El origen de la actitud imperial

*Fernando Martínez Ramírez
I

Una de las capitales políticas del imperio asirio fue Nínive, situada al norte, en uno de los remansos del río Tigris. Sólo el emperador Asurnasirpal —al que no debemos confundir con el casi mítico Asurbanipal del ocaso del imperio— quiso edificar una nueva capital, Kalakh, como sede del reino (884-858 a. C.), pero la mayoría de sus sucesores prefirieron a la Nínive del ensueño como centro imperial.

Es la Nínive del ensueño y del resentimiento porque ella es la ciudad donde se asienta el ficticio reino de Nabucodonosor, del Nabucodonosor épico del Libro de Judit del Antiguo Testamento. En la historia verdadera este rey fue emperador de Babilonia cuando los asirios ya habían dejado de existir como nación, pero en la fabulación bíblica este rey ataca a todos los pueblos de Occidente que le habían negado ayuda cuando los medos intentaron someter su imperio y sitiaron Nínive. Uno de esos pueblos ingratos fue el de Israel, que en la historia real fue varias veces sometido por los asirios, pero que en la ficción derrotaron —porque tenían de su lado al único dios verdadero—, por obra de una sola mujer, al poderosísimo ejército de Nabucodonosor. Por eso es la Nínive del resentimiento y del ensueño, porque fue la fantasía de un escritor la que logró derrotarla post factum.

Sin embargo, Nabucodonosor el real, el de los Jardines Colgantes de Babilonia, vivió en una época en que en otros confines los poetas griegos posteriores a Hesíodo presagiaban el nacimiento del pensamiento físico (siglo VI A. C.) de los primeros filósofos. Es el tiempo en que Asiria dejaba de existir para siempre y el imperio persa se erigía como su heredero en las grandes conquistas en Oriente Medio.

II

Para quienes hemos venido padeciendo de eurocentrismo y localizamos el origen de la cultura occidental en la Grecia clásica, es una lección muy importante saber que desde 3500 años a. C., fecha en que comienza a evolucionar la escritura en Babilonia, existieron un mar de guerras imperiales en el Oriente Medio; es importante saber que Occidente nació aquí, en Mesopotamia, en Asiria, en Palestina, en Media. También es importante saber que el tema bélico en su arte es recurrente, incluso en el Antiguo Testamento, y que llega inexorable y pertinaz hasta el mismo Homero.

Fueron los griegos de la época clásica y los griegos y romanos del periodo helenístico (siglos III-II A. C.) los que elaboraron la distinción entre cosmos y ecumene para designar dos totalidades, una natural —cuyos confines eran los puntos cardinales y la bóveda celeste— y otra geográfica. No sabían que con estas dos categorías sintetizaban una actitud, actitud que echaba sus raíces en el Oriente Medio, tres mil años antes de que ellos llegaran a saberse el centro del mundo. Es esta precisamente la actitud imperial.

Ecumene era el mundo humano concebido como totalidad. Esta concepción no era histórica, es decir, vertical, sino geográfica, esto es, horizontal. Aunque era una visión universal de las sociedades, tenía un núcleo particular. Esto significa que cada cultura, aunque supiera que existían otros pueblos con idioma, costumbres y dioses diferentes, se concebía a sí misma como el pueblo elegido, como el centro del universo. Así lo pensaron Babilonia, Asiria, Israel, Persia, Grecia y Roma.

Cuando el casi mítico emperador asirio del ocaso del imperio, Asurbanipal (669-631 a. C.), "rey de todos los países", empezó a formar su biblioteca personal, que llegó a 25 mil tablillas, las cuales reunían el tesoro espiritual y científico de su tiempo, era claro que el fondo implícito de esta recopilación era una vocación historiográfica. Pero no buscaba contribuir a la causalidad de la historia ni tampoco detenerla o explicarla: ella no existía aún. Se tenía la intención de preservar un mundo en el que los asirios eran el ombligo, el axis mundi, sin que subyaciera alguna visión del devenir cultural del hombre, de su historicidad.

El ecumenismo marca a la antigüedad, desde los babilonios hasta Roma. Es una forma de negar al otro el estatus que los dioses confieren a un solo pueblo como la nación señalada. Por eso el emperador asirio se sabía "rey de todos los países". La única verticalidad para la historia, es decir, el único fluir posible, vivía con los dioses, cuando in ilo tempore decidieron crear el cosmos y al pueblo que les habría de rendir tributo. No es una historia de hombres sino de dioses, la teocracia humana. 

El imperialismo, por tanto, no es un mero confín bélico-geográfico en el que se mueven los pueblos del antiguo Oriente Medio y que llega hasta las conquistas de Alejandro Magno y del imperio romano. El imperialismo es un horizonte ético, que define la idea del mundo y que se refleja en todos los estadios de la vida, desde el comercio hasta la producción artística, desde las ciudades hasta el honor que reviste morir como héroe guerrero. 

 
 
 
 
   

III

En nuestra época el imperialismo neoliberal es también un horizonte ético: ha convertido la antigua evasión escéptica, el relativismo y la tolerancia en meras racionalizaciones funcionales de ese supuesto derecho divino que todos tenemos a la libertad. Por eso debemos preguntarnos si profesar tal libertad no resulta una verdad de perogrullo, pues es claro que la conciencia, en los límites de su inmanencia, siempre va a ser libre: nadie puede controlar los deseos ni el imaginario. 

Hoy el individualismo se halla exacerbado porque resulta muy conveniente. Hoy cualquiera puede decir, con todo orgullo: "Mi esfuerzo me ha costado tener lo que tengo, por qué he de compartirlo con un patán". Y seguir argumentado contra la frustración de los que no tienen, contra la envidia soterrada que los mueve a ser revolucionarios, por ejemplo, o contra la obsolescencia de sus esperanzas. Presas en un sistema ideológico donde la avaricia, el egoísmo y la falta de filantropía se premian, en cambio se castiga cualquier intento solidario con el otro, este nuevo imperialismo ha erigido un nuevo espacio bélico, comandado por el burgués neoliberal que vence sin ser visto, pues está por todas partes, que asume un pragmatismo sin ilusiones y sin compromisos y afirma, muy convencido: "Lucha es lo que uno hace por sí mismo..."

Se cree tanto en que se tiene la razón que no se nota cómo se ha interiorizado una actitud imperial sin ser imperialistas, una ideología donde el individuo y sólo el individuo es el que cuenta: un individuo ejemplar, modélico, que únicamente desea ser mejor. Y ser mejor no quiere decir otra cosa más que velar por sus propios intereses, hacerse admirar por su fortaleza para hacer dinero, cuando antes nada tenía: la ideología le dio sus razones y no necesitó más para emprender la aventura hacia su propia modelización. Al final, lo único con lo que cuenta —en el mejor de los casos— es con un pequeño departamento, un auto, un sistema de cable y una indistinción muy grande y muy heredable. Ahora, cada uno es el centro ecuménico y el mundo ha alcanzado el máximo de indiferencia.• 

*Fernando Martínez Ramírez es profesor-investigador de la UAM Xochimilco, en el Departamento de Política y Cultura. Filósofo y escritor, ha publicado dos libros, uno de cuentos, La babel de los payasos (Miguel Ángel Porrúa, 2000), y el ensayo monográfico sobre Kierkegaard El más desgraciado (UAM Xochimilco, 2000).