Soliloquio: hablan consigo mismos los
seres atrapados en el cuerpo
En torno a Zooliloquios, de Silvia Eugenia Castillero
*Pura López Colomé
Discurso de una persona
que no dirige a otra la palabra

La autora no quiere hablar más que consigo misma —no con dios alguno, no con un amado, no con el lenguaje en sí—, para explorarse, para descubrirse, para comprenderse. Su voz recurre de manera más que directa, por tanto, a la analogía que establece desde el título del poemario con los animales encerrados en quien escribe, sean o no comprobables en la realidad, simbólicos, productos de la imaginación, o híbridos de persona y animal, de criatura literaria y verdadera, psicologías que adquieren una silueta propia, aunque no necesariamente reconocible. Claro está que la forma ideal para la articulación de estos seres será, a su vez, una mezcla de prosa y poesía, prosa poética o poema narrativo moderno, que cree en el ritmo liberador de las formas fijas tradicionales en la poesía en español, lleno de aliteraciones muy propias de esta lengua, y que desembocan, las más de las veces, en la imagen y no en la metáfora, en las semejanzas más que en las identidades. Diríase que experimenta una suerte de temor reverencial ante la revelación metafórica de todo lo que importa en el poema, no tanto lo que dice sino lo que es:

El mono

El mono en el árbol
prisionero
entre el negro y el ocre.

El mono nace
enrejado por líneas.

Del mismo color del árbol
seco nace.

Un solo rasgo lo distingue:
su mandíbula de hombre,
su grito más grande que
todo su alrededor.

Sin embargo, prefiere el mundo imaginativo cuya lupa se aproxima, merodea, pero se aleja de la epifanía de verdades visionarias deslumbrantes, avasalladoras y terribles, en pro de burbujas vítreas, espejos engañosos por naturaleza.

Un peculiar manual de zoología

Dice el gran maestro, autor del Manual de zoología fantástica, Jorge Luis Borges, en sus conferencias reunidas bajo el título de Arte poética: "...aunque existan cientos y desde luego miles de metáforas por descubrir, todas podrían remitirse a unos pocos modelos elementales. Pero esto no tiene por qué inquietarnos, pues cada metáfora es diferente: cada vez que usamos el modelo, las variaciones son diferentes". Esto se puede aplicar, de modo parecido, a los géneros, siendo un ejemplo el que el propio Borges abordó en el Manual antes mencionado.

Como otros autores en diversas lenguas, José Emilio Pacheco lo ha retomado también en su Álbum de zoología, dejando de lado los seres fentásticos de Borges y poniendo el énfasis en los increíbles —pero reales— que existen a nuestro alrededor. Silvia Eugenia Castillero parte de la estructura propuesta por Pacheco, según la cual los seres se dividen de acuerdo con los cuatro elementos principales —agua, aire, tierra, fuego—; sin embargo, no sólo se ocupa de distintos animales de la creación, sino que los combina con los del mundo fantástico de Borges. Y además, el principal elemento que diferencia su creación es el ángulo desde el cual los observa, unido a su peculiar modo de desentrañarlos para verse (vernos) en ellos. Esto último logra que, aunque en apariencia esté recurriendo a un engranaje literario ya antes empleado por otros autores, en realidad lo transforme en el contrapunto necesario a su muy propio y diferente contenido.

Sus cuatro elementos

Tuve oportunidad de leer por primera vez una muestra de la prosa poética de Silvia Eugenia en la espléndida antología de Jen Hofer, Sin puertas visibles (University of Pittsburgh Press/ Ediciones Sin Nombre), que apareció apenas el año pasado. Hofer mostró ahí no sólo el buen tino de elegir 11 poetas sólidas de una generación y dar un suficiente número de textos para formarse una idea cabal del estilo de cada una, sino que, en vez de emitir juicios u observaciones acerca de ellas, les pidió a todas una definición de sus personas poéticas. En la suya, la autora de Zooliloquios dice:

...entre la metáfora misteriosa en sus decisiones asociativas —como la define Lezama Lima— y el reconocimiento de la imagen, se cumple la vivencia oblicua, la discontinuidad, la abolición de los nombres, y en el seno de ésta florece la continuidad de las esencias, en un mundo que por su desmesura queda fuera de la concepción de lo real. En este intersticio —la transparencia anterior al sentido— apoyo la fuerza de mi escritura.

Casi todo es cierto. Salvo la cuestión relacionada con la abolición de los nombres. Todo poeta que en verdad y a fondo se considere tal —lo manifieste o no— sabe que lo nombrado alienta con una energía inexorable, mientras que lo no articulado, según Milosz, no es. Materia, ésta, de larga meditación y larguísima reflexión. Digamos sólo, por ahora, que los elementos que sí nombra Silvia Eugenia son neolíticos, y tienden a una abolición de la vida, a una muerte que lleva al renacimiento precisamente por vía de la palabra, el nombre que corresponde a lo nombrado; representan a las cuatro maneras antiquísimas de disponer de los muertos: enterramiento (tierra), cremación (fuego), hundimiento en las aguas o exposición a las aves (aire). Es decir, un regreso a la madre en carne-tierra, sangre-agua, aliento-aire y calor vital-fuego. Véanse, en este orden de ideas, el diminuto anfibio que "descuelga lianas cava fosos regurgita: poseída de una agitación furiosa su piel fría garabatea dentro" (seres de tierra); las sirenas que "volverán sin rostro a la arena como semillas siniestras... modulando sonidos de estatuas" (seres de agua); las arpías que "luchan por no hundirse en la consistencia pantanosa de los humores del ojo" (seres de viento); o el saltamontes, "hoja que arde entre las hojas" (seres de fuego).

La idea central —subyacente— es que toda percepción cambia (o prueba no poder cambiar) a partir del elemento definitorio asignado. Así, la astilla, ser de tierra, se transforma en todos los otros seres, o revela que también encarna a los demás gracias al nombre otorgado cual tiro al blanco:

una flecha, tanto sol, tanta munición de rayos. Cada punta pica, picotea, crepitante agrieta el agua. La corriente contrae, tuerce, astilla al fondo. Las hendiduras son pájaros solferinos de graznido ronco. Petirrojos en las hojas, leves, minúsculos resbalan con variaciones del bermejo al rubicundo, henchidos de zumo hasta brillar ciruela o durazno. Más allá un árbol encallado se petrifica en ocres.

 
 
 
 
 
 
   
En el uno, el todo. En el todo, el uno. Merced a un tronco que emerge de la tierra, se dan agua, aire y fuego. Una realidad en que no se atenta contra la pluralidad de la palabra. Y ésta, una realidad contundente.

La eficacia de cada poema radica en el procedimiento motriz. El lector decidirá: ¿funciona mejor la articulación desde el yo del poema (de un topo que habla del estallido de su propio corazón) o desde una descripción dada por el yo de quien escribe (de un buitre que "aún percibe las corrientes de aire, despliega sus alas y vuela como lo hacía en tiempo de hazañas... Pronto estrella su cuerpo desplumado contra los barrotes y el ímpetu cesa")? ¿Acaso se lograría revelar más nítidamente el centro por medio del símbolo sinestésico (una liebre que no se muestra como el animal sino su alcance, que trasciende terrenalidades abriendo otros espacios de luz y sombra en convivencia: "la luna liebre lima linderos del ayer y del hoy y los tritura, lento el ayer se esconde pero el hoy lo busca ágil") o de una actitud de escrutinio deliberado, incluso moral, que intenta penetrar lo incomprensible con objeto de revelarlo como una característica vil y vulgar (el basilisco como una soledad profunda, el jeopardo como la vanidad, las arpías como la impuesta mirada del otro, la anfisbena como el miedo a la muerte, la quimera como la esperanza, la mandrágora como la pasión)?

En un movimiento circular, la autora y su criatura de palabras hallan su cifra en las sirenas que se muerden la cola y significan un viaje de las imágenes a ella misma, identificada con el emblema; y de éste a la concreción de la diosa, labrada con mano humana, en el mascarón de proa de Neruda: ahí, en el barco de quien nombra, no en procelosos mares, se escucha un canto a la vez atrayente y aterrador.• 

*Pura López Colomé es doctora en letras por la unam. Ha traducido, entre otros, a Williams Carlos Williams, Seamus Heaney, Philip Lauking y Edwin Muir. Éter es (CNCA, Práctica Mortal) es su más reciente libro de poesía.