UN DÍA EN LA VIDA
*Rodolfo Bucio
El monstruo que llevo dentro termina de orinar. Mira su rostro en el espejo y se horroriza un poco, cumpliendo con un ritual de todos los días. Con mano torpe intenta peinar las plastas de pelos que le crecen alrededor de la cabeza y a veces le cubren la cara. Los dos ojillos miopes desvarían buscando una toalla. Ahora duda: se hace tarde, pero necesita bañarse. Sólo que repele la idea de tener que presentarse limpio, con ropa nueva, y aparentar una dignidad y decencia que no tiene. Porque ¿alguien sabe lo que hace por las tardes y las noches? ¿Acaso alguno habrá visto esos sueños que lo asaltan en cualquier parte? ¿Quién conoce a esa mujer morena con la cual copula una y otra vez en las quimeras? Y sin embargo, hay que dejar los ensueños y enfrentar el agua caliente sobre el cuerpo. Esperar que lave un poco y no se lleve lo fundamental: el olor de ella.

Al salir del baño habrá que buscar algo para ponerse entre ese caótico altero de trapos e hilachos. Y el monstruo tendrá que volver a llenar con su carne fofa el pantalón y la camisa que le aprietan. Pero no hay más remedio: para salir a la calle hay que ir vestido. Y sale, para respirar ese polvo absurdo que le deshace la garganta. Camina entre otros que como él tienen que refugiarse en una oficina para recibir a cambio unas cuantas monedas desgastadas. A pesar de la aglomeración sube a las cámaras mortuorias que corren sobre una vía. Mira a sus compañeros de viaje y reconoce las mismas caras cansadas, que tal vez no sean las de ayer pero son tan iguales. Y baja corriendo, con esa angustia que lo asalta por las calles.

Llega al edificio de cemento ahulado. Camina de prisa, porque va retrasado. Mete la mano a la máquina que le marcará en la palma la hora de entrada. Una uña se le atora, pero hay que apurarse, pues muchos atrás de él esperan. Con dificultad saca la mano lastimada. Mira un hilillo de sangre oscura sobre el dedo que le duele. Ahí está su escritorio, repleto de papeles que hablan de cosas ajenas a él. Habrá que aguantar ese tedio: mirar sin ver cientos de hojas, oficios y cartas poder; escribir peticiones repitiendo un cartabón; llenar los huecos que sus compañeros han dejado al escribir un memorándum.
 

 
 
   
Las horas pasan entre esa niebla repleta de cafés, tortas, tacos de canasta, pasteles, llamadas telefónicas. Él sólo piensa en el momento de irse, de llegar a su cuarto. Transcurre el tiempo y ahora se prepara para salir. Tiene que meter la otra mano a la máquina: es el salvoconducto para alcanzar la salida. En la puerta un policía lo revisa de arriba abajo. No encuentra nada robado. Camina hacia la boca del túnel que los traga. Aborda la cámara mortuoria que corre sobre una vía. Ya está cerca. El monstruo se precipita al refugio. Sabe que pronto estará solo y podrá tener la compañía de la mujer que lo visita en sueños. Cuando ella aparezca la mirará embelesado, con esa rabia que ha contenido por años y espera una salida. Y en ese cuartucho de paredes que se caen, el monstruo que llevo dentro dedicará su vida a ejercer el único oficio subversivo que conoce: escribe. 
*Rodolfo Bucio estudió filosofía en la UNAM. Fue becario INBA-Fonapas (1982-83) y del Centro Mexicano de Escritores (1985-86) en narrativa. Ha publicado los libros de cuentos Las últimas aventuras de Platón, Diógenes y Freud (sep, 1982) y Escalera al cielo (Cuadernos de Estraza, 1982), y el de prosa poética Geoda (UAM Xochimilco, 2000).