dan fe de una escritura rica y madura en donde se combina lo mejor de la tradición literaria de América Latina y la presencia de los nuevos pulsos que caracterizan a los autores emergentes. La narrativa de Eugenia está hecha con la paciencia del orfebre, nada que ver con la escritura contemporánea elaborada a toda prisa y carente de sustancia. Los relatos de esta escritora chilena están tejidos con la firmeza de un lenguaje depurado y rico en matices, con diversas voces que resuenan en cada una de sus historias. Voces recogidas con mucha atención en su peregrinar por distintos lugares de América. Pero en el fondo son personajes que hablan el mismo idioma y que podrían estar localizados en cualquier sitio del mundo, porque sus circunstancias son tan desgraciadamente humanas que se hermanan con épocas y geografías en ese nivel de la infamia y la perversidad. La venganza, el odio, la crueldad, la injusticia, el abuso de poder, la soledad, la terrible orfandad que impulsa a despojarse de pudores y rubores, que nos coloca frente a la muerte o el envilecimiento.

En los desplazamientos narrativos de Eugenia Echeverría se encumbran cuentos como "El último viaje a Monte-bello", en el que la miseria se mezcla con la tragedia, la traición con el hambre, la sobrevivencia con el golpe de suerte que significa la desaparición de la figura que encarna el poder y el sometimiento en ese marco de pobrezas materiales. El relato es de una plasticidad extraordinaria y evoca la condición de los indios de Centroamérica, especialmente de los de Guatemala y México, lo cual nos sugiere lecturas de Miguel Ángel Asturias, Rosario Castellanos y Ermilo Abreu Gómez.

Eugenia construye un andamiaje verbal que nos lleva de la mano hasta el lugar donde suceden los desenlaces, que muchas veces parecen significar también la liberación de las víctimas, no sólo de las muertas, sino, y sobre todo, de las sobrevivientes. Porque en esos contextos desoladores que trama la autora, los personajes resultan ser casi siempre juguetes de la fatalidad y de sus propias limitaciones, de sus necesidades afectivas. La mayor parte de las protagonistas son mujeres que hallan escapatoria y toman decisiones violentas, determinantes. También hay hombres doloridos que caminan hacia la redención del olvido y de la muerte.

Hay, al mismo tiempo, un gesto de picaresca en esa urdimbre dolorosa, en ese entretejido de hilos y filos neuróticos que rasgan y rallan los vidrios a través de los cuales se nos muestra su realidad, su básica condición de náufragos en sociedades que van desde lo más rural hasta lo más urbano. Buñuel, Quiroga, Cortázar o Rulfo están presentes en esa memoria de situaciones límite en donde el hombre y la mujer no son otra cosas que fantasmas, trozos de terror, fragmentos de carne, voces que se despeñan en una sintaxis cuya única coherencia es el hedor de la muerte y la locura, el ridículo y la ignominia.

El discurso de Eugenia es magistral, no se tropieza ni sucumbe a los lugares comunes, sino que explora, tienta, abre, propone nuevos giros que derivan del habla común. Nunca pierde el tono bien digerido de las referencias culturales en donde instala sus historias. La verosimilitud no está sujeta a la imitación de sus personajes, sino a la recreación de sus modos de referir las circunstancias. Lo coloquial no domina el plano narrativo, aunque está salpicado de giros lingüísticos que caracterizan a los protagonistas y sus comunidades. No hay remedo de sus dialectos, hay elaboración de un discurso amasado con la oralidad para obtener una voz propia, personal, contenedora de singulares resonancias geográficas.

El ritmo de los relatos es por lo regular acelerado, intenso, sin concesiones en la manera de contar ni en lo que se debe contar. La autora no tiene remilgos para asumirlo en primera persona y darle un toque de mayor dramatismo al suceso. No se queda en la anécdota, sino que trabaja el lenguaje de manera fina y electrizante para conducir al lector sin obstáculos a esos finales que nos ponen la piel de gallina, como en "Hoy no viajaré en ascensor". Allí el sabor del tedio se queda adherido a lo inaudito, y lo bestial se abre paso estrepitosamente en la rutina para hacernos sentir el valor de un cambio, por abyecto que parezca. En situaciones límite, las salidas son las menos imaginables, pero quizá las más inmediatas. 

 
 
 
 
   
Un giro en la vida, una decisión determinante, un cambio de papel en la escena llevan a mujeres y hombres de estos relatos a encontrarse pacientemente o de improviso con circunstancias liberadoras, esperanzadoras o de plano que responden a esas deudas que nacen del abuso. "Tarde de muerte en Tepoztlán" y "Diana la cazadora", son ejemplos donde la muerte ocurre más como un mal pensamiento que como un hecho de la nota roja, y sin embargo, sucede. La violencia es argamasa de este libro que discurre entre la confesión existencial de sus criaturas, de sus anhelos amorosos, de sus orfandades, sus infortunios, sus maquinaciones suicidas o homicidas, pero todo ello envuelto con el velo del sueño y de la pesadilla que nos hacen sentir que eso que leemos en la nota roja de los diarios está pintando de amarillo intenso nuestras manos. Claro, el humor negro, aunque plebeyo, también tiñe de rojo y no habrá labios rotos ni estirados que no sucumban ante la chispa hormonal de estas historias.

Eugenia Echeverría, Un color amarillo intenso, Santiago, Bravo y Allende Editores, 2002, 78 pp.

*José Ángel Leyva (Durango, 1958) es codirector de Alforja, revista de poesía. Ha publicado, entre otros libros: Botellas de sed (1988), Catulo en el destierro (1993), Entresueños (1996) y El espinazo del diablo (1998). Coordinó los libros de entrevistas de poetas con poetas mexicanos e iberoamericanos, respectivamente, Versocon-verso (2000) y Versos comunicantes (2002). La noche del jabalí es su primera novela (2003).