Rolando Díaz 
*Martha Robles
Cerrado a las puertas del sueño, torbellino en piedra sin fisuras, Rolando Díaz nunca entendió la majestuosidad del silencio. Era ruidoso, un bisonte en agonía, náufrago de sí, segador de memorias errabundas, un trueno sin relámpago y sin luz. Balanceaba su vocación de boxeador entre el desconcierto por los golpes proferidos y el puño artero, obediente de la confusa represión que exageraba por ser, como decía, "un hombre de respuesta". Y para intimidar jugaba con la figura de los golpes. Apretaba las quijadas en su afán de exhibirse vigoroso y, en gancho falso, puesto en guardia, señalaba a los demás el dibujo de sus brazos: "con éste, tres meses de hospital. Con este otro reparto esquelas". 

Que amaba el sentido original de las palabras, solía decir adueñado de su tema, único invariablemente frecuentado. Que amaba aquello que descubren y no retienen los poetas: la constelación solitaria del lenguaje. Pero era sordo de raíz y los sonidos rebotaban en el borde de su oreja, igual que los idiomas, como la música que perseguía como un sediento tras el agua. Su ceguera primordial lo alejaba más y más de una lámpara de luz, del susurro que, extraído desde el fondo, se vuelve corredor iluminado, camino en clave de las letras, signo y sello de lo vivo en vida, incendio blanco y despertar del fuego que arde o quema sin renunciar al misterio de la llama. 

Y conmovía por eso, por su deseo de ser y no poder o equivocarse siempre de modelo. También por tanta rabia aprisionada en disfraces que se quitaba o se ponía, según se presentara el escenario. Rabia densa, anquilosada entre junturas que entorpecían sus movimientos y abultaba su vientre en deformación tan extraña que al envejecer adquirió esa apariencia de interrogante que por su baja estatura lo hacía parecer como clavado en el suelo, como sumido allá abajo, donde se pierde el rumbo o los pasos, donde interfere un obstáculo que, no obstante invisible, actúa como plomo revestido de cierto morrillo que ostentan algunos que, co-mo él, esconden su historia en el cuerpo, en nudos acumulados bajo la piel, en voceríos imparables, en criterios de cobrador. 

Hábil como era, de ojos pequeños aunque nerviosos, enmascaraba estas y otras señales de identidad con referencias verbales que, a fuerza de repetirlas con su vehemencia ha-bitual, lo condujeron al difícil corredor del poder, donde mejor se desempeñaba desde la orilla o atrás, a la sombra de quienes iban y venían como protagonistas de un siste-ma de dominio que podía cambiar rumbo, hombres o estilo, mas nunca el propósito de gobernar sobre la confusión de un pueblo que descendía de la ancestral tradición del señorío, de la ley pura e inequívoca del padre. Así que, conocedor como el que más de las secretas venas de este bloque vigoroso, y siempre conmovido por "las desdichas de su gente", Rolando Díaz absorbió la destreza del dinosaurio y un artificio de prestidigitador para sortear el doble reto de permanecer enchufado al sistema y a la vez no ser parte de él, como no fuera desde su condición de redentor de la injusticia que decía dolerle "como si estuviera desollado". 

Prueba mayor de su inteligencia, debía un reconocimiento bien cimentado a su capacidad persuasiva, al sermón entrenado en actuar de guía, a las palabras acumuladas durante décadas de explorar y advertir giros políticos en una realidad que por sobre todo anhelaba distinta y apegada al pasado. Su impulso adaptable, no obstante, facilitaba su disposición a aceptar el llamado ocasional de funcionarios o ex funcionarios para depositar a su oído "el mensaje", una palabra de ángel exterminador. Y aunque hubo una época en que los presidentes solían consultarlo, en atención a su bien cimentada fama de nacionalista sin fisura ni concesiones, al tiempo y a fuerza de adaptar los gobiernos a la presión extranjera tuvo que darse cuenta de que su palabra ya no era atendida. Afanado en mantener cierta influencia, aunque fuera en los sótanos del poder, tuvo que aceptar la escucha y la compañía de seres menores con tal de "hablar de la situación". 

Y es que "la situación" se convirtió en su delirio. Por ella justificaba sus ligas con el poder y una pasión nunca aceptada por cuanto significara dominio. Ese dominio que, por ser o no ser lo imaginado en alguna estación de su vida, finalmente encontró sedimento en su carácter violento. Su experiencia en las máscaras, sin embargo, avanzaba a la par de su talento histriónico, pero en vez de elegir la escena teatral, donde hubiera podido desplegar artísticamente a los personajes que lo habitaban, se empecinó en proseguir por el camino más turbio: el de asumir para sí supuestas virtudes y defectos del sistema que nació y seguramente moriría con él, único que le otorgaba un sentido y por el que daría su vida en caso de tener que pelear contra el enemigo extranjero, su obsesión infaltable. 

Eje pues de sus complejas tramas para integrar un amañado carácter que lo enseñó a mentir como respiraba, el poder no logrado en la acción depuró la no menos compleja pericia de persuadir por el habla. Y hablaba Rolando Díaz posesionado de la emotividad causada por su lenguaje, siempre tejido con frases consoladoras y gestos aborregados que sin duda ocultaban intereses recónditos; tan recónditos, cambiantes e inescrutables, que al ser descubierto por cualesquiera del ejército de embaucados que completaban su biografía, ni él mismo podría deslindar por qué, ajeno al modelo del seductor que además figuró, tampoco sabía cómo encarar el resultado de su conducta. Pero eso sí lo enojaba: ser descubierto, mostrado, reflejado de modo ingrato en el espejo en el que sólo él, cada mañana y encerrado en el baño, solía mirarse siquiera por un instante, lo sufciente para reconocer algo muy hondo que quizá lo atormentaba allá adentro porque gritaba ¡pendejo! al ver en su rostro lo que únicamente unos cuantos sabían. 

Grito breve y desolador, el adjetivo vibraba por toda la casa como gemido de bestia herida. Traspasaba los muros de su guarida, en donde a Rolando le gustaba esconderse a telefonear, a dormir sin ser observado, a esperar que alguien lo sacara de su letargo o le indicara cómo gastar su jornada. Allí se quedaba a rumiar nuevos giros del mismo tema que le permitiera prolongar su cada vez más desgastado discurso alrededor de "la situación". 

Era indudable que le gustaba hablar al oído de los políticos. Pero más le agradaba tocar el corazón femenino cuando revestido de protector, amante desinteresado, un abuelo/padre y orientador preferentemente de jóvenes que él, experto en aproximarse a mujeres en crisis, rescataba de quién sabe dónde para "resarcir" los malos oficios que otros hombres, tocados por la tentación del machismo, sembraban en el anhelo liberador de esas confusas en pos de guía que parecían dispuestas a todo con tal de aliviar sus penurias. 

En la ruta de la tutela y más acentuado cuanta mayor su edad, el peculiar anciano que fuera sustituyendo su fiebre sexual con la necesidad de tocar con lujuria iba palpando con manos temblonas el avance persuasivo de su discurso. Palpaba hasta penetrar con torpeza el cerrado mutismo de las más indefensas. Y es que era tan com-presivo y paciente frente al dolor femenino que la mejor forma de sacar a la otra de sí era entregarse él con lo único que lo hacía sentir él: la daga de su palabra. Tocar, tocar lo que fuera con tal de sentirse real. Tocar a solas la textura de los sillones, repasar con los dedos el borde húmedo de las tazas, sentir el calor de unos brazos, la resistencia ocasional de unos muslos que iba encontrando cruzados bajo las mesas en medio de comensales atentos a sus peroratas políticas. 

Rolando fue así desgranando los días y sus años de fantasear un destino en las letras. Vagaba metido en la elaborada misión no sólo de dirigir a los otros desde el peculiar ejercicio de un segador de memorias, sino encarnado en emblema del ya tambaleante sistema: tutor respaldado por su apariencia de tantas infortunadas que nada entendían sobre tactos ni lengua tan amañados, en realidad sólo envidiaba el talento. En amalgama tan apretada de "la situación" y su vida, defender el legado del señorío se convirtió para él, mientras tanto, en móvil de una batalla contra la muerte. Sólo pensar en el fin lo enfermaba, perturbaba su mente con figuraciones tan voluptuosas que al sentirse otra vez a la sombra del mando, del sexo y del calendario discurría incursionar aunque fuera con empresas menores en el implacable dominio, con tal de seguir en la escena de aquellos poderes que alguna vez le arrendaron sus satisfacciones más plenas. 

Marginado sin embargo de los cambios y viejo ya para proseguir en las lides de la seducción y el avasallamien-to, Rolando Díaz observaba con pena que tanto su caudal de mentiras como el obcecado nacionalismo que alguna vez lo hicieron probar las mieles del habla que habla lo que los demás querían escuchar, no obraban más el efecto de ser atendido en donde a él le gustaba mirar. Así fue descendiendo en la escala de atribuladas y oídos a los que bastaban los saldos de lo que pudo ser y no fue. Para subsistir aunque fuera en peldaños menores, tuvo que ajustar su vocabulario, su nivel de exigencia y tantas rutinas que creyó inamovibles a las condiciones de un medio que, como en los teatros a donde van a parar los actores sin talento ni suerte, no le ofrecía resistencia y hasta aplaudía sus pequeñas proezas. 

Pero él no era tonto, por más que intentara eludir su descenso con agregados engaños. Para eso estaba el espejo de su amanecer en el baño, para mostrarle la cara de aquel ¡pendejo! que alojaba en el alma, único que sabía qué personaje, episodio o historia ocultaba detrás de esos muros que fue construyendo con libros y más libros, papeles, periódicos y revistas que acumuló durante años y décadas de esperar la ocasión de reunir tantas palabras vanas en una sola palabra. En vano anheló la voz que lo remitiera al silencio. En vano observó cómo algunos poetas buscaban la raíz primordial. Envidiaba el encuentro del ser en el ser. Y en otros, siempre en otros, vislumbraba el centro donde se aprieta la oscuridad en misteriosa aparición de la luz. Jamás atinó con el eje indiviso de fuerzas sagradas. Ignoró el símbolo del nacer y renacer de la aurora y en su delirio sólo encontró rivales nocturnos. 

Como no fuera por el furor que lo habitaba, poco sabía el infortunado Rolando de esas lumbres que trascienden la hoguera visible que arde y se apaga. Confundía la llama que llama y pide ser atendida con el fogonazo que arrasa y sólo deja ceniza. Tocaba pues el ascua y se incendiaba. Lo aterrorizaba el vacío, la visión de la ausencia, del olvido y del Verbo. Sospechar siquiera la soledad despojada del habla agravaba los síntomas de su hipocondria. Así reforzaba su hábito de telefonear en busca de alguien que lo escuchara, alguien con quien distraer sus días, quien fuera con tal de no quedarse a solas con la voz que lo atormentaba. Al darse cuenta de su declive, brincaba entonces intimidado, aunque invariablemente regresaba al refugio de sus ficciones vanales. 

Pese a su remota habilidad para gobernar su memoria, poco a poco se dio cuenta de que lo asaltaban olvidos que lo hacían confundirse en la elección discrecional de sus personajes. A su pesar se equivocaba al desplegar sus lenguajes y aquellas palabras que se negaban a ser observadas escapaban a la vista de testigos cambiantes que atribuían a la edad el enredo privado de sus versiones. A su pesar aparecía/desaparecía con mayor frecuencia el reflejo que celosamente ocultaba en su espejo. Durante descuidos de su voluntad fatigada la historia recóndita iba aflorando a sus gestos, a sus tonos de voz y a sus peroratas cada vez más caducas, como si cierto verdugo íntimo estuviera esperando la disminución de sus facultades para imponerle el azote de una realidad rechazada. 

Infatigable en su decisión de no permitirse fisura alguna, se esforzaba en persuadir inclusive a quienes en el pasado siquiera se hubiera dignado a mirar para que lo llevaran a donde fuera con tal de que no asomara el yugo implacable de su verdugo. Temía la oscuridad y huía del viento, de "los aires cruzados". En especial se alejaba de la semilla del azar, como del más virulento cáncer. Y de enfermedades coleccionaba más y más advertencias como síntomas a sentir y evitar, pues en naturaleza hipocondriaca como la suya, nada lo vulneraba tanto como advertir briznas de muerte en su condición de bisonte. Por eso acudía a consultar a los médicos con obsesión digna de causas más nobles, pues se hizo proclive a confundir los oficios de su silencio interior con amenazas cumplidas de perseguidores imaginados. 

 
 
 
 
 
 
   
Y él, bestia con piel de cordero, que acometía por los flancos donde menos se lo esperaba, una mañana por fin intuyó el vacío. Salió como siempre de su guarida en busca del ruido reparador. Urgido de voces que lo apartaran de sí, de la idea del mundo en el que estaba condenado a vivir, pidió un taxi quizá para dirigirse a comer con alguna incauta que se dejara tocar o cualquier huésped de paso que lo hiciera sentir real. ¿A dónde lo llevo, señor?, preguntó con insistencia el chofer. Pero Rolando Díaz, presa de un misterioso estupor, lo miraba sin entender, como ensimismado o perdido en una laberíntica "situación" que lo había dejado sin habla. 

Desconcertado, Rolando sólo observaba las calles. Aún con arrestos sacados de viejas rabias, inesperadamente maldecía con ademanes violentos a los automovilistas que se cruzaban en su camino. En su confusión descendió sin decir palabra en una esquina desconocida. Por un instante sintió que el terror le helaba la sangre. Miró a un lado y a otro en busca de referencias, pero la muchedumbre que iba y venía lo empujaba. Rolando Díaz, víctima de un súbito olvido, quedó a la deriva en medio del pueblo que inspiró su delirio. 

Transcurrieron días, semanas y meses. En vano lo buscó su familia. Alguien dijo que le pareció reconocer a un anciano harapiento que lanzaba arengas nacionalistas parado sobre un huacal, afuera de los mercados. Nunca se supo si se trataba de él, porque cuando llegaban al punto indicado sólo encontraban testigos que decían haber visto a un pobre viejo que, entre ganchos y alardes de boxeador, gritaba ¡pendejo!, y después desaparecía. 
 

 Tlalpan, 19 de marzo, 2000

*Martha Robles es maestra en letras hispánicas por la unam. Ha ejercido la docencia en la UNAM y la Flacso, además de ser profesora invitada en las universidades de Portland y de Texas en Austin. Fue becaria del Centro Mexicano de Escritores (1978-79) e integrante del Sistema Nacional de Investigadores. En 1996 obtuvo el Premio Nacional de Periodismo, otorgado por el Club de Periodistas de México. Su bibliografía es amplia, entre la novela, el ensayo y las antologías. Destacan entre sus libros Memorias de la libertad (1979), La sombra fugitiva. Escritoras en la cultura nacional (1986), Los pasos del héroe (1999) y Mujeres del siglo XX (2002).