HUESOS EN EL DESIERTO
*Gabriel Ríos
Asesinos que posan para la foto; ese ojo que los agiganta en su odio por la ignominia de la gente. Sus gérmenes de despojados se hallan en el desprecio que se trasluce de su existencia llena de miedos. Son seniles, ofensivos, antipáticos, repulsivos; sin embargo se hacen indispensables, para detectar a la usura, a los filántropos que hablan de sanidad mental, de dinero y fuerza global, a los políticos y narcotraficantes. De Phil Marlowe recordamos que escucha algo parecido en algún momento, en la novela El largo adiós: como flotando entre la niebla, cerca de la fiebre ondulante, pues así le llamaba Terry Lennox a las adicciones. En esa conversación que se daba en el bar Víctor, se hablaba de que buena parte del día el tiempo se mata lentamente. Se reflexionaba sobre la dignidad del hombre, de que la ley es sólo un mecanismo y el policía un cabo suelto.

Los asesinos siempre cuentan con la policía, reflexiona Sergio González Rodríguez en su magnífico documento Huesos en el desierto. Efectivamente, pues no hay nada más antisocial que la cultura de la ética, un poco para refutar a Norman Mailer, quien en su novela Los tipos duros no bailan expresa, para que las veamos de frente, las debilidades del escritor magnificadas por el periodista. 

Desde otra prespectiva, explicitan sus personajes un entrecruzamiento con pandillas y el deseo de normalizar la barbarie en las sociedades contemporáneas. Tal vez de ahí surge la frase más machista que a nadie más se le hubiera ocurrido: desde entonces estoy tratando de recuperar los derechos de propiedad sobre mi culo. El verdadero daño a través de la lujuria. 

Escuchar los testimonios que aparecen en Huesos en el desierto es como releer la obra de Raymond Chandler, en el contexto de muchas ciudades, al interior de una historia de vidas demoniacas o en su caso esotéricas, aunque ellos ni se enteren de los años encimados en sus cuerpos. Masificados por la decadencia, ordenan su itinerario, formándose una idea de un virtual inventario, atendiendo un criterio: hacen lo necesario para entender la rutina. Buena parte de su tiempo lo "gastan" para entretejer sus delirios y gustos.

Los anónimos de la conciencia moderna, pues no se sabe todavía quiénes son, cumplen con normas: si asesinas en grande y no te atrapan, consigue un trabajo menor de inmediato y luego otro y otro. Georges Darien, el extraordinario escritor francés, decía escupiendo el sarcasmo que un criminal es un inválido moral y físico, un pobre diablo con un intelecto disminuido, ciego hasta el punto de no ver la sublime belleza de la civilización moderna.

Ellos mismos forman las mafias de todos colores y sabores: pequeños hombres, como en la obra de Henry Miller, participantes pasivos, la única alternativa para su independencia. Conservan cierto elitismo, la suficiente soberbia para vivir sin trabajar, tomando de los demás, igual que lo hacen los propietarios y manipuladores de capitales. Su hedor es comparable al de quien vive eternamente en el espacio

Últimos representantes de la conciencia individual se preguntan si eso de pensar el asesinato sea un acto de magia. Fueron vagos de banqueta, herederos de cierta contracultura; la consecuencia o el espectáculo más sofisticado se define en esos seres que tienen que ver con el relajamiento de los sistemas dominantes, creándose hábitos muy particulares de consumo que dependen de la metrópoli, es decir, al correrse el riesgo de la mediatización apabullante, renacen como aves carroñeras, devorando víctimas en tres, cinco o veinte lugares al día.

Trabajan mucho en la ciudad al desnudo, su fuente inagotable. La mejor manera de convertirse en asesino es integrarse a la actividad de la calle, convertirse en parroquiano de cantina, bar, cabaret o cervecería, caminar mucho, debilitar las neuronas, gastar suelas, para devenir en muertero.

 
 
   
Las más de trescientas muertas de Ciudad Juárez posan para la foto, mientras la impunidad se refuerza, ya que la misoginia no sólo produce violencia contra las mujeres, sino que va distor-sionando cada vez más la cobertura informativa de los crímenes, se dice en Huesos en el desierto. Les obsesiona el terror de verse, cada vez más, despojados de lo que consideran exclusiva-mente propio: es un efecto cascada de miserables que no se detienen, se expanden, se fugan y crecen, invaden y ocupan. En el caso de que no se resuelvan estos delitos, seguiremos hablando de síntomas de enfermedades más profundas. Pero no olvidemos que esta orgía sacrificial se realiza con moneda de baja denominación, al servicio de políticos nefastos y narcotraficantes.

Sergio González Rodríguez, Huesos en el desierto, Barcelona, Anagrama, 2002, 334 pp.

*Gabriel Ríos es escritor. Sus colaboraciones han aparecido en los suplementos La Jornada Semanal (La Jornada) y El Ángel (Reforma), así como en la extinta revista Equis.