| El monstruo que llevo dentro termina de orinar.
Mira su rostro en el espejo y se horroriza un poco, cumpliendo con un ritual
de todos los días. Con mano torpe intenta peinar las plastas de
pelos que le crecen alrededor de la cabeza y a veces le cubren la cara.
Los dos ojillos miopes desvarían buscando una toalla. Ahora duda:
se hace tarde, pero necesita bañarse. Sólo que repele la
idea de tener que presentarse limpio, con ropa nueva, y aparentar una dignidad
y decencia que no tiene. Porque ¿alguien sabe lo que hace por las
tardes y las noches? ¿Acaso alguno habrá visto esos sueños
que lo asaltan en cualquier parte? ¿Quién conoce a esa mujer
morena con la cual copula una y otra vez en las quimeras? Y sin embargo,
hay que dejar los ensueños y enfrentar el agua caliente sobre el
cuerpo. Esperar que lave un poco y no se lleve lo fundamental: el olor
de ella.
Al salir del baño habrá que buscar algo para ponerse entre
ese caótico altero de trapos e hilachos. Y el monstruo tendrá
que volver a llenar con su carne fofa el pantalón y la camisa que
le aprietan. Pero no hay más remedio: para salir a la calle hay
que ir vestido. Y sale, para respirar ese polvo absurdo que le deshace
la garganta. Camina entre otros que como él tienen que refugiarse
en una oficina para recibir a cambio unas cuantas monedas desgastadas.
A pesar de la aglomeración sube a las cámaras mortuorias
que corren sobre una vía. Mira a sus compañeros de viaje
y reconoce las mismas caras cansadas, que tal vez no sean las de ayer pero
son tan iguales. Y baja corriendo, con esa angustia que lo asalta por las
calles.
Llega al edificio de cemento ahulado. Camina de prisa, porque va retrasado.
Mete la mano a la máquina que le marcará en la palma la hora
de entrada. Una uña se le atora, pero hay que apurarse, pues muchos
atrás de él esperan. Con dificultad saca la mano lastimada.
Mira un hilillo de sangre oscura sobre el dedo que le duele. Ahí
está su escritorio, repleto de papeles que hablan de cosas ajenas
a él. Habrá que aguantar ese tedio: mirar sin ver cientos
de hojas, oficios y cartas poder; escribir peticiones repitiendo un cartabón;
llenar los huecos que sus compañeros han dejado al escribir un memorándum.
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| Las horas pasan entre esa niebla repleta de cafés,
tortas, tacos de canasta, pasteles, llamadas telefónicas. Él
sólo piensa en el momento de irse, de llegar a su cuarto. Transcurre
el tiempo y ahora se prepara para salir. Tiene que meter la otra mano a
la máquina: es el salvoconducto para alcanzar la salida. En la puerta
un policía lo revisa de arriba abajo. No encuentra nada robado.
Camina hacia la boca del túnel que los traga. Aborda la cámara
mortuoria que corre sobre una vía. Ya está cerca. El monstruo
se precipita al refugio. Sabe que pronto estará solo y podrá
tener la compañía de la mujer que lo visita en sueños.
Cuando ella aparezca la mirará embelesado, con esa rabia que ha
contenido por años y espera una salida. Y en ese cuartucho de paredes
que se caen, el monstruo que llevo dentro dedicará su vida a ejercer
el único oficio subversivo que conoce: escribe.• |
| *Rodolfo Bucio
estudió filosofía en la UNAM. Fue becario INBA-Fonapas (1982-83)
y del Centro Mexicano de Escritores (1985-86) en narrativa. Ha publicado
los libros de cuentos Las últimas aventuras de Platón,
Diógenes y Freud (sep, 1982) y Escalera al cielo (Cuadernos
de Estraza, 1982), y el de prosa poética Geoda (UAM Xochimilco,
2000). |
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